La familia en tiempos de crisis

FAMILIA
Diego Araujo Sánchez

S e podría afirmar, en una parodia del tango, que 15 años no es nada... sobre todo para medir las transformaciones de la familia. Dentro de cualquier sociedad, aquella institución suele variar en el curso de un tiempo dilatado. No obstante, en el Ecuador, la familia sufrió rápidos y significativos cambios desde los 70, cuando el país se convirtió en exportador de petróleo y aceleró los procesos de crecimiento urbano y modernización.
En un país atravesado por las diferencias regionales y la fragmentación social, cualquier caracterización de "la" familia, así, en singular, puede llevar a engañosas conclusiones. Sin embargo, a pesar de la diversidad, algunos rasgos, que tienen mayor validez para la familia urbana, señalan, al mismo tiempo, cierta tendencia de las familias en general.
Las parejas procrean hoy un menor número de hijos que antes. En la generación de nuestros padres y abuelos fueron comunes las familias de seis o más hijos; en los días que corren, el número más frecuente es de dos o tres.
En la jerga de los especialistas se habla de un descenso relativamente brusco de la tasa bruta de natalidad y una reducción de los índices globales de fecundidad. Y se puede comprobar aquella tendencia, con las cifras estadísticas que corresponden a los tres últimos lustros.
La modernidad no sólo dijo adiós a las parejas con numerosos hijos, sino a la firmeza de su relación. La familias, ahora más pequeñas, son también más inestables. Los índices de divorcio tienden a aumentar. Y, sobre todo, éste cuenta con una mayor aceptación social; años atrás, todavía llevaba una carga estigmatizadora, en especial para la mujer.
En "Ciudad de invierno" (1979) , un excelente relato de Abdón Ubidia, junto a la percepción de un crecimiento desbordante del Quito de los 70, el narrador evoca las frecuentes crisis de pareja, expresión con la cual, dice, "acuñábamos todo tipo de divorcios, separaciones, reuniones, adulterios y demás hecatombes conyugales que se propagaban, lo juro, por toda la ciudad como una fiebre irreal engendrada por tanto cambio exterior que parecía exigir, a la par, cambios y readecuaciones en la misma intimidad de las gentes".
En los últimos años, no sólo en Quito sino en todo el país, aumentaron los divorcios y también las uniones libres que, numerosas antes en los sectores populares, crecieron también dentro de otros estratos sociales. Pero, además, se alteraron algunos valores tradicionales en la relación de pareja o, como dice el narrador de "Ciudad de invierno", se produjeron cambios y readecuaciones en la misma intimidad de las gentes. Las transformaciones afectaron no sólo la vida de las parejas, sino la relación de padres e hijos y los hábitos cotidianos de las familias.
La creciente incorporación de la mujer al mercado de trabajo y su acceso más amplio a la educación superior han modificado profundamente la estructura familiar. Las nuevas realidades económicas y sociales exigen el trabajo de la mujer. Este hecho debilita viejos patrones de la familia patriarcal, promueve una noción más extendida de igualdad de la mujer frente al hombre y cambia los papeles tradicionales de uno y otro dentro del hogar. El mayor número de mujeres que culminan las carreras universitarias y alcanzan niveles superiores de capacitación profesional influirá también en la configuración de la familia y sus transformaciones.
Sin embargo, la familia ecuatoriana, en su diversidad, goza de relativa buena salud. Hace poco tiempo, una encuesta de CEDATOS reveló que un 90.8 por ciento de jóvenes ecuatorianos, de uno y otro sexo, piensa, con toda firmeza, contraer matrimonio. Este, pues, no ha naufragado como aspiración. Quizás por ello, el sociólogo Luis Verdesoto puede afirmar, como conclusión de un amplio estudio sobre el tema, que la familia ecuatoriana no se halla en crisis y, por el contrario, "es una instancia de refugio de sus miembros ante las crisis más generales y que históricamente ha dado muestras de una gran capacidad de regeneración".

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