CIENCIA
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| Alicia Rivera |
U
na de las ideas más revolucionarias de la ciencia se ha
abierto camino, en la comunidad científica primero y en la
cultura general poco después. ¿Quién iba a pensar que todo el
universo, absolutamente todo lo que existe, empezó con algo
semejante a una gran explosión, un Big Bang, y que su historia
desde entonces no es más que la evolución de la materia y
energía generadas en aquel instante hasta condensarse y formar
las galaxias, los planetas, las estrellas, los animales, las
plantas? Por si fuera poco, se conoce aproximadamente la fecha
del inicio: hace alrededor de 15.000 millones de años. Esta
osadía del conocimiento, que habría dejado boquiabiertos a
grandes sabios hace no tanto tiempo, se ha convertido, en los
últimos 20 años, en la visión del cosmos con la que la
humanidad entrará en el siglo XXI.
Y el atractivo irresistible de esta visión, su grandeza,
reside en que, como una buena cosmología, no se limita al
cielo y a las estrellas, sino que abarca también los
componentes fundamentales de la materia, describiendo el
universo con un razonamiento único que, no sin dificultades,
están esbozando los científicos. "En las décadas recientes, y
particularmente en la última, los dos extremos de la ciencia
han establecido un enlace indisoluble. Estamos presenciando la
unificación del estudio de lo inconmensurablemente pequeño con
el de lo inconcebiblemente grande", decía, en 1989, el
estadounidense Sheldon Glashow.
Con instrumentos capaces de ver más lejos y mejor en el
cosmos; con observatorios colocados en órbita para registrar
fenómenos estelares ocultos cuando los hombres miran el cielo
a través del filtro de la atmósfera, y con cámaras avanzadas
que captan mucha más luz de las estrellas que las
tradicionales placas fotográficas, los astrónomos han
evolucionado su comprensión del universo. Con los
aceleradores de partículas, los físicos de altas energías
exploran las leyes que rigen en el universo desde su inicio.
Uniendo esfuerzos han compuesto una cosmología dinámica que
sostiene, en contra de la visión de un universo eterno e
inmutable que la humanidad ha aceptado durante milenios, que
el universo está en evolución y que tiene una historia,
ciertamente un principio y quizás un fin.
El 23 de abril de 1992, una misteriosa noticia llegó a los
medios de comunicación en todo el mundo y desde ellos a
millones de personas, en forma de una imagen del universo en
su más tierna infancia en la que se veían unos manchones
azulados y rojizos. Un asombro menos cargado de misterio
invadió también a los científicos. Aquella imagen
espectacular, de colores arbitrariamente elegidos para
presentar la auténtica información obtenida con el satélite
Cobe de la NASA, era la llamada radiación de fondo, la luz que
permea el universo como resultado de la alta temperatura de la
explosión inicial, y en ella, por primera vez, se descubrían
difusas condensaciones de materia. "Hemos observado las
estructuras más grandes y antiguas jamás vistas en el universo
primitivo; fueron las semillas primordiales de estructuras
modernas como las galaxias, los cúmulos de galaxias y otras",
explicó el astrofísico George Smooth al presentar esos datos
que le habían costado 20 años de trabajo con un excelente
equipo de investigadores. Una consulta a la cronología
científica daba una pista de su auténtico significado: en
1964, y por casualidad, Arno Penzias y Robert Wilson habían
descubierto la radiación de fondo del universo. Aquel hallazgo
confirmaba una descabellada idea con la que estaban jugando
algunos físicos desde poco antes.
Con la teoría de la relatividad de Einstein en la mano y con
el descubrimiento del astrónomo Edwin Hubble, en los años
treinta, de que las galaxias están alejándose en el cielo unas
de otras a una aparente gran velocidad, unos físicos teóricos
habían hecho un experimento mental preguntándose qué pasaría
si se pudiera ver la película del universo hacia atrás. Pues
que las galaxias se irían juntando hasta acabar toda su
materia, billones de estrellas actuales concentradas en una
minúscula pelota de alta densidad y temperatura. Si esa pelota
ardiente explotase, la materia saldría disparada y se iría
enfriando y condensando en grumos que acabarían formando
galaxias alejándose unas de otras. Eso es lo que parece ahora
el cielo; luego, a lo mejor, no era tan descabellada la idea y
el universo había empezado con una gran explosión, un Big
Bang. Además, unos cálculos finísimos sobre la proporción de
elementos que se habrían formado en ese proceso inicial
predijeron las cantidades exactas de hidrógeno y helio que los
astrofísicos miden en el cosmos.
Pero Penzias y Wilson abrieron un problema serio porque la
radiación de fondo que ellos medían era desesperantemente
uniforme, no aparecía la más leve alteración de densidad y
temperatura en el universo primitivo, ni rastro de grumos para
formar galaxias. Hizo falta desarrollar un instrumento
extraordinariamente sensible como el Cobe para encontrar
aquellas semillas casi 30 años después. "El tremendo interés
despertado significa una oportunidad única para discutir sobre
temas científicos con una gran audiencia y fomentar la idea de
que, con empeño, los hombres podemos revelar los misterios de
la naturaleza", comentó Smooth en aquellos días movidos tras
el premeditado golpe de efecto con que se habían dado a
conocer los nuevos datos. El Big Bang, que 20 años atrás
apenas había llegado a las universidades de ciencias, entró
con éxito arrollador en la sociedad.
Poco antes, los astrónomos estadounidenses Margaret Geller y
John Huchra habían hecho otro gran descubrimiento sobre la
organización del universo actual a la mayor escala. En 1985
habían empezado a medir la posición exacta de miles de
galaxias en una pequeña rodaja de cielo para hacer un mapa en
tres dimensiones, y cuando habían ubicado 11.000 galaxias
vieron que formaban estructuras de tamaño jamás imaginado y
vacíos aún más vertiginosos. "Parece espuma de jabón en el
fregadero", afirma Geller divertida cuando describe el trozo
de cielo cartografiado.
En abril de 1990, tras pasar 20 años en la cabeza de los
astrónomos y en los almacenes de la NASA, salió al espacio al
telescopio Hubble, diseñado y construido por los
estadounidenses y por la Administración Europea del Espacio
(ESA) para abrir la más nítida ventana al cielo que los
científicos han tenido hasta hora. Haciendo honor al astrónomo
en cuyo nombre se bautizó, su objetivo primordial es medir
distancias con gran precisión en el cosmos profundo y
determinar mejor la expansión del universo que Edwin Hubble
descubriera. A partir de las distancias bien establecidas, por
fin sabremos cómo es de viejo el universo y cuán grande es la
parte de él que hoy vemos.
Con su defecto inicial de construcción, la emoción de su
reparación en órbita a cargo de siete astronautas, en 1993, y
los primeros resultados óptimos en 1994, el Hubble y los
científicos que lo utilizan han asombrado casi cada semana a
profesionales y profanos. Un día descubren estrellas en
formación; al otro, una galaxia en cuyo centro se aprecian
indicios de la existencia de un agujero negro; un grupo de
astrónomos logra fotografiar regiones donde se están formando
sistemas planetarios; otro, apunta el telescopio a un trozo
minúsculo de cielo y encuentra cinco veces más galaxias de lo
que se veían antes, descubriendo que el universo puede tener
50.000 millones de conjuntos de estrellas como nuestra Vía
Láctea, formada por 100.000 millones de soles.
Pero esta ingente cantidad de materia concentrada en todas las
estrellas puede no ser todo, porque una de las grandes
sorpresas establecidas en los últimos 20 años consiste en que
lo que se ve en el cielo no es más que el 10% de lo que
realmente hay, a lo mejor sólo el 1%. El resto, la mayor
parte, sería la llamada materia oscura, cuya composición es
aún completamente desconocida. De esa materia oscura
dependería el destino del universo, porque si hay suficiente
masa para que su fuerza gravitatoria frene la expansión
actual, llegará un día en que las galaxias dejen de separarse
unas de otras y, como en la película imaginaria de aquel
puñado de físicos, el cosmos empiece a encogerse hasta
concentrarse de nuevo en una bola diminuta superdensa y
ardiente. Si no, la expansión continuará eternamente.
¿Cuánto se pueden acercar al principio de la historia de todo?
Hay quien dice que, con seguridad, ¡hasta el primer segundo!,
aunque los físicos teóricos especulan con relativa confianza
acerca de la primera trillonésima de trillonésima de segundo.
Dice el británico Stephen Hawking que, para los científicos,
"preguntar qué ocurre antes del Big Bang es como preguntar qué
ocurre en la superficie de la Tierra una milla al norte del
Polo Norte. Es una pregunta sin sentido".
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