

En la adolescencia chicas y muchachos descubren, de manera
vivencial, que solos no pueden vivir; que el cada sujeto,
mujer o varón, es un ser a medias, incompleto, y que
necesita del otro para vivir, para dar cuenta de su
sexualidad. El deseo no es otra cosa que la fuerza que
moviliza a varones y mujeres a ir en pos de esa otra parte de
la vida que se encuentra en alguna mujer para él, o en algún
varón para ella. Porque la sexualidad humana es sinónimo de
"incompletud", existen mujeres y varones.
El destino de la sexualidad es la búsqueda del otro en pos de
una "completud" que se la obtiene en la relación amorosa. Un
destino que, además, se confunde con la persecución de lo
placentero y gozoso compartido en el encuentro amoroso. Y la
adolescencia marca un período especialmente privilegiado en
esta tarea de buscar, obtener y sostener lo amoroso.
Las transformaciones radicales que ha sufrido el discurso de
la sexualidad en el mundo contemporáneo se revelan en las
formas de las nuevas modalidades que poseen generaciones para
demostrar su ternura, el amor y el deseo como acontecimientos
de su pertenencia. Las expresiones de la ternura y el deseo
han salido del ámbito oculto para expresarse con libertad ante
los otros. La sexualidad no fue tabú en sí misma sino porque
tenía que ver con el placer que produce la ternura y el
intercambio amoroso de los cuerpos.
La conquista amorosa no es tarea fácil para nadie y menos aún
para los adolescentes que se inician en las lides amorosas.
Sentir interés por alguien significa colocarlo entre lo más
importante de la existencia y en un lugar muy especial en el
mundo de los afectos.
Al otro, mujer o varón, se llega de múltiples formas. Pero,
sin duda, la mirada es la primera y más importante vía. Ojos
que hablan, mirada que expone a la chica o al muchacho la
presencia del deseo y su fuerza. Es una mirada que, al mismo
tiempo que expresa el deseo, acaricia hasta el punto de
hacerle sentir a él o a ella algo nuevo y especial. Desde la
cultura, sería prácticamente imposible expresar el interés y
el deseo en el proceso de la conquista sin el recurso de la
mirada que, en consecuencia, exige cercanía, proximidad. En
efecto, lo amado debe colocarse siempre al alcance de la
mirada del otro. Por el contrario, la distancia que impide la
mirada, obstaculiza el tránsito del amor e inclusive llega a
anularlo. La mirada debe poseer características especiales
para ser expresión de ternura y no de agresión.
A diferencia de lo que acontecía antes, en la actualidad, las
chicas no esperan ser conquistadas sino que ingresan de manera
directa y activa en este proceso lleno de sorpresas,
angustias, anhelos, expectativas, éxitos y fracasos. En
primer lugar, consiguen ingresar en una nueva visión y
práctica de la amistad que implica introducirse en grupos
mixtos. Aun cuando la educación mixta favorece este primer
paso, en la práctica no es suficiente, puesto que hará falta
un cambio propositivo y definitorio de actitud en cada chica
y en cada muchacho, lo cual no es fácil para todos. La
capacidad de construir nexos de nuevas amistades entre pares
es el primer indicador de que se abre de manera más segura el
camino hacia la conquista amorosa. Por el contrario, las
chicas o los muchachos que manifiestan problemas en hacer
amistades y en mantenerlas suelen tener conflictos en
conquistar una chica o un muchacho.
En efecto, éste es el momento cuando se hacen evidentes los
problemas de la niñez e incluso de la infancia. La timidez, el
recelo existentes antes, hacen su presencia e incluso se
acrecientan. Cuando no ha habido una niñez sostenida en la
autonomía, la confianza y la seguridad en los demás, es muy
probable que la adolescencia se vuelva igualmente
conflictiva. La timidez, más que recelo de uno mismo, es temor
y desconfianza de los otros. La conquista amorosa pone a
prueba todos los recursos que se han ido acumulando para
romper con las ataduras de la niñez y, al mismo tiempo, pone
en evidencia ciertos conflictos, la mayoría de los cuales se
expresan en la formas de expresar y recibir la ternura.
Porque la relación amorosa no posee, de suyo, ningún otro
campo que no tenga que ver con la ternura, que está destinada
a que la declaración de amor verdadera; para ello utiliza
las palabras, la mirada, los gestos, las acciones y lo
objetos. Tierno es todo aquello que permite rescatar el valor
de la presencia del otro; todo lo que permite certificar ante
uno mismo y ante los otros que él es lo más importante para
ella.
Entre todos los elementos que caracterizan a la adolescencia,
la irrupción de las exigencias de dar y recibir ternura es
probablemente la más significativa. A ratos aparece como una
erupción de un volcán, otras como huracán de demandas y
también con la suavidad de la brisa. La conformación de pareja
se torna, pues, en un requisito indispensable puesto que sólo
así las prescripciones culturales legitiman el intercambio de
ciertas expresiones tiernas, en especial aquéllas que tienen
que ver con el cuerpo.