La generación de hoy

En 1982, cuando nació HOY, nació también una nueva generación que, con sus 15 años de edad, tiene su propia manera de ver el mundo, la vida y el destino. Aquí van los testimonios de algunos de sus integrantes.


K'aya Cachimuel Amaguaña

Una preciosa mañana

Se llama K'aya, que quiere decir mañana. Y es así de luminosa. Y de alegre. Como si en su sonrisa revolotearan pajaritos.
Nació en Otavalo, el 7 de mayo de 1982. Su padre es José Manuel Cachimuel y su madre es Rosa Elena Amaguaña. K'aya es la quinta de diez hermanos, ocho de los cuales son varones. Todos son músicos; e impulsados por su padre, formaron el grupo Yaguar Wauki (Hermanos de Sangre) y el de danza Yarina (Recordando).
K'aya se saltó el jardín de infantes y entró, a los cuatro años de edad, directamente a primer grado. Por eso ahora está en quinto curso del Instituto Superior "República del Ecuador". Su especialidad es la informática y quisiera ser analista de sistemas.
Entre sus estudios y la danza, no tiene tiempo para el amor: nunca ha tenido un enamorado y, a diferencia de la mayoría de los jóvenes de su comunidad, no quiere casarse pronto.
Es católica, pero va a misa solo de cuando en cuando.
Lleva con orgullo su vestimenta tradicional y ama escuchar de boca de sus abuelos las tradiciones, sobre todo aquellas relativas al amor entre el taita Imbabura y el Cotacachi. No entiende cómo aquellos que viajan se olvidan de su tierra, sienten vergüenza de hablar el quichua, y comienzan a vestirse con otra ropa. Lo único moderno que ella tiene en su atuendo son tres aretes en la oreja derecha y dos en la izquierda.
Nunca se ha sentido discriminada por ser indígena y considera que hay que luchar porque en la sociedad cada hombre considere al otro su igual. Tiene fe en que el Ecuador del futuro va a ser mejor que el actual, y por eso da tanta importancia a la preparación y al estudio. Le gustaría, en su momento, involucrarse en política para transformar esa actividad, ya que hasta ahora los gobernantes "se han preocupado más por hacer dinero y por su beneficio personal, que por mejorar las condiciones de los más pobres".
De la comida prefiere las sopas, aunque también su paladar se ha adecuado a las hamburguesas y las pizzas. Y a la Coca-Cola.
Cuando está triste (porque a veces la mañana se ensombrece) se pone a oír las canciones de Julio Jaramillo. Y cuando está alegre, los vallenatos. Y algo de rock, también. No le gustan las discotecas, por la cantidad de gente que se apiña ahí y por el ambiente pesado que se forma. En su tiempo libre se dedica a bailar con su hermana mayor (que estudia turismo en la Universidad Católica de Ibarra) y entre las dos inventan pasos para las nuevas coreografías con que luego recorrerán la provincia, en presentaciones que ayudan a solventar la economía familiar, a pesar de que su padre en su comercio de artesanías, gana lo suficiente como para pagar los estudios de todos sus hijos.
Ve en el alcoholismo un serio obstáculo para el desarrollo del ser humano, aunque cree que el problema está siendo cada vez mejor comprendido y combatido.
En diciembre pasado fue escogida para actuar en un programa de la serie de televisión "Pasado y Confeso" y desde entonces la posibilidad de ser actriz le ronda por la cabeza. Quisiera irse a Méjico para estudiar actuación, pero antes tiene que sacar su bachillerato.
Porque K'aya, que quiere decir mañana, significa también porvenir.



Jesús Lara

La vida no le ha hecho un gol

Jesús Lara nació el 8 de abril de 1982. Tiene un hermano y dos hermanas; el es el penúltimo.
Asiste al segundo curso en el colegio "Valle del Chota" y, de todas las materias, la que más problemas le causa son las matemáticas, "porque los números son bien jodiditos". En cambio, le entusiasman las Ciencias Naturales y quisiera ser químico de profesión.
Un primo suyo, Sandro Borja, que ahora defiende el Deportivo Quito, le insufló desde niño la pasión por el fútbol y le enseñó los secretos del arco. Jesús integró la selección de Imbabura Sub 14 (que obtuvo el vicecampeonato nacional en Manabí) y hoy, con su metro setenta de estatura, es arquero titular de la Sub 17. Al fútbol le debe, entre otras cosas, haber viajado a Manabí, Babahoyo, Latacunga, Quito y Esmeraldas.
Siente que la vida aún no le ha metido un gol y por eso está feliz. Quiere ser famoso como Higuita o Chilavert y salir en las fotos como Jacinto Espinoza o Geovanny Ibarra. Una vez graduado de bachiller, está dispuesto a pasar al profesionalismo.
Además del fútbol, practica el atletismo y nada en el río Chota. Ese mismo río que en una crecida, hace cuatro años, se llevó la casa de sus padres y dejó a la familia a la intemperie. Sin embargo, gracias a una donación, ahora los Lara tienen una casa de cemento y ladrillo en el barrio "Parientes Pobres", donde la gente "es pobre pero honrada", hasta el punto de que allí jamás hay un escándalo, un robo o una pelea.
Ama a su raza y está orgulloso de tener amigos en todos los sitios por donde ha estado. Ama también a su enamorada, una compañera de clase con quien se sienta en la misma banca y, a la hora de los exámenes, comparte todo tipo de información.
No piensa casarse pronto y, aunque no ha tenido relaciones sexuales, no cree necesario que el hombre llegue virgen al matrimonio. La mujer sí. Sabe de los métodos anticonceptivos, aunque hasta el momento no los haya utilizado ni haya acompañado nunca a algunos de sus amigos en sus aventuras por los cabarets de Ibarra.
Duda que alguna vez un negro llegue a la presidencia del Ecuador, porque la gente cree que el negro, "por ser negro no tiene cabeza". Se indigna porque al negro le culpen de todos los males y a muchos les hagan pagar condenas injustamente.
Religioso practicante, asiste a misa todos los domingos y comulga con frecuencia. Pertenece a un grupo católico juvenil y todos los viernes, a las cinco de la tarde, asiste a las reuniones para hablar de Dios. A veces lleva a su enamorada.
Su padre trabaja en una fábrica y su madre compra pescado que viene de la costa y, luego de freírlo y aderezarlo con un encebollado, lo vende en su domicilio. Además, la familia cultiva porotos en un terreno propio, de una hectárea.
Baila el ritmo de "la bomba", pero también vallenatos y algo de rock. Come con voracidad "todo lo que venga", pero mantiene su porte atlético por la cantidad de ejercicio que realiza.
Se levanta a las seis de la mañana, toma el bus y se va a Carpuela, donde está su colegio. Regresa a su casa a la una de la tarde, hace sus deberes y se va a jugar fútbol. Después ve telenovelas. Los sábados trota varios kilómetros por la carretera.
Le da pena no saber mucho sobre sus antepasados, de dónde vinieron y cómo los esclavizaron; pero sus padres o sus abuelos, a pesar de ser tan unidos, "nunca hablan de eso con nosotros".




José Luis Ñauñe Quito

La calle es su elemento

Chantando gorra, calentador, zapatos de lona y adornado con una sonrisa vivaz y una mirada pícara, vende papas fritas y chifles en el triángulo de la autopista al valle de los Chillos.
Nació el 18 de agosto de 1982, segundo de ocho hermanos, el último de los cuales tiene apenas 11 meses. Cuando, a los 17 años, el mayor murió de una afección al corazón, José Luis le tomó la posta en la calle.
El negocio involucra a la familia: los padres pelan una arroba de papas y una mano de plátano verde, y luego de rebanarlos, los fríen; los hijos se encargan de añadir sal y poner el alimento en bolsas plásticas. A las ocho de la mañana, José Luis sale de su casa, situada cerca del peaje, toma el bus y se baja en el semáforo.
Entonces gana la calle. Se siente en su elemento y comienza a vender. Sortea el tráfico. Se para en la mitad de la vía. Corre y se cruza hasta ganar la vereda. Por cada bolsa que vende se mete mil sucres al bolsillo. Cuando tiene hambre, va a una fonda cercana y almuerza al apuro.
A las tres de la tarde regresa a su hogar con el producto de su negocio: cien mil sucres, que entrega íntegramente a su padres. Luego dedica un rato a ver televisión y, a las cinco de la tarde, sale de nuevo para tomar el bus que le deja al pie del colegio Montúfar, donde estudia hasta las diez de la noche, como alumno de primer curso. Tiene cierta preferencia por las matemáticas y la materia que menos le agrada es Sociales. Sus lecturas son muy limitadas; de ellas, recuerda el cuento de la Caperucita Roja, el único libro de literatura que ha leído.
Su mejor amigo es Stalin, otro vendedor ambulante de la zona, con quien, además del riesgo de un atropellamiento, comparte chistes y vaciladas. Y también tristezas, como el recuerdo de ese compañero al que un carro le arrolló porque, el instante preciso, perdió el equilibrio y cayó bajo las llantas.
El dolor de espalda que siente lo atribuye a la incomodidad en que duerme sobre una pequeñísima cama de tabla que tiene un colchón viejo y gastado. Pero, así y todo, es un privilegiado frente a sus hermanos: ellos se acomodan tres en una cama, dos en otra y los dos menores en la de sus papás. Su casa solo tiene tres cuartos y un baño que queda afuera.
No tiene enamorada, aunque le ha echado el ojo a una chica "que unas veces me da bola y otras no". Pero sabe que el amor siempre da sorpresas. Como esa vez que, sin pensarlo, se acostó por primera vez con una vecina de 16 años. La experiencia, que hasta ahora no se ha repetido, le gustó. "Es que en realidad me fue chévere", dice. Cree que está bien que los jóvenes tengan experiencias sexuales y que en la actualidad es un absurdo que alguien, hombre o mujer, piense llegar virgen al matrimonio. Conoce alguna cosa sobre los métodos anticonceptivos y, de todos ellos, prefiere el condón.
No se queja de su suerte: dice que tiene lo suficiente para comer y, cuando lo necesita, comprarse un nuevo calentador u otro par de zapatos. Sin embargo, quisiera poder vivir en un casa más grande, con mayor holgura.
Sueña terminar el bachillerato y entonces dedicarse a su única pasión: el fútbol. Aspira a vestir la camiseta de Liga y entrar a la cancha de titular, como volante izquierdo.
Por eso ahora se entrena y dribla con astucia el tráfico.
Como dribla con alegría la pobreza.



Boris Noboa Araujo

Un músico con inquietudes

Nació el 20 de junio de 1982. Actualmente estudia en el Instituto Técnico Superior Vicentino, pero en El Puyo no tiene fama por eso sino porque es el organista oficial en cuanto acontecimiento social se realiza, ya que tiene ángel para la melodía.
Quiere ser ingeniero de sistemas pero, además, seguir con la música, que es la que pone el "ritmo a la vida". No tiene enamorada y, mientras se arregla los lentes que siempre los lleva sujetos con un cordón, dice que su deseo es procrear para sentir lo que es ser padre y poder dar a sus hijos todo su amor y toda su ternura y "hacerles notar lo que les quiero".
No se considera para nada machista y se pregunta por qué las mujeres no pueden jugar en la sociedad los mismos roles que los hombres, sobre todo teniendo en cuenta que ellas cada vez están mejor preparadas. Piensa en el amor como en algo lindo, como un acto de confianza entre un hombre y una mujer, pero enseguida aclara que él cree también en el amor hacia los padres. "Amar no es solo pasar dándose besos, sino construir algo juntos".
Tiene muchas inquietudes sobre el sexo, pero se lamenta de que éstas no sean resueltas ni en el colegio ni en la casa, sino más bien por conversaciones con sus amigos o "por las propias fantasías". Cuenta que "los profes en el colegio nos dicen que las chicas que se van a graduar de bachiller ya han tenido por lo menos tres experiencias sexuales", pero no fundamentan esa apreciación en alguna base creíble. "El profe de Naturales nos da lecciones sobre las partes del cuerpo y en mi casa también leo lo que puedo sobre sexo, pero en ninguna parte encuentro una explicación sobre eso que yo siento y quiero".
Se duele por el destino del país y su lastre de subdesarrollo. Reclama la falta de miras de las autoridades que, en lugar de insuflar esperanzas y optimismo al pueblo, exclusivamente se preocupan por que les den plata para hacer una determinada obra, no siempre la más urgente ni la más necesaria. "Los políticos creen que nosotros somos hormigas y ciegas; que estamos hechos solo para obedecer".
Está orgulloso de tener sangre india en sus venas, porque el mestizaje es enriquecedor, ya que permite fundir dos maneras de ser y de mirar el mundo. "Me da pena cuando mis amigos indígenas se avergüenzan y no quieren reconocer su condición de tales". A pesar de eso, no cree que se den las condiciones para que exista un alcalde indígena en El Puyo, porque entonces "los indios se levantarían contra los blancos y habría nuevos problemas".
No considera ni remotamente la posibilidad de trasladarse a vivir a otro país, porque él ama al suyo a pesar de todas sus limitaciones. Y ama, fundamentalmente, la Amazonía, esa tierra promisoria "a la que hay que cuidar y preservar para que el siglo XXI no la encuentre devastada, con su naturaleza arrasada y su fauna, muerta".
Es consciente que los jóvenes tienen sobre sus hombros la responsablidad de hacer las transformaciones que el país requiere aunque, mientras tanto, sigan, como Boris, jugando fútbol en sus tiempos libres y gritando por el Barcelona a la distancia.
(Giovanna Tassi)

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