COSTUMBRES
GUAYAQUIL CAMBIA A UN RITMO INTENSO, PERO
MANTIENE SU ESENCIA
Marlon Puertas, Jefe Redacción GuayaquilLOS GUAYAQUILEÑOS ADOPTAN NUEVAS COSTUMBRES PARA VIVIR MEJOR Y RELEGAN VIEJAS PRÁCTICAS. HABLAN DE POLÍTICA, DE FÚTBOL, DE NEGOCIOS...SE INVOLUCRAN MÁS CON LOS CAMBIOS DE LA CIUDAD
Guayaquil hierve. Pueden ser las 13:00, 16:00 o 23:00 y la temperatura, mezcla de vértigo, ritmo y trabajo, parece ser la misma, no importa la hora ni el lugar. Tampoco importan otras diferencias, que las hay, y muchas. En Guayaquil por esta época hace calor y eso es democrático, pues es para todos. En Guayaquil se suda bastante, pero el calor no es la única causa. Se dice que la sangre de los porteños es caliente. Que por eso es gritón, apasionado, hasta grosero. Se aplica en las mujeres también, por cierto.

Uno de los sectores con mayor ritmo es la Bahía. Ahí el comercio no da
tregua
La ciudad se fue convirtiendo con el paso de los años
y a fuerza de millones de dólares, en un modelo al que todos quieren
visitar y del que muchos intentan aprender. O copiar. Modelo marcado e
identificado como regeneración. Modelo aplaudido y combatido al mismo
tiempo, con pugnas políticas de por medio y dependiendo de que bando se
esté. Nebotista o Correísta. Un modelo que ha dividido a Guayaquil en
dos: el de los pisos de porcelanato o adoquín y el del asfalto caliente;
otro prefieren llamarlo el del orden y el de la informalidad; el de las
buenas costumbres y el de la violencia más cruel. Cosas del Puerto,
estas dos caras se topan de frente, en sectores como la Bahía. O en los
alrededores del mercado central, o en el Cerro de Santa Ana. Ejemplos
hay muchos.
13 centros comerciales están distribuidos por el centro, norte y sur de la ciudad
En efecto, Guayaquil ha cambiado. Y su dinámica la obliga a renovarse
constantemente. Los ciudadanos están contentos con la nueva cara de la
urbe, dicen que está guapa, como la novia que por su belleza todos
quieren lucir en sociedad. A veces es también la novia que avergüenza,
por enseñar su lado más espantoso: en Guayaquil se mata a casi 300
personas en promedio, al año. Es violenta y eso no lo cambia nadie.
Hasta ahora.
Pero volviendo a lo positivo, de un tiempo a esta parte, la prioridad ya
no es solo la estética del hogar, sino el bienestar de quien lo habita.
Ahora es el momento de los ciudadanos. El punto es que ahora todos
quieren vivir mejor. Y consentirse un poco, porqué no.
3 estadios de fútbol, el de Barcelona, Emelec y el Modelo. Mejores asistencias que el fútbol tienen ciertos artistas.
Un signo del cambio son los centros comerciales, hoy enquistados en poco
tiempo, en la cultura del fin de semana de los guayaquileños. Es un
hecho que van disminuyendo los viejos paseos al centro con la familia, a
buscar las compras en distintos sitios, con el calor, el riesgo de un
asalto y otros gajes más, propios del provechoso oficio de compartir
tiempo con la familia.
En eso Guayaquil, pone la pauta y sin distinciones. Tanto al norte como
al sur, los centros comerciales se afianzaron como punto de encuentro de
niños, jóvenes y adultos. Y los fines de semana, se asemejan a la
avenida más transitada del centro, por la cantidad de gente que hay que
esquivar en sus corredores. Que aquello no engañe y parezca opulencia o
una Miami en ciernes: existen, y son bastantes, los que no consumen
mucho en los malls. Por no decir nada. Es simple costumbre. Una
relativamente nueva, pero ya guayaquileña.
Otras costumbres son salir a los parques regenerados, al Malecón 2000
-el más visitado en toda la ciudad-, y a la zona rosa los fines de
semana nocturnos. Las inquietudes artísticas tienen más oferta y van
creando, de a poco, la demanda necesaria.
En lo deportivo -en lo futbolístico mejor dicho- hay malos momentos. La
afición por el fútbol se mantiene y la prueba es que siguen los
peloteros en las calles obstruyendo el paso de vehículos desde la
parroquia Febres Cordero hasta la Tarqui. Otra prueba: ahora existen
canchas sintéticas para quienes tienen posibilidades de pagarlas y no
dañarse las piernas pateando asfalto en las calles. Pero a los equipos
-Barcelona y Emelec- sí que les Guayaquil hierve. Pueden ser las 13:00,
16:00 o 23:00 y la temperatura, mezcla de vértigo, ritmo y trabajo,
parece ser la misma, no importa la hora ni el lugar. Tampoco importan otras diferencias,
que las hay, y muchas.
En Guayaquil por esta época hace calor y eso es
democrático, pues es para todos. En Guayaquil se suda bastante, pero el
calor no es la única causa. Se dice que la sangre de los porteños es
caliente. Que por eso es gritón, apasionado, hasta grosero. Se aplica en
las mujeres también, por cierto.
La ciudad se fue convirtiendo con el paso de los años y a fuerza de
millones de dólares, en un modelo al que todos quieren visitar y del que
muchos intentan aprender. O copiar. Modelo marcado e identificado como
regeneración. Modelo aplaudido y combatido al mismo tiempo, con pugnas
políticas de por medio y dependiendo de que bando se esté. Nebotista o
Correísta. Un modelo que ha dividido a Guayaquil en dos: el de los pisos
de porcelanato o adoquín y el del asfalto caliente; otro prefieren
llamarlo el del orden y el de la informalidad; el de las buenas
costumbres y el de la violencia más cruel. Cosas del Puerto, estas dos
caras se topan de frente, en sectores como la Bahía. O en los
alrededores del mercado central, o en el Cerro de Santa Ana. Ejemplos
hay muchos.

A la izquierda. La urbe ha logrado en los últimos tres lustros una
imagen moderna y cosmopolita, similar a la de otras ciudades de la
región y del mundo. A la derecha. La creación, a través del trabajo de
construcción y regeneración urbana, de nuevos espacios de esparcimiento
es una constante en Guayaquil
En efecto, Guayaquil ha cambiado. Y su dinámica la obliga a renovarse
constantemente. Los ciudadanos están contentos con la nueva cara de la
urbe, dicen que está guapa, como la novia que por su belleza todos
quieren lucir en sociedad. A veces es también la novia que avergüenza,
por enseñar su lado más espantoso: en Guayaquil se mata a casi 300
personas en promedio, al año. Es violenta y eso no lo cambia nadie.
Hasta ahora.
Pero volviendo a lo positivo, de un tiempo a esta parte, la prioridad ya
no es solo la estética del hogar, sino el bienestar de quien lo habita.
Ahora es el momento de los ciudadanos. El punto es que ahora todos
quieren vivir mejor. Y consentirse un poco, porqué no.
Un signo del cambio son los centros comerciales, hoy enquistados en poco
tiempo, en la cultura del fin de semana de los guayaquileños. Es un
hecho que van disminuyendo los viejos paseos al centro con la familia, a
buscar las compras en distintos sitios, con el calor, el riesgo de un
asalto y otros gajes más, propios del provechoso oficio de compartir
tiempo con la familia.
En eso Guayaquil, pone la pauta y sin distinciones. Tanto al norte como
al sur, los centros comerciales se afianzaron como punto de encuentro de
niños, jóvenes y adultos. Y los fines de semana, se asemejan a la
avenida más transitada del centro, por la cantidad de gente que hay que
esquivar en sus corredores. Que aquello no engañe y parezca opulencia o
una Miami en ciernes: existen, y son bastantes, los que no consumen
mucho en los malls. Por no decir nada. Es simple costumbre. Una
relativamente nueva, pero ya guayaquileña.
Otras costumbres son salir a los parques regenerados, al Malecón 2000
-el más visitado en toda la ciudad-, y a la zona rosa los fines de
semana nocturnos. Las inquietudes artísticas tienen más oferta y van
creando, de a poco, la demanda necesaria.
En lo deportivo -en lo futbolístico mejor dicho- hay malos momentos. La
afición por el fútbol se mantiene y la prueba es que siguen los
peloteros en las calles obstruyendo el paso de vehículos desde la
parroquia Febres Cordero hasta la Tarqui. Otra prueba: ahora existen
canchas sintéticas para quienes tienen posibilidades de pagarlas y no
dañarse las piernas pateando asfalto en las calles. Pero a los equipos
-Barcelona y Emelec- sí que les va mal. En resultados y en taquilla. No
se recuerda con exactitud cuando fue la última vez que Barcelona llenó
su estadio con capacidad para 80 mil aficionados. En promedio, para
verlo jugar, van 3 mil, de los que muchos no pagan entrada. Como
hipótesis para este hecho, una vez más, surge la violencia. En el 2006
un niño murió cruzado por una bengala en el Monumental y desde entonces,
mucha más sangre ha corrido en nombre de la pasión que desata el fútbol.
Pasión mezclada con delincuencia. Mezcla mortal. Por eso pocos se
atreven a ir al estadio en familia. Mucho menos a un clásico del
astillero, hoy sinónimo de guerra en la cancha, en las tribunas y en los
exteriores del estadio.
En la cooperativa Molina de Frank del Guasmo Sur en Guayaquil, los
barcelonistas del sector hace años que dejaron de ir al estadio
Monumental. Carlos Cajamarca, por ejemplo, vio dicho escenario lleno por
última vez en la final del campeonato apertura de 2006 cuando Barcelona
disputó la final frente a Liga de Quito y donde hubo aproximadamente
unos 70 mil hinchas, cantidad que solo había sido superada en la final
de la Copa Libertadores ante Vasco Da Gama en 2008.
Desde que su “Yunta” abrió su billar con televisión pagada y con un
graderío improvisado, Cajamarca solo gasta cincuenta centavos en la
entrada cada vez que hay un partido importante en Guayaquil. “Uno no
sabe con qué se puede encontrar en el estadio. La gente ha perdido ese
amor por el fútbol y se convirtió en un fanático violento”, dice este
guayaquileño.
Se pierde el amor en ciertos casos y renace en otros. La política, es
uno de esos raros ejemplos de resurgimiento. Si alguien pensaba que a
los guayaquileños no les interesaba, en el 2008 la política fue el tema
que más se habló de principio a fin. Elecciones, Constitución, Correa,
Nebot. Casi al final, la muerte de la más grande figura política
guayaquileña de los últimos cuarenta años, León Febres Cordero. Como
para cerrar un ciclo y continuar labrando otro, que se vislumbra más
intenso, con discursos políticos claros y definidos, pero contrapuestos.
Ahora en Guayaquil se habla de libre mercado, autonomía, socialismo y
control estatal. Y el guayaquileño habla, discute, impugna. Está en su
esencia.
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