EL PLACER DE SER Y COMPARTIR

En este contexto ¿cómo definir la sexualidad? En primer lugar,
es preciso entenderla como el conjunto de lo conocido de cada
sujeto: lo que sabe de sí y lo contempla en su cuerpo, sus
pensamientos, sus ideas, sus afectos. Pero, además, aquello
que le es desconocido y también lo que está olvidado: su
pasado desde el momento de su nacimiento; ese pasado que le
pertenece y que se encuentra en la historia de sus padres, en
los deseos de ellos; y de igual manera, sus deseos
inconscientes que actúan siempre, que en gran medida
determinan su vida. En consecuencia, la sexualidad es lo que
define a cada sujeto ya sea como varón o como mujer.
Tu sexualidad eres tú, mujer, en el absoluto sentido de la
palabra, la totalidad de tu existencia, sin que nada pueda
separarse de ti misma. De pies a cabeza. Tu interior y tu
exterior. Tus deseos ocultos, secretos, inconscientes. Lo
expreso, lo manifiesto, aquello que tú conoces y que saben los
otros.
Es tu intimidad, aquello que de tu vida reservas para ti sola.
Pero también lo que compartes con otro porque así lo decides.
Es la caricia que regalas, la mirada que lanzas a alguien que
acabas de conocer. Es tu voz y tu palabra, tu caminar y tu
cadencia. El color y la forma del vestido que eliges. Tu
presencia inconfundible que determina que poseas espacios
propios, tiempos particulares, modos de pensar, de concebir
las cosas y de acercarse a ellas. La sexualidad eres tú.
Esa retención de querer separar la sexualidad de nuestra
existencia como una realidad diferente o como una actividad
que se realiza en un momento determinado y nada más, carece de
toda consistencia e, incluso, termina siendo atentatoria a la
integridad del sujeto. Desde luego que crea dificultades una
definición que no excluya nada y que, al revés, incluya todo
por cuanto rompe con una tradición de muchos siglos. Sin
embargo, resulta más comprensible porque allí, en el mundo de
la sexualidad, nos encontramos a nosotros mismos en la
plenitud de nuestro ser.
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