LA DROGA
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| Gonzalo Ortiz Crespo |
C
uando el llamado rey de la cocaína, Roberto Suárez Gómez,
ofreció a mediados de los ochentas hacerse cargo de la deuda
externa de Bolivia, por entonces de alrededor de 3.000
millones de dólares, a cambio de que se le dejara traficar
libremente, el gesto no solo confirmó la soberbia de los capos
sino también la dimensión que la economía del narcotráfico
había tomado en los países andinos.
Suárez fue capturado unos años después, en 1988, cuando su
poder había declinado, y fue confinado casi diez años en
diversas cárceles de Bolivia. Pero ese no es el punto: en
realidad, como siempre, una vez que fue desplazado el rey
vinieron otros reyes y el narcotráfico siguió. Porque es tal
su atractivo económico que no faltarán quienes ocupen lugares
en la empresa de proporcionar emociones intensas a los
ciudadanos de los países ricos, que solo las pueden extraer
de drogas obnubilantes.
Durante los últimos 15 años, los Estados Unidos pusieron más
de 67.000 millones de dólares en la lucha contra la producción
y el tráfico de drogas y, sin embargo, el problema no se ha
solucionado. Como oí decir al encargado francés de la lucha
contra las drogas, Raymond Cesaire, hay quienes creen que si
se pone un millón de dólares los resultados serán de un tamaño
y si se pone 10 millones, deberá obtenerse 10 veces más. Los
Estados Unidos se toparon con que la realidad es muy distinta:
la droga es un problema integral, que no puede abordarse solo
con dinero o acciones represivas.
Cada día ingresan al mercado norteamericano, por medio de las
más increíbles estratagemas, toneladas de drogas, que luego se
reparten al por menor a zarrapastrosos consumidores de los
deprimidos centros urbanos, pero también a elegantes adictos
de los suburbia. Fue la propia Nancy Reagan, en su último
mensaje como esposa del Presidente de los Estados Unidos (25
de octubre de 1988) en Naciones Unidas, quien lo reconoció con
inusual honestidad: "Aun cuando la mayoría de las drogas
ilegales son importadas, los consumidores están en nuestro
país... el cartel de la cocaína no comienza en Medellín.
Comienza en las calles de Nueva York, Miami, Los Angeles y en
cada ciudad de los Estados Unidos donde se compra y vende
crack. Es el consumidor de drogas quien permite existir al
cartel de las drogas, quien proporciona el mercado y quien
financia la empresa".
Empresa gigantesca, que gasta al año en drogas más de US$ 100
mil millones (el doble de lo que se gasta en ese país en
gasolina) y genera una demanda imparable. Cualquier industria
con 25 millones de consumidores norteamericanos puede sostener
un imperio enorme. Esa es la cifra de consumidores ocasionales
de droga (es decir, por lo menos una vez en el curso del mes
anterior), revelada por el propio Presidente Bush. Según lo
dijo el mandatario, un millón de personas consumía cocaína
frecuentemente, una vez por semana o más. Aunque desde
entonces las cifras se han modificado, y ha rebajado el número
de los consumidores ocasionales, los estudios coinciden en que
los consumidores frecuentes se han multiplicado. Además, no
se trata ya solo de marihuana y cocaína, sino que el número de
adictos a la heroína -una de las llamadas drogas duras, por
sus efectos devastadores en la salud del individuo- va en
aumento. Por eso, el negocio de la droga es el más grande de
todos los negocios, sean legales o ilegales, del mundo.
Esa inmensa demanda no solo crea a los reyes de la cocaína en
la región andina, sino que va afectando -como metástasis de un
cáncer finisecular- a toda la sociedad latinoamericana. Los
periódicos nos traen cada cierto tiempo las noticias de cómo
las cúpulas de la sociedad se van contagiando: que la campaña
presidencial de Ernesto Samper recibió dinero del
narcotráfico, por lo que hoy están presos su tesorero y su
director, y que el propio presidente ha vivido asediado
durante todo su mandato presidencial, resistiendo estoicamente
(algunos dirían desvergonzadamente) las acusaciones de que sí
lo supo y lo autorizó; que Raúl Salinas -a espaldas o con
conocimiento de Carlos, su hermano, el ex presidente- recibió
dinero de uno de los principales carteles mexicanos de las
drogas a cambio de brindarles protección, y que investigadores
del Departamento de Justicia de los Estados Unidos tienen
sospechas de que el propio Citibank tendría responsabilidad
en el lavado de dinero, al aceptar los depósitos de Salinas en
sus cuentas; que la droga es uno de los componentes de la
corrupción de la policía de Buenos Aires; que autoridades de
Río de Janeiro aparecen en las listas de pagos de mafias
locales de drogas... y tantas otras noticias deprimentes.
Otras veces las noticias ocupan menos espacio, pero son
igualmente trágicas en su estilo telegráfico, y en su
frecuente repetición en los últimos años en el Ecuador:
jóvenes europeos, estadounidenses o de otros continentes,
inmolados en el altar del hedonismo, con un fogonazo que les
abrasa las entrañas cuando una de las píldoras de cocaína que
se tragaron de contrabando les estalla en el estómago y les
mata en medio de terribles dolores.
Por todo esto, diarios como el New York Times reconocían ya en
1996 el fracaso de la persecución penal contra las drogas.
Desde que empezó la campaña en el gobierno de Reagan, 15 años
atrás, ni un solo día ha dejado de crecer el número de
usuarios, ni los delitos relacionados con ellas, ni los
envenenamientos por adulteración de los productos. Lo único
que varía según épocas y países, decía el diario neoyorquino,
es el tipo de sustancia promocionado por la prohibición: la
heroína sustituye a la morfina, la cocaína a la heroína, el
éxtasis y otras drogas de diseño a la heroína, el crack o el
bazuco prevalecen en ciertas zonas, etcétera.
Las víctimas de esta aberración colectiva pueden ser países
enteros como Colombia. Aunque de Colombia provenía a finales
de los ochentas el 85% de la cocaína que se importaba a los
EE.UU., hoy solo significa el 15% de las exportaciones de
drogas ilícitas del mundo -ambos datos según la DEA. Pero eso
no le priva a Colombia de su mala fama en el mundo.
Contrabandistas de poca monta, que siguieron el camino de los
marimberos, como se llamaba a los traficantes de marihuana,
los de cocaína fueron creciendo por ser ingeniosos y
desalmados, por contar con una red infinita de mulas para
llevar el oro blanco a Norteamérica y de pushers para venderlo
allá, donde encontraron un mercado insaciable que sueña en
absorber por sus narices la felicidad.
Los carteles, como les llamaron los gringos, crecieron en
alcances, alianzas en medio mundo, armamento y dinero.
Zoológicos privados con jirafas, camellos e hipopótamos; rifas
de autos entre los adolescentes que asisten a la fiesta rosada
de la hija del narco; avionetas, mujeres, joyas, ejércitos
privados, filantropía pública... Colombia se llenaba de
construcciones y riquezas que todos sabían de donde venían
pero que nadie decía saberlo. Y el poder del dinero entró en
su política... ¡Cuándo no, si hasta lo hizo con la guerrilla
más antigua, más ortodoxamente comunista y más austera del
continente, la colombiana!
La maldición continuará en el nuevo milenio, hastiadas como
están las sociedades desarrolladas de tanta riqueza y tanto
llevar al mundo encima de sus hombros.
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