

Esterilidad es la incapacidad de una pareja para lograr una
concepción, después de un año de mantener relaciones sexuales
sin protección anticonceptiva; la definición de infertilidad
comprende también la capacidad de realizar concepciones, pero
no hijos viables que logren nacer en condiciones aceptables
para vivir.
La esterilidad puede ser primaria cuando nunca la pareja ha
obtenido un embarazo, y se denomina esterilidad secundaria
cuando, luego de haber tenido uno o varios embarazos, la mujer
no se puede embarazar nuevamente, bajo los términos antes
mencionados.
Cuando una pareja decide tener hijos y descubre que no puede
lograrlo, se enfrenta a una situación diferente a otros
problemas médicos, para enfrentar la cual, habitualmente, no
está preparada . Sus reacciones son diversas y complejas y, en
ocasiones, se tornan irracionales.
La pareja necesita saber si existe o no, en realidad, un
problema; cuál es la causa o causas del mismo; si hay o no
tratamiento efectivo para resolverlo; en qué consiste y cuál
es su pronóstico. Todas estas respuestas se pueden contestar
solo cuando la pareja decide, de manera definitiva, someterse
a una evaluación integral, muchas veces con varios
especialistas; aquello requiere mucho tiempo, esfuerzo,
paciencia y, en algunos casos, dinero.
El problema es mucho más frecuente de lo que se piensa, y el
número de casos de parejas infértiles aumenta cada día. Las
parejas afectadas por este problema sufren no solo
momentáneamente sino, muchas veces, durante toda su vida por
numerosas situaciones que reviven o estimulan los recuerdos de
su infertilidad. Las parejas se ven muy afectadas al conocer
que otros no solo limitan la concepción , sino que llegan a
evitarla completamente. Por esta razón el enfoque médico no
puede descuidar la dimensión afectiva y psicológica de la
pareja.
Para los médicos, el tratamiento de la infertilidad
representa un reto muy grande y difícil por las limitaciones
diagnósticas y terapéuticas; en muchas ocasiones, los
factores causales son muy difíciles de corregir y, en el afán
de resolver alguno de ellos, se pueden alterar otros.
Frecuentemente las parejas presionan mucho por tener un
embarazo y cuando, pese a los esfuerzos, no se lo logra, es
frecuente el resentimiento contra el médico y, en incontables
casos, la deserción o falta de cooperación de uno de ellos o
de la pareja.

En el Ecuador es muy difícil conocer con precisión el número
de parejas que tienen problemas de esterilidad y fertilidad .
Es conocido por todo el mundo que el país tiene un alto índice
de crecimiento poblacional, con un elevado número de
nacimientos al año.
Debemos considerar que la cifra de parejas que tienen
problemas de fertilidad debe estar alrededor del 15%, que es
un porcentaje mundialmente aceptado. Este índice puede ir
creciendo por la influencia del medio ambiente y del sistema
de vida que mantienen las parejas. Como un ejemplo de aquello
tenemos que, cada vez con mayor frecuencia, las jóvenes
parejas posponen los embarazos para edades muy avanzadas, pues
aquel es un sistema de mejorar su situación económica. Otro
factor que incide en la fertilidad es el uso de métodos y
técnicas anticonceptivas indiscriminadas, sin control médico;
además, influyen el mayor índice de enfermedades venéreas, las
dietas severas, los ejercicios extenuantes, el tabaquismo,
alcoholismo y drogadicción, y la exposición a tóxicos
ambientales entre los cual se encuentra el plomo. Estos
factores afectan por igual a los hombres como a las
mujeres.
Las parejas que tienen problemas y que concurren a centros
especializados, cuentan con posibilidades de embarazos que
pueden variar desde el 20% al 50% de éxito, según el tipo de
problema que tengan.
Los factores que causan disminución de fertilidad en la
pareja varían de acuerdo a la población de que se trate. Por
ejemplo, en niveles socioeconómicos de escasos recursos
económicos, la causa más frecuente de ella son las
infecciones; en los niveles socioeconómicos de mayores
ingresos son más frecuentes la endometriosis y la falta de
ovulación.
La fertilidad máxima en la mujer se produce entre los 24 y 26
años; esta fertilidad desciende paulatinamente a partir de
los treinta y bruscamente a partir de los 35. Con la edad
aumenta también el número de abortos espontáneos.
La fertilidad disminuye con el uso de anticonceptivos, pero se
recupera rápidamente, a menos que se hubieran utilizado
anticonceptivos de larga duración. Después de los 40 años, la
fertilidad es casi nula y, más aún, si la mujer nunca ha
tenido embarazos anteriores; por esta razón muchos centros
especializados no aceptan parejas que sobrepasan aquella
edad.
En el hombre las edades de máxima fertilidad son similares
a las de la mujer; el declive se inicia después de los 35
años. El efecto de la edad paterna en la frecuencia de
abortos espontáneos es indiscutible; en muchas ocasiones, está
asociado al síndrome de Down o mongolismo.
En parejas normales hay un 20% de posibilidades de lograr un
embarazo en cualquier ciclo menstrual; del 60 al 65% de
embarazos ocurren en un periodo de seis meses de vida sexual
activa; el porcentaje sube al 75% en nueve meses y del 80 al
90% en un año. Pasado el año, mientras mayor sea el tiempo
transcurrido en que la mujer no logra embarazarse, menores
serán las posibilidades de concepción sin tratamiento.
El número de embarazos aumenta proporcionalmente con la
frecuencia de relaciones sexuales. Las eyaculaciones
frecuentes mejoran la calidad de semen, y el número ideal de
relaciones sexuales para lograr un embarazo es de cuatro veces
por semana, lo cual coincide con el rango común para la edad
de mayor fertilidad.
El tratamiento de una pareja estéril requiere un enfoque
integral y conocimientos de Ginecología, Andrología, Biología
y Endocrinología de la reproducción; medicina Interna,
Urología, Psicología y técnicas diagnósticas y quirúrgicas
sofisticadas; se requiere un trabajo en equipo y un
especialista responsable por cada pareja.