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Aquella travesura llamada fútbol

Oscurecía en Los Laureles. Y, en una de las canchitas del barrio quiteño, varios chiquillos no se cansaban de darle y darle a su juguete más preciado, un balón de fútbol. Dos de ellos, hermanos, estaban en la punta de la lengua de su mamá. Es que ya era tarde, y Marcelo y Alex no se aparecían en la casa de los Aguinaga Garzón.
"Eramos muy traviesos. Jugábamos con la pelota dentro de la casa, rompíamos cosas, trepábamos paredes, brincábamos por todas partes, nos íbamos en bicicleta a donde se nos ocurría. En fin, hacíamos de todo, pero, no nos cansábamos del fútbol. Era -y es- nuestra pasión. A pesar de los regaños, seguíamos. Es que lo llevamos en la sangre", cuenta Marcelo, quien fue, durante su niñez, uña y sucio con Alex.

Jugada de gol en plena sala de la casa

La actual estrella del Necaxa mexicano, mayor con un año de Marcelo, ensayaba sus jugadas de delantero goleador con su hermano, que hacía de arquero.
Al principio solo practicaban los dos. Después, con el tiempo, se hicieron amigos de los otros niños del barrio y formaron su propio equipo. Aunque los dos eran inseparables. Hacían diabluras y, como cualquier chiquillo, buscaban la forma de enmendarlas.
En uno de sus partidos caseros -es decir dentro de la casa- un elefante de porcelana, adoración de su madre, cayó al piso y se hizo trizas, luego de un remate de Alex que topó en las piernas de Marcelo. Los infantes, asustados, escondieron los restos del valioso adorno, a fin de que su progenitora no se diera cuenta de la travesura.
Todo fue inútil, ella comprendió todo, mas no reprendió a los pequeños. "Nos salvamos. Tal vez porque el deporte ha sido la identificación de la familia", recuerda Marcelo, el "compinche" de Alex.


 

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