MÁS ALLÁ DE LA CALLE ESTÁ EL SERVICIO
Ney Murillo
Ignora si con la venta de su servicio de gasfitero y colocador
de tasas sanitarias a domicilio y de manera ambulante, ha
logrado brindar algún tipo de aporte a la sociedad.
Aunque, con su seño fruncido por los 58 años de edad, y una
amplia sonrisa dibujada en su rostro, Alfredo Amaya López solo
atina a decir que sus clientes han quedado contentos y regresado
a él siempre en busca de su mano de obra y herrramientas.
“No he irrespetado la libertad de mi clientela a elegir, más
bien los he ayudado, tal como lo hace el gran ejecutivo de un
banco, solo que yo lo hago con mis manos y mis conocimientos.
Tampoco me considero un delincuente, nunca he estafado a nadie.
Solo he trabajado para vivir ”, acota el anciano, quien desde
hace 24 años labora en uno de los barrios más pudientes de
Guayaquil.
Sí, allí en Victor Emilio Estrada y Las Monjas, en Urdesa
Central, pueden dar fe de que realiza un trabajo honrado y de
que llega todos los días, a las 08:00, de lunes a sábados.
Su medio de transporte y principal instrumento de trabajo es una
bicicleta que hace tres años costó $50 y que recibió como
obsequio de sus seis hijos. Las otras infaltables herramientas
son sus llaves de tuerca, los desarmadores, el alicate, su
succionador de caucho, sus tuercas y sus zapatillas; todo eso,
según los cálculos de don Alfredo, suman una inversión cercana a
los $200.
La tarea la empezó con un amigo, luego la fortaleció con un
curso para modernizar un poco y por si la clientela tenga dudas,
también sacó un comprobante del curso con “teoría y todo”,
repite el hombre, al tiempo que recuerda que gracias a su
trabajo de gasfitero ambulante logró construir una casa de
cemento en las Malvinas, donde hoy vive con el menor de sus
hijos y nietos.
La edificación la hizo de a poco, de hecho aún no la concluye,
pues debió dividir sus ingresos entre los estudios y la
alimentación de sus seis niños y esposa.
“Todos estudiaron hasta la secundaria, y ahora ya formaron sus
respectivos hogares. Y bueno, de ello me siento orgulloso,
porque fue con el sudor de mi frente y con la callosidad de mis
manos”, acota el anciano.
Mientras sus compañeros de tarea, a pocos metros de allí, gozan
al ver su relato con entusiasmo.
El trabajar deambulando por las calles no ha sido facil para
Amaya, el gasfitero de los riquillos, como lo llaman.
Antes, dice con algo de añoranza, no existía tanto peligro ni
normas que cumplir. Él cuenta que se paraba en el parterre de
Urdesa, y al igual que lo hace ahora, se promocionaba con su
grito agudo de: “gasfitero, arreglamos los baños y los
lavaplatos en su casa”.
Llegaban los clientes y se iba, hoy su llamado ya no se escucha,
por la gran concurrencia de autos. Además, los vigilantes han
normado los lugares en donde estacionarse con su bicicleta y
este año, incluso llegaron a amenazarlo con multarlo con $10, y
como base toman la obstrucción del paso peatonal que es penado
con las nuevas leyes.
Asimismo, los policías metropolitanos lo han amenazado con
llevárselo preso, aunque considera que esa es un norma más
antigua y la acepta.
Pero lo último es que “por un servicio, en una casa, me pidieron
una factura y me acusaron con denunciarme con el Servicio de
Rentas Internas (SRI)” por no contar con ella.
“Me parece absurdo, me he sacrificado mucho, he pagado tantos
tributos con la comida, con la educación de mis hijos, en la
compra de herramientas, como para que a esta altura me pidan
facturar y pagar más impuestos”, dice con algo de enojo.
Las ganancias no han mejorado con el dolar, más bien Alfredo
Amaya siente que se han reducido. Cuando existía el Sucre sus
ingresos diarios fluctuaban entre $100 y $200, pero ahora,
especialmente este año, apenas consigue entre $5 y $20, cuando
el trabajo es grande y bueno.
La tecnificación de los accesorios de plomería y grifería que
tienen las casas modernas también lo ha perjudicado, pero no
mermado su seguridad.
“Cuando siento que no puedo con la instalación de algún tipo de
tubería o grifería busco mi socio. Lo importante es no quedar
mal con quien me busca”, sostiene, aunque reconoce que ello
implique una reducción de sus ganancias.
Sin embargo, todo es recompensado con la bondad de sus hijos.
Ellos, en épocas de crisis o enfermedades, reconocen su
sacrificio como padre y lo ayudan.
Tal como ocurrió cuando estuvo mal con sus riñones o cuando fue
asaltado por dos delincuentes, en 2007, cuando se le llevaron
todos sus instrumentos de trabajo. Se quedó sin nada, golpeado y
con lagunas mentales por algunas semanas. Sus hijos lo ayudaron
a salir del “hueco”.
Juntaron de a poco el dinero, pues sabían que era el instrumento
para acudir en busca de clientes, pero también el medio de
transporte que usa para llegar a casa todas las tardes.
“Me siento satisfecho de lo que he hecho con mi familia y del
trabajo honrado que he desarrollado a lo largo de mi existencia.
Si muero ahora, puedo hacerlo con la conciencia tranquila y la
satisfacción de que mi servicio fue el mejor aporte en mi área
que di al Ecuador”, dice mientras con orgullo muestra una a una
las herramientas que utiliza. Asimismo, muestra un cuaderno con
una lista larga de su clientela, de la cual tiene número de
teléfonos y direcciones domiciliarias. Todo con el fin de llegar
a ellas sin dificultad.
Por ahora, lo único moderno que tiene para ofrecer a su
clientela y que son su respaldo para obtener más ganancias son
las tarjetas de presentación que se mando hacer.
“Son primordiales”, dice aunque antes de las identificaciones
con su número fijo y de celular, está su grito incesante, la
trompeta de su bicicleta y el cartel que cuelga del volante. Sí,
aquel pintado en un trozo de madera donde se atina a leer:
“Gasfitero y coloco tasas sanitarias”.
También busca ser competitivo
Con el fin de no quedarse fuera de “onda”, el anciano gasfitero
usualmente busca capacitarse en los cursos gratuitos que
encuentra en los clasificados de los diarios.
Está consciente de que cada día el sector de la construcción,
que incluye la gasfitería, se moderniza. Confirma que no puede
quedarse en el pasado. “Lo primordial es autodisciplinarse y
educarse. El resto está relacionado con la eseñanza que dejaron
nuestros padres como es la honradez”, dice, al tiempo que
precisa que él goza de la confianza de su clientela en tiempos
donde la delincuencia se da sus mañas para cometer fechorías,
dice. Junto a él, en el mismo sector central de Urdesa, más de
cuatro gasfiteros son su principal competencia.
En el sector de Urdesa, uno de los barrios más pudientes de Guayaquil, el gasfitero de los riquillos como lo autodenominan ofrece sus servicio de manera ambulante. Nunca ha facturado, pero este año fue amenazado con ser multado con $10 por interrupción del paso peatonal. Sus manos y sus conocimientos, son su principal aporte a la sociedad.
El personaje
Alfredo Amaya López tiene 54 años de edad
Su primer trabajo fue de cargador en la fábrica de la gaseosa 7
UP. Fue despedido y decidió dedicarse a la informalidad con sus
conocimientos de griferia, la misma que ofrece desde hace 24
años.
