La historia de los deseos de los otros


        En estricto rigor, en cada sujeto su identidad sexual se inicia antes de su nacimiento en la medida que es deseado, buscado, fantaseado e imaginado, como hija o hijo, por sus padres. Y estos deseos y fantasías pueden poseer tal valor e importancia que terminarán constituyendo una suerte de destino. Si en una familia, por ejemplo, primero nació una hija, es altamente probable que el papá, la mamá o ambos deseen que el segundo sea un varón, más aún si ya existen dos mujeres o dos varones. Hay mujeres que se embarazan muchas veces en pos del varón o de la niña que no llega.
En consecuencia, estos deseos constituyen parte importante de la estructura de la identidad sexual. Si el niño que nace responde a los deseos de cualquiera de sus padres, tendrá más fácilmente un espacio propio, legítimo y adecuado que aquél que contradice estos deseos. De hecho, no faltan mamás que, negando las señales de la anatomía, sobre el cuerpo de un varón, pretenden construir una falsa mujer, o al revés. Con frecuencia se ve a varoncitos vestidos y tratados casi como si fuesen mujeres. Es obvio que, para estos niños, será sumamente conflictivo lograr una identidad sana y consistente.
Pero aún hay algo más. El proceso de la identidad sexual tiene que ver también con el hecho de ser hijos e hijas deseados, esperados, buscados y queridos desde siempre. Una hija bienvenida posee espacios propios y legítimos que le facilitarán el proceso de sexuación. Porque, por desgracia, no todos los hijos vienen al mundo convocados por el deseo claro y firme del padre y de la madre. Muchos llegan por accidente y hasta de contrabando: niñas y niños no deseados e incluso rechazados, algunos incluso salvados de un aborto propuesto pero no realizado por razones que poco tienen que ver con la ternura. En consecuencia, el deseo del otro, de ese otro que originalmente se halla representado por el papá y la mamá, es el punto de partida indispensable y fundamental del proceso de la identidad sexual.

Como papá y mamá

La identidad sexual es un proceso psíquico, social y cultural que se realiza mediante la intervención de una serie de modelos ofrecidos por la familia, la sociedad y la cultura; la identidad implica ser semejante, parecido a otros: cada varón y cada mujer se construyen de conformidad a otras mujeres y varones que se encuentran en el entorno familiar y social. Sólo al ser humano le corresponde este privilegio que hace que su sexualidad sea única e irreconciliable con cualquiera otra. Por ello, resulta del todo improcedente estudiar la sexualidad humana, en el laboratorio, con animales que obedecen a principios genéticos e instintivos y que jamás requerirán de modelos ni de principios éticos y culturales para dar cuenta de una sexualidad destinada, de manera exclusiva, a la reproducción.
El ser humano es un producto de relaciones imagógicas: en la mamá y en el papá, como en una sala de espejos, niños y niñas se miran, producen imágenes, se ven reflejados y luego se identifican. ¿Cómo un niña podría decir yo soy igual a esa imagen, si carece de referentes, si nadie le sirve de espejo?
La madre constituye el primer espejo en el cual se mira todo bebé. No importa si es niña o niño, la relación que el hijo establece con su madre es la primera y la más importante no sólo porque le asegura la supervivencia, sino también porque será, en gran medida, el modelo determinante de toda otra relación a lo largo de la vida. La mamá, al asumir a su hijo como varón o como mujer, califica el sentido de la virilidad o de la feminidad de acuerdo a sus propias experiencias, fantasías y expectativas. Por ejemplo, si para una mamá no es placentero ser mujer, si vive su propia feminidad como una experiencia no gratificante o como un mal, construirá la feminidad de su hija desde esta posición de frustración. Más inconsciente que conscientemente, dice a su hija que no vale la pena ser mujer, mientras que al hijo le transmite la fantasía del privilegio de la virilidad, de su poder y de su dominio sobre las mujeres tratadas como seres de segunda categoría. De esta manera, la mamá se constituye en modelo de ser mujer tanto para la hija como para el hijo.
A lo largo de los primeros años, la madre y el padre aportan un sinnúmero de mensajes de carácter verbal: expresiones, elementos discursivos, sentencias, criterios, valoraciones, normas, actitudes y múltiples acciones; a esto se añaden sus posiciones afectivas: bondad, ternura, respeto, amargura, desprecio, agresión, tolerancia, benevolencia. Con todo este bagaje van construyendo la estructura sexual de sus hijos e hijas. Al mismo tiempo, los dos construyen imágenes ideales de mujer y de varón con las cuales tanto las niñas como los niños se identifican. Como efecto de esta relación, se producen las imágenes ideales de mujer y de varón que poseen un doble destino: por una parte configuran la virilidad y la feminidad en hijas e hijos y, por otra, serán los modelos de mujer y de varón que, más tarde, determinarán las relaciones amorosas.
La calidad real de los padres es, pues, determinante. Sin duda, los pequeños poseen suficiente capacidad de crítica, distinguen a la madre bondadosa de la agresiva o violenta, al papá cariñoso del ausente. Sin embargo, no por ello se arriesgan a rechazarlos porque se quedarán vacíos y desamparados. Solo con la adolescencia, cuando el modelaje doméstico ha cumplido su cometido, es posible que las figuras del padre y la madre no solamente sean criticadas sino incluso rechazadas.
Por su parte, la sociedad y la cultura construyen modelos casi rígidos de papá y de mamá que aseguren la transmisión de los valores, los principios y normas sociales, es decir, la tradición. En la actualidad, estos modelos han sido seriamente cuestionados y han debido modificarse porque ciertas normas y valores tradicionales resultan, en gran medida, anacrónicos para la construcción psíquica y social de las nuevas generaciones. A lo largo de la historia, siempre se ha producido algún nivel de contradicción entre la generación de los padres y la de los hijos, como condición para la movilidad de la sociedad y la cultura. Pero, a partir de la segunda mitad de este siglo, los desacuerdos generacionales son cada vez más grandes y profundos. Las expectativas cambian con la rapidez con que se producen las innovaciones en la ciencia, la tecnología y las comunicaciones.
Más que las mujeres y los varones adolescentes y jóvenes, es la cultura misma la que se halla en crisis por cuanto ya no responde a las exigencias, principios, deseos y expectativas de una nueva sociedad. Una crisis nunca antes vivida en la historia de la humanidad. Los movimientos culturales inaugurados en la segunda mitad de este siglo, como el hipismo, fueron una demostración de que los modelos domésticos y sociales, mantenidos como sagrados e inamovibles durante los dos últimos siglos, no son válidos para asegurar la constitución de una identidad que responda a los principios, criterios y exigencias de la contemporaneidad. Las transformaciones radicales en la música, el vestido, la presentación personal, el ritmo y el habla no pueden ser consideradas como extravagancias, sino que son símbolos e indicadores de un cambio que exigía enunciados y principios ideológicos nuevos y también posiciones existenciales diferentes.




MADRES E HIJOS

La influencia de la madre en la configuración de la identidad de los hijos e hijas es muy grande. La madre no sólo asegura la vida del niño, sino que es su primer modelo. Las caricias, la cercanía física, el afecto, son señales educativas que percibe el recién nacido .
El gráfico muestra la disminución del porcentaje de madres que no tienen hijos, desde los 15 a los 20 años. Conforme se acercan a esta última edad, son menores los índices de mujeres que no han pasado por la experiencia de la maternidad. Sin embargo, el acceso de la mujer al mundo laboral y a los estudios universitarios, la lleva a retrasar la decisión de tener hijos, sobre todo en estrados sociales medios y altos.
La experiencia de tener hijos a edad temprana, entre 15 y 20 años, es distinta por razones psicológicas, sociales y culturales que la experiencia de tenerlos en otra etapa, entre 20 y 30 años o incluso después.

Madres que no tienen hijos
        Edad          Porcentaje        Prom. de hijos

15 97.9 0
16 95.7 0.1
17 86.1 0.2
18 79.5 0.3
19 70.7 0.4
20 58.1 0.6

El porcentaje de madres que no tienen hijos disminuye con la edad entre los 15 y los 20 años

 

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