Cuatro confidencias


Tres preguntas
1. ¿Cuál es su prototipo de mujer ideal?
2. ¿Ha estado cerca de alcanzar ese prototipo?
3. ¿Cómo fue su primer enamoramiento?

Francisco Febres Cordero

        1. Aquella que no despierte cuando, en la alta noche, prendo la luz para leer, después acciono la radio para oír noticias, enseguida enciendo la televisión para mirar un programa sobre la vida de los animales, y, por último, me levanto para comer galletas.
Detesto que al regresar me pregunten: ¿Otra vez con insomnio?

2. ¡Qué va! Todas las mujeres que han dormido conmigo han ansiado hacerlo profundamente, con la teoría de que la cama se inventó para eso.
Es cierto que a algunas no les ha molestado que prendiera la luz, ni la radio, ni la televisión, pero, sin embargo, despiertan asustadas con la imperceptible lluvia de las migas sobre las sábanas. ¡Tan sensibles ellas!

3. Ocurrió a los ocho años. Fue por la maligna influencia de uno de mis compañeros de clase, que se me adelantó. Yo quería ser como él, le envidiaba en secreto la manera en que andaba por la calle, de la mano del objeto de mis deseos. Hasta que un día, sin poder contenerme más, se la quité a la fuerza. Corrí con ella, en un acto de posesión. Al atravesar una esquina entendí que, a pesar de que la había anhelado tanto, todavía no sabía andar en bicicleta: fue mi más dolorosa caída por amor. Era una Fregus, creo.

Alfonso Espinosa

        1. Uno idealiza siempre a la mujer y la quiere perfecta. Pero no es posible. Felizmente.
La relación amorosa se hace solida cuando un hombre y una mujer se aceptan con sus defectos y se toleran mutuamente. Solo así es posible eliminar, poco a poco, las diferencias y defender el motivo profundo de la relación que es el amor.
Ahora, si hablamos de un prototipo, pues a mí me gustan las mujeres delgadas. Pero no tan delgadas: esbeltas, pero no tan altas; blancas, pero no color monja: femeninas, pero no feministas; dulces, pero no melosas; inteligentes, pero no intelectuales; alegres, optimistas y de buen carácter.

2. Siempre es difícil llegar al ideal... Es más fácil buscar cada cualidad en una mujer distinta. ¿Verdad...? y pasarla muy bien buscando la mujer ideal...
Bueno, es una broma... me siento satisfecho con la mujer que me acompaña que tiene muchísimas cualidades.

2. La primera vez que me enamoré tenía siete años y me prendé de una chica de 17. Claro que ella nunca lo supo...
A los ocho años estuve enamorado de una chica de mi misma edad, pero terminamos cuando nos peleamos por unos juguetes. A los quince años una chica de catorce me robo el corazón y creí que nunca podría amar a otra persona hasta que vino un amigo y la conquistó por una corta temporada, porque él se interesó en otra chica a la que yo había enamorado por venganza. Finalmente, las dos se quedaron sin los dos.

Raúl Pérez Torres

        1. Creo que tiene mucho que ver con lo que Platón decía sobre la poesía: que sea bella, inteligente y verdadera. Es decir, sexual, sensual, sensitiva.
A mí me gusta la mujer llena de demonios, y ángeles también, obviamente: que tenga el cuerpo vivo, que se le noten las luciérnagas. Que su inteligencia sea una trampa y su cuerpo un abismo.

2. Siempre he estado cerca. No quiero alcanzarlo nunca. A veces me gusta más la nostalgia de ese ideal. Algo como el masoquismo, pero no en la piel, sino en todas partes. Debe ser porque soy escritor.
A Freud lo leí cuando ya no lo necesitaba.

3. No sé. Cuando era niño siempre buscaba la contradicción. Es decir ella era bella, rubia, de alta escuela. Nunca di la talla pero con ella me casé. La conocí a los siete años. Aún tiene siete años. Solamente por mí pasa la edad, y ya he leído a Rimbaud.

Alexis Ponce

        1. Esa "mujer ideal" bien pudo ser nuestra inalcanzable Marilyn Monroe (si Dios no quiso contestarte el teléfono, yo sí y, aunque sea haciéndote cosquillas en los pies, no hubiera dejado que te durmieras la tarde del 5 de agosto de 1962) o, en el mito literario, madame Bovary (no solo tu marido, también yo me arrastré de rodillas hasta tu cama queriendo que no te mueras nunca); hay algo de abismo en ella y -plagiando a Borges- me ofrece la incertidumbre y la derrota, sobre todo... También es cierto que el grato peligro está más cerca de lo que uno cree, porque no es un prototipo incorpóreo, ni la "mujer ideal" de las revistas del corazón: son las mujeres a quienes se ha amado.

2. No y sí. A un guerrillero le preguntaron en la clandestinidad algo parecido. Su respuesta me sirve para el "no": "Cuando ella no está, la espero en vano. Y cuando ella viene, tengo que partir". Qué no hubiera dado por evitar la muerte de Emma Bovary o por mecerle en brazos, papá cariñoso, a Norma Jean, de tiernita. O por visitarle todas las tardes a Manuelita en Pauta y llevármela lejos antes de la peste. No fue posible.
Y el "sí", porque la he conseguido: la mujer que amo es la mujer ideal" (yo sé que, fruncida, se ha de reír mientras lee este piropo) y la veo más linda que Catherine Denueve y que Isabelle Rossellini juntas y más dulce que buñuelos con miel y más tierna que pajarito dormido.

3. "¿Tiene tinta su tintero?, ¿tiene hojas su cuaderno?, ¿tiene alguien que le quiera?, ¿me podría decir su nombre". Así jugaban las chiquillas del grado y ella, coloreándose, se negaba a contestar.
Yo, calladito claro está, solo para mí, respondía por ella "sí, sí, sí, "Alexis". Era la niña más linda de la escuela y le encantaban los dulces de membrillo que vendían al frente. Con una letra de llorar transcribí un poema -ahora me resulta espantoso- de Amado Nervo (mi mamá decía que ese señor hacía poemas de amor), le robé a mi hermana su anillo de coral, compré un "comesolito" y dos dulces de membrillo y me la acerqué en el recreo.
Sus amigas se retiraron y solo se quedó la más amiga, es decir su cómplice. Saqué de mi mandil todo lo que traía escondido en ambos bolsillos, se lo entregué y salí corriendo. A la tarde, cuando sonó la sirena que finalizaba clases, la Celestina de siete años me hizo señas con la mano. Salieron todos los niños y, al poco tiempo, entraron ella y la encubridora. No atinaba qué decir ni hacer. La amiga cerró la puerta de grado y ella avanzó segura hasta mi pupitre.
Era más alta que yo, así que me alcé en la punta de los zapatos todo lo que pude y cerré los ojos; fue mi primer temblor. Me dejó helado, sin habla, con el sabor a melcocha y a caramelito de menta en mi boca...

 

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