TERRORISMO
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| Diego Cornejo Menacho |
E
l explosivo: cartuchos de dinamita, a los que se despoja de
su cubierta de cartón encerado, para no dejar rastro de ellos
luego de la detonación. De ese modo no se sabrá qué explosivo
se usó. Maneje con cuidado el contenido: nitroglicerina que
humedece una compacta base de serrín. El primer error será el
último, no lo olvide.
El recipiente: un envase de metal en donde se deposita la
dinamita.
La metralla: pernos y tuercas que se colocan de modo tal que
se disparen como proyectiles el instante de la explosión.
El detonante: un "cebo" sujeto a una mecha lenta, que se
introduce en el explosivo antes de empaquetar consistentemente
la bomba.
La espoleta retardada: un tubito de anestesia, cuyo contenido
ha sido cambiado por ácido sulfúrico, uno de cuyos extremos
está cubierto con una cápsula de plástico. El tubo de cristal,
así preparado, se introduce en una mezcla de azufre y clorato
de potasio que, por separado, han sido pulverizados en un
mortero.
La mecánica del artefacto: el ácido sulfúrico perfora la
cápsula de plástico; este ácido produce una intensa
deflagración que enciende la mecha; la mecha -en cuyo interior
hay un destino de fósforo blanco- conduce la chispa hacia el
cebo que, entonces, estalla; y, por simpatía, la dinamita
explota.
El tiempo que toma en accionarse el mecanismo fue previamente
establecido: dos gotas de ácido sulfúrico probaron la calidad
de la mezcla del clorato de potasio y el azufre; con un reloj
se registró el tiempo que tomó el ácido en perforar la cápsula
que cubría un extremo del tubito de anestesia.
Una bomba produce un efecto desastroso en las víctimas: es un
cóctel de desconcierto, horror, sorpresa, miedo, dolor, pánico
e impotencia. Los sobrevivientes demoran en recuperarse.
La receta y el comentario los tomé de los apuntes amarillentos
de un terrorista de los años 60. En esa época se decía que el
terror revolucionario es a la dictadura lo que las
manifestaciones proletarias a la democracia. Probablemente se
lo ha dicho y escrito en distintas ocasiones en estos últimos
15 años, no solo en el Ecuador, sino en otras latitudes.
Escribo esto y pienso en las febriles razones de los
terroristas de ETA en el País Vasco y en otros lugares de la
España de hoy. O en los palestinos y judíos que, años atrás,
recurrieron al pánico, al horror y a la impotencia para
sostener de manera radical sus razones nacionales. Escribo
esto y me pregunto: ¿cuál es la diferencia de una bomba
terrorista con las minas antipersonales que siembran los
ejércitos africanos, los ejércitos asiáticos, los ejércitos
latinoamericanos al disputar las tierras de nadie de sus
fronteras, aunque las minas están prohibidas por los acuerdos
internacionales?
Sin embargo, es generalmente admitido que el terror y el
terrorismo no van con las democracias de fines del siglo
veinte. Se resuelve que eran otras épocas las del populismo
ruso y las del anarquismo. Que la teoría de los iluminados
héroes solitarios y activos y de la multitud enceguecida y
pasiva, nunca dio resultado. Asimismo, se da por aceptado que
el terror de la guerra de liberación argelina está pasado de
moda, como para ser copiado, aun cuando hoy, en Argel, el
fundamentalismo islámico degüella sin pestañear a las
jovenzuelas que osan poner de manifiesto sus inclinaciones
"occidentales", como descubrir el rostro, estudiar en una
universidad o aprender el idioma inglés. Y no se explica con
facilidad cómo, en el corazón de Europa y no en un salvaje
mundo de tercera, el Ejército Republicano Irlandés eche mano
al terrorismo para combatir a los representantes de la reina
de Inglaterra en Belfast. O que en Alemania los neonazis
incendien las casas de los refugiados turcos, la noche en que
no encontraron a un sudamericano bigotudo y moreno y bailador
a quien apalear en las calles de Wiesbaden.
Aun cuando el mundo se aproxima al tornasiglo de la mano de
los EEUU y Europa y su insistencia en salvaguardar el sistema
democrático electoral, en este mismo momento en América Latina
mueren los periodistas víctimas del terror de las razones de
Estado, de las bandas de narcotraficantes, de las guerrillas
izquierdistas, de las redes de tratantes de blancas o de
contrabandistas, de grupos militares corrompidos, de los
traficantes de armas.
Lo que encontré entre papeles amarillentos no tiene ideología.
Ni bandera. Tampoco color de piel. No es macho ni hembra. Es
la receta casera para una forma de lucha violenta, ora para
oponerse al poder, ora para imponerlo. Es un secreto de la
condición humana, que no dejará de mostrarse -y publicarse- en
los próximos 15 años.
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