

El hijo forma parte fundamental de la estructura de la
feminidad. Está en la vida de la mujer, desde siempre, desde
que alguien le dice: has nacido mujer, eres mujer. Porque de
ella se puede decir que es la que puede tener un hijo. Una
capacidad que, en la práctica, puede llegar o no a
transformarse en realidad, pues una mujer puede o no optar por
la maternidad. Pero en sí misma lleva esa posibilidad. De
hecho, todos los adelantos de la ingeniería genética se
originaron en la necesidad de hallar soluciones a la
infertilidad y la esterilidad: niños de probeta, banco de
semen, inseminación artificial y la misma clonación.
Pero la mujer se prepara para ser madre de un hijo deseado en
todo el sentido de la palabra: en el tiempo que ella desea, un
deseo compartido con un otro al que desea y con quien goza.
Por lo mismo, un hijo producto de sus derechos, de sus
ilusiones y expectativas. No un hijo impuesto ni obligado. Un
hijo amado al que se le ofrece, desde antes, algo más que un
nombre y un espacio físico.
Según investigaciones recientes realizadas en el Ecuador, el
30% de mujeres indica que su último embarazo no fue ni deseado
ni planificado. Este porcentaje se refiere a mujeres casadas o
que han organizado una familia a través de unión libre
consensual. Cuando se trata de adolescentes solteras, este
porcentaje bordea el 100%.
¿Cómo ser mamá de una hija o hijo no deseado, no planificado y
que, además, viene a alterar toda la vida? ¿Cómo no ver en esa
niña un obstáculo que impide conseguir lo que se tenía
planificado, el causante de haber dejado los estudios, de
haber pedido amistades, de no salir a fiestas, de pasar en
casa? En casos de chicas de 13 ó 14 años que se transformaron
en mamás, ni siquiera hubo el tiempo para construir un
proyecto de vida. Cuando esta niña mamá crece con su hijo,
descubre que entre ella y el mundo que en verdad le pertenece
se ha abierto una inmensa brecha que no podrá superar sino con
grandes dificultades.
¿Que si amas y adoras a tu hijo? Sin duda. Y estás dispuesta a
todo por él. Sin embargo, más de un día amaneces que no lo
soportas un minuto más: su llanto, sus exigencias, sus
malestares, los cuidados que demanda, el desorden que mete, se
tornan insoportables. Hasta llegas a decir que estás harta,
hasta la coronilla. ¿Que el niño no tuvo la culpa de tu
situación? Claro que sí. Pero es propio de nosotros que
echemos la culpa de nuestros fracasos y conflictos a la
persona que tenemos a mano. Y nadie está más cerca de una
mujer que su niño.
De pronto, te das cuenta que, sin saber por qué, le estás
regañando por todo, que lo gritas, lo insultas, le dices cosas
que a ti misma te asustan. Y así pasas de la ternura sin
medida, a las agresiones y violencias. Porque suele acontecer
que los niños no deseados, las hijas y los hijos de
adolescentes, terminan siendo agredidos y maltratados mucho
más que los otros niños.