ECOLOGIA
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| Fernando Ortiz Crespo |
E
l movimiento ambientalista en el Ecuador nació con la
creación de la Fundación Natura, en 1978. Antes de esa fecha,
pioneros como Misael Acosta Solís daban voces aisladas pero
sin mayor eco social. Una masa crítica de expertos
ambientales salió de las aulas del Departamento de Biología de
la Universidad Católica a partir de los años 70, y los
egresados y graduados de esta procedencia comenzaron a
proyectarse en los ámbitos profesionales de Quito, con fuerza,
en los 80 y 90. Los temas ecológicos ganaron popularidad en
los medios de comunicación, tanto en la prensa como sobre todo
en la televisión, donde la Fundación Natura logró transmitir
sin interrupciones comerciales los especiales de 'National
Geographic' y otras estupendas series como 'Life on Earth'.
Los coloridos adhesivos de las ONG's ambientales invadieron
los autos del país proclamando la toma de conciencia 'verde'
de muchos ciudadanos. La Fundación Natura consiguió que el
Ministerio de Educación incluyera la educación ambiental en
sus programas oficiales de primaria y secundaria.
Sin embargo, pese a todo ello, en los últimos quince años los
bosques tropicales de la Costa se batieron en definitiva
retirada, ante la codicia de las industrias madereras y las
necesidades de una famélica población rural acostumbrada a
vivir "minando" la madera de las selvas esmeraldeñas. Hasta
ahora nadie, excepto Taita Dios, sabe cómo reproducir y hacer
que crezca el chanul, mientras nuestros edificios más lujosos
siguen entablándose, emparquetándose y enviándose con esta
madera maravillosa que tiene sus días contados. Y además de
basura, las poblaciones medianas y pequeñas del Ecuador siguen
afeándose con 'parques de cemento', resultado del compadrazgo
entre munícipes y contratistas y el mal gusto y poco criterio
municipal. En estos poblados se llegan a abatir árboles
nativos formidables para crear 'jardines' circundados de gris,
donde se siembran raquíticas plantas exóticas alrededor de
esperpénticos 'Monumentos a la Madre', que no son otra cosa
que ofrendas subliminales para calmar las conciencias de
hombres acostumbrados a maltratar o abandonar a sus esposas,
novias e hijas.
En los últimos quince años, la población de Galápagos,
nuestra carta de presentación ante los ecologistas del mundo,
pasó de 5 mil a 15 mil personas, mientras la industria
pesquera propia y ajena se tomó las islas en procura de
tiburones a los que amputar aletas y de pepinos de mar que
secar y ahumar, tornados en dólares gracias al conjuro de
"gourmets" de lejanos países. Mientras tanto, hay necesidad
de archivadores enteros en el INGALA, en el CONADE, o en la
CAAM para guardar las copias de los numerosos planes acerca
del "desarrollo equilibrado" de Galápagos, con sus respectivos
anexos, documentos que la nueva clase política insular
considera inútiles y hasta nocivos. Estos líderes criollos
resienten la presencia de organizaciones conservacionistas en
las islas, como la Fundación Darwin, pues no quieren limitar
sus ambiciones; ni cortos ni perezosos, usan su poder político
para negociar en el Congreso y ante la Presidencia de la
República el apoyo que necesitan, aun a costa del patrimonio
natural irreemplazable de Galápagos que, recordémoslo, no es
de los galapagueños sino de todos los ecuatorianos.
Nuestros parques nacionales y reservas ecológicas,
administrados por el INEFAN -cuya ubicación burocrática ahora
está en el limbo, al igual que su dirigencia-, son la mejor
garantía de que algo del espectacular verdor y biodiversidad
de nuestro país pueda salvarse para las futuras generaciones.
Un reciente artículo de Tierramérica nos otorgaba el primer
lugar en el continente por la superficie que ocupan nuestras
áreas naturales: según el artículo, un 39% del territorio
nacional. Enhorabuena. Pero si el Ecuador ya tiene 12
millones de almas, ¿quiere decir que vivimos ocupando sólo el
60% de nuestro territorio? No lo creo. Y aun si esta cifra es
demasiado optimista, ¿cuántos guardaparques hay para cuidar de
nuestros parques y reservas? No debe haber muchos, y los que
hay por lo visto -sirven de poco: miles de hectáreas de la
Reserva Cotacachi-Cayapas y el Páramo de El Angel se quemaron
el verano pasado; el cóndor andino, que es nuestra ave
nacional, se está extinguiendo; se está construyendo una
carretera en el corazón del Parque Nacional Sangay, y cientos
de familias de mineros residen en el Parque Nacional
Podocarpus, entre Loja y Zamora, donde excavan túneles, cortan
árboles y contaminan con mercurio los cursos de agua. Pero no
todo es nuestra culpa: mientras entidades como el Banco
Mundial y el FMI preconizan reducir el tamaño del Estado, las
necesidades de personal estatal para defender los parques y
reservas aumentan con las presiones desarrollistas de toda
índole que cada día se dejan sentir.
Hay algunas luces en este oscuro panorama: dos compañías a
cargo del abastecimiento de agua urbana comprendieron que los
páramos y bosques, las "fábricas" de donde mana este precioso
líquido, deben protegerse. En Cuenca, ETAPA creó una reserva
en los páramos y bosques de Mazán y trata ahora de añadir a su
patrimonio la hoya del lago de Surocucho/Llaviuco. En Quito,
EMAAP trata de crear una reserva modelo en los páramos del
Antisana, de donde se deriva o derivará buena parte de las
nuevas dotaciones de agua para la capital. Inclusive, EMAAP
plantea tarifar en sus planillas el costo de mantener la base
ambiental de las áreas de captación.
El sector privado, siguiendo el liderazgo de algunos pioneros
como Calaway Dodson, Carlos Zorrilla, Susan Shepard y David
Neill, ha hecho un acto de fe en el ecoturismo y así se han
creado cientos de pequeñas reservas naturales y declarado
cientos de bosques protectores a lo largo y ancho del país
para cuidar el paisaje, la flora y fauna. En muchas de estas
reservas ya hay instalaciones para que los visitantes
enamorados de la naturaleza se queden unos días. La Fundación
Natura preservó el bosque del Pasochoa y esperemos que -como
dijo Roque Sevilla- no se "crucifique" este buen ejemplo de
manejo ambiental. La Reserva Cerro Blanco, establecida por la
Cemento Nacional en la Cordillera de Chongón, es un modelo de
compromiso con el bienestar social y ambiental de nuestra
población.
Los grupos ambientalistas han crecido como hongos en el país,
es decir, en cantidad y de la noche a la mañana. Algunos han
servido para que surjan auténticos líderes, como Eduardo
Aspiazu en Guayaquil y Juan Black en Galápagos y Quito, seres
carismáticos cuya prematura desaparición lamentamos, y muchos
hombres y mujeres más que por fortuna nos acompañan.
Significativamente, una ecuatoriana, Yolanda Kakabadse
Navarro, ha sido electa para presidir la Unión Internacional
para la Conservación de la Naturaleza.
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