

Sin duda, en especial para las chicas, la condición de
enamorada no legitima todo. Desde los patrones de la cultura,
pero sobre todo desde sus propias expectativas, valores y
creencias, existe la necesidad de poner límites para las
expresiones de ternura en el cuerpo. Ella pone un límite al
cuerpo del otro y al suyo propio como una forma necesaria para
estar bien, para transitar de mejor manera por la experiencia
amorosa que, apenas, es una iniciación.
Sin embargo, el placer es una experiencia no siempre capaz de
sostener los límites. Vivir lo placentero de lo amoroso es,
sin duda, la experiencia más humana. Por lo mismo, hundirse en
las caricias es, al mismo tiempo, demanda y exigencia que con
facilidad pueden rebasar los límites propuestos. Así de
imperativa es la sexualidad y, más aún, durante la
adolescencia cuando son tan frescas las experiencias y tan
demandante un cuerpo recién inaugurado para el placer que se
origina en el otro.
Por eso con bastante facilidad hacer el amor termina siendo el
culmen de una escena de excitación en las caricias. Una
experiencia en la que intervienen los cuerpos con sus
realidades pero sobre todo con un cúmulo de fantasías e
imágenes. Una anonadamiento no sólo de cuerpos físicos sino
de dos sujetos que buscan fundirse el uno en el otro en el
gozo. Intercambio de placeres indescriptibles que pertenecen
al mundo de la privacidad. Probablemente, esta experiencia
gozosa es la que con mayor intensidad y certeza da sentido a
la existencia de la mujer y del varón.
A las propias condiciones de la adolescencia es necesario
añadir las exigencias y presiones del mundo erótico. Si todo
habla de amar y hacer el amor, si a cada instante la
televisión ofrece el amor como la forma más humana de
certificar el amor, las chicas y los muchachos se sienten , en
alguna medida, impelidos a concluir sus escenas de caricias
haciendo el amor. Lo cual afecta a todas las chicas y
muchachos, incluso cuando sólo se hallan a las puertas mismas
de la adolescencia. De hecho, hacen el amor a edades cada vez
más tempranas. Ya no es nada raro que lo hagan al terminar la
primaria o en el primer año de la secundaria. De hecho, en los
segundos cursos de los colegios se da el mayor número de
embarazos conocidos.
Si bien es cierto que cada vez es mayor el número de mujeres
adolescentes que hacen el amor, es preciso no
sobredimensionarlo para no creer que lo hacen todas. Los
cambios que se han producido en torno a la sexualidad afectan
de manera muy importante a la mujer que, de espectadora y casi
marginada, ha pasado a desempeñar un papel protagónico.
Primero porque ya no quiere que su vida sexual sea anulada e
ignorada. Tampoco desea que todo el mundo esté pendiente de su
sexualidad como si no le perteneciese, como si no fuese de su
propiedad. No quiere ser juzgada y, menos aún, que se la
valore por su incapacidad de dar cuenta de su propio deseo y
de su goce.
Cuando una chica hace el amor, prefiere reservarse para sí
esta experiencia, primero porque la considera como un acto de
su libertad y de su pertenencia. Segundo porque, pese a los
cambios, la sociedad, en especial la familia, sigue siendo
persecutoria de la sexualidad femenina. Al revés de lo que
acontece con los varones, que se ven en la necesidad de
publicitar, casi siempre con exageraciones, sus conquistas y
experiencias porque, por las características de la
masculinidad, consideran necesario que los demás sepan de su
potencia, de esa potencia y goce que se sostienen en la
capacidad de erección.
Desde la cultura, ha existido siempre una desimetría entre
mujeres y varones en torno a la sexualidad. La virginidad, por
ejemplo, siempre fue un privilegio y un deber de la mujer para
quien sólo el matrimonio era capaz de legitimar, casi siempre
a medias, el ejercicio de la sexualidad. En efecto, la
sexualidad de la mujer tuvo un solo destino: la maternidad, lo
cual no le libraba de estar siempre dispuesta al deseo de su
marido.
En la mayoría de los casos, estas relaciones se dan desde la
espontaneidad, es decir, llegan y acontecen sin la
planificación que suele caracterizar a las relaciones entre
adultos. Lo que puede ser visto como una cualidad que
enriquece la ternura y el amor, también posee connotaciones de
tragedia porque suele ser la causa del embarazo ya que ni él
ni ella poseen los recursos para una relación protegida y
segura.
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La desimetría entre mujeres y varones se expresa en la cotidianidad, aunque sea más evidente en las relaciones amorosas y, por lo mismo, en la sexualidad. La cultura colocó a la mujer en situación de desventaja porque hizo de ella una virgen que, sin embargo, debía ser madre y esposa y, además mártir. Mujer sufriente, sometida al deseo, capricho e incluso violencia del marido al cual debía aceptar y sujetarse como prueba de su virtud. La fortaleza, poder y dominio del varón se sustenta en estos "valores" tradicionales legitimados por la cultura y sólo criticados de manera frontal en la contemporaneidad. Pero no han desaparecido la posición de sometimiento en la mujer ni la de dominio en el varón pese a los significativos cambios provocados por los movimientos feministas. La exigencia de la prueba de amor es una demostración clara de que no se han modificado sustancialmente los términos de las relaciones entre mujeres y varones. La mujer no solamente hace el amor desde la dinamia de su propio deseo sino también se ve obligada a hacerlo bajo la presión de un sofisma del varón que exige que ella "se entregue" como una demostración clara y veraz de que en verdad le ama. Ya no es la libertad del goce sino la obligación ante él con una demostración que, desde todos los ángulo, es una ofensa a la libertad, a la palabra y a los mismos afectos de la mujer. Mientras el varón tiene una relación sin que ello pruebe nada más que su deseo, la mujer se ve impelida a usar su cuerpo y su deseo para el otro. La prueba de amor es un falso argumento sostenido en el machismo y en la cultura de una sexualidad sostenida en la virilidad. La falsedad del argumento se ve luego, cuando un chico deja a una muchacha luego de que ella ha hecho el amor, a lo mejor por primera vez, para demostrarle la veracidad de sus afectos y palabras. Para él, una vez asumida la prueba, ésta no sirve para nada. Más aún, no faltarán quienes rechacen a la mujer que no les esperó para hacer la prueba del amor con ellos y no con el anterior. |