Es necesario abandonar la casa


Por Rodrigo Tenorio Ambrossi
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Psicoanalista, profesor de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador

        Es muy probable que la pareja constituya uno de los más grandes y complejos misterios en la vida del ser humano. No llama la atención porque se la ve como algo normal, como un acontecer de todos los días y hasta como una especie de destino natural de cada mujer y de cada varón. A lo largo de la historia, la realidad de la pareja se ha desarrollado dentro de ciertos cánones y principios que la han protegido y, al mismo tiempo, la han dotado de una continuidad lineal segura y definida.
Fracasa cualquier intento de cerrar a la pareja en los límites de una definición conceptual porque su realidad, sus orígenes y destinos pertenecen a un orden especial que posee, al mismo tiempo, unos caracteres huidizos y otros tangibles y estables. La pareja no representa tan sólo la posibilidad de un acto sexual sino, antes que nada, es un efecto de procesos culturales y sociales que han ido evolucionando y transformándose a lo largo de los siglos, a veces, al ritmo violento de las modificaciones sociales, otras de manera pausada e incluso rezagada. La pareja contemporánea, en su apariencia, puede ser similar a la de los siglos XIV o XIX, pero en realidad es sumamente distinta por cuanto la sociedad actual se halla regulada por principios culturales totalmente distintos a los de aquellos tiempos y estos principios afectan las formas de constitución, los objetivos y la vida de la pareja.
En los tiempos remotos, para poder constituir pareja, los jóvenes varones, que apenas si eran como los adolescentes de hoy, tenían que salir en grupo a arrebatar mujeres, igualmente jovencitas, tal vez casi niñas, de otra tribu porque les estaba prohibido contraer matrimonio con las mujeres de la propia tribu o clan. Pertenecer a un determinado clan implicaba el sometimiento a un mismo tótem o divinidad que, en última instancia, se constituía en el organizador de un determinado grupo de familias. Quienes pertenecían a un mismo tótem no podían conformar parejas sexuales entre sí. El tótem se transformaba en una suerte de tabú que regulaba las relaciones sexuales hasta el punto de que las hijas y los hijos de parejas pertenecientes al mismo tótem terminaban siendo hermanas y hermanos. De ahí la prohibición de casarse entre miembros del mismo clan o grupo.
Correspondía a los varones salir de casa y del clan para conseguir mujer en otro lugar en el cual el tótem fuera distinto. Para ello, en unos casos, conformaban una especie de cacería de mujeres. En otros, las reglas de intercambio de mujeres se habían previamente establecido de tal manera que el tránsito de mujeres se hacía periódicamente. Incluso en el primer caso, las mujeres no eran tomadas de manera abusiva, puesto que también ellas esperaban la llegada de varones pertenecientes a tótems diferentes que las hicieran sus esposas.
Las personas que violaban esta regla eran severamente castigadas. La pena, por lo común, consistía en la muerte del culpable, de él y de ella. ¿Por qué tanta severidad? Por una razón que llegó a constituirse en la causa y razón de la cultura y que ha asegurado la presencia de mujeres y varones en el mundo. Se trata de la ley de la prohibición del incesto, que se ha constituido como la ley de las leyes, aquélla sin la cual sería imposible el orden y toda cultura, más aún, sería imposible el sujeto mismo, es decir, las mujeres y los varones, los niños y las niñas.

        Uno de los mayores etnoantropólogos, el francés Claude Levi-Strauss, en sus estudios realizados a lo largo y ancho de los pueblos, encontró que esa ley es universal, incluso con las pequeñas variaciones propias de los pueblos. Una universalidad que, precisamente, ha permitido el desarrollo de los pueblos a través de los siglos.
De esta manera, sólo mediante la vigencia de la prohibición del incesto ha sido posible la cultura en nuestro planeta.
El enunciado de la ley es sencillo y se dirige a la madre y al hijo e hija. A ella le prohíbe hacer pareja sexual con su hijo o hija. Y a éstos hacer de su madre objeto de elección sexual con el cual se pueda gozar.
En otras palabras, se trata de una ley que determina que, para la madre, sus hijos no pueden ser tomados como objetos de goce. Y que la madre quedará, para siempre, como objeto excluido de las posibilidades del relacinamiento sexual. Aquello es fundamental para la vida de cada uno de nosotros y de todos los pueblos. De la madre y de los hijos, la ley se extiende al padre y a los hermanos y también a otros parientes cercanos. De todas maneras, es necesario reconocer que, en estricto rigor, el tabú del incesto recae sobre todo en la mujer mamá.
Esta prohibición, como anota Lévi-Strauss, no tiene que ver con la preservación biológica de la especie, esto es, para evitar el deterioro de la especie. En efecto, las consideraciones eugenésicas (las que buscan preservar las mejores condiciones de engendramiento de los hijos) son muy tardías, aparecen sólo cuando la biología y la genética se preocupan de este campo. Las razones son de carácter cultural. Repugna que la mamá haga el amor con su hijo porque hacerlo atentaría contra todos los ordenamientos sociales más elementales y básicos. Si lo hiciese, es decir, si no hubiese una ley que lo prohibiera, el mundo se transformaría en un caos horroroso y su destino no sería otro que un rápido deterioro que lo conduciría a la extinción de la especie en el planeta.
Existe, pues, un mandato de la cultura que obliga a mujeres y a varones a abandonar la casa, lo doméstico, lo familiar, lo prohibido, para ir un busca de una mujer o de un varón a quien amar, a quien unirse y con quien compartir la experiencia placentera y gozosa de la sexualidad y de la procreación. Es menester dar la espalda a mamá, al papá a la hermana y al hermano, renunciar a los originales deseos e ir en pos de otra mujer, de esa mujer que está en cualquier otro lugar y que, inscrita como se halla en el precepto de la ley, también ha tenido que dejar lo doméstico para buscar y ser hallada por un varón.
Sólo así es posible que se produzca el proceso mágico y fascinante del enamoramiento y de la conquista amorosa. Cada niño y cada niña que nacen deben ser colocados, desde el comienzo de su existencia, en este camino que asegura la libertad y la autonomía. Porque de lo contrario, si la mamá o el papá se negasen a que su hija y su hijo creciera para dejar lo doméstico, no harían un niño o una niña para la libertad y para el amor sino para la servidumbre. En la sociedad contemporánea es mucho más evidente que antes que el amor es sinónimo de libertad y no de esclavitud.




PAREJAS EN EL ECUADOR


EL gráfico muestra dos encuestas con información acerca de las mujeres casadas o en unión libre y mujeres solteras en el Ecuador. La constitución de la pareja es el inicio de la formación de la familia, cuya estabilidad asegura el posible desarrollo integral de los hijos.


Distribución de mujeres, según estado civil o conyugal

              ENDESA    ENDEMAIN    ENDEMAIN
               1987       1989        1994

Solteras     30.0 %      33.0 %      34.4 %
Casadas o
Unidas       58.0 %      63.0 %      58.6 %
Desunidas     6.0 %       7.0 %       7.2 %
Fuente: ENDESA-87, ENDEMAIN-89, ENDEMAIN-94

 

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