Una sexualidad para niños



Cuando se habla de sexualidad infantil el punto de referencia no es lo que acontece con los adultos


Los infantes no son ángeles sino niños y niñas con un cuerpo que posee las marcas de una sexualidad que les provee de identidad para toda la vida. Sexuados y viviendo una realidad infantil, lo que equivale a decir, con características, dimensiones, tiempos, espacios y principios propios, lo cual los diferencia de manera radical de los adultos. Cuando se habla de sexualidad infantil, no es dable tomar como punto de referencia o de comparación lo que acontece con los adultos, hacerlo implicaría violentar la vida de los pequeños y pervertirlos.
El deseo y el placer son los primeros elementos cuya presencia da cuenta de la sexualidad. En el niño, el placer aparece casi de forma inmediata a su nacimiento y se hace evidente en su relación con el seno materno. Para comprender la relación del recién nacido con el seno de la mamá y con otras las experiencias placenteras que ella provoca, es necesario recordar que el ser humano no se encuentra regido por un sistema instintivo que, de manera ciega y necesaria, gobierne su vida y determine su comportamiento. Los instintos pertenecen a los animales, lo cual hace que se hallen dominados por el principio la necesidad y su satisfacción. La necesidad se satisface con un objeto determinado y propio, como el hambre con la comida o la sed con el bebida.
En el ser humano, el lugar de los instintos se halla ocupado por una compleja estructura de orden cultural constituida por el deseo y por las pulsiones. El deseo es búsqueda de objetos que producen placer y que, inclusive, pueden terminar en experiencias gozosas. El deseo nunca se satisface de manera absoluta; por el contrario, siempre queda insatisfecho como un requisito para seguir deseando y buscando. La pulsión es fuerza, empuje que moviliza al sujeto en pos del objeto de sus deseos. Este objeto, en numerosas circunstancias, puede ser sublimado a través del arte en cualquiera de sus expresiones, del deporte, el estudio, la profesión.
Al poco tiempo de nacido, el niño ya no busca el seno tan sólo porque tiene hambre, sino porque allí encuentra a la madre, su voz, su calor, la seguridad básica que ella le ofrece, esas primeras certezas indispensables para vivir.
Pero aún hay algo más. Mediante la succión del pezón, el hijo y la hija ingresan en un complejo proceso de erogenización del cuerpo que será determinante para que la sexualidad se transforme en una realidad capaz de producir placer. Boca y labios devienen zonas erógenas, es decir, lugares en los que se ubica el placer que podrá ser reeditado tantas veces cuantas se repita, ahora la lactancia, y más tarde el beso. Por todos es conocida la experiencia del niño materialmente agarrado al seno de su madre, realizando movimientos de succión sin mamar en absoluto y profundamente dormido. Si la madre le retira, el niño se despierta y llora sin consuelo. Este es un primer indicador de la presencia de una sexualidad que inicia su proceso de estructuración en torno a lo placentero. Además, mediante esta relación placentera con su madre, el hijo y la hija reciben los primeros elementos desde el otro que les permiten descubrirse como amados y deseados. La experiencia placentera derivada de la sexualidad provee de sentido y verdad a la existencia.
La sexualidad es una construcción que se inicia con el nacimiento sobre la base de un cuerpo que, si bien nació con las marcas de una sexualidad anatómica que será la base indispensable para todo proceso de identidad, requiere de todo el cúmulo de atenciones que la madre y los otros ofrecen para que en verdad consiga constituirse en cuerpo de mujer o de varón. Porque la feminidad y la virilidad se construyen mediante las palabras, los deseos, las atenciones, cuidados y miradas que la mamá y los otros brindan a la pequeña y al niño.
No se puede pasar por alto que el hijo es el producto de una relación amorosa, sexual y placentera. Esta es una realidad que, a medida que crecen, el niño y la niña la integran en un universo de fantasías que se hacen evidentes cuando, de súbito, pregunta: "Mamá, ¿cómo nacen los niños"? Pregunta que nada tiene que ver con los aspectos físicos sino con el orden del deseo y también del placer. Es decir, al hijo y a la hija les interesa certificar que son el producto del deseo y del goce de sus padres.



¿SABIA USTED?
MASTURBACION INFANTIL


La masturbación es una forma de autoerotismo a través de la cual se obtiene placer sexual mediante la manipulación directa de los genitales, o bien frotándolos o rozándolos con otra superficie: almohadas, la cama, el agua de la ducha, etc.
Es una práctica muy generalizada en la adolescencia tanto entre chicas como entre los muchachos y constituye la forma más utilizada para el logro del placer sexual y también para esa suerte de descarga emotiva que, a ratos, buscan los adolescentes. La fantasías eróticas, las escenas de ternura vividas entre enamorados y que no pueden concluir en una relación sexual suelen terminar en actos masturbatorios.
También los niños y niñas recurren a una especie de masturbación mediante las mismas estrategias. Desde que descubrieron que la zona genital es proveedora de sensaciones placenteras, una niña o un niño pueden recurrir a ella como alivio a su tensión, a la angustia, a la tristeza o a la soledad. En la niñez no es lo erótico lo que suele movilizar la práctica masturbatoria, sino lo conflictivo. Es una pequeña máquina para producir placer ante la soledad y el abandono y la falta de sentido en las realidad en las que se halla inmerso el niño. En este sentido, por lo general, puede considerarse un síntoma de angustia.
Las niñas suelen hacerlo con las almohadas, los brazos de los sillones o incluso mediante algún juguete. Se las ve excitadas y sudorosa hasta que llegan a una especie de clímax que las tranquiliza.
Como forma parte de la sexualidad infantil, niños y niñas no deben ser regañados o castigados porque, al hacerlo, se estaría inscribiendo la sexualidad en lo malo. Es mejor tratar de descubrir el origen de la angustia o de preocupación. Si persiste y se ha convertido en un síntoma, conviene consultar a psicoterapeuta.

 

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