JUVENTUD
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| Pedro Pérez |
L
a sociedad actual ha sufrido una verdadera mutación. Es
lógico, por lo tanto, que los adolescentes también hayan
cambiado de forma notable.
Quisiera hacer un recuerdo de cómo era la adolescencia hasta
hace tan solo una generación y señalar luego el contraste con
la adolescencia actual.
Vivíamos en una sociedad en la que la familia era un bloque y
la organización de la sociedad la conocíamos sólo a través del
filtro familiar. La familia era el núcleo de nuestra
conciencia, los adultos eran personalidades identificatorias,
la autoridad paterna era respetada, por no decir temida, a
veces incluso amada. Acatábamos más o menos la ley y el orden
del padre. Resolvíamos nuestros conflictos con mayor o menor
éxito a través de nuestras identificaciones, mediante procesos
de interiorización y de sublimación, reprimiendo nuestros
impulsos. Nuestras actitudes ambivalentes solo se
exteriorizaban por vías oblicuas (trastornos del carácter y de
la conducta) y no por vías directas. Nuestra sexualidad era
culpabilizadora; al tener un alma, nuestro cuerpo constituía
una molestia.
Se respetaba el rol de "clase", reprimiéndose duramente la
transgresión. Nuestros ideales sociales eran los de nuestra
familia; los personales se confundían, la mayoría de veces,
con un ideal de clase. No compartíamos nuestro narcisismo,
éste nos pertenecía por entero; la ascesis y el afán de poder
respondían a nuestras necesidades íntimas de independencia y
no osábamos formularlas ni confiarlas claramente; por eso
producían reacciones de culpabilidad.
El esquema social y familiar nos hacía vivir una sola vida, un
poco monótona, pero al mismo tiempo tranquilizadora, y los
placeres de la adolescencia estaban teñidos de una cierta
melancolía, no de tristeza, considerando el éxito social como
una inversión positiva y el no-éxito como un fracaso. Se
criticaban y resolvían las injusticias de un modo caritativo.
La vida no era desagradable si uno se dejaba guiar por ella y
si nuestras presiones no cambiaban el orden de las cosas. Los
malos (eran los otros) vivían en el temor, pero organizaban su
vida con modelos de aceptación equivalentes.
En suma, era una vida tribal, con determinados ritos y
mecanismos defensivos y tranquilizadores. Así es como podrían
hablar los adolescentes de la generación anterior, adaptándolo
de lo que dice J. de Ajuriaguerra (El adolescente y la
sociedad).
Es evidente que, en este cuadro, las crisis de originalidad
juvenil transcurrían detrás de la cortina de un cierto pudor y
bastante vergüenza, sin que esto implique, sin embargo, una
ausencia de felicidad, pues los adolescentes de entonces
vivían el presente con una cierta concreción y tenían
esperanza en el futuro.
En contraste, el mundo del adolescente de hoy es muy
diferente. Actualmente hay una uniformación y una
internacionalización de las características de los
adolescentes; una indiferenciación de edad; los bachilleres,
aprendices de artesanos e informales se atribuyen roles
equivalentes; hay un igualitarismo de sexos: "somos
compañeros"; una diferenciación con los adultos, que se
manifiesta por la transgresión, lo que hace que los
adolescentes, rehusando el estatuto y el rol que se les
impone, se conviertan en personajes que se confunden con un
grupo en cuyo seno buscan la identidad. Al rechazar el
estatuto y el rol antiguo, se crean nuevos roles y nuevos
estatutos en oposición a los del adulto.
Al contrario de lo que podría creerse, la adolescencia
-delimitada al principio por la sociedad, más tarde negada
como etapa por algunos- ha llegado a ser de hecho una nueva
clase que toma por modelo determinados sistemas de los
adultos, con las mismas rigideces, o los rechaza negándolos de
plano. No reconoce el doble factor del principio del placer y
del principio de la realidad, desvaloriza e hipervaloriza la
felicidad o la desgracia y el sufrimiento; de este modo, vive
en una necesidad de destrucción por no decir de
autodestrucción, rebelándose contra una sociedad que no hace
lo que ella pretende hacer y en la que no se ve más que una
ambigüedad hipócrita.
Los adolescentes sólo encuentran solución en el aislamiento o
en la adhesión a grupos en cuyo seno esperan encontrar una
purificación, y con los que se identifican a costa de una
pérdida de autonomía y de individualización. Las fórmulas
utilizadas son distintas que las anteriores. Ya no se habla
del sufrimiento y de los desdichados sino de los derechos, ya
no se habla de caridad sino de justicia; se eliminan términos
como "piedad" por tener un valor arcaico, los adolescentes
quieren ser más cognitivos que sentimentales.
Viven en la magia del verbo, utilizando slogans que lindan con
los fantasmas de todos los hombres sensitivamente válidos y
con un valor reconocible, pero que permanecen estáticos al no
traducirse en acción. Su identidad personal es precaria,
algunos no obtienen (a través del grupo) más que una identidad
difusa, en la que se diferencian de los adultos pero siguen
indiferenciados en el grupo, pareciéndose por ello a
personalidades gemelas.
De hecho, pasan de una dependencia con relación al adulto a
otra dependencia simbiótica del grupo, con reparto de alegrías
y angustias y una división de la persona, más bien que una
personalización. Los compromisos exteriores constituyen a
veces huída de su interior ante sus propios problemas, que
prefieren no abordar. Utilizan sistemas proyectivos a fin de
no ponerse ellos mismos en tela de juicio: son los adultos los
culpables por su inmovilismo. Reprochan a los adultos que
quieren transformarse, el no ir lo bastante lejos en la
transformación del mundo. Son portadores de fórmulas
definitivas, negadores de la historia y del tiempo, viviendo
solamente un presente feliz y no soportando las frustraciones,
deseando todo enseguida, por temor a que el gozo de la
instantaneidad se les escape. Sienten que viven el futuro
como una opacidad sin salida o el presente como un mundo de
soledad, de melancolía y de aburrimiento; algunos no soportan
siquiera una soledad temporal, al encontrarse amenazado su
narcisismo si no hay nadie alrededor de ellos para confirmar
con su presencia que se está dispuesto a quererlos y
admirarlos.
Para algunos, en el plano sexual se plantean problemas muy
demostrativos: tendencia a la igualdad de los sexos, creencia
en que una completa libertad sexual y una actividad ilimitada
constituyen signos de progreso y de un nuevo valor. Para los
jóvenes de hoy, la libertad sexual puede representar una
liberación de la mujer, a menudo reprimida en las sociedades
precedentes; pero para algunos, en provecho de un gozo sexual
personal más precozmente obtenido, sus relaciones tienen tanto
más valor en cuanto que tienen un carácter ostentatorio.
En muchos, hay una desvalorización de la necesidad de amar,
porque, al implicar reciprocidad, lo sienten como dependencia.
Pero el cinismo ante el amor oculta a menudo una necesidad de
amor y no es más que un pudor ante sus propias necesidades.
Hacer el amor no quiere decir amar sino cuando hay una madurez
afectiva que reviste a este diálogo plenamente.
En términos generales, se tiene la impresión de que existe una
gran ansiedad y un desconcierto en la adolescencia actual.
Algunos adolescentes tratan de hallar salidas de la
complicación de su vida, a veces en la droga, a veces en el
retiro y el baile. Intentan controlar su angustia diciendo
"Solo, estoy perdido; juntos, somos fuertes".
* Pedro Pérez es siquiatra, especializado en adolescentes.
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