LIBERTAD, VISTA DESDE EL TRABAJO COMUNITARIO
Paulina Rivadeneira
Cuando el cielo se pinta de gris, Blanca Bedoya sabe que es hora de empezar la jornada. Toma un ligero baño y inicia la rutina con las actividades propias de un ama de casa.
A las 07:00 está lista para salir. “Cuando camina sin cartera sabemos que está realizando alguna gestión del barrio pero cuando lleva bolso, su regreso puede tardar”, responden los vecinos, acostumbrados al trajín de la imbabureña.
En Carcelén Bajo, al noroccidente de la capital, casi todos la conocen, no solo porque lleva 22 años - de sus 49 - viviendo allí, sino porque muchas obras del barrio se han edificado gracias a su gestiones.
“Siempre me gustó ser útil. Desde pequeña tuve cualidades de líder. Eso fue posible por la libertad que tuve para expresarme”, dice, con modestia.
Las calles asfaltadas de Carcelén le permiten caminar con facilidad pese a los zapatos de tacón alto. Un traje formal, rímel y algo de color en los labios la hacen ver como una ejecutiva. Con carpetas llenas de documentos en una mano y una maleta negra en la otra, aborda una unidad de transporte público que la lleva hasta el edificio de la Prefectura.
“Al principio no teníamos ni alcantarillado, ni agua ni transporte. Después nos enteramos que el sector no tenía los planos aprobados porque no se consideró áreas verdes en su construcción”, recuerda.
En el primer piso deja una solicitud para que la entidad pública la ayude con un jardín de infantes para su barrio. “Hay muchos niños y deben viajar largos trayectos para estudiar. No es justo”, dice.
El funcionario encargado de receptar el documento está en una reunión y no puede atenderla. La respuesta no la amilana.
Sin dejar de sonreir, deja la carta y sella la recepción en una copia que sacó para su archivo. En la parte superior de los papales se deja leer un mismo encabezado: “Comité pro Mejoras Libertad de Carcelén, fundado en 1985”.
La ciudadana cuenta que antes de ese año las actividades del barrio dependían de una organización externa. “El lotizador nos decía que el Municipio no quería legalizarnos. Si no apoyábamos las marchas había chantaje. La organización social no debe admitir extorsiones”, enfatiza.
Fue entonces cuando los ciudadanos decidieron hacer valer sus derechos y su voz. Formaron la organización barrial y sacaron adelante Carcelén Bajo. Bedoya es la presidenta desde hace dos años.
“Yo la volvería a elegir. Es una vecina que inspira confianza”, considera Lucía Allauca, moradora desde hace 19 años. La mujer reconoce que el barrio cambió su rostro desde que los vecinos trabajan mancomunadamente. “Tenemos vías asfaltadas, una casa barrial decente, la Unidad de Policía Comunitaria completamente remodelada e incluso una sala de velación. La libertad nos ha servido para progresar”, asegura la residente.
Antes de las 10:00, Bedoya toma otro bus y sale rumbo a la Administración Zonal La Delicia, al norte. Allí, hasta el guardia la reconoce y saluda.
Otro trámite por duplicado la espera en la entidad municipal. “Solicitamos material para el cerramiento de las canchas. Me adelantaron que sí nos van a ayudar”, dice contenta.
Al dejar los papeles, Carmen Villacrés, jefa zonal, le recuerda una reunión pendiente para evaluar un programa que se realizó el pasado sábado. “Ha sido una mujer muy emprendedora y decidida. En estos ocho años hemos aprendido a quererla”, cuenta la funcionaria.
La dirigente mira el reloj y se despide con premura. Su actividad laboral la espera. Ella vende productos del mar listos para servirse. “Somos 1 200 personas, la mayoría mujeres”, cuenta en el transporte que la lleva hasta Carapungo, al norte.
Las condiciones del sector contrastan con las de su barrio. Calles polvorientas y sin alcantarillado es la cotidianidad de los moradores. Allí vive su clienta, Ana Medina, de 24 años, quien quiere formar parte del mismo negocio. La joven se lamenta por el futuro. “Aquí nadie quiere hacer nada. Por eso le pedimos a Blanquita que venga para que nos dé una mano”, confiesa la madre de familia.
Al dejar los productos, Bedoya le recuerda la reunión de capacitación para quienes desean integrar el grupo de vendedoras. “Es la primera empresa ecuatoriana de estas características. Tenemos 27 productos diferentes”, mercadea la mujer.
Antes de las 13:00, está lista para retornar a casa. “Debí hacer otro trámite pero olvidé los papeles en casa. Me toca volver mañana. Casi siempre almuerzo en la calle donde me agarra el día”, afirma.
A las 15:00 deja el bolso y camina unas pocas cuadras hasta la casa barrial. La construcción es amplia y acogedora.
Allí, una docena menores y dos madres de familia la esperan ataviadas con blusas bordadas y anacos imbabureños.
El grupo de baile es una de las 27 organizaciones que integran este barrio, impulsados por el Comité pro Mejoras. Bedoya no se pierde los ensayos. “Tienen presentaciones en otros sectores. Ojalá hasta fin de año podamos comprar los trajes propios”, es su anhelo.
La música suena y las pequeñas empiezan por mover el pie derecho. Las manos reposan en las caderas. En el grupo, una risueña madre de familia entra bailando y se sienta en el centro del círculo formado por las niñas. Lleva un recipiente de barro en sus manos. “La música ecuatoriana es linda y uno debe sentirse orgulloso de bailarla”, refiere la orense Sonia Añazco, moradora desde hace 12 años.
Además de contagiarse con la vitalidad del grupo, la mujer de 38 años es la presidenta de la comisión de seguridad. “Antes de lograr la recuperación de la quebrada, esto era un basurero y una guarida de ladrones. El trabajo comunitario ha sido impecable”, asegura.
Para Añazco, el concepto de libertad está muy atado a su vida cotidiana. “Es sentirse feliz con lo que se hace. Este barrio es un buen lugar para vivir”, concluye.
La ficha:
Blanca Bedoya nació en Imbabura hace 49 años. Vive en la capital desde los nueve años. Está casada, tiene cuatro hijos y cuatro nietos. A mediados del año pasado le detectaron cáncer de tiroides. Su voz, que siempre la había acompañado en las reuniones barriales, se apagó por dos meses. Sin embargo, fue intervenida quirúrgicamente y retomó su agitada vida. La organización comunitaria es el camino que eligió y su familiar la apoya.
