Sexualidad e Identidad


Por Rodrigo Tenorio Ambrossi
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Psicoanalista, profesor de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador

        Dentro del mundo contemporáneo, se han producido grandes y muy importantes cambios en la concepción de la sexualidad, en su sentido y también en los modos de vivirla. Los nuevos estilos de vida, y en especial los medios de comunicación, han actuado de manera directa para que el tema de la sexualidad dejara el escondite en el cual lo introdujo la cultura y para sacar a la sexualidad a la luz del día, con principios y valores distintos a los antiguos.
Rescatar el valor de la sexualidad ha implicado dotarla de nuevas significaciones y hacer frente a las creencias, juicios y prejuicios, normas y regulaciones de diversa índole. Los cambios en las significaciones se refieren, en primer lugar, a que la sexualidad no se reduce ni se agota en la genitalidad, es decir, en las partes del cuerpo del varón y de la mujer destinadas a la reproducción y a las que se les denomina órganos genitales. El sentido, la dimensión y los destinos de la sexualidad tienen que ver con aspectos personales, sociales y culturales muy específicos, entre los cuales se destacan comunicación interpersonal, el placer y el goce. Estas características hacen que la sexualidad humana sea absolutamente diferente a la de todo otro ser viviente.
Desde esta perspectiva, se entiende por sexualidad ya no una característica de un cuerpo, sino la totalidad del sujeto, ya sea mujer o varón. Ya no es una función que alguien ejerce de vez en cuando, sino aquello que define a todo sujeto en su integridad, tal como lo demuestra el nombre que cada quien posee y que le sirve para identificarse ante los otros de su propia cultura y lengua como mujer o como varón. Esta nueva perspectiva trata de rescatar, en su verdadero sentido y valor, la presencia de cada uno de los sujetos en el mundo, en cada uno de sus actos y en todas sus relaciones. Pretende, al mismo tiempo, reordenar los lugares de los géneros en la sociedad, en especial en favor de la mujer que, por su condición de tal, ha sido colocada en un lugar de sometimiento frente a los varones.

Para la identidad no basta el cuerpo

¿Por qué referirse a la identidad sexual como una de las mayores tareas que compete a cada sujeto? ¿No basta, acaso, lo que el cuerpo de cada uno señala para que alguien sea, sin duda alguna, una mujer o un varón? Es verdad, el cuerpo y sus características conforman los primeros y grandes indicadores destinados a asegurar que nadie sea igual a otro, a que cada sujeto posea una identidad básica e indispensable. Así se entienden los problemas sociales y psíquicos por los que deben atravesar, por ejemplo, los gemelos univitelinos, es decir, los originados por la partición en dos de un mismo óvulo fecundado, que, por su inmenso parecido, suelen ser confundidos hasta por sus familiares más cercanos.
Sin embargo, cuando se habla de identidad sexual, las marcas del cuerpo no son suficientes. En primer lugar, es preciso tomar en cuenta que el ser humano se caracteriza por vivir en perenne duda, pues sabe que son imposibles las verdades y certezas absolutas incluso cuando se trata de sí mismo. A cada sujeto corresponde construir su identidad sexual de tal manera que se reduzcan a la mínima expresión toda duda y sospecha. Tarea difícil y compleja que no puede realizarse sino con el concurso activo, perenne y eficaz de muchos otros.
Los travestis constituyen un ejemplo muy claro de que no basta el cuerpo para la identidad sexual; por una parte, niegan su masculinidad al vestirse de mujer, la repudia, pues la considera inadecuada e impropia. No necesariamente quiere el travesti ser mujer, sino que se coloca en un nivel de negación que va más allá de todo lo que compete a su cuerpo de varón. Puesto que no sabe en qué consiste serlo, rechaza la masculinidad. Al mismo tiempo, niega la feminidad, puesto que pretende construirla sobre una estructura masculina negada, tan sólo mediante el valor del vestido, el maquillaje, las poses. De este modo se transforma en una falsa mujer y en un falso varón, al mismo tiempo. El travesti, más que ningún otro ser en el mundo, ignora en qué consiste ser mujer; por lo mismo, padece la más honda de las confusiones en lo que respecta a su identidad. Pero su mayor problema radica en que, desde esa confusión, se propone engañar y confundir a los otros, seducirlos con el único afán de que destruyan sus certezas y las cambien por una grave incertidumbre. Sin embargo, desde esta posición casi perversa, el travesti anuncia a todos que la sexualidad humana es un misterio que no se resuelve únicamente con las marcas de la anatomía en el cuerpo.
El logro de identidad sexual exige un complejo proceso que se inicia con el nacimiento y aún antes de él y que se extiende a lo largo de la vida. Como dice Simone de Beauvoir, no se nace ni varón ni mujer; la sexualidad se hace mediante la intervención de muchos otros que aportan con sus deseos, sus fantasías, sus quereres y con su propia identidad sexual.
Para el psicoanálisis, la historia del sujeto termina por ser la historia de la construcción de su identidad y a este proceso lo denomina sexuación; con él pretende señalar que no existe ninguna otra identidad que competa al sujeto que no sea precisamente la sexual.

 

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