

Todo lo que pertenece a mujeres y varones es complejo y se
halla atravesado por contradicciones, a veces,
incomprensibles. Se ama y se odia al mismo tiempo; a la
necesidad de ternura acompañan la violencia y la agresión. La
salud y la enfermedad coparticipan de la existencia y hasta
conviven en la misma persona. Al tiempo que se busca el placer
y el goce, se realizan acciones que producen dolor,
sufrimiento e inclusive la muerte. Y no todo acontece al azar,
por mera casualidad o por accidentes. En ciertas
circunstancias, se conocen los riesgos y los peligros y, pese
a ello, se realizan actos que, finalmente, terminan por
producir daño.
Esto es lo que acontece, en general, con las enfermedades
llamadas de transmisión sexual (ETS). Hasta hace poco se las
denominaba enfermedades venéreas, (del latín venereus, es
decir perteneciente a Venus, la diosa del amor). porque
pertenecen al ámbito del placer que se origina en las
relaciones sexuales.
Nuestra sexualidad se caracteriza porque implica y hasta
exige ser compartida con otro en la vida amorosa. En efecto,
una de las manifestaciones más claras y totales de la
sexualidad, cuando se encuentra inscrita en el amor, es la
relación de los cuerpos, aquel acto mediante el cual la pareja
amorosa se funde de tal manera que logra , por un momento,
conformar con sus cuerpos y vidas un solo ser. Esta fusión
es, precisamente, la causa del gozo que tan sólo se produce
en el ejercicio de la sexualidad humana.
Hasta antes de que apareciese el sida, de la transmisión de
las llamadas enfermedades del amor se responsabilizaba, de
manera casi exclusiva, a las prostitutas. Por esa razón
también se refería a las ETS como enfermedades vergonzosas
porque el paciente contaminado denunciaba que había mantenido
relaciones en el prostíbulo o con una mujer de dudosa moral.
La prostituta es la profesional del placer y, al mismo tiempo,
la de la enfermedad y la muerte. Su ejercicio está autorizado
y regulado y, al mismo tiempo, rechazado y perseguido. Por lo
mismo, el hombre contaminado demuestra a la sociedad, la
familia, los médicos que ha cometido un acto socialmente
inmoral y rechazado, que ha ido al prostíbulo en lugar de
busca el placer sexual en los espacios socialmente
legitimados. Peor aún, si se trata de un casado o de una
persona célibe por profesión, como un religioso.
Las enfermedades de transmisión sexual y genital representan
un conjunto de infecciones que se transmiten por medio del
contacto mutuo de los órganos genitales del varón y de la
mujer. Sin embargo, la madre embarazada suele contaminar al
hijo ya sea durante el embarazo, en el momento del parto e
inclusive durante la lactancia, como acontece con el
sida.

En la actualidad se han producido cambios importantes en torno
a la concepción de la sexualidad y, sobre todo, respecto a las
formas de expresarla y vivirla. Vivimos en un mundo
eminentemente erótico y erotizante De manera especial las
nuevas generaciones viven una nueva cultura de la sexualidad,
que les induce a expresarla de forma mucho más libre y
espontánea que antes. Hacer el amor ya no es privativo de los
adultos y, menos aún, sólo de los casados. A edades cada vez
más tempranas, chicos y chicas hacen el amor o se prodigan
caricias, que incluyen contactos corporales y genitales.
Por otra parte, de modo particular a los papás, cuando su hijo
llega a la adolescencia, les preocupa sobremanera salir lo
antes posible de la duda respecto a las inclinaciones sexuales
de su hijo. Ante el temor al insoportable fantasma de la
homosexualidad, lo empujan a prácticas incluso prematuras. Si
bien es tranquilizador saber que su hijo ha conquistado una
chica y sale con ella, no es suficiente para hacer que
desaparezca el fantasma. Ante la imposibilidad de manjar las
dudas propias y de respetar los procesos de desarrollo sexual
de sus hijos, ellos mismos los empujan a relaciones tempranas
que, en gran medida, sólo se consiguen en el burdel. Y allá
van los chicos conducidos o empujados por el temores de los
otros o movilizados por la, emergencia de sus propios deseos.
Los cambios culturales y personales en los modos de concebir y
vivir la sexualidad son especialmente significativos para las
adolescentes. Por sus propios deseos y también porque son
víctimas de la presión de los varones, cada vez a más temprana
edad inician prácticas sexuales sin protección alguna.
El papel de la mujer es mucho más activo en las relaciones
amorosas y las prácticas sexuales porque ha asumido, con mayor
vigor, su propio género. Esta nueva posición, sin embargo, la
ha colocado, igualmente, en situación de múltiples
riesgos.
Ellas deben hacerse de los hechos y las consecuencias de los
embarazos no deseados, de la maternidad prematura, de los
efectos físicos y psíquicos de los abortos y también de las
enfermedades de transmisión genital y lo que éstas implican en
su vida cuando han sido transmitidas por la persona querida:
el esposo, el novio, un amigo.
Finalmente, los especialistas opinan que las enfermedades de
transmisión sexual se han incrementado notablemente.
Lo datos oficiales no revelan el verdadero peso del problema
por cuanto se refieren casi de manera exclusiva a los casos
que son atendidos en los centros-de salud pública. No toman en
cuenta a los que asisten a la consulta privada que son,
ciertamente, los más numerosos, pero que no son reportados por
la privacidad de la enfermedad que, en este caso y en otros
similares, cuenta mucho.