LA GUERRA
|
| Javier Ponce |
E
n esta década y media de penosa paz mundial -y digo penosa
porque se sigue sustentando en la intolerancia de los armados
y el miedo de los desarmados, en el silencio nuclear y el
desolador desangre en Africa provocado por viejos fusiles y
trampas mortales-, la tecnología nos ha jugado la mayor de las
chanzas. Nos ha metido en la era de las guerras virtuales. Por
ejemplo ¿ocurrió la guerra del Golfo o todo fue un especial de
la CNN? Tal vez, en el futuro las guerras protagonizadas por
el primer mundo sean eso: un espectáculo por Internet.
Mientras las guerras reales ocurran sólo en el sur y tengan un
rostro sangriento. En esta década y media pasamos de la guerra
fría a una paz que congela cualquier intento por cuestionar el
estado de cosas.
En América Latina, la guerra se ha librado al interior de los
países, con enorme crueldad y entre dos herederos de la guerra
fría: los ejércitos latinoamericanos y los movimientos de
izquierda. Una guerra que ha tenido dos víctimas inéditas en
el pasado: los desaparecidos y los desplazados que componen
esa extraña e intermitente columna de mujeres, niños, viejos,
cambiándose de pueblo, exiliándose en sus propios países.
Si finalmente desembarcamos en el Ecuador, podemos ser
temerarios. En virtud de esa temeridad, soltaré a boca de
jarro una conjetura: mientras en estos quince años hemos
vivido como nunca antes desde 1941 la amenaza de la guerra, al
mismo tiempo hemos visto crecer en nosotros la convicción de
que hay un país real que necesita derrotar al mito.
Si alguien, en la borrachera del patriotismo, comparó nuestra
dudosa gesta colonial de ser los "descubridores" del Amazonas,
con las glorias de Nínive, cada día es más fuerte la idea de
que allí radica el origen de una fatalidad nacional.
Este salto de conciencia ocurría, mientras los señores de la
guerra preparaban pacientemente el arsenal militar, para lavar
en el Alto Cenepa el agravio de Paquisha. Muchos desempolvaron
viejas banderas nacionalistas, pero otros tantos comenzaron a
pensar que había llegado la hora de olvidarse de herencias
coloniales y tener, al fin, un país que comenzara y acabara en
algún horizonte real.
Los políticos, débiles al fin, no han querido hacerse cargo de
este sentimiento subterráneo. Después de Paquisha pasamos un
largo rato de incertidumbre y desamparo. Vino más tarde la
hipócrita teoría de la herida abierta. Nos confiamos después a
las habilidades de la diplomacia. En medio de dubitaciones y
retórica, desembocamos en la guerra del Cenepa. A diferencia
de 1981, esta vez nos convencieron de que, al fin, habíamos
ganado la guerra. Pero la guerra nos hizo renunciar al símbolo
de nuestro ostracismo: la pretendida nulidad del Protocolo de
Río de Janeiro. Renunciado el símbolo, nos quedamos sin tesis.
Y en esas estamos, intentando salvar una identidad amazónica a
falta de otra identidad valedera. Pero en la conciencia y en
el escenario regional, no hay retorno para el camino ya
recorrido, y tendremos que desembocar en el cierre de
fronteras.
Página anterior -
Página siguiente