

Dentro del mundo contemporáneo, se han producido grandes y muy
importantes cambios en la concepción de la sexualidad, en su
sentido y también en los modos de vivirla. Los nuevos estilos
de vida, y en especial los medios de comunicación, han actuado
de manera directa para que el tema de la sexualidad dejara el
escondite en el cual lo introdujo la cultura y para sacar a
la sexualidad a la luz del día, con principios y valores
distintos a los antiguos.
Rescatar el valor de la sexualidad ha implicado dotarla de
nuevas significaciones y hacer frente a las creencias,
juicios y prejuicios, normas y regulaciones de diversa índole.
Los cambios en las significaciones se refieren, en primer
lugar, a que la sexualidad no se reduce ni se agota en la
genitalidad, es decir, en las partes del cuerpo del varón y de
la mujer destinadas a la reproducción y a las que se les
denomina órganos genitales. El sentido, la dimensión y los
destinos de la sexualidad tienen que ver con aspectos
personales, sociales y culturales muy específicos, entre los
cuales se destacan comunicación interpersonal, el placer y el
goce. Estas características hacen que la sexualidad humana sea
absolutamente diferente a la de todo otro ser viviente.
Desde esta perspectiva, se entiende por sexualidad ya no una
característica de un cuerpo, sino la totalidad del sujeto, ya
sea mujer o varón. Ya no es una función que alguien ejerce de
vez en cuando, sino aquello que define a todo sujeto en su
integridad, tal como lo demuestra el nombre que cada quien
posee y que le sirve para identificarse ante los otros de su
propia cultura y lengua como mujer o como varón. Esta nueva
perspectiva trata de rescatar, en su verdadero sentido y
valor, la presencia de cada uno de los sujetos en el mundo, en
cada uno de sus actos y en todas sus relaciones. Pretende, al
mismo tiempo, reordenar los lugares de los géneros en la
sociedad, en especial en favor de la mujer que, por su
condición de tal, ha sido colocada en un lugar de sometimiento
frente a los varones.
Para la identidad no basta el cuerpo
¿Por qué referirse a la identidad sexual como una de las
mayores tareas que compete a cada sujeto? ¿No basta, acaso,
lo que el cuerpo de cada uno señala para que alguien sea, sin
duda alguna, una mujer o un varón? Es verdad, el cuerpo y sus
características conforman los primeros y grandes indicadores
destinados a asegurar que nadie sea igual a otro, a que cada
sujeto posea una identidad básica e indispensable. Así se
entienden los problemas sociales y psíquicos por los que deben
atravesar, por ejemplo, los gemelos univitelinos, es decir,
los originados por la partición en dos de un mismo óvulo
fecundado, que, por su inmenso parecido, suelen ser
confundidos hasta por sus familiares más cercanos.
Sin embargo, cuando se habla de identidad sexual, las marcas
del cuerpo no son suficientes. En primer lugar, es preciso
tomar en cuenta que el ser humano se caracteriza por vivir en
perenne duda, pues sabe que son imposibles las verdades y
certezas absolutas incluso cuando se trata de sí mismo. A cada
sujeto corresponde construir su identidad sexual de tal manera
que se reduzcan a la mínima expresión toda duda y sospecha.
Tarea difícil y compleja que no puede realizarse sino con el
concurso activo, perenne y eficaz de muchos otros.
Los travestis constituyen un ejemplo muy claro de que no basta
el cuerpo para la identidad sexual; por una parte, niegan su
masculinidad al vestirse de mujer, la repudia, pues la
considera inadecuada e impropia. No necesariamente quiere el
travesti ser mujer, sino que se coloca en un nivel de negación
que va más allá de todo lo que compete a su cuerpo de varón.
Puesto que no sabe en qué consiste serlo, rechaza la
masculinidad. Al mismo tiempo, niega la feminidad, puesto que
pretende construirla sobre una estructura masculina negada,
tan sólo mediante el valor del vestido, el maquillaje, las
poses. De este modo se transforma en una falsa mujer y en un
falso varón, al mismo tiempo. El travesti, más que ningún otro
ser en el mundo, ignora en qué consiste ser mujer; por lo
mismo, padece la más honda de las confusiones en lo que
respecta a su identidad. Pero su mayor problema radica en que,
desde esa confusión, se propone engañar y confundir a los
otros, seducirlos con el único afán de que destruyan sus
certezas y las cambien por una grave incertidumbre. Sin
embargo, desde esta posición casi perversa, el travesti
anuncia a todos que la sexualidad humana es un misterio que no
se resuelve únicamente con las marcas de la anatomía en el
cuerpo.
El logro de identidad sexual exige un complejo proceso que se
inicia con el nacimiento y aún antes de él y que se extiende a
lo largo de la vida. Como dice Simone de Beauvoir, no se nace
ni varón ni mujer; la sexualidad se hace mediante la
intervención de muchos otros que aportan con sus deseos, sus
fantasías, sus quereres y con su propia identidad sexual.
Para el psicoanálisis, la historia del sujeto termina por ser
la historia de la construcción de su identidad y a este
proceso lo denomina sexuación; con él pretende señalar que
no existe ninguna otra identidad que competa al sujeto que no
sea precisamente la sexual.