La generación de hoy
En 1982, cuando nació HOY, nació también una nueva generación que, con sus 15 años de edad, tiene su propia manera de ver el mundo, la vida y el destino. Aquí van los testimonios de algunos de sus integrantes.


María Elena Castillo Arboleda
La muchacha logarítmica

Se llama María Elena Castillo Arboleda y nació, para su suerte, en Esmeraldas. Los quince los cumple el próximo 28 de mayo. En la cultura de la esquina todas las personas son personajes y se les escamotea el nombre con su apodo. El de María Elena es Popis. Es la segunda en una familia de tres. Es cincoagostina (del colegio 5 de Agosto), como los más bacanes de la ciudad y, para no desentonar, ama las matemáticas. Como ven, le gusta hacer su propio camino. La materia de dibujo la lleva al sofá del sicoanalista. Ella se desquita nadando. Le gusta nadar tanto o más que las sirenas del río Santiago.
En estos tiempos de yuppies que aman la comida china, María Elena se contenta con el arroz con pollo. Mejor si el pollo es criollo. Eso significa que el pollo no debe ser incubado, entubado o clonado. Así como va, pronto la llamarán miss natural. Salsea con fervor y por este tiempo se queda en blanco con las canciones de Fey.
Como María Elena anda en la onda de los números, se va a dedicar a la Contabilidad. Es un sueño de mami y papi, la dejan con sus sueños algorítmicos. De cara a la ciudad, ve difícil el arroz con pollo y al país lo descubre con el estado crítico. Una crisis que ha infectado hasta a su familia. Puesta a contestar qué piensa del futuro de su ciudad y de su país, María Elena lo ve como un desesperanzado amor de tango.
Cree que hay demasiados partidos políticos y que la clase política es depredadora, farsante y mil veces turra. ¿Cómo la ven? Implacable, ¿verdad? Popis cree en Dios, pero no necesita intermediarios; no practica ninguna religión. ¿Influencia de Ricardo Arjona? Nadie le impresiona, por eso no tiene al momento ningún modelo de hombre o de mujer. De la amistad cree que es una vaina para asociarse sin intereses baratos. Para María Elena el amor es simple como el sábado por la tarde y sí cree en el matrimonio. De hijos, por ahora no le hablen.
Es una potencial seguidora del Mahatma, está convencida de que la violencia es el peor estorbo para solucionar los problemas del país.
Bueno, no es malhablada, pero un carajo sí lo lanza, como un copo de nieve en plena canícula tropical. Lee con regularidad el periódico HOY, más que todo los jueves, por Jóvenes y Punto. Es radiomaníaca y también se asoma largamente a la claraboya catódica. ¿Su emisora? Majestad, por supuesto. María Elena es pragmática, sabe que el dinero no compra la felicidad, pero al menos la aproxima. Después de Dios lo mejor de su vida es su madre. "Mamita" -diría José Candelario-. Cuando se le pidió que dijera algo que le dictara su regalada gana, apenas dijo "¡hola!" No tiene pelado, aunque los admiradores rondan su esquina.
Tiene sus odios tamaño personal y los guarda bajo siete llaves en el cofre de los olvidos. De sexo nada, ni práctico ni teórico. Es una radical de la virginidad. Tiene jorga propia. Se hacen llamar Las Felinas (grr grr). Como toda joven finisecular, es ecologista. En fin, es una quinceañera y punto. Ya.
(Juan Montaño Escobar)




Tania Alvarez Zambrano
La chica rosada

Tania Alvarez Zambrano nació en Cuenca y cumpló 15 años en septiembre pasado. Lo que no olvidará jamás es su fiesta rosada. Fue en el salón El Palacio, que quedó muy hermoso luego de que sus padres pagaron a un decorador para que lo pusiera a punto. Tania ensayó durante días, con sus amigas que hicieron de damas de honor, la forma en que bajaría las escaleras el momento en que el maestro de ceremonias anunciara por su nombre a ella y a sus amigas.
La fiesta comenzó con Tania sentada en el centro de los muchos invitados, mientras le sacaban la zapatilla y le ponían sus primeros zapatos de taco, le maquillaban y le ponían hermosas joyas. A las damas les colocaron unas ligas y les dieron una vela encendida que Tania se encargó de apagar, una tras otra, mientras bailaba el vals con su hermano, que era su caballero. Luego bailó pasodoble con su papá.
Tal como sucedió cuando hizo la primera comunión, los padres de la quinceañera trajeron el vestido y los recuerdos para la fiesta desde Nueva York, donde viven desde hace muchos años. Como otros compañeros de su edad en el colegio bilingüe donde estudia, Tania y sus dos hermanos viven con sus abuelos, mientras el más pequeño está también en Nueva York.
Cuando ella tenía dos años, su padre, un mecánico automotriz, fue a buscar suerte en los Estados Unidos. Luego le siguió su madre y después, cuando Tania cumplió siete, viajó con sus hermanos. Tras cuatro años, la familia decidió que la educación era mejor en el Ecuador. "Allá el elementary school es menos exigente que aquí", dice Tania, demostrando que su pronunciación del inglés es perfecta, aunque reconoce que al escribir a veces se confunde.
A pesar de que mucho más que la comida local le gustan las hamburguesas y las pizzas, se ha adaptado mejor aquí que allá. "Allá son mejores los centros comerciales, los lugares para pasear, hay más atracciones, pero aquí tengo más amigos y más libertad. Allá casi nunca me dejaban salir". Tania no cree que eso se debía a que sus padres sean demasiado estrictos, sino porque "allá las personas son más liberadas en su pensamiento. En cambio, a nosotros, los papás nos dieron los pensamientos que aquí tienen. Allá tengo primas de 14 años que piensan mucho más audazmente que yo".
Aunque para Tania lo importante son sus papis, sus hermanos y sus abuelos, la mayor parte de su tiempo lo dedica al colegio y a soñar en un novio, todavía inexistente. "Quisiera que fuera normal, que tuviera de todo un poco".
A pesar de que no es particularmente miedosa, existen momentos en los que teme por sus abuelos, por más que ella los ve todavía jóvenes. "Si mis papis no se hubieran ido, tal vez no hubiéramos tenido lo que tenemos. Nunca lo vamos a saber. Somos dueños de una casa y de dos automóviles, además de tener bastantes comodidades".
Para conservar su nivel de vida, Tania estudiará ingeniería de sistemas en los Estados Unidos, claro, pero con la idea de regresar, porque "el Ecuador es bonito, lo malo es que no tiene normas. En otras partes, a Bucaram lo hubieran apresado", dice.
(Susana Klinkitch)




Nuria Cruz
Sin prisa pero sin descanso

Quizá el silencio de las Galápagos haya contagiado a Nuria Cruz, que responde a la entrevista con monosílabos, como si las palabras fueran a perturbar la tranquilidad de las islas, ahuyentar las iguanas y obligar a los pelícanos a levantar el vuelo.
Nació el 21 de mayo de 1982, pero no en Puerto Ayora, donde ahora vive, sino en Palma de Mallorca (España), a donde su padre llegó como estudiante naviero, desde la isla Floreana. Allí conoció a Catalina y se casó. Luego del nacimiento de Nuria, y ya como capitán de barco, el padre levó anclas y llevó a su familia a través del océano, hasta amarrar en las Galápagos.
Como es hija única, Nuria busca compañía entre las chicas de su edad y concede a la amistad el primer sitial en su jerarquía de valores personales.
Igual que Mafalda, tiene aversión a la sopa; de entre las comidas prefiere la pasta italiana. Lo mismo que Robin Hood (su libro de cabecera), se conduele ante las desigualdades sociales, aunque no cree que "haya que robar a los ricos para repartir el botín entre los pobres", sino crear en el país mejores condiciones para que "todos tengamos las mismas oportunidades en la vida".
Se confiesa católica practicante y está en cuarto curso del colegio Adventista. Entre todas las materias, escoge las matemáticas. Las ciencias sociales, en cambio, la traen a mal andar.
Tranquila, cuando quiere escuchar música pone alguno de sus discos clásicos, aunque no tiene un compositor preferido. Con un no rotundo y seco responde a la pregunta sobre si hay algún cantante de música moderna al que admira.
Rodeada de mar por todos lados, obviamente es una nadadora contumaz y sus horas libres las pasa jugando entre las olas, junto a los lobos marinos.
A pesar de que el turismo es en Galápagos una industria, ella no sabe si se dedicará a esta actividad cuando sea grande. En ese sentido, su futuro se presenta aún incierto. "Habrá que esperar antes de tomar cualquier decisión", dice.
Le preocupa la suerte que pueden tener las islas y la depredación que, de manera creciente, causan tanto los seres humanos cuanto los animales exógenos (fundamentalmente los chivos, los gatos y los burros). Cree que es indispensable que se fomente en la juventud una conciencia ecológica, para que quienes heredarán el país puedan seguir gozando de los privilegios naturales que hasta ahora -a pesar de todo- existen.
No le gusta la política y cree que el deterioro de la imagen del país en el exterior se debe, en gran parte, a la mala administración del Estado.
Aunque no tiene enamorado, es consciente de que, más temprano que tarde, le sonará el campanazo del amor. Por eso, no rehuye la posibilidad del matrimonio, y dentro de él quisiera tener dos hijos.
No es malhablada, pero cuando algo le molesta exclama un "¡pucha!", con el que resume todo su disgusto ante cualquier situación adversa.
Igual que los cormoranes, si nota que sus alas para volar se han atrofiado, aletea por las nubes con el solo impulso de su imaginación. Y así vuela muy alto.
Piensa que por la vida, igual que las tortugas, hay que caminar sin prisa. Pero sin descanso.



Oscar Cercado Altamirano
Un pandillero escéptico

El 7 de enero pasado, mientras trabajaba en una mecánica, a Oscar Cercado Altamirano le saltó un trozo de madera que le dejó los intestinos al descubierto. Desde entonces le llaman "Tripita". Ha sufrido dos operaciones y espera otra, que no puede efectuarse por la falta de recursos económicos.
Oscar, que nació en Guayaquil el 15 de marzo de 1982, hasta el día de su accidente integraba una pandilla juvenil.
Hace dos años terminó el primer curso de secundaria en un colegio del Guasmo, pero abandonó sus estudios con la idea de aprender mecánica, que fue la profesión que tuvo su abuelo, muerto en un accidente de trabajo.
Vive con su madre, a quien "no le interesa lo que yo haga". Reconoce, sin embargo, que ella prepara bastante bien el seco de gallina, su plato preferido. De su padre, que no ha vuelto a ver en mucho tiempo, solo tiene malos recuerdos: "Desde que yo era peladito veía cómo le pegaba a mi vieja". Y a su única hermana menor la detesta: "¡Quítenla de mi vista!", grita.
Si no siente afecto por su familia, tampoco por su ciudad ("no existe control de la delincuencia y nos corrompen desde muy niños"), ni por el país ("cada día la cosa está peor. La culpa la tienen los malos gobiernos, que no se preocupan por la gente pobre").
Con igual escepticismo habla sobre el amor. No piensa casarse porque las mujeres siempre engañan, aunque de alguna unión libre quisiera tener un hijo, al que sueña en educarlo bien.
Se lleva la mano al vientre y dice que si Dios no existiera, él ya hubiera muerto.
Pero no habla de Dios cuando recuerda su infancia, esas noches desoladas en las que, a los doce años, cuando estaba ebrio y drogado con marihuana, se cortaba las venas con el pico de las botellas.
Pertenecía a la banda de los Coco Nús, dedicada a asaltar a la gente en los buses. La primera vez que cayó preso fue conducido a un centro de rehabilitación. Su madre pagaba 300 mil sucres mensuales para que lo tuvieran allí, con la esperanza de que se regenerara. Otra vez, los policías que lo capturaron, para dejarlo libre le exigieron que les diera su gorra, su chompa y sus zapatos, porque ellos "son más ladrones que los pandilleros".
Cierta vez en que robaron un carro, le tocó como parte del botín dos millones de sucres, que se los gastó fácil "porque la plata mal venida se acaba".
Pero ahora quiere regenerarse y olvidar esa etapa en que inclusive llegó a vender su ropa para comprar droga.
Su experiencia sexual se inició a los 11 años y desde entonces, hasta su accidente, visitaba todos los días a las prostitutas de la calle 18.
Para Oscar, la virginidad es un don de las mujeres reservado para el goce de los hombres, ya que "comerse un coco es sabroso".
Aunque es amiguero, por su experiencia sabe que hay algunos que "te apuñalan por la espalda".
Cree en la violencia. "No hay justicia y si uno no se avispa, le sacan la madre. Aquí en el barrio la violencia se devuelve con violencia. Cómo será que hasta los pacos (policías) salen soplados (corriendo)".
Quiere ser feliz: tener plata para ir a discotecas, andar con peladas y hacer el amor.



Gabriela Chamorro Benavides
Una futura luchadora por la justicia

Los políticos son los malos, no la política, dice Gabriela. La política es buena, pues por medio de ella "es que se mejora a los pueblos". "El problema es que los políticos aparentan ayudar a los demás, pero solo se ayudan a ellos mismos", exclama, convencida. "Claro que no todos son iguales", añade, con una claridad de juicio que ya se quisieran algunos mayores.
Gabriela no cumplirá 15 años sino hasta el día de Navidad, pues nació en Quito, "en el hospital del Seguro Social", el 25 de diciembre de 1982, de padres carchenses.
Su experiencia en Costa Rica, donde vivió dos años, le marcó. Lo que más le impresionó fue cómo los "ticos" cuidan la naturaleza. En cambio, "aquí ven un árbol y se lanzan a desbaratarle", dice con rabia. La actitud del costarricense es resultado de la educación. Y de la educación distinta nace también el comportamiento de la gente, que es muy amable con todos y no hace distinciones. ¿En qué es diferente la educación? Según Gabriela, en Costa Rica hay muchas dinámicas, trabajos en grupo, más actividades conjuntas. "Aquí muchas veces se estudia solo de memoria. No nos hacen investigar en libros. Creen que una hora social es algo malo, cuando nos enseña a relacionarnos, a respetar lo que los demás tienen para compartir".
Aunque reconoce que eso también está cambiando "aquí", o sea en el Ecuador. Sobre todo en su colegio, el María Angélica Hidrobo, donde cursa el tercer año. Es un colegio que se destaca, dice con no disimulado orgullo.
El campo de Gabriela van a ser las leyes. Desea ser abogada y, quizás, seguir después derecho internacional. Es que quiere defender la justicia. "Para que todos puedan hacer valer sus derechos. Para que nadie abuse de nadie".
Pero, podría ser que también siguiera periodismo. "Es que así salió en mi test vocacional: que sirvo para el periodismo. Y sí, también me gusta". Lo que pasa es que Gabriela ya ha hecho periodismo. Fue en Costa Rica, cuando su madre era empleada en la casa del embajador del Ecuador y un náufrago ecuatoriano que había estado a la deriva durante más de tres meses, y a quien se le daba por muerto, fue recogido, casi moribundo, en su canoa, cerca de la costa de Guanacaste, en el Pacífico costarricense. Gabriela recuerda todas las circunstancias: el náufrago era de Esmeraldas, se llamaba Marcelo Carabalí y fue alojado en casa del embajador hasta que pudiera dotársele de papeles y vender la pequeña embarcación en que había llegado. Gabriela contó en su escuela que el náufrago que había salido en los periódicos estaba en la casa en que ella vivía y, entonces, su profesora le encargó que lo entrevistara. Se pasó conversando con él muchas horas, lo que reflejó en una serie de artículos que escribió para su escuela. "Lo que me impresionó fue el espíritu de lucha de ese hombre, que no se dejó vencer por el mar, por el hambre, por la sed, por la soledad". En sus ojos pasan, de nuevo, como en barca, los recuerdos.
Gabriela admira también a su madre, Laura Elisa Benavides, con quien vive en la ciudadela Kennedy, al norte de Quito. La admira por su equilibrio y su bondad, y por el tesón que pone en las cosas.
En cambio, por ahora, los chicos no le parecen tan gran cosa. Tuvo un enamorado, pero no por mucho tiempo. Y no le interesan en lo inmediato. Lo que pasa es que ve que "hay muchos que son solo seguimonos", es decir que hacen lo que ven hacer a otros chicos y "no tienen suficiente personalidad". Claro que "hay algunos pocos que valen la pena. Lo que pasa es que son más tímidos y, entonces, hay que buscarles", dice con un aire de conocedora que le deja a uno asombrado.
En las mujeres es donde está la esperanza del futuro, "aunque siempre vamos a necesitar a los hombres", añade esta niña-sabia. "Las mujeres debemos prepararnos más, debemos estudiar más, para tener un mayor papel en las decisiones del país". ¿Y la diversión? Sí, eso también es parte de la formación, según Gabriela. Pero ella cree que los hombres son más distraídos, y que la ventaja de las mujeres es que pueden concentrarse en lo que hacen.
No por eso ella deja de escuchar rock. ¿Pesado? "¡Nooo!, no pesado", exclama, con disgusto. Y aclara que lo más allá que va es Bon Jovi o grupos como Oasis y Full Gardens. También le gusta rock en español, como Los auténticos decadentes, La ley o Café Tacuba. Y las baladas, también. ¡Y Ricardo Arjona!, dice como si fuera una traición olvidarlo. De la música nacional confiesa que antes "la odiaba", pero "me puse a oir y me gustó". Claro que de los músicos nacionales no prefiere a los tradicionales sino a Tercer Mundo y a Crucks en Karnak.
¿Dios? Sí, cree en Dios. "No me parece que yo sea muy devota", dice de sí misma. De todas maneras, se prepara para recibir la confirmación este junio con unos 20 chicos y chicas de su barrio, que acuden al Colegio Técnico Don Bosco a reuniones. No se trata, propiamente, de catecismo, aclara. "O, si eso es catecismo, es una nueva manera de dar catecismo". Lo que hacen, narra, es muchas actividades en grupo -juegos, deportes, conversaciones, paseos. Y es en esas conversaciones cuando hablan de los sacramentos.
No entiende bien por qué un periódico se interesa en entrevistarla. Sabe que haber nacido en 1982, el mismo año que HOY, es una coincidencia. Y la explicación del periodista de que no se trataba de buscar alguien especial, pero que, aun así, la hemos encontrado, no le convence. Y se ríe con su boca llena de los frenos de la ortodoncia.

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