ESTETICA
|
| Francisco Febres Cordero |
M
ientras en el pasado inmediato un acto de provocación
consistía en correr desnudo por la calle o, en su defecto,
rociarse gasolina e inmolarse como bonzo, ahora basta con
acudir a un restaurante, encender un cigarrillo y, a la hora
del menú, seleccionar carne de res (aunque, si se desea que la
acción adquiera el matiz de un verdadero acto subversivo, de
cerdo) y rematarlo todo con una mousse de chocolate.
Aquello resulta suficiente para escandalizar al resto de
parroquianos que, en las mesas contiguas, beben cerveza non
alcoholic, Coca Cola diet, agua mineral sin gas, café
descafeinado, y comen pan integral y carne de soya, junto con
una pócima verde conocida como brócoli.
Sí: porque el final del siglo nos encuentra sumidos en
intensísimos y apasionados debates sobre la cantidad de
calorías que contiene cada ración alimenticia y en intrincadas
polémicas sobre los peligros del aumento del índice de
colesterol, una entelequia que recorre el torrente sanguíneo y
parece provocar más paros cardíacos que los que causó Sonia
Braga en su mejor momento.
Mientras por arriba el planeta se va desmoronando a pedazos y
por abajo se ahoga con gases tóxicos y basura, el ser humano
se halla existencialmente angustiado por mejorar su imagen de
cualquier manera.
Creo que fue Jane Fonda quien comenzó a saltar como loca en
las pantallas de televisión, recubierta con unas mallas
fosforescentes que permitían casi palpar unos músculos tersos
y una piel desprovista de grasa. Los ejercicios, bautizados
como aeróbicos, cautivaron una audiencia de todas las edades
y, de pronto, la humanidad se encontró brincando sobre su
propio terreno desde el amanecer al anochecer, hasta el
extremo que, a diferencia de lo que puedan decir quienes
estudian las placas tectónicas, los empíricos hemos llegado a
la conclusión de que el terremoto en México obedeció a que ese
día la humanidad exageró en sus brincos.
Como en una reproducción por clones, las Janes Fondas fueron
multiplicándose sin ningún control, salieron de la pantalla
chica y se incrustaron en institutos, gimnasios, aulas
escolares, asilos de ancianos y bolsas de valores, a cuyo
derredor saltaron quienes querían comprar los bonos de la
deuda externa.
La moda, al principio, consistió en chantarse unos cintillos
de colores alrededor del cráneo, zapatos de caucho y
calentadores; poco a poco, sin embargo, nuevos aditamentos
fueron sumándose según el dictado del mercado deportivo, hasta
el punto que, para alcanzar la belleza tan anhelada, fue
menester también usar solo cierto tipo de medias gruesas,
cierto tipo de cintillos, cierto tipo de audífonos que se
conectaban a cierto tipo de walkman, con los cuales los
trotadores abandonaron la soledad de su habitación, dejaron
plantada a Jane Fonda y principiaron a lucir su, para
entonces, aún parca esbeltez, en parques, calles y plazas.
Lo que antes se llamaba vulgarmente trote, de pronto pasó a
llamarse jogging, y quien lo practicaba adquiría
automáticamente el estatus de empresario de éxito que buscaba
liberarse de la tensión emocional, que pasó a llamarse stress,
una enfermedad que eleva a quien la padece a la categoría de
ejecutivo y, por lo tanto, de inocultable triunfador, con
sueldo en dólares, departamento en la playa y vacaciones en
Miami.
Los más tímidos, se hicieron de unas bicicletas estáticas, con
las que recorrieron centenares de kilómetros sin moverse de su
sitio, soñando en que la grasa añejamente acumulada alrededor
de su vientre se iba derritiendo en la sartén de unos
aditamentos de caucho ajustados con furia a las llantas. De
la barriga, no de la bicicleta.
Vivir comenzó, repentinamente, a convertirse en un tormento:
el tiempo libre debía ser aprovechado íntegramente para el
ejercicio y no para el reposo, y hasta pasatiempos que
tradicionalmente estuvieron unidos a la holganza, se los
efectuaba con fines adelgazantes: las revistas especializadas
anunciaron con profusión de detalles que hacer el amor
equivalía a jugar dos sets de un partido de tenis. Ante eso,
las parejas se dieron a la tarea de ir al colchón todas las
noches para ejercitar su boleas, con opción a desempate por
vía de la muerte súbita.
También las palabras adquirieron otro significado y algunas
tan dulces como el chocolate, tan crocantes como el maní, tan
aromáticas como el café y tan refrescantes y heladas como el
vodka, engrosaron el diccionario de blasfemias.
Los roles tradicionales sufrieron, igualmente, sustanciales
cambios. Las mujeres comenzaron a jugar fútbol, levantar
pesas y subir al ring para boxear, mientras los hombres
untaban su epidermis con cremas humectantes, utilizaban rinses
capilares, los calvos se hacían dolorosísimos y carísimos
trasplantes de pelo y los afortunados que conservan intacto su
cabello se lo teñían con el color de su preferencia, en unos
locales que, de peluquerías, se transmutaron en beauty parlor
unisex, atendidos gentilmente por unos híbridos rebautizados
como Mario's, Lucho's o Pepe's.
Y si antes los perfumes eran de uso casi exclusivo femenino,
ahora pasaron a formar parte del gabinete masculino, junto con
la crema de afeitar y el cepillo de dientes. El mercado se
inundó de colonias con olores exóticos reputados como
lascivamente agresivos, que los varones se los aplicaron con
unción mística: maderas tropicales, aguas salvajes, tabacos
orientales, noches caribeñas, abejorros asesinos y zumo de
axilas de luchadores de sumo fallecidos en combate.
Si el cuerpo se resistía a modificar su estructura a pesar de
tanto ejercicio, menjurje y dieta, quedaba otra alternativa a
la que, progresivamente, se fue echando mano para solaz de los
médicos: la cirugía plástica, que convertía una nariz aguileña
en respingada, rasgaba los ojos redondos hasta dejarlos como
de esquimales, a los labios carnosos los reducía hasta que
adquirieran la levedad incorpórea de una línea equinoccial y a
los mentones puntiagudos los transformaba en cuadrados con una
línea divisoria en la mitad, como si fueran nalgas. Además,
eliminaba las arrugas, endurecía los senos, elevaba los
glúteos, suprimía las llantas y, en los casos más dramáticos,
hasta convertía primero en beige y luego en blanco a un negro
como Michael Jackson.
Como si todo esto fuera poco, irrumpió en el mercado un
artilugio signado como wonder-bras, que consiguió que aun los
senos del tamaño de un huevo frito rebosaran generosamente por
los intersticios del escote; al wonder siguió el bottom-bras,
que hace aparecer como el pico del Chimborazo a un trasero que
amenaza con derramarse al mar. Y, para la barriga, quedan las
lycras, que reemplazan con ventaja a las obsoletas e incómodas
fajas de varilla. Con todo y esto, a estas alturas del fin de
siglo casi todo lo que usted huele, ve y toca (si le dejan) es
un timo ignominioso, ubicado en el cuerpo. Del delito.
Página anterior -
Página siguiente