

Los modelos domésticos se han vuelto caducos en la tarea de
construir varones y mujeres acordes a las exigencias del mundo
actual. En esta situación, la imagen del padre es la más
venida a menos. Las mujeres jóvenes lo consideran el prototipo
de machismo y el causante de haberse sostenido la situación de
desventaja de la mujer en todos los ámbitos, en especial en lo
que respecta a su papel en la familia y en los intercambios
amorosos. Por su parte, los varones juzgan que los padres no
actuaron de la misma manera que hablaron y enseñaron. Les
critican la doble moral que organizó sus vidas y que hizo de
la educación un sistema de engaños.
La figura de la madre no se libra de esta crítica. Con su
pasividad y sometimiento, construyó el modelo de mujer que la
cultura y la sociedad han esperado y fomentado: una mujer con
limitados márgenes de libertad y autonomía, que privilegió y
bendijo el sometimiento y la tolerancia hasta hacer del
sufrimiento y el martirio casi el destino de toda mujer. De
generación en generación, las madres hablaron de la cruz del
matrimonio que debía ser cargada sin protesta; se
subordinaron al sufrimiento como si éste fuese parte
importante de su destino en el mundo. Las nuevas generaciones
rechazan un modelo de mujer que las excluyó de una sexualidad
vivida desde lo placentero y gozoso y que redujo la feminidad,
casi de manera exclusiva, a la maternidad y al sometimiento a
los hijos. Este modelo tradicional explica la fragilidad de su
imagen y también la fragilidad de la mujer actual pese a los
grandes cambios que se han originado en torno de ella.
En buena medida, los adultos idealizan el pasado con sus
normas, valores y experiencias porque les resulta difícil
adecuarse a las exigencias de la modernidad y porque hacerlo
implicaría reconocer que no es cierto que todo tiempo pasado
fue mejor. El pesimismo que caracteriza a los adultos cuando
dan su punto de vista sobre las nuevas generaciones puede ser
interpretado como la respuesta de una sociedad en crisis que
espera muy poco o nada del futuro, es decir de sí misma. Lo
que diferencia a unos padres y madres de otros es la posición
asumida ante el papel de la juventud desde su capacidad de
revalorización de obstáculos y temores. Frente a aquéllos
que creen que adolescentes y jóvenes tan sólo han transformado
el convivir familiar y social en espacios de crítica y
rebeldía frente a lo establecido, están los otros que aceptan
que las generaciones actuales hacen tambalear todo aquello que
la sociedad debió sacralizar para subsistir.
Los mejores modelos vienen de fuera
Pese a la importancia de la familia en la estructuración de la
feminidad y la virilidad, la cultura siempre ha ofertado
muchos otros modelos que se originan en el arte, la ciencia
y, sobre todo, en la religión. Esta se encargó de ofrecer,
como ideal de feminidad, las vidas de ciertas mujeres,
caracterizadas por el sufrimiento, la virginidad y el rechazo
a lo placentero y gozoso de la sexualidad. En el pasado, los
modelos de la vida se tomaron de la literatura griega y
latina, de los héroes medievales y las guerras, de los
palacios e iglesias.
Ya en nuestro tiempo, entre otros hechos, la revolución de
mayo de 1968 pretendió también poner en el banquillo de los
acusados a todos aquellos ideales que habían sido impuestos a
lo largo de los tiempos. El museo de personajes, de ideas, de
principios, de valores y de creencias que se halla sostenido
por los procesos históricos destinados a asegurar que el mundo
se mantenga siempre el mismo. El siglo pasado, surgieron tres
pensadores que, con sus propuestas teóricas, modificaron de
forma sustancial las explicaciones sobre el ser humano, sus
orígenes y sus relaciones. Por ello fueron rechazados porque
es difícil aceptar esta clase de transfomaciones; sin embargo,
sus propuestas originaron las mayores del siglo veinte:
Darwin, Marx y Freud.
Para el hombre contemporáneo resultan insuficientes e
inadecuados los modelos de la tradición.
Los grandes efectos producidos por los medios de comunicación
no consisten solamente en haber achicado al mundo, sino en
haber cambiado los procesos de identidad de las nuevas
generaciones en la medida en que se han ofertado nuevos
modelos caracterizados por ser eminentemente mutantes y
transitivos: están hoy y mañana desaparecen y son sustituidos
siempre por otros destinados también al cambio y a la
desaparición. Pero todos, unos más que otros, desde distintas
perspectivas, dejan marcas en el proceso de identidad.
Cuanto más insuficientes se han vuelto las imágenes
domésticas, más poder y eficacia logran los modelos culturales
en los procesos de la identidad. De manera vertiginosa,
niñas y niños, muchachas y chicos se enfrentan a series de
personajes con los cuales se identifican y de quienes asumen
rasgos, actitudes, posiciones mentales y afectivas ante el
mundo, la ternura, el amor, la relación con los otros. El
modelo se constituye en una especie de molde con el cual se
forjan la mujer y el varón ideales.
La pantalla de televisión es un escenario privilegiado de
exposición y de modelaje. A cada niña o niño la cultura le
ofrece múltiples alternativas para la conformación de la
identidad. Esta identidad, para que pueda ser aceptada, debe
responder a los patrones impuestos por una cultura actual que
es eminentemente erótica, erotizante y sensual. Los modelos
sirven de mediadores entre lo que la tradición exige a través
de la familia y lo que exige la cultura actual.
![]() ¿SABIA USTED? El error de vestir en forma idéntica a los gemelos El proceso de identidad implica semejanza y diferencia con los modelos que se ofrecen a los sujetos. Es un proceso interno, psíquico, pero que se expresa también mediante una serie de indicadores externos. El cuerpo es uno de ellos, quizás el más importante. Pero no es suficiente. Hacen falta otros que vienen dados, de manera muy particular, por el vestido. Los gemelos suelen tener serios problemas en su identidad. En primer lugar por sus características físicas. Como son producto de un mismo óvulo fecundado que se dividió en dos, se parecen de tal manera que todo el mundo les confunde, pues las diferencias suelen ser tan pequeñas que, en especial durante la niñez, casi no se notan. Por otra parte, los adultos, particularmente la mamá y el papá, suelen vestir a los gemelos de la misma manera, con la misma ropa, con el mismo color. Esta costumbre tiene como objeto demostrar a los demás que los niños son hermanos gemelos. Pero los padres no se dan cuenta de que, al vestirlos así se les confunde aún más. Todo aquello se transforma en un obstáculo para su identidad. Por lo mismo, con los gemelos es imperativo utilizar todas las estrategias posibles y disponibles para diferenciarlos, comenzando con el vestido, el espacio, los tiempos, los juguetes y todo aquello que se les ofrece. |
Los textos siguientes recogen testimonios de adolescentes ecuatorianos en cuanto los atributos del cuerpo anhelado para su pareja: - "Yo quisiera tener una chica con un buen cuerpo, que tenga unas buenas caderas, que tenga unas piernas lindas. Que tenga un físico hermoso, un pelo largo lindo, bien cuidad". - "Para nosotros, una chica debe ser bonita, tener bonito cuerpo, ojos verdes, rubia y una bonita piel. Que cuando se ponga una mini falda se le vean las piernas lindas. También que tenga un buen trasero, unas buenas nalgas". - "Para las chicas de la escuela, lo principal es que sea guapo, bien guapo y alto. Yo he estado averiguando entre mis amigas de la escuela: todas dicen que lo primordial es que el chico tiene que ser guapo. Y siempre que la mejor parte sea la cara. Entonces ellas se fijan en los ojos. Que no sea ni tan flaco ni tan godo. Así. - "A la mayoría le gusta que el chico tenga los ojos verdes o azules. Estos colores les encantan a la mayoría. Si la nariz es fea, no les gusta el chico porque desacuerda. Y si tiene los ojos preciosos y la nariz fea, entonces no vale". Los dos siguientes son testimonios de chicas y muchachos negros de Esmeraldas. Los cuerpos ideales están construidos por la cultura blanco-mestiza del país: - "A las chicas de mi edad nos gusta un chico que sea de pelo rubio. Que sea guapo, que tenga buena talla, que sea bien parecido, con bastante músculo, que tenga un cuerpo ancho, más que todo los músculos y que tenga nalga". - "La chica ideal debe tener un cuerpo chévere. Su piel canela, unas curvas espectaculares, pelo castaño, color bien bonito, y que mida un poco menos que nosotros". |