Placer y muerte


Eros y Thanatos, el amor y la
muerte, ¿dos caras de una misma medalla?
Entierro de Atala, óleo de
Girodet-Trioson, que se eshibe en
El Museo de Louvre, en París


        La muerte es inseparable del placer. Thanatos es la sombra de Eros. La sexualidad es la respuesta a la muerte: las células se unen para formar otra célula y así perpetuarse. Desviado de la reproducción, el erotismo crea un dominio aparte regido por una deidad doble: el placer que es muerte. Es lo contrario de una casualidad que los cuentos de El Decamerón, gran elogio del placer carnal, sean precedidos por la descripción de la peste que asoló a Florencia en 1348; tampoco que un novelista hispanoamericano, Gabriel García Márquez, haya escogido como el lugar y la fecha de una novela de amor precisamente la malsana Cartagena en los días de la epidemia del cólera. Hace unos pocos años el sida apareció de improvisto entre nosotros, con la misma silenciosa alevosía con la que se presentó antes la sífilis. Pero hoy estamos menos preparados para enfrentarnos a esa enfermedad que hace cinco siglos. En primer lugar, por nuestra fe en la medicina moderna, una fe que linda en la credulidad superticiosa; en seguida, porque nuestras defensas morales y psicológicas se han debilitado. A medida que la técnica domina a la naturaleza y nos separa de ella, crece nuestra indefensión ante sus ataques. Era una diosa donadora, como todas las grandes divinidades, de vida y muerte; hoy es un conjunto de fuerza, un depósito de energía que podemos dominar, canalizar y explotar. Dejamos de temerla y creímos que era nuestra servidora. De pronto, sin aviso, nos muestra su otro rostro, el de la muerte.


 

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