¿Dormir con los padres?


        Por lo mismo, dormir en la cama de los papás, en medio de ellos, termina siendo uno de los objetivos más acariciados de todo hijo y de toda niña. Si se los mira con atención, se descubre en ellos una especie de fascinación cuando saben que existe una oportunidad de hacer realidad su anhelo, e igualmente una fuerza casi irresistible que se torna más imperativa cuantos más obstáculos descubren en el camino que les lleva al lugar de sus deseos y que saben que está prohibido. Porque se trata de una de las expresiones tópicas de la sexualidad infantil, dormir con la mamá y el papá les produce un placer comparable a la experiencia de mamar el seno, hasta el punto de que recurren a toda clase de subterfugios con tal de conseguir su objetivo.
Desde luego, se trata de estrategias, en su mayoría inconscientes, de las que nadie se percata y que poseen la fuerza suficiente como para hacer realidad el deseo. El miedo a la obscuridad, los sueños de angustia, el frío, ciertos trastornos físicos como dolor de cabeza o de estómago... Todo les sirve con tal de que la mamá los lleve a su cama.
La mayoría de los niños se acerca, paso a paso, sin hacer el menor ruido y se introduce en la cama ajena, casi como un ladrón, ciertamente como alguien que sabe que hace lo indebido. Demasiadas mamás y demasiados papás se hacen de la vista gorda. O bien ellos mismos dan pábulo al deseo de los hijos invitándolos a compartir la cama matrimonial, como si nada, como si fuese absolutamente normal y permitido. Sin embargo, en la estructura sexual de los pequeños pasan cosas que sólo ellos perciben y viven y que no dejarán de actuar más tarde. La cama matrimonial es exclusiva de la pareja pues representa el lugar privilegiado para dar curso a las expresiones más íntimas de la sexualidad, del deseo y del goce en los cuerpos. Ello implica y exige privacidad.
Desde muy pequeños, niñas y niños intuyen que algo especial acontece en la cama de sus padres y de lo cual se sienten excluidos. Aún antes de que la palabra les permita alcanzar mayores sentidos, la televisión se encarga de fomentar sus fantasías y de llenarles de explicaciones y de deseos. Cada escena de amor que presencian en la televisión incrementa las sospechas de que sus papás hacen lo mismo cuando les sacan del dormitorio. Cuando la curiosidad se une al deseo, harán lo posible para estar allí, como testigos de un mundo fantástico que no entienden.
La cultura humana se sostiene en una ley que representa el prototipo de toda norma y prescripción. Es la ley de la prohibición del incesto que regula el deseo y las relaciones de la sexualidad. La mamá, en primer lugar, luego, el papá, la hermana y el hermano quedan como objetos prohibidos para el goce sexual. A esta ley deben sujetarse todos, niños y niñas, como requisito indispensable para organizar su sexualidad y su identidad dentro de los parámetros de la cultura.
Pero debe ser señalada e impuesta por papá y mamá a cada hijo e hija mediante las actitudes y las ubicaciones claras y permanentes respecto a la prohibición de participar de su vida privada, del ejercicio de su sexualidad, es decir de su goce. De ahí la importancia de que hijos e hijas sean excluidos de la cama matrimonial.

 

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