En pos de la identidad


        Uno de los acontecimientos más importantes de la adolescencia es el enfrentamiento súbito a una pregunta que nunca antes había aparecido en la vida de la niña y del niño. En efecto, hasta antes de la adolescencia, él o ella no se habían preguntado sobre sí mismos, sobre el sentido y la dimensión de ser mujer o varón. La chica y el muchacho se dan una respuesta que, en ese momento, satisface a medias. El rato menos pensado la pregunta surgirá de nuevo en forma de inquietud y también de duda y originará incluso angustia y zozobra puesto que las respuestas no parecen tan convincentes pues no explican el porqué de ideas, actitudes y deseos que, a ratos, aparecen para confundirles aún más. ¿Cómo demostrar que soy mujer con este cuerpo que, de la noche a la mañana, cambia, se altera y me altera, que me hace aparecer diferente? ¿Cómo esconderme, ocultarme, taparme para que los otros no me vean, para que sus miradas no se posen en este cuerpo que les llama la atención que, parece, les interesa?
De ahí de que para el chico y la muchacha, se trata de un período crucial en el proceso de la determinación de la identidad que conlleva funciones y papeles específicamente determinados y organizados por principios y por prácticas sociales. Es un tiempo personal que marca el ingreso al mundo a través de la conquista de un espacio propio en el espacio social y cultural. Porque en torno al concepto de identidad gira gran parte del discurso social, familiar y cultural puesto que es el referente básico y último para la comprensión de lo que es un sujeto en sociedad. La feminidad y la masculinidad, en tanto proyectos destinados a definir a los sujetos, no representan, en sí mismos, otra cosa que procesos de identidad destinados a proveer de diferenciaciones a cada sujeto puesto que los presenta como mujer o como varón ante los otros.
La identidad no es, pues, un acto único e irreversible, tampoco una realidad que se sustente en un solo referente como, por ejemplo, las características anatomo-fisiológicas. Por el contrario, representa un proceso que dura la medida total de la existencia y en el cual se halla vitalmente comprometido cada sujeto, aún cuando la adolescencia signifique un momento altamente privilegiado para esta tarea.
Pese al cuestionamiento de lo familiar y estatuido, los modelos domésticos son definitorios. Papá y mamá juegan un papel importante. Muy probablemente, el primer modelo con el que se identifican niñas y niños es con el papá en la medida en que aparece como aquél que posee a la mamá. Ser como él aseguraría el amor de la madre y su posesión. La tarea de la mamá es hacer de cada hija una mujer; para ello utiliza su posición de mujer amada y fértil junto a su marido y también los elementos, circunstancias y condiciones de la cotidianidad doméstica.
Sin embargo, como nunca antes en la historia, la imagen del padre se ha desvalorizado tanto para los adolescentes sean mujeres o sean varones. Cada nueva generación se ha enfrentado a la anterior incluso como una condición indispensable para que la cultura crezca y se modifique. Pero el mundo contemporáneo debe vivir de manera tan acelerada las transformaciones que el enfrentamiento generacional actual posee características violentas y sumamente abarcantes. Es decir, casi nada se libra de la crítica y de las nuevas actitudes que han asumido las chicas y los muchachos, sin marcha atrás. Las nuevas posiciones asumidas son, en gran medida, irreversibles. Aquello no acontecía antes. En efecto, pese a las críticas y las posiciones incluso extremas, pasada la adolescencia, mujeres y varones retomaban buena parte de la cultura social y familiar que fuera criticada y rechazada. En la actualidad, es cada vez menor el retorno a las formas culturales dominantes en las anteriores generaciones.
Este es, sin embargo, el mecanismo a través del cual las chicas y los muchachos se encuentran a sí mismos. Si la existencia es un proceso de identificaciones, de búsquedas y de encuentros, la identidad no es otra cosa que el hallarse a sí mismo en los otros. Este proceso es cada vez más rico cuanto más el sujeto se abre a los otros. Los adolescentes lo saben; así se explica esa casi compulsiva exigencia a ir en pos de los amigos y amigas y a abandonar cada vez más los contactos con el mundo doméstico.

 

PAGINA ANTERIOR PAGINA SIGUIENTE

INDICE
TEMAS DE LA COLECCION DIARIO HOY