Manantial
inagotable de formas e imágenes
"Un poeta, un pintor, un
escritor, un escultor o un músico, habrían de sentir su sensibilidad por la fuerza
dramática, lírica y colorista de esa lucha a muerte entre el hombre y el toro."
José Silva Aramburu
La fiesta brava ha sido siempre fuente
inagotable de inspiración para los poetas, literatos, pintores. Toro, torero y afición
han sido inmortalizados en los grabados de Goya, las tintas de Picasso y las plumas de
Hemingway y García Lorca.
Es que entre las muchas cosas que es el mundo de los toros, es un manantial de formas e
imágenes. Los marcados opuestos de la fiesta, desde la grandeza del toro en el campo
hasta la tragedia en el ruedo, el ritual de la muerte, el colorido, el movimiento, las
formas, la poesía, han sido muy bien captados por los protagonistas de estas páginas,
quienes expresan su afición en lienzos y letras.
Y para aquellas memorias de los aficionados, anécdotas que hacen la fiesta y recuerdos
que quedan de los grandes momentos, se ha reservado un espacio compartido con instantes
gráficos de la historia taurina de Quito.
En este fascículo, el último de la serie, se abre además, un lugar para pequeñas
reseñas acerca de las peñas taurinas más activas en Quito, esos rincones, físicos y
espirituales, donde se reúnen los aficionados a conversar, intercambiar experiencias y
aprender de eso que tanto les apasiona: la fiesta brava.
Toreo a pincel
Para Viteri, la fiesta brava es
el resultado de opuestos: el blanco y el negro, el sol y la sombra, la vida y la muerte
De entre cientos de cosas que tiene en una
mesa, destapa un montón de cartulinas. Toma una y con mucha facilidad la dobla en dos y
luego en cuatro. Mientras la sostiene con la mano izquierda, con la derecha alcanza un
cuchillo que lo espera en la mesa contigua. Lo toma y lo pasa por el filo de la cartulina
una, dos veces.
Con los cuatro pedazos se acerca a la otra mesa, la que está junto al bote de pinceles y
el gran frasco de tinta china. Destapa el recipiente y vierte un poco en un pocillo
blanco. Solo un poco, como muy consciente de que cada gota estará cargada de vida.
Comienza el ritual.
Como un matador frente al toro se concentra, busca la forma, el mejor lado. Traza el
recorrido "natural", imaginariamente, con las pupilas fijas en la hoja. Su
respiración se puede escuchar. Lanza el primer capotazo. El segundo, el tercero. Indice y
pulgar sostienen firme el pincel, cual acero letal, mientras su fuerza se apoya en los
cinco dedos de la otra mano, abiertos sobre la mesa. Una pincelada circular, dos
diagonales. Aguanta la respiración. Y remata en un sin fin de formas, hechuras y poses
fantásticas.
Y ahí están. El blanco y el negro, el sol y la sombra. La vida y la muerte. Así es como
Oswaldo Viteri describe la fiesta brava y es así como la plasma en su pintura. Así es
como la concibe, como una "suerte de matar", con inmediatez, de improviso: tal
como el torero enfrenta al toro.
Ambateño de nacimiento, recuerda en su primera corrida en 1936, al "Maera de
Quito" cuando tenía cerca de cinco años y los ocho días de toros que se
organizaron cuando su padre, presidente del Concejo Cantonal, inauguró una plaza en un
barrio de Ambato, cuando tenía siete. Recuerda también el haber intentado torear un
poco, aunque con muy mala suerte, en sus años de temprana juventud y cómo esta afición
se vio incrementada por la relación con su madre, María Elena, quien era aficionada de
las buenas.
En sus años de estudiante vio actuar a Luis Procuna, a Félix Rodríguez, a Chucho
Solórzano, a Conchita Cintrón. Y es ahí donde esta afición se entremezcló con la
otra, la de la pintura, la cual comenzó al copiar en acuarelas pequeñitas, los carteles
de Ruando Llopis...
Salpicones de tinta china
Un recorrido por la casa del artista deja en claro su afición por la fiesta brava. De las
cientos de obras que cuelgan de las paredes de cada uno de los ambientes de su casa,
sobresalen, además de preciosísimos lienzos de la Escuela Quiteña, una colección de
grabados de los españoles Carnicero y Goya, junto a uno de los pocos óleos sobre lienzo
taurino de su autoría y una serie de tintas con todos las suertes de una corrida de
toros.
Y se van descubriendo en el resto de paredes un abstracto de Palomo Linares, la camisa de
Paco Camino y el traje de luces de Ortega Cano: "de mi primera salida por la puerta
grande de Las Ventas de Madrid y de mi resurección después del percance en
Zaragoza". Recuerdos, explica el pintor, recuerdos de las grandes amistades con los
grandes toreros.
Entre obras de Guayasamín y Kingman, pintores a quienes admira, y unas vigas de metal que
apuntalan la casa entera como contingencia ante una posible erupción del Guagua
Pichincha, aparecen algunos trabajos que realizó en los días que se hospedó en "La
Virgen", la finca de Luis Miguel Dominguín, en España. También se exhiben algunos
retratos de toreros que han pisado estas tierras y le han devuelto, por unos momentos, el
color a su pincel.
De vuelta al blanco y negro, algunas obras de Picasso, a quien lo considera como guía,
aunque se empeña en explicar que el dibujo es como la caligrafía, es decir, rasgo único
de quien lo ejecuta.
En un cuarto pequeñito donde guarda algunas pinturas que ya no puede colocar por falta de
espacio, cuelga, enmarcada, una esquela: el agradecimiento de doña María de Borbón,
condesa de Barcelona, la madre del rey Juan Carlos, a quien le obsequió una carpeta
taurina con 16 grabados.
Por fin, en su taller reposan sus colecciones en tinta china, donde plasma al "rey de
la fiesta", el toro, en todas sus facetas: al imponente cuando se presenta en la
puerta de chiqueros, amenazante, hermoso; y al débil, acorralado, derrotado, luchando
hasta el final.
Una copia de la célebre carpeta taurina descansa entre las cartulinas aún sin pintar. En
las primeras hojas -lo muestra con un poco de vanidad-, el prólogo sobre su obra, escrito
por Luis Miguel Dominguín: "Traza las líneas surgidas de sus plumas y pinceles con
la seguridad del convencido...Tiene el valor de afrontar los desafíos que rayan en lo
imposible con la seguridad que da la maestría y las formas surgen espontáneamente,
ajustándose e integrándose en la vida misma..." Las siguientes páginas recogen
otras letras de Jaime Ostos, de Palomo Linares, de Ortega Cano.
Las anécdotas vienen y van. El ritual de la cartulina está por comenzar. Y salpicones de
tinta china avivados con trapío y bravura, de lo impredescible, el improviso, describen
perfectamente al aficionado, al artista, al hombre, a Oswaldo Viteri, quien cuando pinta,
torea.
Los artistas de la
fiesta
El arte es la mejor forma de
expresar la belleza, es por esto que muchos aficionados taurinos utilizan diferentes
formas artísticas para rendir tributo a la fiesta brava y sus protagonistas. En estas
páginas, un diálogo con algunos de ellos, con su obra y con su gran pasión
Pedro
Herrera: la pasión manoletista
Su pasión por Manolete se inició cuando era estudiante en el San Felipe Neri de
Riobamba, aunque la primera vez que vio una imagen de la mortal tarde en Linares era aún
un niño. El primer cuadro que le dedicó Pedro Herrera a Manolete, era un retrato al
carboncillo y está enmarcado en una cartulina negra y colgado en el cuarto de estudio de
su casa.
Están también algunos de los otros que inmortalizan sus gloriosas tardes de toros y
otros retratos al óleo que es la técnica en la que realiza la mayoría de sus obras:
"un cuadro al óleo se puede hacer y deshacer muchas veces". Seguir creando.
En 1989 expone siete cuadros de Manolete en la galería Exedra de Quito. Y en 1997
comienza su travesía por tierra española con una exposición en Granada, durante el
Primer Congreso de Ciudades Taurinas; más adelante, en Córdoba, expone sus obras por los
50 años de la muerte de Manolete; y finalmente, la Casa de la Cultura de Linares, ciudad
donde murió el diestro español, abrió sus puertas al quizás único manoletista
americano.
Muchos de sus cuadros tienen un aire de dramatismo, de tragedia, robado tal vez del hecho
de ser médico en la plaza de toros de Quito.
Tiene las mangas de la camisa dobladas hacia fuera y frente a un caballete le da unos
toques a un cuadro que luce casi terminado -un peón pasando a los toros de corral-.
Asegura que además de Manolete, le atraen todas las facetas de la fiesta brava: la
música, la literatura y el toro en el campo, en su cotidianidad. Es por esto que en su
taller hay toros, caballos, toreros, un cuarto de hotel donde se arregla el matador,
algunos paisajes clásicos y muchos libros taurinos. Llaman la atención dos alegorías en
las que se encuentran dos toreros, vestidos de luces, en el atrio de la iglesia de San
Francisco, uno que entra y otro que sale: la ilusión de triunfar frente a la institución
que le otorga el premio (el trofeo de Jesús del Gran Poder lo dan los franciscanos) y la
bendición.
La mayoría de sus cuadros -sus hijos, los llama él- de tantos años de afición,
permanecen amontonados en el estudio, como esperando el turno de cuando un día regrese y
los quiera diferentes.
'Las hechuras del toro no se comparan con nada'
Fuerza, tanta que cuando cierra el tubo de pintura le es difícil volver a abrirlo. Fuerza
de formas, de expresión; fuerza de movimiento. De carácter. Y fuerza es la palabra que
describe una escena de toros en el campo pintada por Dolores de Játiva, a quien su
familia tradicionalmente taurina -la plaza de toros de Riobamba lleva el nombre de su
hermano- le inculcó el gusto por la fiesta brava desde muy pequeña. Su técnica favorita
es el óleo sobre lienzo y su inspiración, el mezclar la realidad con un poco de su
imaginación para lograr piezas creativas.
El gusto por la pintura, cuya técnica la fue perfeccionando de la mano de sus maestros
Ramiro Cevallos y Wilfrido Martínez, pronto se convirtió en fructífero oficio. Sus
cuadros, ahora descolgados para una exposición, llenan las paredes de su finca en Tumbaco
y otras tantas de su casa.
La crianza en el campo es su tema preferido por la "majestuosidad, presencia y
belleza del animal, cuyas hechuras no se comparan con nada". Otro de los temas que
más le llaman la atención es el torero y su convivencia con la tragedia.
En las últimas fiestas de Quito del siglo, expone más de treinta de sus obras taurinas
en la Posada de Artes Kingman.
'Plasmar al toro en un lienzo es un reto'
Cuando Cecilia de García decidió pintar temas taurinos lo tomó como un reto. El
movimiento, los colores fuertes y la expresividad de un animal como el toro no son
fáciles de lograr; sin embargo, la afición por la fiesta brava cultivada desde hace
muchos años y la idea de plasmar la esencia de su figura física y de su carácter en un
lienzo, animaron a esta pintora a intentarlo. De su parte tuvo la especial destreza que
tiene al dibujar y la inclinación por plasmar las proporciones y los detalles que ya
había demostrado en sus obras anteriores, muchas de ellas retratos.
Sus piezas taurinas siempre tienen como figura principal al toro, al cual lo describe como
el animal más enigmático de la naturaleza. Un toro protagonista, un toro siempre en
movimiento, yendo al capote, yendo al caballo. En el ruedo, plasma el instante, a veces
segundos, en que toro, capote y torero forman una amalgama.
Dentro de la pintura, la técnica que mejor maneja es el óleo sobre tela; sus primeros
pasos importantes en las artes plásticas los dio de la mano de Ofelia Vega y un
retratista cubano. Actualmente pertenece al taller de Joaquín Endara.
La pintura no es el [unico arte al que se dedica: su casa está llena de muestras de su
obra en marquetería, imaginería y grabado en metal.
Manolo Franco: "yo de grande quiero ser tocaor de
flamenco"
'Crecerás y serás el rey de reyes/ Sultán de la vacada que repliega,/ a una charca de
sal que apura y riega/ El lindero castrado de los bueyes..." recita de memoria
mientras continúa contando la historia de sus primeros años en Quito. El había llegado
de muy niño desde Guayaquil hasta el barrio de la Basílica donde no había una sola
tertulia o reunión donde no le tuvieran reservado un número. Es que no existe arte que
se pueda desarrollar en torno a la fiesta brava, en el que Manolo Franco no haya
incursionado. El canto y la poesía los cultivó desde temprana edad; aprendió la
técnica del flamenco en la guitarra y hasta la paleta y el pincel han tenido su espacio
en su afición.
Su fuente inagotable de inspiración es el toro, la razón de ser de la fiesta, a quien lo
ayudó a entender su hermano que ya no está: "El toro ya de por sí es un
espectáculo, en el campo, persiguiendo al caballo, en el trigal, cuando lo enchiqueran,
cuando sale. Solito él. No necesita de capa, de muleta, de banderillas, de roseta, de
nada. No necesita de nada".
A Manolo Franco le enseñó a recitar su madre. Desde que se acuerda, le dan vueltas en la
cabeza el Romancero Gitano y los versos de Miguel Hernández y todo lo que hasta esa
época había publicado Rafael Alberti.
"Solo atiende a tu instinto broncas leyes/ De la vaca fecunda por la entrega/
Mientras un aire hirsuto, crece y pega, /A tu morro el soplido de dos fuelles..." El
soneto es su tipo de poema preferido por su perfección y carga poética. Para el tema
taurino, sin embargo, asegura que se presta mucho más el romance, por su capacidad de
descripción.
"Por tu culpa culpita, culpita, yo tengo negro negrito mi corazón". A cantar
también le enseñó su madre. Para él sigue siendo un misterio de donde provenían las
canciones que aprendía al oído y de memoria. "La bien pagaá que tú eres la bien
pagaá", continúa. Canciones por las que han pasado 70 u 80 años y "cada día
se ven más lozanas" saltan de su boca y recuerda una en especial que le costó 38
años encontrarla en una grabación: "Catalina fue a la fuente, a la fuente del
queré, a beber agua de mayo porque se moría de sé..."
Y la guitarra vino después. Aunque se trata de la frustración más grande de su vida,
dio los primeros pasos en el oficio de "tocaor" -cuando ya estaba casado porque
de joven le hubiera sido imposible que se lo permitiera su padre- con un maestro chileno.
Se pone de pie y continúa recitando y contando anécdotas de los tantos años que le ha
dedicado a esta afición: a Manolo Franco le encanta España y le apasiona todo lo que con
ella tiene que ver: su historia, sus costumbres, sus tradiciones.... ¿Que si hubiera
querido nacer en otra parte? "No, yo soy de Las Peñas, de la Villa Rosa. Si volviera
a nacer volvería a nacer en el barrio de "Las Peñas", escuchando como pegaba
el río debajo de mi casa. Ahí fue la primera vez que vi lo maravilloso que eran esos
árboles verdes intensísimos como el ficus, como el tamarindo, en contraste con el
encalado de la calle, blanco, blanquísimo".
"Estoy contento con mi mestizaje, no quisiera ser ninguna otra cosa... Excepto una:
yo de grande quiero ser 'tocaor' de flamenco".
Hablando de toros...
Las tres agrupaciones de
aficionados más activas de Quito: un poco de su historia, de su gente y de sus logros
La idea de amanecerse en los chiqueros de
una plaza para ver si alguien tocaba a los toros de la corrida del día siguiente, en un
frío que calaba los huesos, suena descabellada. Pero no lo era tanto para un grupo de
jóvenes que, hace cuarenta años, no querían saber más que lo que el mundo taurino
podía ofrecerles. Así comenzaron las largas horas de tertulia que por mucho tiempo
mantuvieron y que el 16 de noviembre de 1959 se convirtieron en la decisión de formar la
Peña Taurina "El 7".
Siete fueron los de la idea y siete el nombre de la famosa peña madrileña, en cuyo honor
se bautizaron. Y no faltó quien calificara a sus heroicas amanecidas en nombre de la
pureza de la fiesta brava, como rituales extraños o logias ocultas que poco a poco se
fueron desmitificando con cafés taurinos, conferencias, veladas de gala y publicaciones:
el primer número de la revista "El 7" circuló el 18 de junio de 1960. Estaban
convencidos que solamente la peña "El 7" salvaría al país.
Fausto Silva fue su primer Presidente; pero los últimos 15 años han sido regentados por
Patricio Espinosa quien "abdicó" a favor de Carlos Solines, tan solo el 29 de
mayo último, cuando, según dicen las malas lenguas, el truco de la fanesca cada jueves
santo dejó de comprar votaciones.
De sus filas han surgido buenos aficionados prácticos, periodistas, poetas y músicos.
"Los Bocheritos", acompañados de acordeón, pandereta, guitarras, palmas e
incomparables voces son otro de los productos de las tertulias en los graderíos -que
pronto fueron remplazados por los rincones taurinos en las casas de sus miembros- y las
inquietudes de estudiantes "gabrielinos", cuya afición fue respaldada por sus
maestros.
A través de los años casi no ha existido actividad taurina en la que, al menos uno, no
haya tenido que ver; así, muchos de ellos han llenado las páginas de los diarios y los
espacios taurinos de radio y televisión con sus crónicas. Se confiesan cómplices,
además, de la organización del Festival del Recuerdo, que en 1984, reunió a siete
leyendas del toreo mundial en la Plaza de Quito.
Cuatro décadas han pasado, en las que se han tejido miles de anécdotas, en las que han
llegado miles de amaneceres hablando de toros y toreros o disfrutando de películas en
cine en blanco y negro.
Para 1999 se anuncia nuevamente la entrega de "El 7 de Oro", trofeo a la mejor
faena de la feria quiteña, que año a año otorgaba esta peña, y que dejó de hacerlo
como "protesta de la baja de calidad que, por algunos años, caracterizó a la Feria
Quito".
Peña taurina "Ciudad de Quito": continúa la
tradición taurina
'Si tu tienes cuarenta, yo veinte", podría ser el estribillo de estas páginas de
aficionados a la fiesta de los toros, pues hace dos décadas, la tradición taurina de
Quito encontró otro rincón: varios devotos de la fiesta brava, todos empleados de la
Superintendencia de Bancos, decidieron formar una peña, bajo la ya experimentada
asesoría de Patricio Espinosa (uno de los fundadores de la peña "El Siete").
La llamaron "Ciudad de Quito" y le pusieron por propósitos el fomentar todas
las manifestaciones del arte taurino y velar por la pureza de la fiesta. La primera
presidenta fue la gran aficionada Cutty Aguilar y sus fundadores, 17 en total, fueron: la
presidenta, Rubén Aguinaga, Manuel Almeida, Luis Borja, Juan Bustamante, Marco Cevallos,
Edgar Egas,Patricio Espinosa, Tamara González, Antonio González, Patricio Lucio Paredes,
César Mantilla, Fernando Mosquera, Bolívar Revelo, Juan Ortíz, Hugo Posso y Marcia
Santoliva.
Es la única agrupación de esta naturaleza que tiene una sede propia donde realiza
conferencias, tertulias, charlas, exposiciones pictóricas y fotográficas. Ya es
tradicional la celebración anual de una capea y no han faltado los festivales con
aficionados prácticos y alumnos de la escuela taurina. Varios de sus miembros han sido
parte de la Comisión Taurina y del grupo de autoridades de la Plaza Quito. En 1990
organizaron el tercer Congreso de Peñas Taurinas del Ecuador.
Como uno de los momentos más especiales de estas dos décadas de historia recuerdan sus
miembros el homenaje, en 1994, al "aficionado de aficionados", José María
Plaza Lasso. Como prueba de otro, cuelga en una de sus paredes el nombramiento de la peña
como socia honoraria de la similar española a la que pertenece Ricardo Ortíz.
En la actualidad la "Ciudad de Quito" tiene 36 socios y su presidente es
Fernando Sevilla Pareja.
Peña taurina "La Giralda": todo empezó en un
mano a mano
Al poco tiempo de enfrentarse en el ruedo en un festival taurino se encontraban
escribiendo los estatutos para legalizar una nueva peña taurina. "La Giralda",
como decidieron llamarla en honor al sÌmbolo sevillano, se formó en sus inicios por los
alumnos del Intisana y del Americano que, despuÈs de haber competido, decidieron juntar
esfuerzos para defender las tradiciones taurinas.
De entre sus filas viajó hasta España, aún como novillero, Fabián Alonso. Periodistas,
ganaderos y asesores taurinos, muchos de ellos aficionados prácticos, siguen siendo
activos en la vida taurina de Quito. También representaron y dieron su apoyo al matador
Carlos Yánez.
En 1988, la administración de la plaza de toros del Club de Liga pasó a manos de esta
agrupación; en ella se organizaron festivales con la participación de aficionados
prácticos de todas las peñas de la ciudad. A finales del mismo año, organizaron el
Segundo Congreso de Peñas Taurinas del Ecuador.
De las peñas taurinas, es la que más representación tiene en las temporadas de toros de
festejos mayores. En su mayoría, sus integrantes participan como equipo de apoyo de la
autoridad en la Feria de Quito, como asesores y en el callejón. El presidente actual de
esta peña es Guido Páez.
Hace pocos dÌas la hacienda El Pongo inauguró la plaza "María del Carmen"
diseñada por Juan Carlos Rosero, un arquitecto de "La Giralda". Actualmente, la
agrupación está formada por 16 socios.
La fiesta brava en
la memoria de la afición de Quito
Mucho de lo que es la tradición
taurina en Quito se mantiene únicamente en la memoria de quienes la han vivido por muchos
años.
Detrás de los ruedos y los festejos de las grandes tardes, lo que sucede en los tendidos,
las haciendas de crianza y las tientas va tejiendo la enriquecedora "historia detrás
de la historia".
Las siguientes páginas recogen instantes singulares de la fiesta y sus aficionados, el
"detrás de las cámaras", contados por los mismos protagonistas o sus testigos
y que son los momentos que hacen del mundo de los toros un libro de historia tan singular.
Es que los
toros no saben leer
Hace varios años, tantos que me duele la memoria acordarme este momento, nos invitó
René Calle a la hacienda de su propiedad, que tiene el nombre taurino "El Cortijo La
Dolores".
Luego de un almuerzo en el que los callos a la madrileña se rociaban con sendas copas de
vino y el jerez como ámbar líquido mojaba la garganta reseca, iniciamos una fiesta
flamenca amenizada con las sevillanas y las soleares que brotaban de los labios de la
anfitriona Lola Cevallos de Calle.
Todo era alegría y baile flamenco hasta que alguien propuso ir a ver los toros de Santa
Rosa, dehesa de Saúl Montenegro, aledaña al sitio en donde nos encontrábamos. Acto
seguido salvamos la corta distancia que nos separaba y tras de la alambrada
contemplábamos la belleza y el trapío de los descendientes de Baltazar Ibán; eran
aproximadamente unos 20 ejemplares (mi hermano siempre ha dicho que eran menos) unos
negros, otros chorreados en verdugo, enmorrillados poderosos y con los pitones buidos. La
niebla de Calacalí ponía un marco fantasmagórico en el que se recortaban las siluetas.
En el fondo de todo aficionado existe un torero frustrado, un hombre que ha querido sentir
la emoción de pasarse el toro alrededor de la cintura; tal es mi caso, pero algo que se
llama eufenísticamente instinto de conservación me había impedido hacerlo. En ese
momento el espíritu del vino fue más fuerte que todo y apartando los alambres ingresé
al coto privado de los toros y me acerqué lentamente a la manada, que al sentir al
extraño comenzó a apartarse; esto me envalentonó y además la afirmación de Cossío,
de que el toro en grupo no ataca, aumentó mi coraje para avanzar.
De pronto vi como los astados que habían tolerado mi presencia en sus terrenos decidieron
expulsarme y castigar mi osadía; en cuestión de segundos formaron una semiluna de doble
fila con la cabeza alzada y desafiante, la nariz resoplante y los belfos llenos de espuma;
eran grandes, eran fuertes, eran bravos y me vinieron a la mente los versos lorquianos:
"Y
los toros de Guisando casi muerte y casi piedra mugieron como dos siglos hartos de pisar
la tierra..."
Pienso que la suerte de Don Tancredo la inventó alguien que se habría encontrado alguna
vez en mi misma situación: paralizado del miedo y en la confianza de que el toro enviste
a lo que se mueve, me quedé como estatua durante unos segundos interminables, hasta que
pude alejarme moviéndome de manera imperceptible, para una vez que supuse estar fuera del
alcance, arrojarme al suelo y rodar hasta la alambrada detrás de la cual estaban mis
familiares y amigos con los ojos desorbitados, las mejillas pálidas y la frente sudorosa.
Cuando me reclamaron por mi acto heroico e irresponsable, les respondí: "lo que pasa
es que estos toros no han leído a Cossío".
AGUSTIN GARCIA BANDERAS
Arañas,
sapos y culebras
La primera vez que vi torear a "El Cordobés" fue en la Feria de Quito de 1963.
Yo recién había ingresado al programa "La hora de la verdad" en la Radio
Colón. Mi máxima ilusión era conocer a este famoso torero así que rogué a los
periodistas que lo iban a entrevistar que me lleven con ellos al Hotel Quito.
Ahí estaba, con su personalidad arrolladora -no he vuelto a ver a nadie así en mi vida-,
con sus gestos, sus dichos: llenaba el espacio de donde iba.
Las manos me temblaban con la grabadora y no atinaba a hacerle ninguna pregunta, cuando de
pronto me muestra una caja y me pide que la abra. Saltaron de ella arañas, sapos y
culebras. Yo estaba aterrorizada y él no podía más con la risa.
Quince años más tarde lo volví a ver en la Embajada de España y aún conservaba toda
la fuerza de su caracter, que lo hizo tan respetado en los ruedos.
POR CARMEN TOLEDO RIDER
¡Feliz
cumpleaños matador!
En la feria de 1995, el jueves 7 de diciembre, en el receso de medio festejo, entrevisté
al matador Enrique Ponce, y a nombre de mi programa Ecuador Taurino "La verdad en
puntas", le felicité por su cumpleaños, que sería al día siguiente, y que lo
celebraría en la Plaza de Acho, en Lima.
Como siempre hay personas que escuchan la radio en la plaza, una guapa aficionada del
tendido de sol y sombra sur me solicitó el micrófono y le cantó "Cumpleños
Feliz", que luego fue coreado por toda la plaza, y un cheff de algún reataurante que
auspiciaba las corridas, salió a la arena con un pastel, a ofrecerle al matador.
Fue un emotivo acto lleno de espontaniedad y cariño para Enrique Ponce, uno de los
toreros más queridos por los quiteños.
HUGO NAVARRO
Un consagrado
matador
Yo no sé ni por qué llegué tarde, con lo temático que soy para la puntualidad. El
hecho es que llegué a San Agustín, cuando todos los aficionados que actuaban ya habían
hecho el paseíllo. Y no es que yo había pensado bajar al ruedo, pero al verme llegar
tarde todos insistieron en que debería intentar. Me acuerdo que aún vivía Leonidas
Plaza Lasso, debo haber tenido 21 o 22 años. Entonces, para no dármelas de rogado,
accedí.
Ya estaba en la arena una vaquilla, pequeñita y colorada, parecía que había nacido el
día anterior de lo enana que era.
Tomé muy decidido el capote y me coloqué para hacer un pase. Cuando alguien por atrás
me grita: "Usa la muleta, ¡como los señores!" Con santa paciencia volví al
burladero y cambié el capote por una muleta.
La cité. La becerrita acudió. Y cuando pasaba por mi lado, con un cuernito lateral -casi
invisible- que tenía, me topó con tal precisión en la rodilla que me eché al suelo con
"dolor de viuda". El momento que regresaba, yo aún no me había podido
levantar, así que me defendí con un muletazo al aire y "Olé". La becerra se
dió la vuelta y "Olé", otro muletazo al aire. Y de rodillas!!! Todos me
aplaudían a mí y a mi valentía. Pero yo sabía que de artista, nada.
Así me consagré como torero y desde ahí no he vuelto a un ruedo. Prefiero ver los toros
desde el palco...
ROQUE SEVILLA LARREA
Aficionado
revoltoso
Nunca me gustó Palomo Linares como torero. Desde la localidad de sol y sombra a la que
voy por mós de 25 años siempre le reclamaba y le decía lo que no me gustaba su estilo.
Después de haberle visto en Quito, viajé a Madrid, donde me recibió un amigo. Uno de
los días en que me encontraba allá me dijo que había una reunión en "La
Paloma", la finca del matador y que le preguntaría si yo podía asistir. Estoy
seguro de que le preguntó y de que él le dijo que no. Pero yo preferí decirle primero
que era yo el que no quería ir. Así, ninguno de los dos pasó un mal rato.
Y como nunca me he quedado callado en la plaza, otra vez, casi me gano un buen golpe que
preferí endosárselo a mi amigo Fernando "Churupaco" Calderón. Esta vez fue
con un subalterno ecuatoriano que con unos cuantos kilos demás, se ganó de nuestro
tendido el sobrenombre de "Chugchucara". Por dos o tres años únicamente nos
regresaba a ver, enojado. Hasta que una vez que se encontró con mi amigo le advirtió que
la próxima vez le iba a pegar un puñete. El primer día de la feria siguiente, todo el
tendido sabía de la amenaza, entonces, apenas lo ví, volví a gritarle:
"Chugchucara". Y adivina a quien regresó a ver furioso.
FIDEL EGAS GRIJALVA
Cuestión de
'colocarse'
No era posible vivir con mi papá sin aprender a torear. Mis primeros años de infancia
transcurrieron entre la admiración que tenía por mi padre y el profundo miedo que me
merecían los toros. En nuestros paseos por el campo, mi papá decía que era cuestión de
"colocarse" mejor, y yo sabía que quería decir que era aprender a que el toro
me atropelle menos.
Recuerdo mi debut como una tarde de gloria y de fracaso. Debo haber tenido unos seis años
y mi papá era el administrador de la tradicional Hacienda La Avelina. Estaba yo en el
ruedo, cuando soltaron una becerra y mi papá se sacó un suéter color aguacate inmenso,
enorme para mi, para que con él me defendiera.
Yo me quedé helada de ver la velocidad con la que el animal me atacó. Parecía que las
hordas de los hunos me iban a atropellar. Grité tanto que la becerra también se asustó.
Y ahí estábamos las dos: chillando y corriendo en círculos, dentro y fuera del
burladero; mientras más gritaba yo, más chillaba la becerra. Todos se morían de risa.
Con los años, me di cuenta que mi papá lo único que quiso hacer era que yo aprendiera a
defenderme.
MIGNON PLAZA SOMERS
La primera
fila
Recuerdo con nostalgia aquella época de la infancia, de seis a siete años en adelante,
en la que con mi hermano mayor Agustín íbamos a formar cola desde las seis de la
mañana, con un frío de páramo, en las afueras de la que fue hermosa Plaza Arenas, en
los días de corrida. La fila no era muy larga; la formaríamos desde esas tempranas horas
unos 15 o 20 aficionados, entre los que no faltaban Humberto Jácome, Manolo Franco, entre
otros.
El objetivo del madrugón y de la cola, era conseguir puesto en la primera fila de sol,
que a la época no era numerada y estaba destinada a aquellos sufridos aficionados que
habían hecho los méritos suficientes para obtenerlo.
A medida que transcurría la mañana, la fila se incrementaba con la presencia de otros
aficionados, puesto que las puertas de ingreso a la plaza se abrían alrededor de las diez
de la mañana. Era el momento culminante de la larga espera; ahora a correr para llegar
primeros y obtener nuestro sitio preferido, pero se me presentaba un pequeño problema:
las gradas que llevaban al coso eran empedradas y enormes, por lo que yo estaba en
desventaja para conseguir el objetivo, en vista de lo cual mi hermano me tomaba de la mano
y empezaba la carrera... Yo, literalmente bajaba en el aire, y sentía temor de estamparme
contra la pared exterior del coso puesto que al final de las gradas nos topábamos con
dicha pared; en tales momentos comenzaba a gritarle "¡cuidado! ¡frena!
¡cuuurva!...".
Siempre salí indemne de aquella prueba y con la satisfacción de haber obtenido nuestro
puesto favorito en la primera fila de sol.
Esa carrera en algo se parecía a las de Pamplona, con la"pequeña" diferencia
de que no teníamos toros atrás, sino ansiosos aficionados que pugnaban por obtener su
asiento.
GUSTAVO GARCIA BANDERAS
Todo por
culpa del jerez
De todo tuvo la culpa el jerez. Durante años vi a mi cuñado, Humberto Jácome,
transmitir las corridas desde el callejón. Al final de cada tarde, ante la pregunta de
"¿Cómo estuvo la corrida?", hacíamos bromas siempre, porque sabíamos que
todo era editable. Así, en el programa de la noche únicamente aparecían las cosas
"con sentido".
El 5 de diciembre de ese año, se me habían pasado las copitas de jerez y yo estaba
especialmente emocionado por los trofeos. La cámara, por lo general, me ponía nervioso,
pero ese día ni me percaté de que existía.
Ante la usual pregunta, yo, con acento españolísimo y seguro de que lo cortaría antes
de pasarlo, comencé a hablar de la "poblada", refiriéndome al público -el
término aquí suena muy despectivo- y de lo predispuesto que estuvo al triunfo de los
toreros esa tarde.
Mi efusividad aumentaba proporcionalmente a la tonalidad transparente de la cara de
Humberto, quien no atinó más que a quitarme el micrófono y anunciar comerciales.
¡Estábamos en vivo y en directo! Desde ahí, siempre que veo una cámara de televisión,
pasó de largo.
FERNANDO TERNEUS
Cuando un
amigo se va
En julio de 1988, la Peña Taurina "Ciudad de Quito", como agradecimiento al
doctor Alfonso Trujillo Bustamante, quien proporcionó el local en donde funciona
actualmente su sede, organizó una despedida, pues habían concluido sus funciones como
Superintendente de Bancos. Se realizó un festival taurino en Cayambe, en la finca del
señor Jaime Valdiviezo.
Se lidiaron becerras de Roque Cedeño, de la hacienda Ingueza de San Gabriel. El festejo
inició con el desfile de una cuadrilla completa, en la que las fungía de alguacilillo,
cabalgando en un borrico debidamente decorado, nuestro querido propulsor, Patricio
Espinosa Serrano, "Er Sordovez", y los toreros alternantes Patricio Lucio
Paredes, "Er Viejito"; Antonio González, "Er Monseñor"; Juan
Landázuri, "Er Capariche"; Luis Borja, "Er Flaco"; Fernando Sevilla
Pareja, "Er Colorado", entre otros.
Esto grafica bien el escenario en el que se desarrolló la fiesta. La vestimenta utilizada
por los "mataores" eran disfraces alquilados de toreros, de distintas tallas a
las utilizadas normalmente, lo que causó hilaridad y risas en los concurrentes, por un
lado, y por otro, incentivó para que el doctor Trujillo, "Er Pucho", que no
había estado jamás ante una becerra, accediera a bajarse al ruedo y, con la ayuda de
todos los alternantes, toreara. Cumplió así una tradición de la peña, de que quien es
aceptado como socio, tiene, como bautizo, la obligación de tentar una becerra.
El festejo fue de lo más ameno: globos, camaretas, banda mocha, buena comida, traguitos,
pelea de gallos, baile... El doctor Trujillo, en uno de sus momentos de gran sentido del
humor, dirigió muy circunspecto a la banda mocha de Cayambe, en la cual, su hija,
Sandrita, tocaba el trombón.
Cuando había concluido la lidia, vino lo más emocionante de la tarde: Humberto Jácome y
Manolo Franco dos buenos aficionados y amigos de la peña, con su acordeón y sus notas
llenas de buen compás flamenco, nos hicieron cantar aquella canción que habla del
agradecimiento y del sentimiento de una amistad sincera "Cuando un amigo se
va"... Pero la verdad es que "Er Pucho" Trujillo nunca se fue, sino que se
encuentra de una forma u otra ligado a la Peña Taurina "Ciudad de Quito".
RUBEN AGUINAGA ANDRADE
Por poco me
carga 'el diablo'
En mi ya lejana juventud fui asiduo a cuantas capeas toros de pueblo -como se los conoce
mejor- se daban en Tungurahua, mi provincia. Me sabía de memoria el calendario y
difícilmente faltaba a alguna de ellas.
En 1961, con el pasaje del barco para España ya en la mano, fui a hacer mi despedida
taurina, en unión de varios amigos, a la población de Quero. La tarde fue pródiga en
puntas de caña, que mis años jóvenes soportaron bien, aunque no tan bien como yo
creía...
A las cinco de la tarde, con el calor de los tragos, se dio suelta al llamado "toro
de la oración", un precioso ejemplar digno de la antigua revista española La Lidia,
que para los contumaces asistentes a los toros de pueblo en toda la geografía
tungurahuense era un viejo conocido: se llamaba "El Diablo". Un impresionante
toro berrendo en colorado, gargantillo, de gran cornamenta, con seis o siete años bien
jugados. Ni qué decir tiene que se las sabía todas.
Salió "El Diablo" y sentó sus dominios en la mitad de la plaza. Encampanado
parecía decir "a mí nadie me da un pase". Quien cuenta esta anécdota,
envalentonado ante la indecisión de todos, se lanzó desde una elevada tarima, situada en
una de las esquinas de la enorme plaza de Quero (solo el salto era como para matarse) y
con una muleta que saqué de no se dónde, me dirigí hacia "El Diablo", al que
pretendiera sacarle un pase...
No había manera, pero tanto insistí, que el toraco cedió a la tentación y embistió,
pero como no cabía esperar otra cosa, lo hizo al cuerpo. En medio de la poca lucidez que
tenía, me di cuenta de inmediato de la barbaridad que cometía y estaba seguro de que el
toro no cejaría hasta convertirme en un guiñapo.
¡Adiós viaje a España!, me dije. Abandoné la muleta y puse pies en polvorosa,
galleando, pues creía de esa forma quitármelo de encima. ¡Gran error! Escuchaba el
rugido de la muchedumbre como un gran coro lejano, como en sueños. Al mirar con el
rabillo del ojo, pude darme cuenta de que el alarido de la multitud obedecía al peligro
en que me encontraba: "El Diablo" estaba, materialmente, encima mío. De pronto
cesó el rugido y pude ver que dos de mis compañeros de tendido, Germán Barona y Carlos
Bedón, me hacían un quite milagroso, salvándome del demonio, quiero decir de "El
Diablo". Solo a ellos puedo escribir ahora esta anécdota."
HERNAN VELA SEVILLA
Pundonor
torero
Era el año 1997, en la feria en la plaza Santa Ana de Cuenca... La llamaban feria, aunque
solo habían dos corridas.
En una de ellas actuaron el ecuatoriano José Luis Cobo y "Dinastía", torero
colombiano; el público, bonachón y aficionados todavía no "de hueso
colorado".
"Dinastía" toreó muy bien, pero con el estoque estuvo fatal; sin embargo, el
público quiso obligarle a que salga en hombros, pero este muchacho, con mucha
"gallardía torera" se opuso rotundamente.
Plaza nueva, pundonor torero... Bien por "Dinastía".
EDGAR CORNEJO MENACHO
Toro
respetuoso
Allá por la década de los sesentas se trajo de México un encierro de toros; al llegar
al aeropuerto de Quito, fueron de inmediato trasladados a la Plaza Monumental para
proceder a su pesaje, pues era un sábado a medio día, y al día siguiente era la
corrida.
Durante el pesaje surgió algo inesperado: uno de los toros encajonados, luego de romper
la tapa superior del cajón, logró salirse del mismo, dentro del patio de caballos.
Como es costumbre, e incontrolable por cierto, no muy pocos aficionados y curiosos se
encontraban dentro del patio; al salir el toro del cajón, la gente buscó
desesperadamente dónde protegerse del gravísismo peligro que corrían. Yo, por mi parte,
logré subirme a la parte superior de la balanza y pude ver desde allí la desesperación
de la gente tratando de ponerse a buen recaudo como mejor podía...
Entre los desesperados aficionados había una señora, muy guapa en todos los sentidos,
que no pudo escalar los altos muros y corrió a refugiarse en un automóvil Mercedes Benz
que se encontraba estacionado dentro del patio, pero sus puertas estaban cerradas con
llave y no le quedó otra alternativa que tratar de meterse debajo del auto; y así lo
hizo, pero solamente logró pasar hasta su cintura, ya que sus hermosas nalgas no pasaban
por el espacio que quedaba entre el piso y el vehículo. El toro, en su desenfrenada
carrera, pasó varias veces muy cerca de ella, que permanecía aterrada, con sus piernas
inmóviles. Gracias a Dios se superó el problema; se logró entrar al toro en la plaza, y
por felicidad no pasó nada.
FERNANDO SEVILLA
HERRERO
Un municipal
en apuros
A la feria hay que ir bien puesto y más cuando uno va a transmitir las corrida desde el
callejón. Me acuerdo que ese 5 de diciembre decidí ponerme terno azul y corbata roja, en
honor a mi ciudad. El momento en que salía atrasadísimo de mi casa, vi la gorra de
Policía Municipal que cuelga del sombrero a la entrada, y de paso la cogí. En la radio
del carro escuchaba que la corrida estaba por comenzar y Hugo Navarro, mi compañero en la
transmisión, comentaba que era muy extraño que yo no haya llegado aún. Todavía en el
auto escuché el himno nacional y el paseíllo y justo cuando iba a salir el primer toro
ingresé al callejón con la gorra puesta y con una prosa impresionante. Me cuadro y los
dos guardias de las puertas, aunque un poco extrañados, se cuadran también. Iba pasando
los burladeros y todos los policías me hacían honores. Llego al mío y me pongo al lado
de mi compañero quien insistía en mi extraña ausencia. El presidente de la plaza
preguntaba por la radio qué hacía un policía municipal en el burladero de prensa y
cuando mi hijo, José Patricio, quien actuaba de asesor, lo descubrió, tuvo que decirlo:
"es mi papá".
El rumor crecía en el callejón hasta cuando me acerqué al Alcalde de Quito, Rodrigo
Paz, y le pedí un aumento de sueldo y un ascenso. Cuando se dio cuenta de quién era, el
alcalde no paraba de reirse y de hacer bromas sobre lo "bien" que me veía. Solo
en ese momento, Hugo vio que el jendarme a su lado era yo.
Sobre mi sombrero se crearon mil y un historias, ninguna verddera. Lo cierto es que me lo
compré en Riobamba, a tres mil sucres, en un taller donde lo tenían como muestra.
PATRICIO ESPINOSA
Un festival
irrepetible
En noviembre de 1984 el Ecuador fue sede del Congreso Mundial de Cirugía Taurina. Para
rematar el encuentro y como aperitivo para la Feria de Quito se organizó el
"Festival del Recuerdo" al que asistieron siete leyendas del toreo mundial. La
verdad es que poquísima gente creyó en el festival y ni siquiera asistieron muchas
personas esa tarde a la Plaza Quito.
Contra todo pronóstico, se cortaron trece orejas y tres rabos.
"Un festival de estos es irrepetible", me decía una y otra vez el español
Andrés Vásquez, quien después de pocos minutos salía en hombros junto al ecuatoriana
Edgar Puente, el colombiano Pepe Cáceres, el mexicano Joselito Huerta y sus compatriotas
Gregorio Sánchez, Jaime Ostos y Pedro Martínez "Pedrés".
El festival le dio el "clarinazo" a la feria que después se fue para arriba.
PEDRO HERRERA
. |