Nunca el mundo cambió tanto...

DEMOCRACIA
Jorge Ortiz

C Cuatrocientos cincuenta mil millones de dólares, cifra casi impronunciable, gastó este planeta en armas en 1982. Fue, claro, un año de tres grandes guerras y una docena de conflictos armados, sangrientos pero de menor magnitud. Quien crea que el mundo está cada vez peor (creencia muy difundida, pero errónea) tendría que ver qué pasaba en 1982, para cambiar de opinión de una vez por todas.
Las guerras fueron libradas en el Atlántico Sur (entre Gran Bretaña y la Argentina, por la posesión de las islas Malvinas), en el golfo Pérsico (desde septiembre de 1980, entre Irán e Irak) y en el Líbano (entre israelíes y fuerzas combinadas sirio-palestinas). La sangre también corrió en abundancia en Namibia, Kampuchea, El Salvador, Guatemala, Filipinas, el Ogaden, Eritrea, el Kurdistán, Chad y Afganistán. Y, además, hubo golpes de Estado o situaciones equiparables en Surinam, Panamá, Bolivia, las islas Seychelles, Gambia, Ghana, Alto Volta, Kenia y Bangladesh. Listas larguísimas del terrible 1982, un año lejanísimo y, sin embargo, tan cercano.
Eran, en verdad, tiempos terribles: el peligro de una conflagración final acechaba cada día, a remolque de la rivalidad inevitable entre las dos potencias dominantes, los Estados Unidos y la Unión Soviética, que no competían por espacios geopolíticos o por corrientes comerciales, sino por la hegemonía última y total. ¿Qué sistema puede funcionar mejor, para garantizar la libertad y la prosperidad de la gente: la democracia liberal o el socialismo?
Sí, en 1982 (hace no más de quince años) el mundo estaba en plena época de la guerra fría y del equilibrio del terror. Pero, aunque nadie lo entendió por entonces, ese año ocurrió un hecho que tendría repercusiones rápidas en el desenlace de la confrontación Este-Oeste: el 10 de noviembre, en Moscú, murió Leonid Brezhnev, que a la larga sería el último líder con verdadero poder en la ya por entonces desfalleciente Unión Soviética.
(Ese año también murieron el rey saudí Khaled Ibn Abdul Azis, el ex presidente chileno Eduardo Frei, el presidente dominicano Antonio Guzmán, el pianista Arthur Rubinstein, la princesa Grace de Mónaco, el compositor Carl Orff, el presidente electo del Líbano Bechir Gemayel, el rey Sobhuza II de Suazilandia, la actriz Ingrid Bergman, el cineasta Reiner Werner Fassbinder, el líder sionista Naum Goldman, la sicóloga Anna Freud y la mujer más linda del mundo, Romy Schneider).
La muerte de Brezhnev, en 1982, abrió para la Unión Soviética un período de inestabilidad política que reflejó con toda propiedad la catástrofe económica que ya la afectaba en sus entrañas y que era el secreto mejor guardado del mundo. Su economía, socialista y centralizada, por lo tanto ineficiente, no pudo mantener el aparato militar inmenso que había creado. Y, claro, quebró. En marzo de 1985, cuando Mikhail Gorbachov asumió la jefatura soviética, su país ya era un gigante anémico y tambaleante, que no podía sostener su propio peso. Y en cinco años se derrumbó, con resignación y para siempre.
Pero no sólo la Unión Soviética estaba enferma de muerte. En verdad, como más tarde se supo con evidencias, en todos los países socialistas (desde las fronteras rusas hasta el Caribe y desde el sureste asiático hasta el corazón del Africa) los padecimientos económicos y políticos se agravaban con velocidad de vértigo. Ya en Polonia las multitudes estaban en las calles a diario, convocadas por el sindicato independiente Solidaridad, cuyo desafío al sistema era cada vez más obvio. El gobierno del general Wojciech Jaruzelski ilegalizó a Solidaridad y lo mandó a una clandestinidad forzada y triunfante. El líder obrero Lech Walesa estuvo preso durante todo el 82, acusado de cualquier cosa, y salió en noviembre para encabezar lo que ya sería la ofensiva final contra el régimen socialista.
Al finalizar ese decenio, en 1990, la ofensiva ya había terminado, vencedora. Al derrumbe soviético (con cambio del sistema político y desaparición de la unión de quince repúblicas), siguió la caída del sistema en toda Europa del Este: Polonia, los tres países bálticos, Rumania, Bulgaria, Hungría... Incluso Albania, que vivió cuarenta años, aislada del mundo, en el atraso más espantoso, estalló y cambió. Algunos países, como Checoslovaquia, también se dividieron. Y otros, como Yugoslavia, hasta se desintegraron. Nunca este planeta había cambiado tanto en tan poco tiempo. Sí, el colapso del bloque socialista europeo cambió toda la geopolítica mundial. La bipolaridad se convirtió en unipolaridad. El movimiento planetario hacia la izquierda, iniciado en 1917 con la revolución bolchevique, giró hacia la derecha, con la supremacía de las democracias liberales. Nadie volvió a acordarse nunca de las estatizaciones, y las privatizaciones pasaron a la vanguardia. Los gobiernos, que durante ochenta años de este siglo habían aparecido de cualquier manera (guerras de conquista, anexiones a tiros, títulos hereditarios, cuartelazos infames, golpes sangrientos), empezaron a surgir de elecciones, en regímenes multipartidarios y abiertos.
El cambio de rumbo (y, después, de actitud) llegó también a América Latina, el Ecuador incluido: en 1982, los gobiernos salidos de elecciones libres y limpias no llegaban en la región a la media docena. Más aún: todavía mandaban por toda el área unas dictaduras despiadadas y frenéticas, dedicadas a la represión en masa, que empezaron asegurando que no tenían plazos sino objetivos, y que terminaron con todos sus objetivos olvidados y aferrándose como podían al calendario para tratar de quedarse media hora más. En 1997 sólo queda en todo el continente un gobierno no surgido de elecciones abiertas. Nunca este planeta había cambiado tanto. Este continente tampoco.
Pero, para desdicha de este planeta tenso y agitado, los beneficios del cambio deslumbrante ocurrido entre 1982 y 1997 están llegando con lentitud a las grandes masas pobres del sur. La brecha entre la prosperidad y el atraso sigue siendo inmensa. Mil millones de personas tuvieron en 1982 una renta per cápita inferior a ciento diez dólares anuales. La cifra no ha cambiado para 1997 y, claro, eso implica que subsisten padecimientos tan crueles como el hambre, la ignorancia, las epidemias y la violencia social.
Por cierto, también hay signos alentadores. El arsenal nuclear de 1982 tenía, en conjunto, una potencia de destrucción equivalente a un millón de bombas como la que arrasó Hiroshima en 1945. Y aunque la capacidad de devastación no ha caído, los peligros de abrir ese arsenal sí han disminuido. El número y la intensidad de los conflictos armados ha bajado y, en este decenio, la tendencia es cada año más evidente. Los gastos en armas, todavía inmensos, apuntan a la contracción gradual. Hay cada vez menos tiranos y tiranías. ¿Exceso de optimismo, ilusiones, exageración? Nada de eso. Cuidadosa constatación de todo lo que ha cambiado el mundo, para mejor, desde 1982.

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