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Por los altavoces del Estadio Bellavista, de Ambato, se
escuchó: cambio en Deportivo Quito. Ingresa Alex Aguinaga por
Alfredo Encalada.
"El Flaco", quien iba a efectuar un saque lateral, con el
balón en sus manos, se acercó al debutante de 16 años. "Vamos
guambra, que vos puedes", le dijo y le entregó la pelota. Ese
fue su inicio. Jugaban el Quito y el Técnico Universitario,
que al final ganó el partido por 1-0.
Ese estreno solo era la confirmación de Alex Aguinaga como un
futbolista profesional, a una edad temprana para el medio
ecuatoriano, donde, a los 20 años, los jugadores son
considerados todavía como jóvenes promesas, cuando en
Argentina o Brasil, a los 18, es normal que sean titulares en
la primera división.
Como dice su ex compañero y uno de sus mejores amigos, el
propio Encalada, solo un ciego no se hubiera dado cuenta de
sus condiciones. Es que Aguinaga, en su categoría, era un
fuera de serie. Concretaba la increíble cantidad de 60 goles
por temporada.
Poco tiempo después de su debut, dejó de usar el peinado de
raya que le hacía su mamá, para tirarse todo el cabello hacia
atrás -como estaba de moda-, a sugerencia de sus nuevos
compañeros.
Luego empezó a mostrarse tal como era: molestoso, bromista, y
demasiado tímido con las mujeres.
Alfredo Encalada, que en aquellos años era profesor del
Colegio Alemán, llevaba a sus clases al "Huevito" -el
sobrenombre de Alex- para que conociera muchachas de su edad.
En una ocasión, le presentó a una de las chicas más bonitas
del colegio, quien hizo una cita con el joven Aguinaga.
El encuentro era un partido de tenis, pero la adolescente se
defraudó de Alex cuando lo vio. ¿La razón? Había ido con otro
amigo. Es más, durante el juego, se puso tan nervioso que le
dio un pelotazo a su acompañante.
Las anécdotas que vivió Aguinaga, en sus primeros años como
profesional en el Quito, son muchas. Le gustaba "jorobar" a
sus compañeros y tirar la ropa de ellos a la piscina del
Complejo del club, en Carcelén. Un día, le hicieron lo mismo
al "Huevito". Este se puso furioso, porque su dinero y su
chequera se empaparon y, para calmarlo, sus colegas le
metieron al sauna, con todas sus cosas mojadas y él
vestido.
El Aguinaga de hoy, de 29 años, casado y con tres hijos,
continúa vacilando a todo el mundo. Los que lo conocen dicen
que, por eso, es fácil quererlo. Sigue "super" tranquilo, como
destaca Encalada. Vive una vida de "zanahorio" -igual que en
su juventud-, dedicada a su familia y su profesión. Tal vez,
basados en aquello, los entendidos del fútbol dicen que podrá
jugar, sin problemas, hasta los 36 o 38 años.
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