

Hasta ya entrado el presente siglo, la mayoría de las mujeres
se casaban a edad muy temprana, muchas alrededor de los 15
años y pocas hacia los 18. Porque el destino vital de la mujer
no era otro que casarse y tener hijos. Y cuanto antes lo
hacía, mejor, porque dar hijos a la sociedad significaba una
obligación-impuesta por las costumbres y también por las
necesidades de un mundo en donde la mortalidad de los niños y
las mujeres era sumamente alta. Las pestes diezmaban en pocos
días ciudades y regiones enteras, y las guerras se encargaban
de arrasar con lo poco que quedaba.
En nuestro medio latinoamericano y nacional, no fueron las
guerras sino fue la insalubridad crónica la encargada de
matar a la población, en especial a niñas, niños y mujeres. La
esperanza de vida promedio para las mujeres, al comenzar el
presente siglo, apenas si llegaba a los 40 años, mientras que
las tasas de mortalidad infantil bordeaban los 180 por cada
mil nacidos vivos. Un cuadro espeluznante de mortalidad
materno infantil, ocasionada por complicaciones del embarazo,
el parto y el postparto y por enfermedades que, en la
actualidad, son fácilmente tratadas.
Hasta la mitad de nuestro siglo, la atención en salud apenas
si cubría un mínimo porcentaje de la población nacional,
mientras las mujeres indígenas y las campesinas quedaban
totalmente marginadas de cualquier posibilidad de atención de
salud general y, sobre todo, de la atención del embarazo y del
parto.
Con tan baja expectativa de vida, y con la casi seguridad de
que un significativo número de niños moriría antes de cumplir
los cuatro años, para las mujeres y para la misma sociedad
resultaba imperativo, primero, que la mujer se casara lo más
joven posible y, segundo que tuviera el mayor número de
embarazos que asegurasen un mínimo crecimiento de la
población.
La mujer pasaba, de manera brusca, de la niñez a la vida
adulta sin ninguna clase de preparación que le permitiera
asumir su vida con nuevas perspectivas.
Hasta 1950, el número de mujeres estudiantes fue mucho menor
que el de varones: las Universidades eran prácticamente sólo
para varones, y era pocas las mujeres que trabajan fuera de
casa. Los ideales fundamentales se centraban en lograr el
mejor partido para un matrimonio destinado a la procreación.
Un matrimonio, por otra parte, armado, organizado e impuesto
por la familia e incluso por extraños. La pubertad, es decir
la capacidad generadora, representaba, en la práctica, la
principal condición para que una mujer, casi niña, fuera
destinada al matrimonio. Inclusive niñas impúberes eran dadas
en matrimonio a adultos, viudos o solteros.
¿Y qué pasaba con la adolescencia? Sencillamente, no existía.
En primer lugar, es preciso recordar que el concepto de
adolescencia es relativamente nuevo, pues, tan sólo aparece en
Europa a finales del siglo XVIII y únicamente adquiere
importancia a mediados del XIX. A nuestra América llega mucho
más tarde.
De hecho, se empieza a hablar de adolescencia en la segunda
mitad del siglo como de un proceso de verdadera importancia
para la estructuración de las nuevas generaciones. Un
discurso que no ha logrado imponerse de tal manera que la
sociedad, el Estado, la familia y los gobiernos cambien sus
modos de pensar y actuar en torno a la inmensa población de
chicas y muchachos comprendidos entre los 12 y los 18 años.