Un hombre nuevo para un mundo distinto


        A través de los siglos el hombre no ha cesado de preguntarse sobre el sentido, la dimensión y el destino de la sexualidad. Las respuestas son innumerables, complementarias unas, contradictorias otras pues siempre tienen que ver con las concepciones ideológicas y filosóficas que se tiene del hombre. En la actualidad no se concibe al hombre de la misma manera que en los siglos pasados porque se manejan nuevas ideas, concepciones diferentes sobre la relación de hombre con el mundo, con la sociedad y la familia. Desde el cristianismo, el hombre es un ser eminentemente religioso. Hoy el hombre es civil y político pese a no haber dejado de lado sus creencias religiosas que también han sufrido una profunda innovación, lo religioso se había transformado en el eje central de la vida.
        El hombre no es el mismo ni tampoco la vida, la libertad, el otro. Somos el producto de acontecimientos y procesos que echaron por el suelo los antiguos principios y las sólidas certezas de nuestros antepasados: la revolución socialista y la búsqueda de igualdad entre los hombres y las sociedades; la Segunda Guerra Mundial y los campos de concentración que dieron cuenta de la crueldad de que somos capaces, la bomba atómica como la alternativa siempre lista para el autoexterminio; la caída del muro de Berlín y el fracaso de los regímenes autoritarios; el imperio de los medios de comunicación que han hecho de la tierra una aldea y han sacado del anonimato al universo entero. Cuando el hombre pisó la luna, se volvió un ser planetario y dejó de pensar tan solo en sí mismo.
        Desde entonces, el hombre es distinto. Su vida ya no se rige por los mismos principios, normas y valores. Sus metas se han modificado. Los modelos destinados a formar mujeres y varones dejaron su lugar a otros diferentes: antes, correspondía a los padres ofertarse como los modelos ideales y fundamentales. En la contemporaneidad, esos modelos familiares se han tornado caducos, de dudoso origen, rígidos y a ratos claramente inservibles. Para las nuevas generaciones han surgido otros a los que se considera más poderosos, más seguros, más veraces y, sobre todo, más permeables a los cambios.
        Lo doméstico ya no es el lugar ni exclusivo ni privilegiado para construir la feminidad y la virilidad. Los nuevos modelos están fuera, no precisamente fuera de casa, sino fuera de esa realidad concreta, tangible que tanto gustó al hombre de antes.
        Ahora se viven otras realidades. O mejor existen diferentes formas de expresar y vivir la realidad. Esos modelos con los que se enfrentan los niños, los adolescentes y los jóvenes se encuentran en los medios de comunicación, especialmente en la televisión y el cine. Una realidad que ofrece, de manera constante, nuevas y distintas dimensiones de la vida, de la relación con los otros, del presente y del futuro. El hombre contemporáneo se aleja cada vez más del pasado. Vive poco el presente. Y se halla siempre con un pie y la mirada en el futuro.



EL PLACER DE SER Y COMPARTIR


En este contexto ¿cómo definir la sexualidad? En primer lugar, es preciso entenderla como el conjunto de lo conocido de cada sujeto: lo que sabe de sí y lo contempla en su cuerpo, sus pensamientos, sus ideas, sus afectos. Pero, además, aquello que le es desconocido y también lo que está olvidado: su pasado desde el momento de su nacimiento; ese pasado que le pertenece y que se encuentra en la historia de sus padres, en los deseos de ellos; y de igual manera, sus deseos inconscientes que actúan siempre, que en gran medida determinan su vida. En consecuencia, la sexualidad es lo que define a cada sujeto ya sea como varón o como mujer.
Tu sexualidad eres tú, mujer, en el absoluto sentido de la palabra, la totalidad de tu existencia, sin que nada pueda separarse de ti misma. De pies a cabeza. Tu interior y tu exterior. Tus deseos ocultos, secretos, inconscientes. Lo expreso, lo manifiesto, aquello que tú conoces y que saben los otros.
Es tu intimidad, aquello que de tu vida reservas para ti sola. Pero también lo que compartes con otro porque así lo decides. Es la caricia que regalas, la mirada que lanzas a alguien que acabas de conocer. Es tu voz y tu palabra, tu caminar y tu cadencia. El color y la forma del vestido que eliges. Tu presencia inconfundible que determina que poseas espacios propios, tiempos particulares, modos de pensar, de concebir las cosas y de acercarse a ellas. La sexualidad eres tú.
Esa retención de querer separar la sexualidad de nuestra existencia como una realidad diferente o como una actividad que se realiza en un momento determinado y nada más, carece de toda consistencia e, incluso, termina siendo atentatoria a la integridad del sujeto. Desde luego que crea dificultades una definición que no excluya nada y que, al revés, incluya todo por cuanto rompe con una tradición de muchos siglos. Sin embargo, resulta más comprensible porque allí, en el mundo de la sexualidad, nos encontramos a nosotros mismos en la plenitud de nuestro ser.


 

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