Con el amor y la violencia


Por Rodrigo tenorio Ambrossi
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Psicoanalista, Profesor de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador

        No somos claros, ni translúcidos. Tampoco vivimos en las certezas absolutas. Pretendemos que la verdad acompañe de manera permanente nuestra palabra y cada uno de nuestros actos y, sin embargo, el rato menos pensado, nos encontramos con el engaño, la mentira y la incertidumbre. Sin saber por qué, el edificio de nuestras seguridades se cuartea e, incluso, hasta se desbarata.
Soñamos con el amor y la ternura a toda prueba. Realizamos declaraciones de un amor que debe durar para siempre. Y, sin embargo, un buen día nos encontramos con que el rechazo, la agresión y hasta la violencia han sustituido a nuestras palabras de ternura. ¿Será, acaso, que de manera necesaria al amor acompaña el odio; la agresión, a la caricia; el distanciamiento, a la cercanía?
¿Qué explicación dar a esa especie de maldad que puede brotar, como hongos en invierno, en la vida de la pareja que, se supone, se constituyó como una decisión de dos que se aman y para amarse, por lo mismo, en medio de deseos, ternuras y caricias? Porque no es cierto que las agresiones y violencias, el desinterés y los abandonos aparecen en aquellas uniones realizadas sin suficiente amor, sin proyectos comunes y, peor aún en aquéllas en las cuales todo fue falso desde un comienzo.
"Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos/ como la entraña obscura de obscuro pedernal./ La noche nos sorprende con sus profusas lámparas/ en rútilas monedas tasando el bien y el mal/", escribe Barba Jacob. Otros días, en cambio, somos límpidos como agua de nevado, ciertos como el sol que se aleja rozando las montañas, tiernos y cálidos como la sonrisa de los pequeños, abnegados y hasta sacrificados como una buena madre. Pero sin saber por qué, quizás el rato menos pensado, asoman, por entre nuestras bondades, la cabeza de nuestros propios demonios que tienen nombre de vileza, venganza obscura, ganancia fraudulenta, envidias turbias.
Para entender este universo de contradicciones, en primer lugar, es importante tomar en cuenta que los sujetos, mujeres y varones, son una complejidad en todos los sentidos y dimensiones. Porque cada uno es el producto de sus relaciones con los demás, de esas relaciones vividas en la niñez y que actúan no solamente como recuerdos de experiencias vividas sino como elementos presentes en la construcción de su psiquismo. En nuestra vida están las caricias y las palabras de amor de mamá y papá. Pero también los gritos y amenazas, los castigos y las injurias. Hay algo más, no solamente nos afectaron aquellos actos tiernos y violentos directamente dirigidos a nosotros, sino también los que vimos en los otros. Por ejemplo, las agresiones, violencias, maltratos, amores y ternuras que presenciamos en la relación de mamá y papá entre sí.
Además, el ser humano se hace con todo lo que existe en su medio en el que la violencia, la agresión, la maldad, la guerra, la corrupción fueron parte de los elementos que intervinieron en nuestra formación. No existe el paraíso. Nuestra cotidianidad se desarrolló con todo lo humano de un mundo complejo y no siempre comprensible. Con la paz y la guerra, con la palabra tierna y el grito asesino. Con el perfume de la flor y el olor mortífero de los fusiles. Con la verdad de la palabra te quiero y el engaño de los discursos políticos.
La ternura y el amor no destruyen, pues, la capacidad humana de reaccionar con agresión e incluso con violencia. No es dable clasificar nuestros afectos y pasiones en dos grupos: el grupo de los afectos buenos y el de los malos. Sin agresividad y violencia, nuestra vida sería inútil, apática, careceríamos de la fuerza para luchar por el logro de nuestros objetivos vitales, y nos sentiríamos sin valor para vencer los obstáculos y de defendernos de los enemigos.
La agresividad y la violencia se tornan perniciosas y maléficas cuando sustituyen a la ternura, cuando ocupan el lugar de la caricia. Cuando sirven como elementos para dar cuenta del poder y del dominio, cuando se la dirige al pobre, al débil, al inválido. Y se tornar perversas cuando se convierten en el medio indispensable para lograr placer. Porque hay sujetos, varones y mujeres, que obtienen placeres malvados a través del sufrimiento, el dolor, las heridas y el llanto de los otros, de esos otros a quienes dicen amar y querer.


Vida de pareja y violencia

Una de las más importantes aventuras de mujeres y varones es la conformación de pareja como propuesta para compartir juntos la vida. Se comienza con el enamoramiento como escenario único del desbordamiento de la pasión, los deseos, la ternura y las promesas. Sin embargo, aunque haya durado mucho tiempo, el enamoramiento no es precisamente el mejor período para conocerse lo suficiente. El enamoramiento es fascinación, una de las más hermosas de las locuras humanas.
Fascinación deslumbrante que conduce a entregas totales, a fusiones en goces innombrables. Se pasan por alto o se resta importancia a defectos, conflictos o diferencias importantes, costumbres distintas u opuestas. Y, cuando ya no se puede negar más la evidencia de los problemas, el enamoramiento crea la fantasía omnipotente de que yo le cambiaré; ya casados, las cosas serán distintas: ya no beberá tanto, dejará de ser posesiva y celosa, se dedicará más a su trabajo y se volverá responsable
Por otra parte, no se puede pasar por alto el hecho de que tanto la feminidad como la virilidad que construyen con mitos, creencias y estereotipos que determinan, en buena parte, los modelos relacionales en la vida de pareja y en la familia. El varón es el fuerte, la mujer es débil; el esposo manda porque es quien gana el dinero, las mujeres deben someterse a ellos; los maridos son libres mientras que a las mujeres les corresponde vivir en la casa; los varones saben todo, mientras las mujeres son inútiles y tontas.
Los científicos no han escapado a los mitos y tabúes que rodean a la sexualidad y que están destinados, en gran medida, a marcar con claridad las diferencias entre varón y mujer y la supremacía del primero sobre la mujer. El placer, el goce son viriles, y las mujeres que llegan al orgasmo son medio viriles, "viriloides" como decía Marañón. Y, si bien Freud construyó una nueva teoría de la sexualidad, no se liberó del todo del posicionamiento de la mujer en la cultura, cuando admite que la sexualidad de la mujer es tan evolucionada como la del varón, pero afirma que la libido en sí misma es masculina.
El poder es uno de los elementos importantes en la conformación de la sexualidad. Y desde él y con él se configuran y establecen las relaciones. En toda relación amorosa se construye un campo de poder que, en sí mismo, no quiere decir dominio de una parte y vasallaje de la otra. Por lo mismo, la relación de pareja es posible en tanto hay un poder que circula entre mujer y varón, el poder de la sexualidad que marca las diferencias entre los géneros.

Sin embargo, este sentido del poder suele ser distorsionado a causa de los prejuicios, creencias y estereotipos que configuran la feminidad y la virilidad. La sociedad es eminentemente falocéntrica; ello ha determinado que las relaciones entre varones y mujeres, entre esposas y esposos, se hallen atravesadas por el machismo que implica la supremacía del varón y el sometimiento de la mujer. Por lo mismo, un poder de dominio que exige privilegios basados en la subordinación de la mujer y, en muchos casos, en su humillación.
Pero en sí misma, la vida de pareja está sembrada de dificultades y problemas, algunos solucionables y pasajeros; otros permanentes e insolucionables. No es fácil vivir entre dos con historias y costumbres distintas y, en no pocos casos, diametralmente opuestas. El matrimonio, o cualquiera de las formas sociales de pareja, implica constantes aprendizajes, ensayos de renunciamientos y de opciones en la búsqueda de alternativas. Vista desde fuera, la pareja conduce a una intimidad tal que es capaz de ocultar a la mirada de los otros los más grandes conflictos algunos de cuales se hacen evidentes cuando han llegado a los extremos de la agresión y la violencia.

Continua...

 

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