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Por Marco Antonio Pino ---------------------------- Médico, salubrista |
Por Edison Chaves ---------------------------- Médico, profesor de la PUCE |
Por Diana Molina ---------------------------- Médica, epidemióloga |

Existe en nuestro país una mezcla de diversas actitudes y
preferencias sobre la atención del embarazo. Unas y otras
corresponden a los diferentes grupos sociales y étnicos.
En general, el control del embarazo en los servicios
profesionales, con médicos, obstetrices y enfermeras, es
eventual, irregular y tardío. Es decir, una buena proporción
de mujeres, especialmente las que viven en el campo, las que
tienen más hijos y las de más edad, no acuden a un examen
profesional en los servicios de salud cuando creen estar
embarazadas. Es bastante común que se espere a que el niño o
niña se mueva dentro del vientre para acudir a un control
profesional, para que se "acomode" al bebé, como lo hace la
comadrona. Por otra parte, no se identifica con claridad el
porqué las mujeres deben recibir varias atenciones durante la
gestación. De hecho, las personas consideran que lo principal
es que el niño o niña estén bien, pero no toman en cuenta la
necesidad de los cuidados a la propia madre. Además, una buena
parte de las embarazadas acude a un profesional porque ella
tiene algún síntoma asociado con el embarazo y no para que
registre sus datos de peso, talla, presión arterial, altura
del útero, etc, que es lo que los profesionales consideran
importante para reconocer, con anticipación, los posibles
problemas que pueden presentarse durante el embarazo y al
aproximarse el parto.
De esta manera, el control como lo realizan las parteras,
comadronas o también mamaguas, en quichua, es más coherente
con las concepciones que tiene la población; es decir que se
"acomode" al feto con maniobras manuales externas sobre el
abdomen materno, que se identifique el sexo del feto y, por
tanto, se hagan las estimaciones sobre la fecha probable de
parto, que no es igual para los hijos varones y mujeres y, en
fin, una serie de procedimientos destinados a conseguir que el
parto sea normal.
Las mujeres prefieren acudir acompañadas a la consulta. Pero,
en los servicios públicos, a causa de factores como la falta
de espacio físico, escaso personal y carencia de motivación de
quien atiende, se prefiere que la mujer entre sola al
consultorio para atenderla lo más rápido posible. No hay
tiempo ni paciencia para discutir las preocupaciones de la
embarazada y sus familiares cercanos, en especial su
compañero. No acontece de la misma forma con la partera,
puesto que ella es un miembro de la comunidad, está disponible
y tiene paciencia suficiente para el diálogo; se debe tener
presente, además, que las formas de transmisión oral del
pensamiento predominan en la experiencia cultural ecuatoriana,
sobre todo en los ámbitos populares.
Hay intensas preocupaciones de la población sobre cuestiones
como el pudor. En general, la mujer prefiere ser atendida por
otra mujer. La posición durante el examen ginecológico
aparece como una experiencia no grata y hasta traumática para
un gran número de mujeres.
El embarazo es parte de la vida de una familia y de una
comunidad, pero la necesidad de un buen control prenatal, para
beneficiar tanto a la embarazada como al que está por nacer,
puede no ser entendida de la misma manera entre la población y
los profesionales.
El control prenatal tiene varios objetivos desde el punto de
vista de los profesionales: sirve para vigilar el crecimiento
del feto y, por tanto, mejorar sus condiciones de salud al
nacer, establecer la posición en la que el feto se encuentra
dentro del útero y prever si el parto puede ser por vía
vaginal o no, valorar las condiciones de salud de la madre y
su evolución durante el embarazo e indicar correctivos a
tiempo, anticipar posibles condiciones que se pueden presentar
al final del embarazo o durante el parto, gracias a la
historia de la madre y su evolución en las visitas prenatales,
etc., etc.