

Para entender la sexualidad masculina es necesario, primero,
entender el papel del hombre en nuestra sociedad. Al hombre se
le inculca, desde muy pequeño, que debe imponerse por la
fuerza; que debe conquistar sus triunfos activamente; que es
superior a la mujer en todos los sentidos, menos en su
capacidad paternal y en su capacidad afectiva; que debe
mantener a la familia económicamente y, por tanto, debe
dedicar gran parte de su energía a ser productivo en el área
laboral. Nuestra sociedad no aprecia al hombre por lo
sensitivo ni lo emocional sino por su fuerza física y su valor
"económico". Al varón se le enseña a no expresar sus
emociones, no se le permite llorar, arrullar a un bebé,
mostrar sensibilidad o miedo. Tampoco se le permite servir a
una mujer o ayudarla en los quehaceres domésticos.
Las expectativas sociales convierten al hombre en un agresor
sexual mientras a la mujer la hacen pasiva y receptora. El
hombre, en nuestra sociedad, es visto como muy sexuado y la
mujer como poco sexuada. Desafortunadamente, estos papeles
sexuales no son compatibles con la realidad del hombre y la
mujer e impiden el desarrollo óptimo de ambos. Debemos
convencernos de que la esencia emocional y sexual del hombre y
la mujer son idénticas: ambos necesitan dar y recibir afecto
tanto emocional como físico.