

El presente siglo ha sido actor y testigo de las más grandes e
insospechadas transformaciones de la humanidad. Se han
producido cambios radicales en todos los órdenes: social,
económico, científico y tecnológico; existen nuevas ideas,
juicios y valores sobre el ser humano en sí mismo y sobre el
sentido de su presencia en el mundo y de su relación con los
otros. En gran medida, se ha roto con la ideología de los
siglos pasados e inclusive se ha llegado a anunciar el fin de
la historia y la muerte de la ideologías. Brechas insalvables
que indican que ya nunca más será posible vivir como antes ni
pensar de la misma manera a como lo hicieron las pasadas
generaciones.
Al terminar el siglo, resulta difícil comprender el mundo con
las mismas categorías que rigieron el pensamiento hasta su
primera mitad. Como jamás antes, los cambios se producen a
velocidades insospechadas. La ciencia, la tecnología y la
misma filosofía necesitan ponerse siempre a tono con las
nuevas realidades.
Probablemente, uno de los efectos más importantes de esta
revolución es el hecho de que el ser humano se transformó en
el eje, centro y destino del mundo. Este enunciado, que
actualmente parece obvio, no lo fue en este siglo. Sus
implicaciones han sido trascendentales y complejas puesto que
ha significado pensar de distinta manera a varones y mujeres
en lo que tiene que ver con el destino de su vida en el
planeta y en el universo, con el sentido de sus relaciones
personales e intersubjetivas.
Se critica sin cesar ese cúmulo de verdades que, durante
siglos, habían sostenido el sentido de la feminidad y de la
virilidad en el campo de las responsabilidades sociales y
familiares. De este análisis crítico, surgen nuevas
formulaciones en torno a la mujer a quien ya no corresponde,
por definición, el cuidado de lo doméstico, la maternidad y el
sometimiento al deseo y al poder del varón. Rescatar los
valores, derechos y legitimidades de la mujer ha significado
un cambio cuyos efectos aún no se perciben en su real
dimensión.
Por otra parte, al hijo, mujer y varón, se le otorgan derechos
antes ni siquiera imaginados. Estos derechos crean nuevos
principios que exigen a los Estados, las comunidades y las
familias organizar de distinta manera las posiciones mentales,
las actitudes, los espacios, las actividades y las
relaciones.
De esta manera, se conforma la imagen de un ser humano
construido con conceptos, principios, finalidades, valores,
posesiones, derechos y obligaciones no solamente nuevos sino,
sobre todo, abiertamente subversivos de un ordenamiento
cultural tradicional.
Así ingresan las niñas y los niños en el escenario social. De
seres casi desconocidos y sin importancia, pasaron a ocupar
un lugar cada vez más protagónico en un mundo que pretende
reinaugurarse con los adelantos de las ciencias, la tecnología
y con los nuevos conceptos de libertad y derecho.
Se denuncian los derechos del niño. Aparece una nueva
Pediatría que aborda a los pequeños no como a adultos en
miniatura, sino como a seres ser en formación y a quienes
impactan en su estructura todo lo que acontece en su entorno.
Igual acontece con la Pedagogía que se propone utilizar los
elementos propios de los pequeños como instrumentos del
proceso enseñanza- aprendizaje; por ejemplo, el juego, al
cual se rescata como elemento estructurante. Finalmente, el
Psicoanálisis irrumpe, de manera casi violenta, para brindar
nuevas explicaciones sobre la vida infantil y su constitución.
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El abuso infantil es una realidad lacerante en la sociedad ecuatoriana. Como forma preventiva, tiene un papel importante la educación. Sin crear desconfianzas ni falsos temores, los padres y maestros deben advertir a niños y niñas sobre el peligro de posibles abusadores. El gráfico muestra el vacío en relación con este preocupante tema: un apreciable porcentaje de niños y jóvenes aseguran que jamás les advirtieron sobre la posibilidad de ser víctimas de abusos sexuales por parte de los adultos. Otras encuestas revelan que el mayor riesgo se presenta entre familiares y conocidos y no por parte de extraños.
POSIBLES ABUSADORES
NSC 3,8%
Extraños 52,3%
Desconocidos 15,7%
Familiares mayores 6,8%
No me dijeron 20,2%
Otros 1,4%
Fuente: Defensa de los Niños Internacional (DNI) |

Hasta antes de nuestro siglo, ¿habría sido posible tan sólo
pensar, no se diga afirmar, que los niños poseen sexualidad,
es decir, deseos, fantasías y experiencias placenteras? El
pensamiento de Sigmund Freud provocó un profudo cambio. La
consistencia conceptual de sus afirmaciones le salvaron de la
condena oficial. Al hablar de la sexualidad infantil, devolvió
a niñas y niños su carácter de seres humanos con deseos,
pasiones, amores y odios. Los sacó del cielo y de la categoría
de los ángeles, en donde les había encerrado una tradición
filosófica y religiosa, y los colocó en su verdadero lugar.
¿Por qué se dio esta angelización de los niños? Por los
tradicionales valores de una arraigada tradición en la cultura
occidental.
En primer lugar, la sexualidad está destinada de manera
prácticamente exclusiva a la procreación. La sexualidad se
refiere, en la práctica, tan sólo a la genitalidad, al
conjunto de órganos internos y externos que permiten que una
mujer sea mamá y que un varón fecunde a una mujer. La
sexualidad equivale, pues, a relaciones sexuales, es decir, a
la unión corporal de una mujer con un varón.
Se condena la búsqueda del placer y al placer mismo en la
relación amorosa. De modo particular para la mujer, le está
vedado el gozo de la sexualidad y llega a ser pecaminoso
cuando pone en juego su deseo y su iniciativa. En
consecuencia, a la mujer le corresponde ofrecerse y someterse
al deseo y al placer de su esposo, como una obligación
adquirida por el matrimonio. Porque está prohibido, el placer
es el elemento que transforma en tabú la sexualidad ya que
existen múltiples formas de obtener placer en lo sexual. El
cuerpo es bueno en tanto en el se oculten sus referencias a lo
sexual y no sea tomado el lugar del placer y del goce.
Finalmente, la sexualidad es mala: por su causa ingresa el
mal en el mundo, es decir, el pecado. Y desde lo mítico de los
orígenes, el mal y la sexualidad se unen de tal manera en la
mujer que la transforman en el símbolo de lo sexual, del
placer y del mal.
Con estos principios, ¿cómo no excluir a los niños del mundo
de la sexualidad? A ellos se revistió de inocencia absoluta,
se los transformó en seres asexuados, en modelos de pureza, en
seres carentes de deseos y placeres.