

Existe una relación muy estrecha entre la sexualidad y la
manera de concebir las diferencias entre los géneros. Al
igual que ocurre con el tema de las diferencias étnicas,
existe en nuestro país un deseo de esencializar (convertir en
biológicas) las diferencias entre los géneros. Se considera,
por ejemplo, que el hombre necesita tener más relaciones
sexuales que las mujeres y que su propia naturaleza le obliga
a ello. Incluso en ciertos sectores sociales se mantiene que
el hombre debe tener relaciones sexuales cada cierto tiempo o
corre el riesgo de enfermarse. Para muchos, las mujeres no
tienen las mismas necesidades sexuales ni la misma capacidad
de sentir placer. De acuerdo a esta forma de pensar, las
mujeres no tienen la misma urgencia de tener relaciones
sexuales; el hombre es quien puede, o algunos dirían debe,
mantener relaciones sexuales extramatrimoniales. Por esta
razón las relaciones extramatrimoniales de los hombres son
consideradas como menos serias e incluso se las considera como
un acto natural; son, después de todo, "vicios masculinos" o
pecadillos. Muchos hombres que se encuentra solos en un
capamento, lejos de su familia, no sienten que están
cometiendo un error al acudir a un "chongo" y utilizar los
servicios de una prostituta. En cambio, en el caso de la
mujer, este tipo de comportamiento sería calificado como una
"locura" y la mujer sería considerada promiscua e impura.
Cuando sus hijos cumplen cierta edad y han pasado la pubertad,
algunos padres, suelen darles dinero para que acudan al
prostíbulo y "se hagan" hombres.
Mientras se motiva a los hijos a que prueben su virilidad
acudiendo al prostíbulo, a las mujeres se les cuida con recelo
con el fin de que no pierdan la virginidad y no maltraten el
honor de la familia. El sentimiento de que la mujer y no el
hombre tienen que mantenerse vírgenes, refleja, de acuerdo a
muchos antropólogos, la dominación de un sexo sobre el otro y
el deseo de los hombres de controlar la sexualidad y el placer
de las mujeres.

La virginidad es un concepto importante en torno al cual giran
una serie de prohibiciones y restricciones. La biologización
de este concepto en la forma de la membrana himen, convierte
esta diferencia en una realidad tangible y física.
Desde el punto de vista sexual, la idea de que la mujer es
frágil y pasiva durante el acto sexual tiene ciertas
implicaciones no muy estudiadas como que la mujer no tiene que
sentir placer y que es el hombre el único que puede actuar
durante el acto sexual. Algunos sectores de la sociedad hasta
consideran que lo importante es que el hombre sienta placer
durante la relación sexual y que es malo el orgasmo
femenino.
Al poner de relieve la importancia de la virginidad de las
mujeres, estas suelen ser consideradas impuras una vez que han
tenido relaciones sexuales. El respeto a las mujeres
vírgenes y el grado de mitificación de este concepto lleva a
que en muchas sociedades tenga que existir un cierto tipo de
prueba de que la mujer es virgen.
A pesar que este valor se halla cambiando rápidamente, las
mujeres divorciadas e incluso las viudas pierden el respeto de
la sociedad pues se las considera mujeres que, al no ser
vírgenes y estar solas, tienen deseos ya desarrollados que
deben saciar. Esta biologización de las diferencias sirve
para justificar un trato discriminatorio y permite al hombre
soltero una serie de experiencias y placeres vedados a la
mujer soltera.
La connotación de pureza y dignidad asociadas con el himen y
con la virginidad femenina tienen una manifestación
diametralmente opuesta en las asociaciones de virilidad,
valentía y potencialidad sexual relacionadas con los órganos
sexuales masculinos. En nuestra sociedad, se asocia el
potencial sexual y la virilidad masculina, la valentía y la
características de los órganos sexuales; tal es el caso de los
hombres que no quieren que se les practique la vasectomía pues
temen que de, esta manera, puedan perder su virilidad, o de la
acusación que un candidato presidencial hizo a otro de ser
afeminado por tener la esperma licuada.
Esta visión de la sexualidad sin duda no es compartida por
todos en el Ecuador, no es necesariamente cierta entre todos
los grupos sociales y es muy posible que, con el tiempo,
pierda importancia; pero, por el momento, es aún bastante
generalizada.
Entre algunos grupos indígenas, la virginidad no tiene el
mismo peso que entre muchos mestizos. Hay grupos indígenas
donde las parejas, durante el período de enamoramiento,
mantienen relaciones sexuales y se casan cuando tienen hijos.

Las mujeres tienen normas claras que deben obedecer, lugares
en los cuales pueden ser vistas y otros a donde no deben ir.
Una de las palabras que más claramente demuestra esta visión
de las mujeres es el término chulla. La palabra chulla viene
del quichua "shuj lla" que quiere decir solamente uno. El
pensamiento andino ha sido descrito por varios antropólogos
como un pensar dualista al establecer dicotomías entre alto y
bajo (hanan y urin), hombre y mujer (cari y warmi), etc.
Así, se considera que las personas que están solas son
anormales e incompletas. El uso de la palabra que quizás se
acerca más a este sentido original es cuando se hace
referencia a una media o calcetín o un zapato que no tienen su
par.
La palabra chulla es ambigua cuando es utilizada para
referirse a una persona. Cuando dicha palabra se refiere a un
hombre tiene connotaciones positivas, pero en el caso
referirse a una mujer la cosa cambia. En este caso se la
utiliza para referirse a una mujer fácil y de vida alegre.
Muchas mujeres viven aterrorizadas en ser alguna vez llamadas
chullas.
En ciertos sectores tiene, además, connotaciones de
diferenciación social pues se la utiliza generalmente para
denominar a una mujer que pertenece a un grupo social
catalogado como inferior. En el caso de una mujer de las
clases altas que tenga el mismo comportamiento que una chulla
de clases bajas, se puede siempre argumentar que ella es más
bien una "europeizada".