¿Sobrevivirá la religión en el siglo XXI?

RELIGION
Juan Botasso

C uando vuelva el Hijo del hombre, ¿encontrará todavía fe en esta tierra?", exclamó un día Jesucristo.
Muchos parecen dudarlo. Al plantear a grupos de jóvenes la pregunta de si el interés por lo religioso en nuestros días está en aumento o de bajada, escucho casi siempre la misma respuesta: "De bajada".
Efectivamente, los síntomas que parecen justificar esta afirmación no faltan, aunque no existan las situaciones de antiteísmo virulento de las épocas pasadas, sobre todo en Europa.
Auguste Compte, padre de la sociología moderna, profetizaba a fines de 1800 que, en la evolución de la humanidad, la fase científica borraría por sí sola la anterior fase religiosa, proporcionando las respuestas que los creyentes debían inventarse a falta de otros recursos. En vista de esto, muchos asumieron como una verdadera misión hacerse pregoneros de 'las Luces' y predicar una confianza total en el progreso científico, que liberaría a la humanidad del oscurantismo de las supersticiones. Aquel liberalismo que quiso la temática religiosa totalmente ausente del aula escolar creció en ese ambiente.
Hoy no existen campañas, ni negaciones tajantes, hay simplemente indiferencia. Hablando del Ecuador, masas enteras que eran católicas por cultura y simple tradición, migrando a la ciudad o accediendo al ambiente laico de la escuela, han abandonado antiguas costumbres, sin plantearse siquiera un problema de conciencia.
La secularización avanza, es decir, es siempre mayor el número de las personas que perciben como una conquista la autonomía de las realidades terrenas y no acuden a la teología para tener respuestas a los problemas que plantea la salud o la convivencia humana.
Cuando, hace poco, Juan Pablo II afirmó que la evolución es mucho más que una hipótesis (es decir, que es algo serio, del todo aceptable para un creyente) muchos leyeron este hecho como un rendirse frente a la evidencia y como un nuevo paso atrás de la religión frente a la ciencia. Y en la resistencia que hoy ofrece la Iglesia a la posibilidad de la clonación en el ámbito humano no faltan quienes ven una redición del mismo esquema: de oposición inicial, hasta que sea ineluctable sucumbir frente a los hechos (ver el artículo de Carlos Alberto Montaner, "¿Sea como Dios quiere?", El Comercio, 23 de marzo de 1997).
El mundo musulmán (mil millones de personas) es mucho más refractario a la modernidad, pero esto no haría sino reforzar la misma hipótesis: no teniendo respuestas racionales se cierra en un integrismo fideista y fanático. Pero sería solamente cuestión de tiempo: la ciencia acabará triunfando sobre la irracionalidad.
Estas constataciones (no son más que ejemplos, se podrían hacer muchísimas más) parecen dejar muy poco espacio para dar al interrogante del título una respuesta afirmativa.
Pero las cosas no son tan simples. La profecía de la desaparición de lo religioso en el horizonte humano ha sido formulada muchas veces durante los últimos siglos, y se ha visto regularmente desmentida.
Quisiera hacer a este respecto algunas consideraciones, a pesar de que la estrechez del espacio me obligue a comprimirlas, redactándolas en un estilo casi telegráfico.
- Reducir el problema al conflicto ciencia-religión es un planteamiento falso. En efecto, no se trata de dos instancias que compiten por el mismo territorio, sino de dimensiones distintas del espíritu humano. Lo que Compte describía como fases sucesivas en la historia de la humanidad, son en cambio facetas complementarias y coexistentes.
- Donde habría que introducir una diferenciación es entre fe y religión. Esta última es parte de la sicología humana, mientras que la primera es la respuesta a una invitación que viene de afuera y trasciende al hombre. No creo que la religión acabe desapareciendo, pero tendrá que replantearse continuamente su manera de ser. La fe seguirá siendo algo "distinto", "dado", inalcanzable al simple esfuerzo humano.
- El "progreso" es imparable, pero es evidente que, por sí solo, no satisface al ser humano. Hoy, como nunca, existe una búsqueda evidente de algo más. La técnica y el bienestar de los países que llamamos adelantados han creado insatisfacción y aburrimiento, especialmente entre los jóvenes. Y en otros países, décadas de enseñanza científica del ateísmo han dado a una explosión de interés por los temas espirituales, que no encuentran fácil respuestas.
- El vacío se ha llenado con una gama aparentemente limitada de ofertas seudoreligiosas: esoterismo, filosofías orientales, astrología, quiromancia, satanismo. Una infinidad de sectas y movimientos van ofreciendo atajos que llevan a la paz interior, al dominio de la mente, a la armonía del cuerpo y el espíritu.
Evidentemente todo esto es bastante ambiguo y confuso, pero es un síntoma de que la sola técnica y la racionalidad no llenan al hombre. Lo que decía Agustín de Hipona hace 1.500 años resulta sorprendentemente actual: "Oh Dios, nos ha hecho para Ti y nuestro corazón es inquieto, hasta que no descanse en Ti".
- Dentro del mismo catolicismo hay un aumento exponencial de fenómenos antes apenas conocidos: formas de oración carismática, muy marcada por la gestualidad y la emoción; pretendidas apariciones que atraen a masa enormes; procesiones oceánicas, en ocasión de la Semana Santa; peregrinaciones de miles y miles de jóvenes que se desplazan a pie por decenas de kilómetros hacia santuarios marianos; multiplicarse de intermediarios que entregan mensajes de lo alto, como si la Revelación hubiera quedado incompleta...

Conclusión

Los permanentes desafíos que vienen de la ciencia resultan saludables, porque obligan a poner al día las respuestas del creyente. Cierta lectura literal de las Escrituras ha dificultado mucho el diálogo y ha creado laceraciones innecesarias en la conciencia de los hombres de fe de décadas pasadas. Para que el diálogo sea posible es indispensable apertura, estudio y humildad de ambas partes.
Estoy convencido que el hombre del siglo XXI seguirá siendo religioso pero con connotaciones imposibles de prever y muy diferentes según las latitudes y las culturas.
- Una investigación publicada en la revista Newsweek hace unos tres años, pone de relieve que el norteamericano actual, de cualquier pertenencia religiosa, ora mucho más que su compatriota de los tiempos de la guerra del Vietnam. Esto es indicativo de un nuevo clima, pero, en sí, no significa automáticamente que caminemos en masa hacia una mayor vivencia del evangelio.
- En cuanto a la fe, se tratará siempre más de una elección de la persona, menos ligada a la simple transmisión cultural. Con mucha probabilidad será algo menos masivo, pero más profundo y más conectado con las opciones de la vida personal y social. Una transformación que expresará la verdad de la paradoja que describe el dominico francés Jean-Pierre Jossua: "Para el creyente del siglo XXI, Dios resultará inútil e indispensable". Inútil para resolver los problemas científicos, indispensable para dar un sentido a la vida".

(*) Juan Botasso es sacerdote salesiano. Prorrector de la Universidad Politécnica Salesiana

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