

Es muy probable que la pareja constituya uno de los más
grandes y complejos misterios en la vida del ser humano. No
llama la atención porque se la ve como algo normal, como un
acontecer de todos los días y hasta como una especie de
destino natural de cada mujer y de cada varón. A lo largo de
la historia, la realidad de la pareja se ha desarrollado
dentro de ciertos cánones y principios que la han protegido y,
al mismo tiempo, la han dotado de una continuidad lineal
segura y definida.
Fracasa cualquier intento de cerrar a la pareja en los límites
de una definición conceptual porque su realidad, sus orígenes
y destinos pertenecen a un orden especial que posee, al mismo
tiempo, unos caracteres huidizos y otros tangibles y
estables. La pareja no representa tan sólo la posibilidad de
un acto sexual sino, antes que nada, es un efecto de procesos
culturales y sociales que han ido evolucionando y
transformándose a lo largo de los siglos, a veces, al ritmo
violento de las modificaciones sociales, otras de manera
pausada e incluso rezagada. La pareja contemporánea, en su
apariencia, puede ser similar a la de los siglos XIV o XIX,
pero en realidad es sumamente distinta por cuanto la sociedad
actual se halla regulada por principios culturales totalmente
distintos a los de aquellos tiempos y estos principios
afectan las formas de constitución, los objetivos y la vida de
la pareja.
En los tiempos remotos, para poder constituir pareja, los
jóvenes varones, que apenas si eran como los adolescentes de
hoy, tenían que salir en grupo a arrebatar mujeres,
igualmente jovencitas, tal vez casi niñas, de otra tribu
porque les estaba prohibido contraer matrimonio con las
mujeres de la propia tribu o clan. Pertenecer a un determinado
clan implicaba el sometimiento a un mismo tótem o divinidad
que, en última instancia, se constituía en el organizador de
un determinado grupo de familias. Quienes pertenecían a un
mismo tótem no podían conformar parejas sexuales entre sí. El
tótem se transformaba en una suerte de tabú que regulaba las
relaciones sexuales hasta el punto de que las hijas y los
hijos de parejas pertenecientes al mismo tótem terminaban
siendo hermanas y hermanos. De ahí la prohibición de casarse
entre miembros del mismo clan o grupo.
Correspondía a los varones salir de casa y del clan para
conseguir mujer en otro lugar en el cual el tótem fuera
distinto. Para ello, en unos casos, conformaban una especie de
cacería de mujeres. En otros, las reglas de intercambio de
mujeres se habían previamente establecido de tal manera que el
tránsito de mujeres se hacía periódicamente. Incluso en el
primer caso, las mujeres no eran tomadas de manera abusiva,
puesto que también ellas esperaban la llegada de varones
pertenecientes a tótems diferentes que las hicieran sus
esposas.
Las personas que violaban esta regla eran severamente
castigadas. La pena, por lo común, consistía en la muerte del
culpable, de él y de ella. ¿Por qué tanta severidad? Por una
razón que llegó a constituirse en la causa y razón de la
cultura y que ha asegurado la presencia de mujeres y varones
en el mundo. Se trata de la ley de la prohibición del
incesto, que se ha constituido como la ley de las leyes,
aquélla sin la cual sería imposible el orden y toda cultura,
más aún, sería imposible el sujeto mismo, es decir, las
mujeres y los varones, los niños y las niñas.

Uno de los mayores etnoantropólogos, el francés Claude
Levi-Strauss, en sus estudios realizados a lo largo y ancho de
los pueblos, encontró que esa ley es universal, incluso con
las pequeñas variaciones propias de los pueblos. Una
universalidad que, precisamente, ha permitido el desarrollo de
los pueblos a través de los siglos.
De esta manera, sólo mediante la vigencia de la prohibición
del incesto ha sido posible la cultura en nuestro planeta.
El enunciado de la ley es sencillo y se dirige a la madre y al
hijo e hija. A ella le prohíbe hacer pareja sexual con su hijo
o hija. Y a éstos hacer de su madre objeto de elección sexual
con el cual se pueda gozar.
En otras palabras, se trata de una ley que determina que, para
la madre, sus hijos no pueden ser tomados como objetos de
goce. Y que la madre quedará, para siempre, como objeto
excluido de las posibilidades del relacinamiento sexual.
Aquello es fundamental para la vida de cada uno de nosotros y
de todos los pueblos. De la madre y de los hijos, la ley se
extiende al padre y a los hermanos y también a otros parientes
cercanos. De todas maneras, es necesario reconocer que, en
estricto rigor, el tabú del incesto recae sobre todo en la
mujer mamá.
Esta prohibición, como anota Lévi-Strauss, no tiene que ver
con la preservación biológica de la especie, esto es, para
evitar el deterioro de la especie. En efecto, las
consideraciones eugenésicas (las que buscan preservar las
mejores condiciones de engendramiento de los hijos) son muy
tardías, aparecen sólo cuando la biología y la genética se
preocupan de este campo. Las razones son de carácter cultural.
Repugna que la mamá haga el amor con su hijo porque hacerlo
atentaría contra todos los ordenamientos sociales más
elementales y básicos. Si lo hiciese, es decir, si no hubiese
una ley que lo prohibiera, el mundo se transformaría en un
caos horroroso y su destino no sería otro que un rápido
deterioro que lo conduciría a la extinción de la especie en el
planeta.
Existe, pues, un mandato de la cultura que obliga a mujeres y
a varones a abandonar la casa, lo doméstico, lo familiar, lo
prohibido, para ir un busca de una mujer o de un varón a quien
amar, a quien unirse y con quien compartir la experiencia
placentera y gozosa de la sexualidad y de la procreación. Es
menester dar la espalda a mamá, al papá a la hermana y al
hermano, renunciar a los originales deseos e ir en pos de otra
mujer, de esa mujer que está en cualquier otro lugar y que,
inscrita como se halla en el precepto de la ley, también ha
tenido que dejar lo doméstico para buscar y ser hallada por un
varón.
Sólo así es posible que se produzca el proceso mágico y
fascinante del enamoramiento y de la conquista amorosa. Cada
niño y cada niña que nacen deben ser colocados, desde el
comienzo de su existencia, en este camino que asegura la
libertad y la autonomía. Porque de lo contrario, si la mamá o
el papá se negasen a que su hija y su hijo creciera para
dejar lo doméstico, no harían un niño o una niña para la
libertad y para el amor sino para la servidumbre. En la
sociedad contemporánea es mucho más evidente que antes que el
amor es sinónimo de libertad y no de esclavitud.
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EL gráfico muestra dos encuestas con información acerca de las mujeres casadas o en unión libre y mujeres solteras en el Ecuador. La constitución de la pareja es el inicio de la formación de la familia, cuya estabilidad asegura el posible desarrollo integral de los hijos.
ENDESA ENDEMAIN ENDEMAIN
1987 1989 1994
Solteras 30.0 % 33.0 % 34.4 %
Casadas o
Unidas 58.0 % 63.0 % 58.6 %
Desunidas 6.0 % 7.0 % 7.2 %
Fuente: ENDESA-87, ENDEMAIN-89, ENDEMAIN-94
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