
Remar contra corriente
El mundo, la sociedad, la cultura son heterosexuales. Por lo
mismo, los modelos de pareja se refieren a lo que acontece
entre un varón y una mujer. Para la tradición, la
homosexualidad es mala, dañina y para las concepciones
religiosas, incluso pecaminosa pues va en contra de los
destinos supuestamente naturales de la sexualidad En
consecuencia, lo homosexual quedó marginado, ignorado o,
simplemente negado. Aunque cada vez menos evidente, persiste
una posición homofóbica en la cultura que hace compleja y
hasta dolorosa la vida de las parejas de mujeres y varones
homosexuales.
Pero los cambios que se producen en la vida amorosa se
refieren a la pareja homosexual que, como la heterosexual,
busca nuevas formas de dar cuenta de su sexualidad de manera
más gratificante y tierna. Los grupos homosexuales han
realizado un trabajo intenso destinado a rescatar la
legitimidad de la relación amorosa de dos que, pese a
pertenecer al mismo grupo sexual, son capaces de desearse,
amarse y brindarse ternura.
El curso del deseo y del amor es similar en la homosexualidad
que en la heterosexualidad. Incluso puede tener
características mucho más intensas porque debe permanecer
oculta, secreta o, por lo menos, sumamente discreta si no
quiere enfrentarse al rechazo de los otros listos a juzgar y
condenar. Para los homosexuales hacer pareja, mantenerla en
lo placentero y gozoso implica sortear, de forma permanente,
las dificultades que crea la organización heterosexual de la
sociedad y las representaciones ambiguas y ambivalentes de los
sujetos y los grupos. Si bien en el discurso la sociedad
legitima la libertad para el ejercicio de la homosexualidad,
en la práctica la persigue y critica en forma de
ridiculización atentatoria contra los derechos de los sujetos.
A ello se añaden los conflictos inherente al hecho mismo de la
homosexualidad y que se hacen evidentes al momento de
construir una pareja relativamente estable. La abierta y la
camuflada persecución de que es objeto hace que la pareja
homosexual sea, por una parte, inestable y, por otra,
proclive a la inconsistencia. En otras palabras, la pareja
homosexual tiende a ser menos duradera y estable que la
heterosexual por su carácter de clandestina y porque las
oportunidades de cada mujer o varón homosexual son
inmensamente menores que las de un heterosexual. Las luchas
por la posesión de lo amado, que caracteriza la conquista
amorosa, pueden llegar mucho más arduas en espacios de la
homosexualidad que en los de la heterosexualidad. Si la
pareja heterosexual es conflictiva por definición en un mundo
que la apoya, lo es aún más la homosexual que se ve
subordinada a enfrentar no sólo los problemas propios de la
pareja sino el enfrentamiento social.
La virginidad

A causa de un viraje en el dominio de las cosas sagradas, la
sangre virginal se convierte en un símbolo propicio en las
sociedades menos primitivas. Aún hay en Francia aldeas en las
cuales se exhibe la sábana ensangrentada en presencia de los
padres y amigos en la mañana que sigue a la boda. (+) La
virginidad de la mujer es exigida de una manera más inmediata
cuando el hombre considera a la esposa como su posesión
personal. La manera más segura de afirmar que un bien es mío
es impedir que otros lo usen. Además una de las finalidades
que persigue todo deseo es la consumación del objeto deseado,
lo que implica su destrucción. Al romper el himen, el hombre
posee el cuerpo femenino más íntimamente que por una
penetración que lo deje intacto; en esa operación
irreversible, hace de él, sin equívocos un objeto pasivo,
afirma su toma de
Pero la virginidad sólo tiene ese atractivo erótico si se alía
con la juventud; de lo contrario, su misterio se vuelve
inquietante. Muchos hombre de hoy experimentan una evidente
repulsión sexual ante virginidades demasiado prolongadas, y no
sólo por razones psicológicas se mira a las "viejas vírgenes"
como matronas agrias y malas. La maldición está en su carne
misma, en esa carne que no es objeto para ningún sujeto, a la
que ningún deseo vuelve deseable, y que se ha expandido y
ajado sin encontrar un lugar en el mundo de los hombres;
desviada de su destino, se convierte en un objeto barroco.
Simone de Beauvoir, El segundo sexo
¿Hay amores eternos?
¿Cómo si ayer no más me jurabas amor eterno? ¿Por qué la
llama ardiente de mi deseo por ti se apaga? ¿Por qué ya no me
miro en tus ojos? ¿Por qué tu voz ya no me llama al encuentro
y tu cuerpo no me ofrece los goces de antes? La pasión amorosa
es débil, inconsistente, transitiva y mutante. Puede ser
inmensamente intensa en un tiempo, para luego decaer, hundirse
y desvanecerse hasta su desaparición.
"Y amar, bien sabes de eso, es amargo ejercicio". Ejercicio
porque debe ser practicado, vivido en la cotidianidad para
sostenerlo y librarlo de la tumba anónima de la rutina. Y
amargo pues está lleno de dificultades de toda índole. Te amo
porque yo me miro en ti, porque te has convertido en el espejo
en el cual puedo contemplar mi imagen deseante. De igual
manera, en mí te descubres, como Narciso absorto ante su
imagen que se refleja en la fuente. Pero si dejo de ser el
espejo para tu imagen y tu deseo, si tú no permites que mi
palabra tenga eco lo mismo que mis deseos, entonces, el amor
está en quiebra. Porque esa pasión requiere de algo mucho más
complejo que la vida diaria, que la rutina de las cercanías
que ya no dicen nada, que no calientan los deseos.
Si la ternura se ha perdido en la telaraña de las discusiones
inútiles o importantes, de los abandonos y celos, de los
problemas no resueltos entre los dos, será necesario
reformular la relación, proveerla de nuevos sentidos,
construir nuevas cercanías. De lo contrario, terminará en el
cementerio de las pérdidas y de nuestros fracasos.

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