En pos de la media naranja


 

 

        Freud tuvo la culpa de que, a partir de este siglo, la concepción del ser humano, desde la psicología profunda, cambiase de manera radical. La propia noción de ser humano se transforma en algo mucho más activo, complejo y conflictivo al mismo tiempo: entonces se habla de sujeto. La expresión ser humano, entre otra cosas, también sirvió para colocar nuestros orígenes en el lugar ciego y obscuro de la naturaleza. La idea de sujeto remite, antes que nada, a un ser que de manera necesaria se halla sujetado a los ordenamientos culturales, es decir, a los regímenes de la palabra, del discurso, de la ley, de los mitos, los deseos y las fantasías. Sujeto es el ser que posee palabra, tiene deseos y se halla bajo el imperio de la ley que organiza la cultura.
El concepto de ser humano da la idea de un ser completo, lleno, al que nada le falta. Por el contrario, la noción de sujeto se refiere a un ser incompleto que necesita del otro para vivir, para expresar sus pensamientos, ideas y afectos. Es imposible pensar que podríamos experimentar placer y gozo sin el concurso del otro, de ese otro que no solamente es nuestro compañero o compañera, sino el que representa para cada uno el orden de la ley y de la cultura.
La sexualidad humana es una sola, pero se encuentra dividida en dos: la feminidad y la masculinidad. Por lo mismo, porque el varón y la mujer se sienten incompletos, se buscan, se desean, se unen. El acto amoroso es fusión de dos en medio de la fantasía de recuperar la unidad absoluta, de hacer de los dos uno. Recuperar esa unidad que tuvimos con nuestra madre, cuando estuvimos en su vientre y, de pequeñines, en sus brazos.
La pareja amorosa se constituye con esta doble idea de incompletud y de unidad. Primero, porque sabe que la sexualidad no es una parte de nuestro cuerpo sino que representa toda nuestra existencia. Y, segundo, porque es imposible vivir y estar bien en el mundo sin la presencia del otro, mujer o varón.
El discurso popular lo dice con esa sabiduría construida con verdades sencillas: todo hombre y toda mujer deben buscar su media naranja. La búsqueda de pareja consiste, precisamente, en ir tras la completud hasta cuando creemos haber encontrado a la mujer perfecta, al hombre preciso. "Por fin hallé al hombre de mis sueños", dice ella. "Tú eres la mujer que he buscado en el día y en la noche", exclama él. Por supuesto, se trata de una maravillosa ilusión, porque no existe mi media naranja perfecta, ni la tuya, ni la de nadie. Tú apenas si eres algo que más o menos se asemeja al ideal de mis deseos. Pero te amo y te deseo precisamente porque no eres más que la sombra de un ideal al que quiero acceder.
¿Sabes? Tu mitad, esa media naranja que buscas y que, además, necesitas para vivir está perdida y para siempre. Felizmente, nunca la encontrarás, aunque te pases toda tu vida buscándola. Más aún no existe, es tan sólo una ilusión. Esta verdad nos alegra porque es la condición para buscar y amar, para desear y gozar. Imagínate que te encuentras absolutamente completo, que ya nada te falta porque posees todo. Sería horroroso, pues tu vida carecería de sentido, ya no habría ninguna razón de ser. El único recurso disponible sería la muerte.
Por otra parte, porque no existe tu media naranja perfecta que te devuelva tu unidad, la vida de pareja es compleja, difícil y con frecuencia problemática.

 

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