TELEVISION
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| José Lasso R. |
A
l fondo de la pantalla una carreta y delante un coro. Muchos
gringos y unos pocos nativos. Himnos evangélicos. Una figura
amable: el Dr. Clark, de HCJB. Blanco y negro; la televisión
en Quito. En 1954, el Ing. Hartwell encuentra un equipo viejo
abandonado en las bodegas de la General Electric, en
Siracusse, New York. Lo lleva al garaje de su casa. Lo repara
pacientemente hasta el 11 de julio de 1959, cuando los equipos
llegan a Quito para "convertir a los nativos", asombrados ante
esta nueva tecnología.
Quito estaba recorrido todavía por la pastoral del Cardenal De
la Torre sobre el cine. Textualmente había escrito: "..O si
preferís, se ha convertido el cine en escuela de crímenes, en
inmunda pocilga de lujuria, en donde almas inmortales se
sustentan con alimento de cerdos; y en tormentoso yunque, en
donde la naturaleza humana, a los golpes de sombras, tan
destituidas de realidad en sí mismas como en lo que
representan, se deforma y pierde su hermosura".
Y ahora, la televisión en manos de protestantes...
En agosto de 1959 se celebraba el sesquicentenario de la
Independencia. Se organizó una gran feria en los jardines del
Colegio Americano y fue allá donde la UNP llevó los equipos de
la HCJB, para que los quiteños pudieran ver televisión en
blanco y negro. En 1960, el Canal 4 obtuvo permiso para
operar. Así, la televisión nació en el Ecuador llena de
bendiciones, que la volvieron, por entonces, milagrosamente
aburrida.
La primera empresa comercial fue la Compañía Ecuatoriana de
Televisión, formada por Jaime Nebot Velasco, José Rosenbaum y
la Publicidad "Palacios". Era la Feria de Octubre en
Guayaquil, y así llegó la televisión al puerto. Un convenio
con la Casa de la Cultura, y allí se instaló la antena. La
prensa de la época celebra este advenimiento con el mismo
fervor que la llegada del primer avión. Nuestra dulce
mitología parroquiana...
La televisión nacía bajo el modelo norteamericano. Televisión
privada. Sin embargo, desde entonces hasta hoy, el Estado
-dueño de las frecuencias- se reservaba el derecho de
concederlas y la televisión ofrecería espacios, para programas
estatales de educación y salud.
En 1960, un enorme número 6 sobre el tejado de una vieja casa
de hacienda en el Itchimbía, brillaba sobre Quito, y un número
2 sobre el cerro de El Carmen, en Guayaquil. Atrás de este
esfuerzo estaba Presley Norton.
La década de los sesentas marca el desarrollo de la televisión
en el Ecuador: Canal 2 en Guayaquil, Canal 8 en Quito,
Telecentro, Canal 4; y tras nombres, hombres: Alvarado Roca,
Ismael Pérez, Jorge Mantilla Ortega, Luis Hanna, Leonardo
Ponce, Marcel Rivas, Antonio Granda Centeno, Gerardo y
Patricio Berborich...
Es curioso revisar la programación de la época. No ha variado
su estructura profunda. Poca producción nacional, como hoy,
bastante ingenua y casta. Sin duda, mayor autocensura.
Y así entra la televisión a formar parte de la impresionante
red de comunicación de un país pequeño como el nuestro; junto
con la prensa y la radio comienza a cubrir prácticamente
todo el territorio nacional. Los niños nacen arrullados por
la televisión, quizá nodriza de su soledad. Nuestra cultura
se vuelve urbana. El país se electrifica y hoy la televisión
forma parte, como el perrito atado a la cerca, también del
Ecuador rural, multiétnico y pluricultural. La generación
mía, todavía del tiempo más lento, no ha perdido la capacidad
de asombrarse. Y aunque en nuestras aulas universitarias
disparemos nuestro pensamiento crítico, es mejor "estar de a
buenas" con la televisión.
En el país existen, hoy, 20 estaciones de televisión, entre
regionales y nacionales, articuladas al mundo globalizado.
Dos compañías operadoras de cable tienen 150.000 suscriptores
en las ciudades más importantes, y ya empieza a venderse en
círculos exclusivos una tercera de alta tecnología: del
satélite al televisor doméstico. Una oferta de 46 canales por
cable, y luego, la televisión interactiva: ese
computador-televisión articulado a Internet, al ciberespacio,
al banco, al supermercado y que permitirá elegir la
programación. Y toda esa tecnología también en los
videojuegos de las esquinas de barrio y no únicamente de
aquellos que poseen tendido de fibra óptica.
Entonces, más allá de los optimismos macluhanianos o
teilhardianos, los hombres no renunciamos a hacernos
preguntas. Las preguntas que se hacen todos los seres del
planeta, interpelados por las mismas tecnologías, por la
presencia universal en tiempo real y por los cambios en la
relación con el espacio y la distancia, y por la memoria y el
olvido. Problemas que pasan por las identidades y los
poderes, por la construcción simbólica de la realidad, por la
muerte de los grandes relatos articuladores pero también de
los totalitarismos, por la multiplicidad de puntos de vista,
por la incorporación de las diferencias y también de las
indiferencias.
La televisión en el Ecuador avanzará indudablemente al ritmo
de la globalización. Mantener la lucidez y la capacidad de
ofrecer a la televisión discursos desde el derecho, la ética,
la política, el Estado, la sociedad y los individuos y
exigirle que los incorpore en su quehacer, es acercarla a lo
real y sacarla del peligro de convertirse en su propio
simulacro.
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