DEMOCRACIA
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| Felipe Burbano |
C
on toda seguridad, Democracia es una de las palabras más
pronunciadas de los últimos 15 años. De tanto pronunciarla e
invocarla, su contenido se nos ha vuelto difuso. Y conforme
su propia definición se escapa de las manos -no sabemos bien
qué es-, el optimismo que nos envolvió en 1979, cuando se
abrió el proceso de retorno, se nos pierde del horizonte.
Crisis económica
Quizá el peor obstáculo de la democracia en estos años ha sido
la crisis económica. Acompañante inseparable y temido de
presidentes, frentes económicos, gerentes de Banco Central,
misiones renegociadoras, visitantes del FMI y el Banco
Mundial, la crisis ha generado una realidad opuesta a los
objetivos democráticos. Ha engendrado pobreza, desempleo,
miseria, austeridad extrema, al mismo tiempo que abundancia,
concentración de riqueza, derroche, excesos. Mientras el
discurso democrático reivindicaba participación, igualdad,
equidad, redistribución, la crisis económica, y su manejo, se
movían en la dirección totalmente contraria. Al cabo de 15
años, una pregunta retumba sobre la conciencia nacional: ¿por
qué la democracia se dejó vencer por la crisis económica?
Viejos y nuevos vicios
No todo es responsabilidad de la crisis económica, sin
embargo; viejos y nuevos vicios políticos afectan a las
instituciones democráticas. En todos estos años, una práctica
política alejada de valores democráticos -clientelismo,
personalismo, autoritarismo, partidismo- se ha ido enquistando
progresivamente en todos los rincones del sistema político,
desvirtuándolo completamente. Vivimos un híbrido
institucional en el cual las formas democráticas se confunden
permanentemente con aquellas prácticas que las distorsionan.
En este contexto, la misma crítica se desdibuja y pierde
perspectiva. El cuestionamiento a la vida política se vuelve
peligrosamente un cuestionamiento a la democracia. Hay
dificultades para distinguir y diferenciar los dos
niveles.
Círculo vicioso
Pareceríamos encontrarnos ante un círculo vicioso. Las
relaciones sociales en el Ecuador y la vida cotidiana no
responden a principios democráticos de igualdad ciudadana -
tolerancia, reconocimiento del otro, respeto a lo público-,
sino a principios de diferenciación, jerarquía, poder y
status. El escenario político público, por lo tanto, expresa
y reproduce esos contenidos sociales y cotidianos, los que a
su vez contaminan las formas institucionales. Surge, por lo
tanto, un problema político y teórico a dilucidar: ¿Cómo
lograr formas democráticas de representación en una sociedad
atravesada por desigualdades de clase, género, raza, poder,
cultura, región? ¿Cómo hacer que la política democrática tenga
efectos democratizadores sobre la sociedad? No solo se trata
de asumir un sistema de reglas institucionales más o menos
compartido, que ayude a pacificar los conflictos. Se busca,
sobre todo, que esas reglas produzcan los cambios esperados,
de lo contrario la democracia se vuelve débil y frágil. ¿Con
qué reservas éticas y morales cuenta para oponerse a quienes
impugnan sistemáticamente sus principios, su racionalidad, sus
procedimientos, su legalidad?
El futuro: pueblo y ciudadanía
Imaginar un futuro distinto para la democracia ecuatoriana no
es fácil. Tendríamos, al menos, que contentarnos con haber
institucionalizado elecciones universales cuyos resultados
nadie pone en duda. El paso siguiente es consolidar la noción
misma de ciudadanía, es decir, de sujetos con derechos y
obligaciones reconocidos. Quizá sea necesario pasar de la
"política del pueblo", que ha dominado la escena pública de
las últimas décadas, a la "política del ciudadano". ¡Un pueblo
ciudadano! Esta podría ser la consigna política de los
tiempos actuales.
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