

Hay mil nombres para llamarlas: prostituta, ramera. meretriz,
buscona, golfa, perra, fulana, perdida... En la actualidad,
se ha propuesto llamarlas trabajadoras sexuales, con el ánimo
de erradicar el oprobio social del cual son víctimas que, por
supuesto, no desaparece porque se cambie el nombre.
Cada una de esas designaciones incluye dos aspectos
fundamentales: la venta de un placer, que no es vendible, y
la baja calaña de quien se dedica a este negocio. Nombres
equívocos e insinuantes al mismo tiempo, quizás cualquiera de
ellos es el más grave de los insultos dados a una mujer porque
pretende indicar que la prostitución implica la degradación
absoluta de la mujer que se vende, que entrega su cuerpo a
todos quienes lo solicitan, que ha echado al basurero el
sentido del honor, la privacidad y la intimidad.
Sin duda, el nombre más agresivo que se les ha dado es el de
mujeres de la vida alegre. Un nombre que pretende tapar la
verdadera realidad que se esconde en la inmensa mayoría de las
mujeres que ejercen la prostitución. ¿Son, acaso, alegres
porque salen a las calles, exhibiéndose de todas las formas
posibles, con tal de conseguir un cliente que las provea del
dinero para sobrevivir? ¿En dónde su alegría, cuando son
víctimas de toda clase de violencias, oprobios, agresiones y
explotaciones?
Mujeres de la vida alegre. ¿Acaso la vida de las otras, las de
la casa, es triste y aburrida? La verdad es que no hay alegría
en esas mujeres que, por lo general, saben muy poco o casi
nada de lo que significa placer y de la alegría en una
relación amorosa y tierna. El alquiler del cuerpo, en efecto,
no suele incluir sino la pantomima de un goce que ellas no
buscan en sus clientes.
Si no es alegre esa vida, ¿por qué se dedican a ella, por qué
no buscan otros trabajos más honrados, más gratificantes, más
aceptables? Estas y otras preguntas similares esconden siempre
el rechazo social y, al mismo tiempo, pretenden desconocer
las complejas razones que conducen a una mujer a la
prostitución. Ni es cierto que para todas las mujeres existen
las mismas oportunidades, ni tampoco que todas las que
trabajan en el mundo de la prostitución lo hacen por decisión
libre y personal. Se ha investigado poco y ellas mismas
prefieren callar. Porque, detrás de esa supuesta vida alegre,
existen historias de violencia, abuso sexual, incesto,
violación, engaño, presión, chantaje.
Niñas prostituidas por su madre a los 10 - 11 años de edad;
obligadas por una tía o una abuela, comúnmente también
prostitutas, a recibir clientes en casa o a irse con ellos, o
vendidas a traficantes internacionales o locales para los
grandes prostíbulos. De hecho, existen redes internacionales
de tráfico de mujeres de todos los países. O son llevadas a la
fuerza, o con el engaño de lucrativos trabajos, que nada
tienen que ver con la prostitución. Ya fuera de casa o del
país, se las obliga, bajo amenaza, a trabajar en centros
nocturnos a cambio de pagas, con frecuencia, miserables.
Ante el agravio del incesto o de la violación, algunas no
encuentran otra vía de escape que la prostitución, porque,
desde su imaginario, así pretenden vengarse de la sociedad y
la familia. Una agresión que, desde luego, conlleva siempre
una grave autoagresión.
Algunas fueron engañadas y seducidas por un hombre, que las
llevó consigo bajo la promesa de tomarlas por esposas, al
tiempo que les ofreció todo. Luego de un pequeño tiempo,
fueron obligadas, con amenazas y maltratos, a trabajar en los
prostíbulos o en la calle.

La prostitución y la trabajadora sexual han ingresado, desde
sus orígenes, a esas formas ambiguas y equívocas de los
discursos sociales en los cuales aparecen como la profesión y
la profesional más antiguas del mundo. Este calificativo
remite a una amplia serie de significaciones. En primer lugar,
se trata de un trabajo socialmente legitimado, elevado al
rango de profesión, y no cualquiera sino la más antigua entre
todas. Y de a una profesional, es decir de una auténtica
especialista que sabe del arte, que lo domina y que, además,
lo transmite de generación en generación. El arte de brindar
toda clase de placeres sexuales.
De esta antigüedad se desprenden su necesidad y su valor en la
sociedad, al tiempo que resulta más difícil aún entenderla
únicamente como una compra - venta de cuerpos y placeres.
Probablemente, su origen se deba al carácter mítico y sagrado
de la misma sexualidad humana. Sin embargo, en todo esto
existe una suerte de ironía, que se ha evidenciando cada vez
más por cuanto el ejercicio de la moral la ha condenado,
mientras a la prostituta acude el padre con su hijo
adolescente para que lo introduzca en el mundo de la
sexualidad, del placer y del goce. Para que brinde a este
muchacho el certificado de una heterosexualidad fuera de toda
duda.
De la "hospitalidad sexual" que implicaba prestar una noche la
mujer al huésped en señal de estima, se pasó a la
comercialización del cuerpo de la mujer. En la época de Solón
(64O- 558 ac), se habría establecido la primera casa de
tolerancia con su respectivo reglamento.
La mujer que vende, por momentos, su cuerpo ausente de placer,
debía diferenciarse de toda otra mujer que, supuestamente, no
gozaba sino que cumplía con el derecho del esposo a poseerla
como bien raíz.
En el Código de las Siete Partidas, de Alfonso X, se normatiza
el ejercicio de la prostitución en España, ejercicio al que
se lo califica de "oficio a salario". Las mujeres están
obligadas a usar atuendos que se transformen en indicadores
inequívocos de su condición, al tiempo que se prohíbe a los
sacerdotes recibir las ofrendas y limosnas de las prostitutas.
Porque, pese a la licencia real y a la demanda social, se
tratará siempre de un dinero mal habido, profano y
pecaminoso.
Resulta difícil definir el concepto de actividad económica
cuando se trata de evaluar el trabajo de la mujer. Ello
determina que un porcentaje de las mujeres aparezca,
estadísticamente considerado, dentro de la población inactiva,
pese a que realiza un sinnúmero de actividades de diferente
índole. De entre otras actividades, algunas están- destinadas
a la obtención de ingresos que aseguren su subsistencia y la
su familia. Esto se evidencia más cuando se trata de ubicar
la prostitución dentro de lo productivo.
La sociedad exige explícita e implícitamente que cada una de
las actividades que desarrollan sus miembros, por más
sencillas e insignificantes que parezcan, posean su aval, que
les confiere el sentido de legitimidad. Aquí radica lo
contradictorio de la prostitución puesto que, por una parte,
las leyes y reglamentos la autorizan y, por otra, su ejercicio
es criticado y perseguido por muchos actores sociales. Es una
"profesión" y, sin embargo, el dinero que adquiere la
prostituta es calificado de mal habido y sucio. Esta doble y
contradictoria posición social ubica a esta actividad en un
callejón sin salida y la deja siempre al borde de lo
delincuencial, que sirve para legitimar el abuso y la agresión
que se ejercen contra las prostitutas.
Se trata de una forma de vida que permite la supervivencia de
muchísimas mujeres y sus familias. Un trabajo sumamente
conflictivo y de alto riesgo que, como dicen ellas mismas,
cubre parte del gran desempleo en el que viven las mujeres de
los estratos pobres y marginales de los países en vías de
desarrollo.
"Para el Estado significa también una cómoda alternativa al
desempleo femenino, el mismo que se deriva de su propia
incapacidad para resolver las más apremiantes necesidades de
supervivencia de amplios sectores de la población. El control
y la lucha contra la prostitución sólo significan, entonces,
represión contra la mujer que la misma sociedad obliga o
condena a prostituirse" (Asociación de trabajadoras
autónomas, 22 de junio", El Oro).
Y cuanto más se agrava la crisis económica, tanto mayores son
las alternativas para la prostitución, que aparece como una
carta más del naipe que la sociedad, y también la feminidad,
poseen para enfrentar la pobreza. Las nuevas exigencias
sociales obligan a que ingresen adolescentes y
pre-adolescentes al mercado de la prostitución porque son las
preferidas. Así habla una joven mujer-trabajadora informal:
"Ahora la prostitución es muy grande. Antes se veía poquita
gente, pero ahora en las calles y en los cabarets se ven
chicas muy jovencitas. Hay niñas de 11 años, que son
prostitutas a quienes sus mamás les dan clientes, Yo conozco
muchas jovencitas. En este sector; por ejemplo, hay una niña
que tiene hasta menos de 16 años".
En el afán de comprender los modos de inserción de la mujer en
la economía informal y su participación tan significativa en
las estrategias de sobrevivencia de la familia, se ha afirmado
que la mujer tiene éxito porque prolonga fuera de casa lo que
realiza dentro de ella. Si este principio fuese cierto, la
opción de la prostitución, como estrategia de sobrevivencia,
no requería más explicaciones. Si dentro de casa le
corresponde el tránsito de la sexualidad en la pareja, ser
objeto de goce del otro, al ofrecerse como meretriz, no haría
sino sacar al mercado lo que posee y lo que sabe hacer. Esta
explicación es demasiado pobre y fatalista.
La mujer se prostituye porque éste es uno de los riesgos no
sólo de la marginalidad en sí, sino de la calle que moldea, de
manera casi amorfa, y en donde crecen muchas niñas. La calle
es un lugar abierto, perennemente expuesto y en el cual se dan
cita los múltiples acontecimientos de la urbe y de los
sujetos.

La irrupción del otro en el cuerpo de la prostituta será
siempre un misterio. Desde el machismo que ha regulado la
sexualidad dejando fuera a las mujeres, ¿cómo la niña, la
adolescente, la adulta prostituidas recibirán una y otra vez
una demanda que las deja siempre al margen?, ¿cómo esas niñas
organizarán su feminidad y su deseo de mujer frente a cada
cliente que viene a ella con una demanda, casi exclusivamente
física, y sin que ella pueda formular nada, más allá de
extender la mano y recibir lo pactado?
Seguramente, quedarán estructurándose siempre con heridas que
nadie verá, pero que ellas sentirán y por las cuales
atravesarán la maternidad, la ternura, el amor y el odio, la
frustración y el éxito. Señaladas con el dedo de la culpa
ajena, saben que sus vidas están vacías por dentro y por
fuera. "Nosotras estamos por el trabajo, no por el placer.
Para eso (el placer) tenemos nuestro compañero. Con el
cliente, no hay placer, es sólo un trabajo".
Desde luego que la prostitución propaga las enfermedades de
transmisión genital, y ésta es otra de las razones de su
persecución. La epidemia del sida las ha estigmatizado aún
más, pues se la considera como una de las vías importantes de
transmisión de esta enfermedad incurable Pero, antes que nada,
las prostitutas son sus primeras víctimas; con estas
enfermedades viven y mueren, numerosas veces, sin saberlo
porque en la mujer muchas de estas enfermedades son
asintomáticas.