De
la bravura y el trapío
Ha llegado la hora de probar
todos los experimentos que el criador ha realizado en el laboratorio de su ganadería.
Pese a que existen parámetros para suponer que un toro bien criado
responderá bien en el ruedo, es aquí en el único lugar donde se puede estar seguro de
que las cosas han sido hechas bien. Suenan los clarines, se abren las puertas de
toriles...
Según historiadores, el toro primitivo
ibérico desciende del uro salvaje que habitaba en el centro de Europa. Al transcurrir del
tiempo el uro se transforma, en la Península Ibérica, en el toro de lidia, al ser domado
para el espectáculo de las corridas de toros, cuando un arte singular, la tauromaquia o
la ciencia de torear, aparece. Sin embargo, es a partir del siglo XVIII cuando asoman las
ganaderías organizadas para la producción del toro de lidia, constituyendo la bravura la
característica esencial del toro ibérico.
"Al mejor trapío suele corresponder la mejor bravura", asegura José Antonio
Del Moral, en su libro "Cómo ver una corrida de toros", aunque se hace
necesario señalar que esta afirmación es un tanto polémica. El diccionario describe al
trapío como "aire garboso".
Cuando se refiere a los toros de lidia tiene que ver con su presencia. Se dice que un toro
tiene trapío cuando su estampa, su planta, su presencia causa respeto independientemente
de su tamaño. El toro con trapío debe tener peso acorde con su alzada, carnes justas y
musculadas, las propias de un ser atlético; pelo brillante y limpio, fino y bien sentado;
morrillo grueso, patas finas, pezuñas redondeadas y pequeñas, cornamenta bien conformada
y limpia, cola larga y espesa. Ojos negros, vivaces, sin defectos.
Bravura, instinto de defensa
La bravura, otra característica esencial del ganado de lidia, no fue consustancial al
toro en sus orígenes, sino un evento cultural del ser humano, digno de toda admiración,
asegura Del Moral. Como fuerza de brutos definen algunos diccionarios la bravura; y como
acción de acometer resueltamente y con constancia, otros. A la bravura se le ha
considerado como un instinto de defensa provocada por la cólera del toro en el instante
de ser molestado, o como miedo o cobardía ante lo desconocido, o como una misteriosa y
natural violencia del toro que ataca a cuanto se mueve o le excita.
Una de las características de la bravura es crecerse al castigo, en lugar de huir. El
toro verdaderamente bravo, explica el autor español, antes de acometer a su presa, le
avisa. Jamás ataca a traición. Se cuadra y se coloca en rectitud ante quien quiere
ahuyentarle, le mira fijamente, adelanta las orejas, levanta la cabeza y, a veces,
retrocede o avanza a leves pasos antes de arrancarse.
Igualmente, debe embestir con prontitud, con nobleza, sin cabecear, siguiendo con fijeza
al objeto que persigue para cornearlo, sin cansarse, aunque nunca logre alcanzar a su
enemigo.
Del Moral, en el tratado antes citado, describe al toro de lidia: "Entre todas las
criaturas del reino animal no hay ninguno que reúna caracteres tan bellos y a la par
misteriosos como el toro bravo. Algunos son agresivos y fieros, otros tienen el encanto de
la nobleza y la fidelidad, unos atraen por su fuerza, por la armonía de su estampa o su
pelaje, y también los hay majestuosos y altivos."
Solo el toro de lidia es, al mismo tiempo, poderoso, arrogante y armónico, bondadoso y
agresivo; algo así "como un guerrero que lleva escrito en sus genes el mensaje de la
bravura y tiene una crianza lujosa hasta su madurez, justo el momento en que debe
morir".
El origen del toro
de lidia: las castas fundacionales
Todas las ganaderías de ganado
bravo de Europa y América tienen su raíz en las conocidas como castas fundacionales.
Una suerte de evolución se ha dado en esta especie: algunas de las castas se se han
extinguido con el pasar del tiempo, más que nada por sus características físicas, y han
dado paso a que la crianza de otras se generalice
Cinco son las castas fundamentales,
coinciden la mayoría de investigadores, en las cuales tienen su raíz todas las demás.
Jorge Laverón, en su libro "Historia del Toreo", recoge las principales
características de cada una:
JIJONA. Fundada por José Sánchez Jijón. Tuvo sus asentamientos en la
provincia de Ciudad Real (Villa Rubio de los Ojos), a orillas del río Guadiana, y en
Madrid, en Colmenar Viejo y en la ribera del río Jorama.
CABRERA. Es de origen andaluz, una creación de Rafael José Cabrera. Dio
origen a las ganaderías más legendarias de la historia: los Miura. Los herederos de
Cabrera, enajenaron la ganadería a Juan Miura, el 4 de noviembre de 1852. El toro de
Cabrera era de gran alzada y bravura, de constitución agalgada, de gran poder y dureza de
patas. De variadísima capa; iba desde la negra, cárdena, "colorá", hasta la
jabonera.
VAZQUEÑA. Fue fundada por don Gregorio Vázquez. Con estos toros,
Fernando VII funda una ganadería a nombre de su cuarta esposa, María Cristina de
Nápoles. Fue vendida luego al Conde de Veragua. Estos toros son de tamaño medio, tienen
una gran variedad de capas: zardos, jaboneros, negros, cárdenos y castaños. De esta
casta procede la Real Vacada de Portugal.
VISTAHERMOSA. Es preponderante en la actualidad. El fundador de esta
ganadería fue Don Pedro Luis de Ulloa, primer conde de Vistahermosa, en la mitad del
siglo XVIII. Está considerada como el prototipo del toro de lidia. Este encaste, después
de más de dos siglos de existencia, ha renovado con su sangre, casi la totalidad de las
ganaderías españolas y americanas, y por su puesto, las ecuatorianas.
Es de talla mediana, de constitución robusta, de cabeza pequeña y cola y patas finas. Su
conjunto es armonioso y extremadamente bello. En el pelaje abunda el negro, el cárdeno y
el castaño.
Descendiente de esta casta es la ganadería Ibarra, la cual, a principios de siglo, se
dividió en Parladé y Santa Coloma. Parladé se divide en Juan Pedro Domecq y Conde de la
Corte. De Juan Pedro Domecq se originan alrededor de 80 ganaderías y del Conde la Corte
se derivan 20 ganaderías más.
Del brazo de Santa Coloma se derivan cuatro castas: Victorino Martín, Celestino Cuadri,
Lorenzo Fraile y Joaquín Buendía. De este último se derivan a su vez 30 ganaderías
más.
NAVARRA. Se criaban en las Bárdenas Reales. Se distinguen por su
pequeña talla, de mucha cabeza, ligero, nervioso, bravo, de embestida incansable. Su
pelaje de color castaño, retinto, colorado y negro. Los fundadores fueron Don Francisco
Gündulain, de Tudela y Don Joaquín Zalduendo, de Caparroso.
Toros criollos: los
primeros años
El toro bravo guardo sus
características por siglos. En la primera mitad del siglo XX se crean las ganaderías de
crianza del conocido como toro criollo, los que se lidiaron en las plazas de Quito hasta
los setenta
Los primeras noticias de ganado bravo en
tierra ecuatoriana se encuentran en las crónicas del siglo XVII, cuando los religiosos
jesuitas, mercedarios y dominicos trajeron ganado bravo a América para guardianes del
ganado manso y de los cultivos. No es extraño, por esto, que la tradición nos cuente que
los primeros toreros fueron los indios que debieron rápidamente aprender a sortear los
bravos celadores.
Los primeros toros que arribaron fueron de la casta navarra, una de las cinco castas
fundacionales españolas.
El siglo XVIII y XIX están cargados de narraciones de toros de pueblo y festivales que
eran organizados para la celebración de algún hecho especial o aniversario y que duraban
días y hasta semanas. De la última parte de la época colonial incluso se sabe que la
Plaza Grande se cerraba para los festejos taurinos.
Ya en la primera mitad del siglo XX nacen haciendas de cría de ganado bravo criollo que
había guardado sus características por siglos enteros. El Pedregal, Chalupas, Antisana,
Pullurima y Yanahurco llenaron con sus ejemplares las tradicionales plazas de la ciudadela
Larrea, Guangacalle y alegraron las inolvidables tardes de la Belmonte y la Arenas.
Es en los años cincuenta cuando Don Luis de Ascázubi trae dos sementales de la
ganadería de María Teresa Oliveira para sus vacas de la legendaria hacienda Guachalá,
en Cayambe, y forma la ganadería Santa Mónica.
En los mismos años Lorenzo Tous, un español afincado en Guayaquil trae vacas y
sementales de Pinto Barreiro (de la casta Parladé) y forma la ganadería Chisinche, en
Machachi, con ayuda del matador zamorano afincado en el país, Félix Rodríguez. Cuando
se va a vivir a Colombia se lleva el ganado y lo que queda va a parar a las manos de José
María Plaza, Rumiquincha y los hermanos Cobo de la ganadería Huagrahuasi.
En 1960 Arturo Gangotena trae sementales mexicanos para las vacas criollas de su hacienda
Pedregal Tambo en Machachi. En la misma época, Ramiro Campuzano compra vacas Santa
Mónica (hacienda Guachalá) y sementales mexicanos para formar la ganadería Atocha. Una
nueva etapa de la fiesta brava había comenzado en 1960, con la inauguración de la
Monumental Plaza de Toros Quito.
Sangre renovada para
los ruedos de Quito
Los toros criollos de las
primeras décadas de este siglo fueron
remplazados por toros importados de España y México. Coincide la época con la
inauguración de la Plaza Monumental Quito.
En la década de los ochenta poco se renovó la sangre de las ganaderías ecuatorianas
En 1970 empezaron a realizarse
importaciones de corridas españolas para las plazas de Quito y Ambato. Los ejemplares
indultados, unos por méritos y otros con anticipación, dan paso a la formación de
nuevas ganaderías como Atillo y Puchalitola y a que las ya existentes como Charrón y
Huagrahuasi refresquen la sangre.
En 1978 la Junta Militar autoriza la importación de reses españolas, lo que permite, a
decir de muchos, dar un salto extraordinario en la crianza de ganado bravo en el país.
Los aficionados empezaron a ver ganado de pura procedencia, de padre y madre españoles,
en los ruedos ecuatorianos.
Desde la inauguración de la Monumental Quito, en 1960, hasta aproximadamente 1981, se
habían lidiado toros de media casta importados de España, México y Colombia. La primera
mitad del siglo y las tradicionales plazas quiteñas, únicamente ganado criollo.
El 20 de julio de 1978 llega un avión de erales y sementales de Juan Pedro Domecq para
los hermanos Cobo Sevilla y el general Guillerno Durán Arcentales. Le siguen otras
importaciones: de Baltasar Ibán para la ganadería Santa Rosa de Saúl Montenegro; de
Atanasio Fernández para los hermanos Barona, de Atillo; de Osborne para Atocha y El
Arriero; y Camacho para Charrón y Puchalitola. Dos sementales de Santa Coloma y Baltazar
Ibán llegaron más adelante para Corinto y Oro.
Cerca de veinte años transcurren hasta que se realiza otra importación de ganado
español. En 1997, llegan reses de Joaquín Buendía (Santa Coloma) y Garcigrande (Juan
Pedro Domecq) a la hacienda Peñas Blancas de Cristóbal Roldán y vacas y sementales de
El Torreón (Juan Pedro Domecq) para la ganadería Mirafuente de los hermanos Salazar.
Ambas ganaderías cierran el siglo con encierros españoles para la Feria de Quito. |