LAS DOS CARAS DE UN ESTUDIANTE
Geovana Melendres
La alarma del celular alerta a Richard Chuqui (17 años) de que
es hora de levantarse para ir al colegio (05:15). Con agilidad
recoge su ropa, pues él estudia en el Instituto Nacional Mejía,
en donde el uniforme solo se utiliza los días lunes y cuando
realizan educación física.
Su habitación luce impecable. Los banderines y carteles del
Mejía recubren cada rincón de su dormitorio. En medio de ellos,
una fotografía de Fidel Castro desentona con la decoración. “Fue
tomada en 1956, cuando Fidel leyó el primer periódico que
publicó el colegio, siempre con su carácter revolucionario”,
comenta Richard, mientras arregla su cabello frente al espejo.
En la cocina, su madre le prepara el desayuno. “Estoy en pie
desde las 04:30 porque mi hija menor se va en el recorrido a las
05:15. Después tengo que levantar a Richard”, cuenta Blanca
Alpusig (39 años), mientras sirve una taza de leche. “No come
nada más por el apuro”, comenta.
Richard vive en Guamaní, al sur de la capital, lo que obliga a
salir de casa con una hora de antelación para llegar
puntualmente al plantel (07:00). “En el colegio son bien
estrictos, si llegamos 10 minutos tarde ya no podemos entrar”,
dice el joven mientras toma un bus que lo lleve hasta el
Trolebús en El Recreo y de ahí hasta la Alameda.
El largo trayecto le sirve a Richard para estudiar la materia
que no alcanzó a revisar la noche anterior. Su día se
desenvuelve entre la responsabilidad de ser al más antiguo de la
banda de guerra, interpretando la trompeta, ser el tesorero del
Consejo Estudiantil y ser estudiante de tercer año de
Bachilletaro en Físico Matemático. “Quiero especializarme en
Minas y Petróleos. Espero conseguir una beca para ir a una
universidad en Venezuela”, manifiesta.
A esa hora el trolebús se convierte en el punto de encuentro
para cientos de jóvenes de diversos planteles de la ciudad,
entre públicos y privados. Más de uno aprovecha la estrechez de
los pasillos del bus para flirtear. Las miradas coquetas van y
vienen, pero pocos se animan a romper el hielo. Otros, en
cambio, prefieren acompañarse con su Ipod y jugar en el celular.
Richard también se interesa por organizar las actividades de la
banda de guerra junto a otros compañeros que coincidieron con él
en el bus, pese a que su celular no ha dejado de sonar desde que
salió de casa..
“Son mis amigos que llaman para saber a qué hora será el repaso
o si tenemos pruebas. ¿Y las chicas? No tengo tiempo para
preocuparme de eso ahora”, asegura, entre las risas cómplices de
sus amigos.
Franklin Herrera (17 años) es el líder de los tambores que
integran la banda de guerra. Él si le dedica un tiempo al amor.
“Mi novia está en el Espejo (en la Alameda). Siempre le visito
un rato a la salida del colegio antes de empezar los repasos con
la banda (13:30)”, cuenta el joven, entre las burlas de sus
compañeros que lo acusan de ser infiel.
Con premura todos se dirigen a sus aulas. Richard tiene dos
horas (80 min) de Física, la penúltima clase antes de salir a la
semana de estudios libres para rendir sus exámenes de grado. Sin
embargo, la negativa de los maestros a ser evaluados crea un
ambiente tenso en el curso. Los maestros intentan explicar a los
jóvenes las razones de su postura.
“¿Usted se siente capacitado para ser maestro?”, cuestiona
Javier Naranjo (17 años) al maestro de Física, Patricio Rivera.
“Claro que sí, pero necesitamos capacitación para que todos
estemos en las mismas condiciones. Buscamos que en un plantel de
primera categoría se enseñe lo mismo que aquí”, replica. El
debate da lugar al análisis de la educación pública y cuál es el
rol del estudiante y cómo influye el salario que perciben los
profesores. Pese a ello, los criterios están divididos..
A las puertas de graduarse, su mayor preocupación es también la
universidad a la que irán, poniendo énfasis en sus posibilidades
económicas y el prestigio de la institución. “Ya compré el
prospecto y he averiguado sobre las pruebas en la Politécnica
(Nacional). Tengo que estudiar full”, comenta Martín Carrera (18
años), aspirante de Electrónica en Telecomunicaciones.
El punto de encuentro de estos jóvenes es la bodega donde se
almacenan los instrumentos de la banda. Allí, la televisión y un
mueble vuelven acogedor al lugar. El director del grupo, Darwin
Portilla, aprovecha el espacio para coordinar actividades y
revisar las calificaciones de los chicos. “Para ingresar a la
banda deben tener un buen rendimiento (mínimo 18/20),
disciplinado y responsable. Esa es la virtud de este grupo”,
enfatiza el docente.
Richard ingresó a la banda en primer curso y “un impulso
indescriptible lo orientó por la trompeta”. Ahora es líder del
grupo y le dedica un 60% de su tiempo a esa actividad.
“Repasamos de 13:30 a 15:00. De ahí organizo algunos eventos o
tareas pendientes con el Consejo Estudiantil. A eso de las 18:00
me voy a casa”.
Para su madre esa rutina es diaria y aunque se preocupa por su
salud, también es consciente de las responsabilidades de su
hijo. “Cuando organizaron la kermés del colegio llegaba a eso de
las 22:00. A esa hora empezaba a hacer deberes hasta el
amanecer. A veces alcanzaba a dormir”, relata la mujer.
Junto a Richard trabaja Diego Puente, presidente del Consejo
Estudiantil, quien considera que uno de sus méritos ha sido no
pertenecer a ningún partido político y el haber ganado esa
representación con el voto de sus compañeros. “Ha sido un arduo
trabajo. Casi no tenemos tiempo para divertirnos, pero a veces
nos escapamos a la zona (La Mariscal)”, cuenta Diego, aunque
admite que sus obligaciones no le impiden salir con su ‘pelada’,
quien también se graduará este año en el colegio Espejo.
Para estos chicos, incursionar en el debate político también les
ha generado conflictos con otros compañeros y maestros, pero la
experiencia “de defender la excelencia de la educación pública”
ha sido su legado para el resto de estudiantes. Ahora graduarse
es la siguiente meta.
El recreo, un momento de esparcimiento

RIDHARD CHUQUI (centro), Diego Taipe
(der.), Franklin Herrera (izq.) comen un refrigerio a la hora
del recreo, en el patio de la institución. fotos: es/hoy
El recreo es el momento más esperado por los estudiantes,
pues aprovechar para comer algo y conversar sobre los
acontecimientos del día. Los romances y organizar la farra del
fin de semana son los temas en común. Otros aprovechan esos 30
minutos para practicar deportes como el básquet y el fútbol. Sin
embargo, el celular es un elemento imprescindible para
mantenerse en contacto con la familia y los amigos. “Gasto unos
$30 al mes en tarjetas prepago y mensajes ilimitados. Hablo por
teléfono todo el día porque necesito dar instrucciones a mis
compañeros de la banda y decirle a mi mami que llegaré tarde,
porque hay algo que hacer”, cuenta Richard, consternado porque
aquel día olvidó cargar su celular y se le apagó.
Quién es?
Richard Chuqui es el miembro más antiguo de la banda de
guerra del Instituto Nacional Mejía. Además, es el tesorero del
Consejo Estudiantil del plantel. El amor por su colegio ha hecho
que empapele su habitación con banderas y recuerdos del ‘patrón
Mejía’.
