

No es posible realizar un acercamiento comprensivo de
fenómenos sumamente complejos como la prostitución y la
pornografía sin tomar en cuenta la complejidad de los
fenómenos sociales, en especial de la misma sexualidad. Pero
es preciso distinguirlas, desde el comienzo para no
estigmatizarlas y condenarlas de igual manera, como atentados
al bien social y moral. Mucho más que lo pornográfico, la
prostitución ha acompañado la vida humana desde siempre,
quizás desde ese momento mágico en el cual se descubrió que,
en el ser humano, la sexualidad poseía nuevos sentidos y
dimensiones, que la diferenciaban de todo lo que acontecía con
el sexo en el mundo de la naturaleza.
El ser humano evoluciona de la naturaleza al orden de la
cultura; en un momento mítico de este desarrollo, aparece en
su vida una nueva sexualidad que, junto a su misión
reproductiva, se organiza con otros principios distintos. En
efecto, con lo placentero, asoman lo tierno, lo amoroso, lo
sensual y lo erótico. De los acercamientos y uniones
impulsivas, casi puramente del orden del instinto y que no
toman en cuenta al otro sino como un objeto de satisfacción de
necesidades, se pasa a la conquista amorosa, que implica el
reconocimiento de la libertad y, también, del deseo de la otra
persona.
Desde entonces, la historia de nuestra sexualidad se torna
compleja, como todo aquello que nos pertenece, como la vida
de cada mujer y de cada varón, hasta el punto de que, para
entender mejor los principales acontecimientos y procesos
humanos, es necesario recurrir también a los desarrollos
acaecidos en el campo de la sexualidad. Por ejemplo, los
cambios que se produjeron en el mundo a partir de la década
de los sesenta, no podrían entenderse bien, si se dejasen de
lado las transformaciones que se originaron en las
concepciones, posiciones y actitudes frente a la sexualidad.
El hipismo fue un movimiento contestatario ante la rigidez
social, de manera particular, respecto a la sexualidad.
El sentido y el ejercicio de la sexualidad han recorrido
caminos llanos y tortuosos: de lo puramente biológico y humano
se pasó a lo sagrado y religioso; de la libertad y
espontaneidad, al cuidado, vigilancia y control, hasta
conducirlos al campo de lo prohibido. Movimientos políticos y
religiosos han tenido mucho que ver en este proceso, puesto
que controlar la sexualidad y normatizarla, mediante reglas y
preceptos, han constituido mecanismos eficaces de control de
los pueblos y de las personas.
Ahí se halla la prostitución, siempre presente, como si fuese
parte necesaria de la sociedad, resistiéndose a las
persecuciones de todo orden. Curiosamente y en buena medida,
la prostitución habla de que existe un placer en la
sexualidad, y que este placer no siempre se obtiene mediante
los caminos y los medios que la misma sociedad ha legitimado.

¿Por qué aparecen, ellas, las prostitutas, en medio de esta
historia de lo placentero y gozoso? ¿Qué ofrecen estas
mujeres, calificadas como las profesionales del placer, que un
varón no pueda encontrar en su compañera, su novia, su
esposa? ¿Por qué aparecen, desde los tiempos inmemoriales,
unas veces como mujeres malignas y otras como sacerdotisas y
en calidad de mediadoras entre los humanos y los poderes
divinos, entre la mortalidad y la inmortalidad?
En su evolución, las sociedades han debido regular las
relaciones entre varones y mujeres para salvaguardar la vida y
el cuidado de los menores. El matrimonio se transforma en el
espacio legítimo para que la pareja pueda dar cuenta, de
manera legal y socialmente aceptada, de su sexualidad, y para
legitimar la paternidad y la maternidad. En estos nuevos
ordenamientos, el papel de la mujer y de su sexualidad se va
centrando en la maternidad. Ser madre es su misión y su
obligación y en esto consiste ser mujer. Se dejan, pues, de
lado muchos de los otros aspectos, en especial la posición de
la mujer ante lo que implica una sexualidad lúdica y
placentera. La mujer honesta y virtuosa es aquélla que
renuncia al placer de la sexualidad.
De forma paralela a este movimiento, la presencia de la
prostitución se hace más notoria e importante: según los
estereotipos, porque la mujer doméstica es, ante todo, madre,
la otra, la prostituta, retoma su papel original de proveedora
de placeres. Los griegos, por ejemplo, crearon un modelo de
prostituta en el cual convergían la belleza, la sabiduría y la
capacidad de ofrecer los más exóticos placeres junto con una
compañía muy especial. Las hetairas solían tener una esmerada
educación y algunas gozaban de una elevada consideración
social.