

Uno de los destinos fundamentales de la sexualidad es la
reproducción. De hecho, existen varones y mujeres porque es
indispensable que la presencia del hombre se sostenga en la
tierra. Y éste es un deber y un derecho que compete a cada uno
porque se trata de un mandato de la vida que exige cumplirse a
toda costa. Atentar contra este principio es atentar contra el
hombre mismo y su cultura. Nada, pues, puede obstaculizar este
destino porque al hacer un niño, cada mujer y cada varón crean
y recrean su propia historia y la historia de la
humanidad.
Algunas concepciones religiosas han experimentado serios
conflictos para entender la sexualidad, no como una parte de
la vida, sino como la vida misma que no puede ser dividida.
Estas dificultades les condujo al camino más fácil y menos
comprometedor: tomar a la sexualidad casi exclusivamente desde
el punto de vista de la reproducción. En especial a la mujer,
no se le ha dado otro lugar que el de ser madre, dejando de
lado e incluso desconociendo su posición de sujeto con derecho
a lo placentero y gozoso de su propia feminidad.
En consecuencia, el destino de la mujer no era otro que la
maternidad. Y para ello se preparaba desde muy pequeña.
Inclusive su estatus de esposa quedaba supeditado al de madre,
puesto que el matrimonio no significaba más que el camino
aceptado y bendecido para que cumpla su misión en la tierra.
Para los varones las cosas fueron significativamente
diferentes. Para ellos sí permanecieron siempre abiertas las
puertas a las expresiones placenteras. Inclusive les estuvo
permitido abandonar a una mujer si ésta no era virgen, si se
resistía a hacer el amor, si no concebía un hijo. Con
frecuencia, lo lícito para él se transformaba en ilícito,
inmoral o, por lo menos, de mal gusto para la mujer.
Probablemente, el cambio más significativo que han sufrido las
concepciones de la sexualidad es, justamente, el haber quitado
a la reproducción de ese lugar de casi exclusividad, no para
eliminarlo sino para incluir otras realidades antes negadas o
pasadas por alto. Se trata de rescatar lo erótico y de las
experiencias placenteras que constituyen elementos
fundamentales de la sexualidad humana y que ya no pueden ser
pasados por alto. Por otra parte, lo erótico y lo placentero
no son bienes exclusivos de los varones sino factores
inseparables de la sexualidad, la virtud constitutiva de la
elación amorosa puesto que están destinados a humanizar la
sexualidad de la naturaleza. Porque únicamente el hombre es un
ser erótico.
Probablemente, el temor a lo erótico y al placer impidió que,
durante siglos, el tema de la sexualidad pueda circular de
manera clara y sin obstáculos en el discurso de los sujetos y
de las sociedades. Primero porque al placer se le ubicó al
borde del mal, en los límites de lo pecaminoso y lo prohibido.
En segundo lugar porque no se quiso ver que lo erótico no
solamente es una expresión de la ternura y del amor sino que
es su alimento, incluso su razón de ser. ¿Por qué amar a una
determinada persona, cómo enamorarse de ella, dejando a un
lado a millones de otras más que nos rodean? ¿Por qué y cómo
vivir años y años en su compañía? Ese misterio del amor no
puede resolverse sino desde la experiencia erótica y desde el
placer que la sexualidad compartida brinda a los que se aman.
La condición de la sexualidad y de la vida amorosa es la
posibilidad y la realidad efectiva de lo erótico, lo
placentero y gozoso que se hallan presentes en la
cotidianidad, en los pequeños actos de la vida y en el abismo
de la entrega y fusión amorosa.
Lo erótico debe entenderse como invitación a que el amor surja
como de una fuente y a que lo placentero sea la realidad que
permite los acercamientos y lo que los sostiene. Es la
condición para que el amor se produzca y para que el
enamoramiento se torne en vínculo capaz de unir a dos
desconocidos. Suele, pues, expresarse de manera apenas
detectable, como si quisiese pasar desapercibido o bien
irrumpe de forma violenta, invasiva. Como invitación y
llamada, lo erótico se expresa sin cesar en el color, el
movimiento, la mirada, la voz, el discurso, las demandas, las
caricias.
Por otra parte, lo erótico hace que la sexualidad humana nada
tenga que ver con los instintos que caracterizan a los
animales. Al contrario, cuando en un sujeto aparece lo
instintual no dudamos en calificarlo de anormal y hasta de
perverso. Nuestra vida no se halla regida por necesidades
ciegas e imperativas. La sexualidad del hombre se hace
mediante deseos y se expresa a través de demandas y ofertas.
No se puede llegar al otro si no se recibe esa especie de
consentimiento que legitime toda aproximación. De lo
contrario, la caricia, la mirada, la palabra que podría ser
tierna se transforma en agresión, en violencia. La sexualidad
humana no es una continuación más perfecta de la sexualidad
animal. Es su opuesto por cuanto la regulan normas,
principios, tradiciones y leyes. Es claro que no es dable
estudiar la sexualidad humana en los comportamientos
observables de los ratones de laboratorio.
Este es el campo en el que se hacen y nacen los hijos. Ya no
como el producto de uniones casuales, agresivas o violatorias.
Ni siquiera como accidentales fusiones de óvulos y
espermatozoides. Para hacer un niño se requiere algo más que
la capacidad biológica de una pareja que, en demasiados casos,
apenas termina de inaugurarla en la adolescencia. Hace falta
que mujeres y varones se sientan aptos para compartir sus
propias libertades en la ternura y capaces de certificar luego
al hijo de que nació porque fue querido, buscado y preparado.
Lo cual implica que el hijo nace en la confluencia de dos
deseos y del gozo de dos.
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LA EDUCACION SEXUAL NO ESTA EN VIGENCIA Pese a la reciente ejecución de excelentes programas de educación en población, vigentes en casi todos los países de la región, la preparación de la vida sexual asumida con responsabilidad y respeto, queda de lado porque usualmente los docentes la consideran propia de la intimidad y la conciencia individual. Sin embargo, la manifestación de estas conductas va más allá de la vida íntima: recogen ancestrales valores de la cultura e impactan en el terreno de la vida social comunitaria. Isabel Hernández, Fondo de las Naciones Unidas para la Población, UNFPA |