LAS PLAGAS
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| Claudio Magris |
E
n su Diálogo "di un venditore d'almanacchi e di un
passagere", Giacomo Leopardi muestra la atormentadora vanidad
de esperar al final de cada año un año más feliz que los
pasados, que también despertaron cada vez la confianza de que
acarrearían una felicidad que, sin embargo, nunca trajeron.
El breve texto inmortal del gran poeta italiano decimonónico,
tan inexorable en el diagnóstico del mal de vivir, está, sin
embargo, exento del fácil pesimismo apocalíptico de tantos
retóricos actuales que se complacen en anunciar desastres
continuamente y proclamar que la vida es sólo vacío, error y
horror. El diálogo de Leopardi, en cambio, está lleno de un
tímido amor por la vida y de una recatada espera de felicidad,
que se ve desmentida por el sucederse de los años, pero que
continúa viviendo con temor y temblor en los hombres y hace
sentir tanto más fuertemente el dolor y el absurdo del pathos
catastrofista.
Esos pensamientos y ese espanto ante la llegada del nuevo año
asoman con una intensidad mucho mayor cuando lo que acaba y lo
que empieza no es un año y ni siquiera un siglo, sino un
milenio. Si en vísperas del año 1000 había algunos -aunque
menos numerosos de los que frecuentemente gusta creer -que
esperaban el fin del mundo, en lo umbrales del 2000 no existe
ningún pathos del final, pero desde luego sí una sensación
profunda de una transformación radical de la civilización e
incluso de la humanidad misma, y por tanto la sensación de un
fin indiscutible, no del mundo, sino de una forma secular de
vivirlo, concebirlo y administrarlo. Ya en los últimos años
del siglo pasado Nietzsche y Dostoievski habían entrevisto el
advenimiento de un nuevo tipo de hombre, de una etapa
antropológica distinta del individuo tradicional en su forma
de ser y de sentir.
En su übermensch, Nietzsche no veía un "superhombre", un
individuo tradicional potenciado en sus capacidades y más
dotado que los demás, sino, como se ha dicho, un "ultra
hombre", una forma del Yo, ya no compacto y unitario, sino
constituido, como él decía, por una "anarquía de átomos", por
una multiplicidad de núcleos psíquicos y de impulsos que ya no
están aprisionados en la rígida coraza de la individualidad y
de la conciencia; hoy, nuestra realidad cada vez más virtual
es el escenario de esa posible mutación del Yo. El propio
Nietzche decía que su "ultra hombre" era estrictamente afín al
"hombre del subsuelo" de Dostoievski. En efecto, ambos
vislumbran en su tiempo y en el futuro -un futuro que en parte
todavía es el nuestro y en parte es ya nuestro presente- el
advenimiento del nihilismo, el final de los valores y de los
sistemas de valores; con la diferencia de que para Nietzsche
se trata de una liberación que hay que celebrar y para
Dostoievski de una enfermedad que hay que combatir. En el
inicio del milenio que está a las puertas, mucho dependerá de
la elección que nuestra civilización haga entre estas dos
posiciones, de que combata el nihilismo o lo lleve a las
últimas consecuencias.
Muchas actitudes -y de las más autorizadas- valoran
negativamente el período que concluye. "El viejo siglo no ha
acabado bien", escribe Eric J. Hobsbawn en su magistral
síntesis Age of extremes: the short twentieth century,
también recuerda que, por utilizar la expresión de Eliot, el
siglo ha finalizado con una explosión rimbombante y un
plañido molesto. Otros, en su mayor parte, ven en estos cien
años sobre todo la terribilidad, el "terrible siglo XX", su
récord de hecatombes y de exterminios, perpetrados con una
monstruosa simbiosis de barbarie y racionalidad científica.
Pero sería injusto olvidar e infravalorar los enormes
progresos llevados a cabo en este siglo, que no sólo ha visto
la consecución de niveles humanos de vida por masas de hombres
cada vez mayores, sino también la constante ampliación de los
derechos de categorías marginadas o no tenidas en cuenta, y
sobre todo una toma de conciencia, cada vez más amplia, de que
la dignidad humana y sus derechos inalienables también están
presentes allí donde antes no se sabía o no se quería
reconocerlos.
Lo diverso de toda esta clase ha adquirido, en la conciencia
general, esos derechos humanos universales que durante siglos
no nos habíamos dado cuenta que le correspondían. Es obligado
señalar acusadoramente las atrocidades del siglo XX, pero no
es posible olvidar las atrocidades cometidas en los siglos
anteriores sin que la conciencia colectiva se diera cuenta y
sintiera remordimientos. Creer confiadamente en el progreso,
como los positivos del XIX, se ha vuelto ridículo, pero igual
de obtusos resultan la idealización nostálgica del pasado y el
complacido énfasis catastrofista. Las nieblas del futuro que
se avecinan exigen que nuestra mirada, en su inevitable
miopía, se vuelva un poco menos miope desde la humildad y la
autoironía.
Estas últimas nos ponen en guardia ante la tentación de
abandonarnos al pathos de la profecía y de las fórmulas
sensacionales que rápidamente se convierten en cómicas, como
la famosa frase según la cual la historia finalizó en 1989,
una frase que ahora sólo tendría un hueco en el Sottisier de
Flaubert. En todo caso, ocurrió lo contrario: 1989 descongeló
mucha historia que había estado en la nevera durante numerosas
décadas, y esa historia se liberó en una mañana de
emancipaciones y regresiones. Puede que la característica más
evidente de la situación en la que nos encontramos sea el
cortocircuito de aspectos positivos y negativos, de progreso y
regresión, muchas veces indisolublemente unidos como las dos
caras de una moneda. Un ejemplo clamoroso es el triunfo del
principio de autodeterminación, afirmación de libertad que se
ve acompañada con terrible frecuencia del estallido de
conflictos sangrientos y de la represión de libertades ajenas;
otro ejemplo igual de clamoroso y preñado de futuras
calamidades es el crecimiento económico y el desarrollo de la
producción, que producen una disminución de los puestos de
trabajo y aumentan el número de los excluidos de un nivel
aceptable de vida, con lo que crean las premisas para
tensiones y conflictos sociales cuyas consecuencias son
imaginables. El cuadro que en ese sentido pinta del futuro
Dahrendorf - que no es un profeta apocalíptico, sino un
liberal lúcido- es alarmante precisamente porque no cae en
ningún efecto alarmista.
La contradicción siempre ha sido una característica eminente
del devenir histórico -aunque sólo sea porque los
contemporáneos no pueden ver la síntesis que concertará los
elementos del conflicto-, pero en este fin de milenio parece
marcar absolutamente todo. La contradicción más evidente es
tal vez la coincidencia en el tiempo de procesos de
unificación y agregación -la unidad europea, por poner un
ejemplo, aunque sólo es uno de tantos- y de atomizaciones
particularistas (la reinvindicación de identidades locales,
que niegan cada vez más furiosamente el contexto más amplio
estatal, nacional y cultural en que están insertas). A una
igualación y nivelación generales, producidas especialmente
por los medios de comunicación, que proponen los mismos
modelos en todo el planeta, se oponen unas diversidades cada
vez más salvajes. Se está poniendo en crisis uno de los
fundamentos de la civilización europea: la individualidad en
el sentido fuerte y clásico del término, irreductible en su
peculiaridad, pero portadora y expresión de lo universal. La
modernidad, ha escrito Alberto Cavallari en su incisivo
Atlante del disordice, nació con la negación de lo universal,
con el Estado nacional que se emancipa del impérium y de su
idea universalista; esa emancipación lleva implícitos grandes
impulsos liberadores, pero también absolutización de la
política que contiene los gérmenes del totalitarismo, que
niega toda universalidad humana. Para afrontar, política y
humanamente, los problemas que urgen y urgirán cada vez más
dramáticamente -por ejemplo, las migraciones de pueblos y
clases desheredados a los países europeos más ricos, el
difícil contacto con personas de otras tradiciones y
costumbres, la acogida real y no retórica del extranjero- es
necesario volver a las concepciones universalistas (del
derecho natural de los estoicos al cristianismo, de la
democracia liberal al socialismo) que la modernidad de los
Estados nacionales tendía y tiende a arrinconar como utopías
lastimosas o nocivas.
El milenio se anuncia con contradicciones llevadas al extremo.
La afirmación de la democracia y la derrota de los
totalitarismos políticos (al menos en Europa y en el mundo
occidental, pero también en vastísimas zonas del planeta) no
excluye la formación de un totalitarismo blando y coloidal,
como ha escrito Giorgio Negrelli en su sintético y vigoroso
panorama 1990-1995, anni allo sbando. El poder está más que
nunca en condiciones de promover, mediante mitos, ritos,
fórmulas de reclamo, representaciones y figuras simbólicas, la
autoidentificación de la masa, con el fin de que "el pueblo
crea desear lo que sus gobernantes consideran más oportuno en
cada momento". El totalitarismo ya no confía en las fracasadas
ideologías fuertes, sino en las gelatinosas ideologías
débiles, poseedoras del poder de las comunicaciones.
Una resistencia a ese totalitarismo consiste sobre todo en la
defensa de la memoria histórica, que corre el riesgo de ser
borrada y que es la única que puede proporcionar el sentido de
la plenitud y la complejidad de la existencia. Otra
resistencia consiste en el rechazo del falso realismo, que
confunde la fachada de la realidad con la realidad completa y,
privado de cualquier sentido religioso de lo eterno,
absolutiza el presente y no cree que pueda cambiar, por lo que
considera utopistas ingenuos a los que piensan que pueden
transformar el mundo. Este falso realismo, característico de
los políticos, no comprende en absoluto la realidad porque la
petrifica en una fórmula. En el verano de 1989, estos
realistas se habrían reído de quien hubiera dicho que el muro
de Berlín podría caer.
El milenio necesitará la utopía unida al desencanto. El
destino de todo hombre y de la historia se asemeja al de
Moisés, que no alcanzó la tierra prometida, pero no dejó de
caminar en dirección a ella. La utopía significa no rendirse
a las cosas tal como son y luchar por las cosas tal como
deberían ser; saber que el mundo necesita ser transformado y
redimido. El despertar religioso, que tan frecuentemente
degenera en fundamentalismos, tiene la gran función de excitar
el sentido del más allá, de recordar que la historia profana
de lo que sucede se cruza continuamente con la historia
sagrada, con el grito de las víctimas que piden una historia
diferente.
La utopía da sentido a la vida, porque exige contra toda
verosimilitud, que la vida tenga un sentido; Don Quijote es
grande, y lo es su existencia, porque se obstina en creer
contra toda evidencia que la bacía de barbero es el fabuloso
yelmo de Mambrino y que la tosca Aldonza es la encantadora
Dulcinea. Pero Don Quijote, por sí solo, sería penoso y
peligroso, como lo es la utopía cuando además de trascender la
realidad la tergiversa y la violenta creyendo que ya se ha
alcanzado la meta lejana, confundiendo el sueño con la
realidad e imponiéndolo brutalmente a los demás como hacen las
utopías políticas totalitarias.
Don Quijote necesita Sancho Panza, que se da cuenta de que el
yelmo de Mambrino es una bacía y percibe el hedor de establo
de Aldonza, pero sigue al loco caballero e incluso, cuando al
final éste recobra la razón, protesta, se siente empobrecido y
reclama la exigencia de las aventuras encantadas. Don Quijote
y Sancho se necesitan el uno al otro, y por sí solo tal vez el
primero fuera más pobre que el segundo, porque a sus gestas
les faltarían los colores, los sabores, los alimentos, la
sangre, el sudor y el placer sensual de la existencia, sin los
cuales la idea, que les infunde significado, sería una prisión
asfixiante.
Utopía y desencanto, además de contraponerse deben sostenerse
y corregirse recíprocamente. El final de las utopías
totalitarias sólo es liberador si va acompañado de la
conciencia de que la redención -promesa y fracaso de dichas
utopías- debe buscarse con más paciencia y más modestia,
sabiendo que no se posee ninguna receta definitiva, pero no
ridiculizarse. Demasiados desilusionados de las utopías
totalitarias desmoronadas, sobreexcitados por el desencanto,
en lugar de volverse más maduros por ello, alzan una voz
opresiva y estridente para escarnecer los ideales de
solidaridad e igualdad en que habían creído ciegamente. El
énfasis con que frecuentemente se celebra la caída del Estado
social, en vez de estudiar sus defectos para corregirlos, es
un aspecto visible de esta incapacidad de unir utopía y
desencanto.
Era ridículo creer en 1929 o en los años setenta que el
capitalismo estuviera a punto de morir, y es ridículo creer
hoy que un capitalismo puramente financiero e indiferente a
las consecuencias sociales de una competitividad salvaje sea
la disposición definitiva del mundo. En el libro citado,
Negrelli, demostrando la insensatez de querer renunciar a
cualquier diálogo entre las partes sociales, recuerda cómo el
país más sólido y más rico -y hoy probablemente más liberal y
democrático- es Alemania, que no ha renunciado, en su
indudable vitalidad económica, al pacto social. Que sea
Alemania la que nos dé esa lección resulta irónico, pero la
historia es una maestra de ironía, y la ironía, que disuelve
toda altivez prepotente, ayuda a vivir. La historia avanza a
tientas, escribió Braudel.
* Escritor y ensayista
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