

No somos claros, ni translúcidos. Tampoco vivimos en las
certezas absolutas. Pretendemos que la verdad acompañe de
manera permanente nuestra palabra y cada uno de nuestros actos
y, sin embargo, el rato menos pensado, nos encontramos con el
engaño, la mentira y la incertidumbre. Sin saber por qué, el
edificio de nuestras seguridades se cuartea e, incluso, hasta
se desbarata.
Soñamos con el amor y la ternura a toda prueba. Realizamos
declaraciones de un amor que debe durar para siempre. Y, sin
embargo, un buen día nos encontramos con que el rechazo, la
agresión y hasta la violencia han sustituido a nuestras
palabras de ternura. ¿Será, acaso, que de manera necesaria al
amor acompaña el odio; la agresión, a la caricia; el
distanciamiento, a la cercanía?
¿Qué explicación dar a esa especie de maldad que puede
brotar, como hongos en invierno, en la vida de la pareja que,
se supone, se constituyó como una decisión de dos que se aman
y para amarse, por lo mismo, en medio de deseos, ternuras y
caricias? Porque no es cierto que las agresiones y
violencias, el desinterés y los abandonos aparecen en aquellas
uniones realizadas sin suficiente amor, sin proyectos comunes
y, peor aún en aquéllas en las cuales todo fue falso desde un
comienzo.
"Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos/ como la
entraña obscura de obscuro pedernal./ La noche nos sorprende
con sus profusas lámparas/ en rútilas monedas tasando el bien
y el mal/", escribe Barba Jacob. Otros días, en cambio, somos
límpidos como agua de nevado, ciertos como el sol que se aleja
rozando las montañas, tiernos y cálidos como la sonrisa de los
pequeños, abnegados y hasta sacrificados como una buena madre.
Pero sin saber por qué, quizás el rato menos pensado, asoman,
por entre nuestras bondades, la cabeza de nuestros propios
demonios que tienen nombre de vileza, venganza obscura,
ganancia fraudulenta, envidias turbias.
Para entender este universo de contradicciones, en primer
lugar, es importante tomar en cuenta que los sujetos, mujeres
y varones, son una complejidad en todos los sentidos y
dimensiones. Porque cada uno es el producto de sus relaciones
con los demás, de esas relaciones vividas en la niñez y que
actúan no solamente como recuerdos de experiencias vividas
sino como elementos presentes en la construcción de su
psiquismo. En nuestra vida están las caricias y las palabras
de amor de mamá y papá. Pero también los gritos y amenazas,
los castigos y las injurias. Hay algo más, no solamente nos
afectaron aquellos actos tiernos y violentos directamente
dirigidos a nosotros, sino también los que vimos en los otros.
Por ejemplo, las agresiones, violencias, maltratos, amores y
ternuras que presenciamos en la relación de mamá y papá entre
sí.
Además, el ser humano se hace con todo lo que existe en su
medio en el que la violencia, la agresión, la maldad, la
guerra, la corrupción fueron parte de los elementos que
intervinieron en nuestra formación. No existe el paraíso.
Nuestra cotidianidad se desarrolló con todo lo humano de un
mundo complejo y no siempre comprensible. Con la paz y la
guerra, con la palabra tierna y el grito asesino. Con el
perfume de la flor y el olor mortífero de los fusiles. Con la
verdad de la palabra te quiero y el engaño de los discursos
políticos.
La ternura y el amor no destruyen, pues, la capacidad humana
de reaccionar con agresión e incluso con violencia. No es
dable clasificar nuestros afectos y pasiones en dos grupos: el
grupo de los afectos buenos y el de los malos. Sin
agresividad y violencia, nuestra vida sería inútil, apática,
careceríamos de la fuerza para luchar por el logro de nuestros
objetivos vitales, y nos sentiríamos sin valor para vencer los
obstáculos y de defendernos de los enemigos.
La agresividad y la violencia se tornan perniciosas y
maléficas cuando sustituyen a la ternura, cuando ocupan el
lugar de la caricia. Cuando sirven como elementos para dar
cuenta del poder y del dominio, cuando se la dirige al pobre,
al débil, al inválido. Y se tornar perversas cuando se
convierten en el medio indispensable para lograr placer.
Porque hay sujetos, varones y mujeres, que obtienen placeres
malvados a través del sufrimiento, el dolor, las heridas y el
llanto de los otros, de esos otros a quienes dicen amar y
querer.
Vida de pareja y violencia
Una de las más importantes aventuras de mujeres y varones es
la conformación de pareja como propuesta para compartir juntos
la vida. Se comienza con el enamoramiento como escenario único
del desbordamiento de la pasión, los deseos, la ternura y las
promesas. Sin embargo, aunque haya durado mucho tiempo, el
enamoramiento no es precisamente el mejor período para
conocerse lo suficiente. El enamoramiento es fascinación,
una de las más hermosas de las locuras humanas.
Fascinación deslumbrante que conduce a entregas totales, a
fusiones en goces innombrables. Se pasan por alto o se resta
importancia a defectos, conflictos o diferencias importantes,
costumbres distintas u opuestas. Y, cuando ya no se puede
negar más la evidencia de los problemas, el enamoramiento
crea la fantasía omnipotente de que yo le cambiaré; ya
casados, las cosas serán distintas: ya no beberá tanto, dejará
de ser posesiva y celosa, se dedicará más a su trabajo y se
volverá responsable
Por otra parte, no se puede pasar por alto el hecho de que
tanto la feminidad como la virilidad que construyen con mitos,
creencias y estereotipos que determinan, en buena parte, los
modelos relacionales en la vida de pareja y en la familia. El
varón es el fuerte, la mujer es débil; el esposo manda porque
es quien gana el dinero, las mujeres deben someterse a ellos;
los maridos son libres mientras que a las mujeres les
corresponde vivir en la casa; los varones saben todo,
mientras las mujeres son inútiles y tontas.
Los científicos no han escapado a los mitos y tabúes que
rodean a la sexualidad y que están destinados, en gran medida,
a marcar con claridad las diferencias entre varón y mujer y la
supremacía del primero sobre la mujer. El placer, el goce son
viriles, y las mujeres que llegan al orgasmo son medio
viriles, "viriloides" como decía Marañón. Y, si bien Freud
construyó una nueva teoría de la sexualidad, no se liberó del
todo del posicionamiento de la mujer en la cultura, cuando
admite que la sexualidad de la mujer es tan evolucionada como
la del varón, pero afirma que la libido en sí misma es
masculina.
El poder es uno de los elementos importantes en la
conformación de la sexualidad. Y desde él y con él se
configuran y establecen las relaciones. En toda relación
amorosa se construye un campo de poder que, en sí mismo, no
quiere decir dominio de una parte y vasallaje de la otra. Por
lo mismo, la relación de pareja es posible en tanto hay un
poder que circula entre mujer y varón, el poder de la
sexualidad que marca las diferencias entre los géneros.
Sin embargo, este sentido del poder suele ser distorsionado a
causa de los prejuicios, creencias y estereotipos que
configuran la feminidad y la virilidad. La sociedad es
eminentemente falocéntrica; ello ha determinado que las
relaciones entre varones y mujeres, entre esposas y esposos,
se hallen atravesadas por el machismo que implica la
supremacía del varón y el sometimiento de la mujer. Por lo
mismo, un poder de dominio que exige privilegios basados en
la subordinación de la mujer y, en muchos casos, en su
humillación.
Pero en sí misma, la vida de pareja está sembrada de
dificultades y problemas, algunos solucionables y pasajeros;
otros permanentes e insolucionables. No es fácil vivir entre
dos con historias y costumbres distintas y, en no pocos casos,
diametralmente opuestas. El matrimonio, o cualquiera de las
formas sociales de pareja, implica constantes aprendizajes,
ensayos de renunciamientos y de opciones en la búsqueda de
alternativas. Vista desde fuera, la pareja conduce a una
intimidad tal que es capaz de ocultar a la mirada de los otros
los más grandes conflictos algunos de cuales se hacen
evidentes cuando han llegado a los extremos de la agresión y
la violencia.