Memorias, lienzos y letras

Manantial inagotable de formas e imágenes

"Un poeta, un pintor, un escritor, un escultor o un músico, habrían de sentir su sensibilidad por la fuerza dramática, lírica y colorista de esa lucha a muerte entre el hombre y el toro."
José Silva Aramburu

La fiesta brava ha sido siempre fuente inagotable de inspiración para los poetas, literatos, pintores. Toro, torero y afición han sido inmortalizados en los grabados de Goya, las tintas de Picasso y las plumas de Hemingway y García Lorca.
Es que entre las muchas cosas que es el mundo de los toros, es un manantial de formas e imágenes. Los marcados opuestos de la fiesta, desde la grandeza del toro en el campo hasta la tragedia en el ruedo, el ritual de la muerte, el colorido, el movimiento, las formas, la poesía, han sido muy bien captados por los protagonistas de estas páginas, quienes expresan su afición en lienzos y letras.
Y para aquellas memorias de los aficionados, anécdotas que hacen la fiesta y recuerdos que quedan de los grandes momentos, se ha reservado un espacio compartido con instantes gráficos de la historia taurina de Quito.
En este fascículo, el último de la serie, se abre además, un lugar para pequeñas reseñas acerca de las peñas taurinas más activas en Quito, esos rincones, físicos y espirituales, donde se reúnen los aficionados a conversar, intercambiar experiencias y aprender de eso que tanto les apasiona: la fiesta brava.

Toreo a pincel

Para Viteri, la fiesta brava es el resultado de opuestos: el blanco y el negro, el sol y la sombra, la vida y la muerte

De entre cientos de cosas que tiene en una mesa, destapa un montón de cartulinas. Toma una y con mucha facilidad la dobla en dos y luego en cuatro. Mientras la sostiene con la mano izquierda, con la derecha alcanza un cuchillo que lo espera en la mesa contigua. Lo toma y lo pasa por el filo de la cartulina una, dos veces.
Con los cuatro pedazos se acerca a la otra mesa, la que está junto al bote de pinceles y el gran frasco de tinta china. Destapa el recipiente y vierte un poco en un pocillo blanco. Solo un poco, como muy consciente de que cada gota estará cargada de vida. Comienza el ritual.
Como un matador frente al toro se concentra, busca la forma, el mejor lado. Traza el recorrido "natural", imaginariamente, con las pupilas fijas en la hoja. Su respiración se puede escuchar. Lanza el primer capotazo. El segundo, el tercero. Indice y pulgar sostienen firme el pincel, cual acero letal, mientras su fuerza se apoya en los cinco dedos de la otra mano, abiertos sobre la mesa. Una pincelada circular, dos diagonales. Aguanta la respiración. Y remata en un sin fin de formas, hechuras y poses fantásticas.
Y ahí están. El blanco y el negro, el sol y la sombra. La vida y la muerte. Así es como Oswaldo Viteri describe la fiesta brava y es así como la plasma en su pintura. Así es como la concibe, como una "suerte de matar", con inmediatez, de improviso: tal como el torero enfrenta al toro.
Ambateño de nacimiento, recuerda en su primera corrida en 1936, al "Maera de Quito" cuando tenía cerca de cinco años y los ocho días de toros que se organizaron cuando su padre, presidente del Concejo Cantonal, inauguró una plaza en un barrio de Ambato, cuando tenía siete. Recuerda también el haber intentado torear un poco, aunque con muy mala suerte, en sus años de temprana juventud y cómo esta afición se vio incrementada por la relación con su madre, María Elena, quien era aficionada de las buenas.
En sus años de estudiante vio actuar a Luis Procuna, a Félix Rodríguez, a Chucho Solórzano, a Conchita Cintrón. Y es ahí donde esta afición se entremezcló con la otra, la de la pintura, la cual comenzó al copiar en acuarelas pequeñitas, los carteles de Ruando Llopis...

Salpicones de tinta china

Un recorrido por la casa del artista deja en claro su afición por la fiesta brava. De las cientos de obras que cuelgan de las paredes de cada uno de los ambientes de su casa, sobresalen, además de preciosísimos lienzos de la Escuela Quiteña, una colección de grabados de los españoles Carnicero y Goya, junto a uno de los pocos óleos sobre lienzo taurino de su autoría y una serie de tintas con todos las suertes de una corrida de toros.
Y se van descubriendo en el resto de paredes un abstracto de Palomo Linares, la camisa de Paco Camino y el traje de luces de Ortega Cano: "de mi primera salida por la puerta grande de Las Ventas de Madrid y de mi resurección después del percance en Zaragoza". Recuerdos, explica el pintor, recuerdos de las grandes amistades con los grandes toreros.
Entre obras de Guayasamín y Kingman, pintores a quienes admira, y unas vigas de metal que apuntalan la casa entera como contingencia ante una posible erupción del Guagua Pichincha, aparecen algunos trabajos que realizó en los días que se hospedó en "La Virgen", la finca de Luis Miguel Dominguín, en España. También se exhiben algunos retratos de toreros que han pisado estas tierras y le han devuelto, por unos momentos, el color a su pincel.
De vuelta al blanco y negro, algunas obras de Picasso, a quien lo considera como guía, aunque se empeña en explicar que el dibujo es como la caligrafía, es decir, rasgo único de quien lo ejecuta.
En un cuarto pequeñito donde guarda algunas pinturas que ya no puede colocar por falta de espacio, cuelga, enmarcada, una esquela: el agradecimiento de doña María de Borbón, condesa de Barcelona, la madre del rey Juan Carlos, a quien le obsequió una carpeta taurina con 16 grabados.
Por fin, en su taller reposan sus colecciones en tinta china, donde plasma al "rey de la fiesta", el toro, en todas sus facetas: al imponente cuando se presenta en la puerta de chiqueros, amenazante, hermoso; y al débil, acorralado, derrotado, luchando hasta el final.
Una copia de la célebre carpeta taurina descansa entre las cartulinas aún sin pintar. En las primeras hojas -lo muestra con un poco de vanidad-, el prólogo sobre su obra, escrito por Luis Miguel Dominguín: "Traza las líneas surgidas de sus plumas y pinceles con la seguridad del convencido...Tiene el valor de afrontar los desafíos que rayan en lo imposible con la seguridad que da la maestría y las formas surgen espontáneamente, ajustándose e integrándose en la vida misma..." Las siguientes páginas recogen otras letras de Jaime Ostos, de Palomo Linares, de Ortega Cano.
Las anécdotas vienen y van. El ritual de la cartulina está por comenzar. Y salpicones de tinta china avivados con trapío y bravura, de lo impredescible, el improviso, describen perfectamente al aficionado, al artista, al hombre, a Oswaldo Viteri, quien cuando pinta, torea.

Los artistas de la fiesta

El arte es la mejor forma de expresar la belleza, es por esto que muchos aficionados taurinos utilizan diferentes formas artísticas para rendir tributo a la fiesta brava y sus protagonistas. En estas páginas, un diálogo con algunos de ellos, con su obra y con su gran pasión

Pedro Herrera: la pasión manoletista

Su pasión por Manolete se inició cuando era estudiante en el San Felipe Neri de Riobamba, aunque la primera vez que vio una imagen de la mortal tarde en Linares era aún un niño. El primer cuadro que le dedicó Pedro Herrera a Manolete, era un retrato al carboncillo y está enmarcado en una cartulina negra y colgado en el cuarto de estudio de su casa.
Están también algunos de los otros que inmortalizan sus gloriosas tardes de toros y otros retratos al óleo que es la técnica en la que realiza la mayoría de sus obras: "un cuadro al óleo se puede hacer y deshacer muchas veces". Seguir creando.
En 1989 expone siete cuadros de Manolete en la galería Exedra de Quito. Y en 1997 comienza su travesía por tierra española con una exposición en Granada, durante el Primer Congreso de Ciudades Taurinas; más adelante, en Córdoba, expone sus obras por los 50 años de la muerte de Manolete; y finalmente, la Casa de la Cultura de Linares, ciudad donde murió el diestro español, abrió sus puertas al quizás único manoletista americano.
Muchos de sus cuadros tienen un aire de dramatismo, de tragedia, robado tal vez del hecho de ser médico en la plaza de toros de Quito.
Tiene las mangas de la camisa dobladas hacia fuera y frente a un caballete le da unos toques a un cuadro que luce casi terminado -un peón pasando a los toros de corral-. Asegura que además de Manolete, le atraen todas las facetas de la fiesta brava: la música, la literatura y el toro en el campo, en su cotidianidad. Es por esto que en su taller hay toros, caballos, toreros, un cuarto de hotel donde se arregla el matador, algunos paisajes clásicos y muchos libros taurinos. Llaman la atención dos alegorías en las que se encuentran dos toreros, vestidos de luces, en el atrio de la iglesia de San Francisco, uno que entra y otro que sale: la ilusión de triunfar frente a la institución que le otorga el premio (el trofeo de Jesús del Gran Poder lo dan los franciscanos) y la bendición.
La mayoría de sus cuadros -sus hijos, los llama él- de tantos años de afición, permanecen amontonados en el estudio, como esperando el turno de cuando un día regrese y los quiera diferentes.

'Las hechuras del toro no se comparan con nada'

Fuerza, tanta que cuando cierra el tubo de pintura le es difícil volver a abrirlo. Fuerza de formas, de expresión; fuerza de movimiento. De carácter. Y fuerza es la palabra que describe una escena de toros en el campo pintada por Dolores de Játiva, a quien su familia tradicionalmente taurina -la plaza de toros de Riobamba lleva el nombre de su hermano- le inculcó el gusto por la fiesta brava desde muy pequeña. Su técnica favorita es el óleo sobre lienzo y su inspiración, el mezclar la realidad con un poco de su imaginación para lograr piezas creativas.
El gusto por la pintura, cuya técnica la fue perfeccionando de la mano de sus maestros Ramiro Cevallos y Wilfrido Martínez, pronto se convirtió en fructífero oficio. Sus cuadros, ahora descolgados para una exposición, llenan las paredes de su finca en Tumbaco y otras tantas de su casa.
La crianza en el campo es su tema preferido por la "majestuosidad, presencia y belleza del animal, cuyas hechuras no se comparan con nada". Otro de los temas que más le llaman la atención es el torero y su convivencia con la tragedia.
En las últimas fiestas de Quito del siglo, expone más de treinta de sus obras taurinas en la Posada de Artes Kingman.

'Plasmar al toro en un lienzo es un reto'

Cuando Cecilia de García decidió pintar temas taurinos lo tomó como un reto. El movimiento, los colores fuertes y la expresividad de un animal como el toro no son fáciles de lograr; sin embargo, la afición por la fiesta brava cultivada desde hace muchos años y la idea de plasmar la esencia de su figura física y de su carácter en un lienzo, animaron a esta pintora a intentarlo. De su parte tuvo la especial destreza que tiene al dibujar y la inclinación por plasmar las proporciones y los detalles que ya había demostrado en sus obras anteriores, muchas de ellas retratos.
Sus piezas taurinas siempre tienen como figura principal al toro, al cual lo describe como el animal más enigmático de la naturaleza. Un toro protagonista, un toro siempre en movimiento, yendo al capote, yendo al caballo. En el ruedo, plasma el instante, a veces segundos, en que toro, capote y torero forman una amalgama.
Dentro de la pintura, la técnica que mejor maneja es el óleo sobre tela; sus primeros pasos importantes en las artes plásticas los dio de la mano de Ofelia Vega y un retratista cubano. Actualmente pertenece al taller de Joaquín Endara.
La pintura no es el [unico arte al que se dedica: su casa está llena de muestras de su obra en marquetería, imaginería y grabado en metal.

Manolo Franco: "yo de grande quiero ser tocaor de flamenco"

'Crecerás y serás el rey de reyes/ Sultán de la vacada que repliega,/ a una charca de sal que apura y riega/ El lindero castrado de los bueyes..." recita de memoria mientras continúa contando la historia de sus primeros años en Quito. El había llegado de muy niño desde Guayaquil hasta el barrio de la Basílica donde no había una sola tertulia o reunión donde no le tuvieran reservado un número. Es que no existe arte que se pueda desarrollar en torno a la fiesta brava, en el que Manolo Franco no haya incursionado. El canto y la poesía los cultivó desde temprana edad; aprendió la técnica del flamenco en la guitarra y hasta la paleta y el pincel han tenido su espacio en su afición.
Su fuente inagotable de inspiración es el toro, la razón de ser de la fiesta, a quien lo ayudó a entender su hermano que ya no está: "El toro ya de por sí es un espectáculo, en el campo, persiguiendo al caballo, en el trigal, cuando lo enchiqueran, cuando sale. Solito él. No necesita de capa, de muleta, de banderillas, de roseta, de nada. No necesita de nada".
A Manolo Franco le enseñó a recitar su madre. Desde que se acuerda, le dan vueltas en la cabeza el Romancero Gitano y los versos de Miguel Hernández y todo lo que hasta esa época había publicado Rafael Alberti.
"Solo atiende a tu instinto broncas leyes/ De la vaca fecunda por la entrega/ Mientras un aire hirsuto, crece y pega, /A tu morro el soplido de dos fuelles..." El soneto es su tipo de poema preferido por su perfección y carga poética. Para el tema taurino, sin embargo, asegura que se presta mucho más el romance, por su capacidad de descripción.
"Por tu culpa culpita, culpita, yo tengo negro negrito mi corazón". A cantar también le enseñó su madre. Para él sigue siendo un misterio de donde provenían las canciones que aprendía al oído y de memoria. "La bien pagaá que tú eres la bien pagaá", continúa. Canciones por las que han pasado 70 u 80 años y "cada día se ven más lozanas" saltan de su boca y recuerda una en especial que le costó 38 años encontrarla en una grabación: "Catalina fue a la fuente, a la fuente del queré, a beber agua de mayo porque se moría de sé..."
Y la guitarra vino después. Aunque se trata de la frustración más grande de su vida, dio los primeros pasos en el oficio de "tocaor" -cuando ya estaba casado porque de joven le hubiera sido imposible que se lo permitiera su padre- con un maestro chileno.
Se pone de pie y continúa recitando y contando anécdotas de los tantos años que le ha dedicado a esta afición: a Manolo Franco le encanta España y le apasiona todo lo que con ella tiene que ver: su historia, sus costumbres, sus tradiciones.... ¿Que si hubiera querido nacer en otra parte? "No, yo soy de Las Peñas, de la Villa Rosa. Si volviera a nacer volvería a nacer en el barrio de "Las Peñas", escuchando como pegaba el río debajo de mi casa. Ahí fue la primera vez que vi lo maravilloso que eran esos árboles verdes intensísimos como el ficus, como el tamarindo, en contraste con el encalado de la calle, blanco, blanquísimo".
"Estoy contento con mi mestizaje, no quisiera ser ninguna otra cosa... Excepto una: yo de grande quiero ser 'tocaor' de flamenco".

Hablando de toros...

Las tres agrupaciones de aficionados más activas de Quito: un poco de su historia, de su gente y de sus logros

La idea de amanecerse en los chiqueros de una plaza para ver si alguien tocaba a los toros de la corrida del día siguiente, en un frío que calaba los huesos, suena descabellada. Pero no lo era tanto para un grupo de jóvenes que, hace cuarenta años, no querían saber más que lo que el mundo taurino podía ofrecerles. Así comenzaron las largas horas de tertulia que por mucho tiempo mantuvieron y que el 16 de noviembre de 1959 se convirtieron en la decisión de formar la Peña Taurina "El 7".
Siete fueron los de la idea y siete el nombre de la famosa peña madrileña, en cuyo honor se bautizaron. Y no faltó quien calificara a sus heroicas amanecidas en nombre de la pureza de la fiesta brava, como rituales extraños o logias ocultas que poco a poco se fueron desmitificando con cafés taurinos, conferencias, veladas de gala y publicaciones: el primer número de la revista "El 7" circuló el 18 de junio de 1960. Estaban convencidos que solamente la peña "El 7" salvaría al país.
Fausto Silva fue su primer Presidente; pero los últimos 15 años han sido regentados por Patricio Espinosa quien "abdicó" a favor de Carlos Solines, tan solo el 29 de mayo último, cuando, según dicen las malas lenguas, el truco de la fanesca cada jueves santo dejó de comprar votaciones.
De sus filas han surgido buenos aficionados prácticos, periodistas, poetas y músicos. "Los Bocheritos", acompañados de acordeón, pandereta, guitarras, palmas e incomparables voces son otro de los productos de las tertulias en los graderíos -que pronto fueron remplazados por los rincones taurinos en las casas de sus miembros- y las inquietudes de estudiantes "gabrielinos", cuya afición fue respaldada por sus maestros.
A través de los años casi no ha existido actividad taurina en la que, al menos uno, no haya tenido que ver; así, muchos de ellos han llenado las páginas de los diarios y los espacios taurinos de radio y televisión con sus crónicas. Se confiesan cómplices, además, de la organización del Festival del Recuerdo, que en 1984, reunió a siete leyendas del toreo mundial en la Plaza de Quito.
Cuatro décadas han pasado, en las que se han tejido miles de anécdotas, en las que han llegado miles de amaneceres hablando de toros y toreros o disfrutando de películas en cine en blanco y negro.
Para 1999 se anuncia nuevamente la entrega de "El 7 de Oro", trofeo a la mejor faena de la feria quiteña, que año a año otorgaba esta peña, y que dejó de hacerlo como "protesta de la baja de calidad que, por algunos años, caracterizó a la Feria Quito".

Peña taurina "Ciudad de Quito": continúa la tradición taurina

'Si tu tienes cuarenta, yo veinte", podría ser el estribillo de estas páginas de aficionados a la fiesta de los toros, pues hace dos décadas, la tradición taurina de Quito encontró otro rincón: varios devotos de la fiesta brava, todos empleados de la Superintendencia de Bancos, decidieron formar una peña, bajo la ya experimentada asesoría de Patricio Espinosa (uno de los fundadores de la peña "El Siete"). La llamaron "Ciudad de Quito" y le pusieron por propósitos el fomentar todas las manifestaciones del arte taurino y velar por la pureza de la fiesta. La primera presidenta fue la gran aficionada Cutty Aguilar y sus fundadores, 17 en total, fueron: la presidenta, Rubén Aguinaga, Manuel Almeida, Luis Borja, Juan Bustamante, Marco Cevallos, Edgar Egas,Patricio Espinosa, Tamara González, Antonio González, Patricio Lucio Paredes, César Mantilla, Fernando Mosquera, Bolívar Revelo, Juan Ortíz, Hugo Posso y Marcia Santoliva.
Es la única agrupación de esta naturaleza que tiene una sede propia donde realiza conferencias, tertulias, charlas, exposiciones pictóricas y fotográficas. Ya es tradicional la celebración anual de una capea y no han faltado los festivales con aficionados prácticos y alumnos de la escuela taurina. Varios de sus miembros han sido parte de la Comisión Taurina y del grupo de autoridades de la Plaza Quito. En 1990 organizaron el tercer Congreso de Peñas Taurinas del Ecuador.
Como uno de los momentos más especiales de estas dos décadas de historia recuerdan sus miembros el homenaje, en 1994, al "aficionado de aficionados", José María Plaza Lasso. Como prueba de otro, cuelga en una de sus paredes el nombramiento de la peña como socia honoraria de la similar española a la que pertenece Ricardo Ortíz.
En la actualidad la "Ciudad de Quito" tiene 36 socios y su presidente es Fernando Sevilla Pareja.

Peña taurina "La Giralda": todo empezó en un mano a mano

Al poco tiempo de enfrentarse en el ruedo en un festival taurino se encontraban escribiendo los estatutos para legalizar una nueva peña taurina. "La Giralda", como decidieron llamarla en honor al sÌmbolo sevillano, se formó en sus inicios por los alumnos del Intisana y del Americano que, despuÈs de haber competido, decidieron juntar esfuerzos para defender las tradiciones taurinas.
De entre sus filas viajó hasta España, aún como novillero, Fabián Alonso. Periodistas, ganaderos y asesores taurinos, muchos de ellos aficionados prácticos, siguen siendo activos en la vida taurina de Quito. También representaron y dieron su apoyo al matador Carlos Yánez.
En 1988, la administración de la plaza de toros del Club de Liga pasó a manos de esta agrupación; en ella se organizaron festivales con la participación de aficionados prácticos de todas las peñas de la ciudad. A finales del mismo año, organizaron el Segundo Congreso de Peñas Taurinas del Ecuador.
De las peñas taurinas, es la que más representación tiene en las temporadas de toros de festejos mayores. En su mayoría, sus integrantes participan como equipo de apoyo de la autoridad en la Feria de Quito, como asesores y en el callejón. El presidente actual de esta peña es Guido Páez.
Hace pocos dÌas la hacienda El Pongo inauguró la plaza "María del Carmen" diseñada por Juan Carlos Rosero, un arquitecto de "La Giralda". Actualmente, la agrupación está formada por 16 socios.

La fiesta brava en la memoria de la afición de Quito

Mucho de lo que es la tradición taurina en Quito se mantiene únicamente en la memoria de quienes la han vivido por muchos años.
Detrás de los ruedos y los festejos de las grandes tardes, lo que sucede en los tendidos, las haciendas de crianza y las tientas va tejiendo la enriquecedora "historia detrás de la historia".
Las siguientes páginas recogen instantes singulares de la fiesta y sus aficionados, el "detrás de las cámaras", contados por los mismos protagonistas o sus testigos y que son los momentos que hacen del mundo de los toros un libro de historia tan singular.

Es que los toros no saben leer

Hace varios años, tantos que me duele la memoria acordarme este momento, nos invitó René Calle a la hacienda de su propiedad, que tiene el nombre taurino "El Cortijo La Dolores".
Luego de un almuerzo en el que los callos a la madrileña se rociaban con sendas copas de vino y el jerez como ámbar líquido mojaba la garganta reseca, iniciamos una fiesta flamenca amenizada con las sevillanas y las soleares que brotaban de los labios de la anfitriona Lola Cevallos de Calle.
Todo era alegría y baile flamenco hasta que alguien propuso ir a ver los toros de Santa Rosa, dehesa de Saúl Montenegro, aledaña al sitio en donde nos encontrábamos. Acto seguido salvamos la corta distancia que nos separaba y tras de la alambrada contemplábamos la belleza y el trapío de los descendientes de Baltazar Ibán; eran aproximadamente unos 20 ejemplares (mi hermano siempre ha dicho que eran menos) unos negros, otros chorreados en verdugo, enmorrillados poderosos y con los pitones buidos. La niebla de Calacalí ponía un marco fantasmagórico en el que se recortaban las siluetas.
En el fondo de todo aficionado existe un torero frustrado, un hombre que ha querido sentir la emoción de pasarse el toro alrededor de la cintura; tal es mi caso, pero algo que se llama eufenísticamente instinto de conservación me había impedido hacerlo. En ese momento el espíritu del vino fue más fuerte que todo y apartando los alambres ingresé al coto privado de los toros y me acerqué lentamente a la manada, que al sentir al extraño comenzó a apartarse; esto me envalentonó y además la afirmación de Cossío, de que el toro en grupo no ataca, aumentó mi coraje para avanzar.
De pronto vi como los astados que habían tolerado mi presencia en sus terrenos decidieron expulsarme y castigar mi osadía; en cuestión de segundos formaron una semiluna de doble fila con la cabeza alzada y desafiante, la nariz resoplante y los belfos llenos de espuma; eran grandes, eran fuertes, eran bravos y me vinieron a la mente los versos lorquianos:
                "Y los toros de Guisando casi muerte y casi piedra mugieron como dos siglos hartos de pisar la tierra..."
Pienso que la suerte de Don Tancredo la inventó alguien que se habría encontrado alguna vez en mi misma situación: paralizado del miedo y en la confianza de que el toro enviste a lo que se mueve, me quedé como estatua durante unos segundos interminables, hasta que pude alejarme moviéndome de manera imperceptible, para una vez que supuse estar fuera del alcance, arrojarme al suelo y rodar hasta la alambrada detrás de la cual estaban mis familiares y amigos con los ojos desorbitados, las mejillas pálidas y la frente sudorosa.
Cuando me reclamaron por mi acto heroico e irresponsable, les respondí: "lo que pasa es que estos toros no han leído a Cossío".

AGUSTIN GARCIA BANDERAS

Arañas, sapos y culebras

La primera vez que vi torear a "El Cordobés" fue en la Feria de Quito de 1963. Yo recién había ingresado al programa "La hora de la verdad" en la Radio Colón. Mi máxima ilusión era conocer a este famoso torero así que rogué a los periodistas que lo iban a entrevistar que me lleven con ellos al Hotel Quito.
Ahí estaba, con su personalidad arrolladora -no he vuelto a ver a nadie así en mi vida-, con sus gestos, sus dichos: llenaba el espacio de donde iba.
Las manos me temblaban con la grabadora y no atinaba a hacerle ninguna pregunta, cuando de pronto me muestra una caja y me pide que la abra. Saltaron de ella arañas, sapos y culebras. Yo estaba aterrorizada y él no podía más con la risa.
Quince años más tarde lo volví a ver en la Embajada de España y aún conservaba toda la fuerza de su caracter, que lo hizo tan respetado en los ruedos.

POR CARMEN TOLEDO RIDER

¡Feliz cumpleaños matador!

En la feria de 1995, el jueves 7 de diciembre, en el receso de medio festejo, entrevisté al matador Enrique Ponce, y a nombre de mi programa Ecuador Taurino "La verdad en puntas", le felicité por su cumpleaños, que sería al día siguiente, y que lo celebraría en la Plaza de Acho, en Lima.
Como siempre hay personas que escuchan la radio en la plaza, una guapa aficionada del tendido de sol y sombra sur me solicitó el micrófono y le cantó "Cumpleños Feliz", que luego fue coreado por toda la plaza, y un cheff de algún reataurante que auspiciaba las corridas, salió a la arena con un pastel, a ofrecerle al matador.
Fue un emotivo acto lleno de espontaniedad y cariño para Enrique Ponce, uno de los toreros más queridos por los quiteños.

HUGO NAVARRO

Un consagrado matador

Yo no sé ni por qué llegué tarde, con lo temático que soy para la puntualidad. El hecho es que llegué a San Agustín, cuando todos los aficionados que actuaban ya habían hecho el paseíllo. Y no es que yo había pensado bajar al ruedo, pero al verme llegar tarde todos insistieron en que debería intentar. Me acuerdo que aún vivía Leonidas Plaza Lasso, debo haber tenido 21 o 22 años. Entonces, para no dármelas de rogado, accedí.
Ya estaba en la arena una vaquilla, pequeñita y colorada, parecía que había nacido el día anterior de lo enana que era.
Tomé muy decidido el capote y me coloqué para hacer un pase. Cuando alguien por atrás me grita: "Usa la muleta, ¡como los señores!" Con santa paciencia volví al burladero y cambié el capote por una muleta.
La cité. La becerrita acudió. Y cuando pasaba por mi lado, con un cuernito lateral -casi invisible- que tenía, me topó con tal precisión en la rodilla que me eché al suelo con "dolor de viuda". El momento que regresaba, yo aún no me había podido levantar, así que me defendí con un muletazo al aire y "Olé". La becerra se dió la vuelta y "Olé", otro muletazo al aire. Y de rodillas!!! Todos me aplaudían a mí y a mi valentía. Pero yo sabía que de artista, nada.
Así me consagré como torero y desde ahí no he vuelto a un ruedo. Prefiero ver los toros desde el palco...

ROQUE SEVILLA LARREA

Aficionado revoltoso

Nunca me gustó Palomo Linares como torero. Desde la localidad de sol y sombra a la que voy por mós de 25 años siempre le reclamaba y le decía lo que no me gustaba su estilo. Después de haberle visto en Quito, viajé a Madrid, donde me recibió un amigo. Uno de los días en que me encontraba allá me dijo que había una reunión en "La Paloma", la finca del matador y que le preguntaría si yo podía asistir. Estoy seguro de que le preguntó y de que él le dijo que no. Pero yo preferí decirle primero que era yo el que no quería ir. Así, ninguno de los dos pasó un mal rato.
Y como nunca me he quedado callado en la plaza, otra vez, casi me gano un buen golpe que preferí endosárselo a mi amigo Fernando "Churupaco" Calderón. Esta vez fue con un subalterno ecuatoriano que con unos cuantos kilos demás, se ganó de nuestro tendido el sobrenombre de "Chugchucara". Por dos o tres años únicamente nos regresaba a ver, enojado. Hasta que una vez que se encontró con mi amigo le advirtió que la próxima vez le iba a pegar un puñete. El primer día de la feria siguiente, todo el tendido sabía de la amenaza, entonces, apenas lo ví, volví a gritarle: "Chugchucara". Y adivina a quien regresó a ver furioso.

FIDEL EGAS GRIJALVA

Cuestión de 'colocarse'

No era posible vivir con mi papá sin aprender a torear. Mis primeros años de infancia transcurrieron entre la admiración que tenía por mi padre y el profundo miedo que me merecían los toros. En nuestros paseos por el campo, mi papá decía que era cuestión de "colocarse" mejor, y yo sabía que quería decir que era aprender a que el toro me atropelle menos.
Recuerdo mi debut como una tarde de gloria y de fracaso. Debo haber tenido unos seis años y mi papá era el administrador de la tradicional Hacienda La Avelina. Estaba yo en el ruedo, cuando soltaron una becerra y mi papá se sacó un suéter color aguacate inmenso, enorme para mi, para que con él me defendiera.
Yo me quedé helada de ver la velocidad con la que el animal me atacó. Parecía que las hordas de los hunos me iban a atropellar. Grité tanto que la becerra también se asustó. Y ahí estábamos las dos: chillando y corriendo en círculos, dentro y fuera del burladero; mientras más gritaba yo, más chillaba la becerra. Todos se morían de risa.
Con los años, me di cuenta que mi papá lo único que quiso hacer era que yo aprendiera a defenderme.

MIGNON PLAZA SOMERS

La primera fila

Recuerdo con nostalgia aquella época de la infancia, de seis a siete años en adelante, en la que con mi hermano mayor Agustín íbamos a formar cola desde las seis de la mañana, con un frío de páramo, en las afueras de la que fue hermosa Plaza Arenas, en los días de corrida. La fila no era muy larga; la formaríamos desde esas tempranas horas unos 15 o 20 aficionados, entre los que no faltaban Humberto Jácome, Manolo Franco, entre otros.
El objetivo del madrugón y de la cola, era conseguir puesto en la primera fila de sol, que a la época no era numerada y estaba destinada a aquellos sufridos aficionados que habían hecho los méritos suficientes para obtenerlo.
A medida que transcurría la mañana, la fila se incrementaba con la presencia de otros aficionados, puesto que las puertas de ingreso a la plaza se abrían alrededor de las diez de la mañana. Era el momento culminante de la larga espera; ahora a correr para llegar primeros y obtener nuestro sitio preferido, pero se me presentaba un pequeño problema: las gradas que llevaban al coso eran empedradas y enormes, por lo que yo estaba en desventaja para conseguir el objetivo, en vista de lo cual mi hermano me tomaba de la mano y empezaba la carrera... Yo, literalmente bajaba en el aire, y sentía temor de estamparme contra la pared exterior del coso puesto que al final de las gradas nos topábamos con dicha pared; en tales momentos comenzaba a gritarle "¡cuidado! ¡frena! ¡cuuurva!...".
Siempre salí indemne de aquella prueba y con la satisfacción de haber obtenido nuestro puesto favorito en la primera fila de sol.
Esa carrera en algo se parecía a las de Pamplona, con la"pequeña" diferencia de que no teníamos toros atrás, sino ansiosos aficionados que pugnaban por obtener su asiento.

GUSTAVO GARCIA BANDERAS

Todo por culpa del jerez

De todo tuvo la culpa el jerez. Durante años vi a mi cuñado, Humberto Jácome, transmitir las corridas desde el callejón. Al final de cada tarde, ante la pregunta de "¿Cómo estuvo la corrida?", hacíamos bromas siempre, porque sabíamos que todo era editable. Así, en el programa de la noche únicamente aparecían las cosas "con sentido".
El 5 de diciembre de ese año, se me habían pasado las copitas de jerez y yo estaba especialmente emocionado por los trofeos. La cámara, por lo general, me ponía nervioso, pero ese día ni me percaté de que existía.
Ante la usual pregunta, yo, con acento españolísimo y seguro de que lo cortaría antes de pasarlo, comencé a hablar de la "poblada", refiriéndome al público -el término aquí suena muy despectivo- y de lo predispuesto que estuvo al triunfo de los toreros esa tarde.
Mi efusividad aumentaba proporcionalmente a la tonalidad transparente de la cara de Humberto, quien no atinó más que a quitarme el micrófono y anunciar comerciales. ¡Estábamos en vivo y en directo! Desde ahí, siempre que veo una cámara de televisión, pasó de largo.

FERNANDO TERNEUS

Cuando un amigo se va

En julio de 1988, la Peña Taurina "Ciudad de Quito", como agradecimiento al doctor Alfonso Trujillo Bustamante, quien proporcionó el local en donde funciona actualmente su sede, organizó una despedida, pues habían concluido sus funciones como Superintendente de Bancos. Se realizó un festival taurino en Cayambe, en la finca del señor Jaime Valdiviezo.
Se lidiaron becerras de Roque Cedeño, de la hacienda Ingueza de San Gabriel. El festejo inició con el desfile de una cuadrilla completa, en la que las fungía de alguacilillo, cabalgando en un borrico debidamente decorado, nuestro querido propulsor, Patricio Espinosa Serrano, "Er Sordovez", y los toreros alternantes Patricio Lucio Paredes, "Er Viejito"; Antonio González, "Er Monseñor"; Juan Landázuri, "Er Capariche"; Luis Borja, "Er Flaco"; Fernando Sevilla Pareja, "Er Colorado", entre otros.
Esto grafica bien el escenario en el que se desarrolló la fiesta. La vestimenta utilizada por los "mataores" eran disfraces alquilados de toreros, de distintas tallas a las utilizadas normalmente, lo que causó hilaridad y risas en los concurrentes, por un lado, y por otro, incentivó para que el doctor Trujillo, "Er Pucho", que no había estado jamás ante una becerra, accediera a bajarse al ruedo y, con la ayuda de todos los alternantes, toreara. Cumplió así una tradición de la peña, de que quien es aceptado como socio, tiene, como bautizo, la obligación de tentar una becerra.
El festejo fue de lo más ameno: globos, camaretas, banda mocha, buena comida, traguitos, pelea de gallos, baile... El doctor Trujillo, en uno de sus momentos de gran sentido del humor, dirigió muy circunspecto a la banda mocha de Cayambe, en la cual, su hija, Sandrita, tocaba el trombón.
Cuando había concluido la lidia, vino lo más emocionante de la tarde: Humberto Jácome y Manolo Franco dos buenos aficionados y amigos de la peña, con su acordeón y sus notas llenas de buen compás flamenco, nos hicieron cantar aquella canción que habla del agradecimiento y del sentimiento de una amistad sincera "Cuando un amigo se va"... Pero la verdad es que "Er Pucho" Trujillo nunca se fue, sino que se encuentra de una forma u otra ligado a la Peña Taurina "Ciudad de Quito".

RUBEN AGUINAGA ANDRADE

Por poco me carga 'el diablo'

En mi ya lejana juventud fui asiduo a cuantas capeas toros de pueblo -como se los conoce mejor- se daban en Tungurahua, mi provincia. Me sabía de memoria el calendario y difícilmente faltaba a alguna de ellas.
En 1961, con el pasaje del barco para España ya en la mano, fui a hacer mi despedida taurina, en unión de varios amigos, a la población de Quero. La tarde fue pródiga en puntas de caña, que mis años jóvenes soportaron bien, aunque no tan bien como yo creía...
A las cinco de la tarde, con el calor de los tragos, se dio suelta al llamado "toro de la oración", un precioso ejemplar digno de la antigua revista española La Lidia, que para los contumaces asistentes a los toros de pueblo en toda la geografía tungurahuense era un viejo conocido: se llamaba "El Diablo". Un impresionante toro berrendo en colorado, gargantillo, de gran cornamenta, con seis o siete años bien jugados. Ni qué decir tiene que se las sabía todas.
Salió "El Diablo" y sentó sus dominios en la mitad de la plaza. Encampanado parecía decir "a mí nadie me da un pase". Quien cuenta esta anécdota, envalentonado ante la indecisión de todos, se lanzó desde una elevada tarima, situada en una de las esquinas de la enorme plaza de Quero (solo el salto era como para matarse) y con una muleta que saqué de no se dónde, me dirigí hacia "El Diablo", al que pretendiera sacarle un pase...
No había manera, pero tanto insistí, que el toraco cedió a la tentación y embistió, pero como no cabía esperar otra cosa, lo hizo al cuerpo. En medio de la poca lucidez que tenía, me di cuenta de inmediato de la barbaridad que cometía y estaba seguro de que el toro no cejaría hasta convertirme en un guiñapo.
¡Adiós viaje a España!, me dije. Abandoné la muleta y puse pies en polvorosa, galleando, pues creía de esa forma quitármelo de encima. ¡Gran error! Escuchaba el rugido de la muchedumbre como un gran coro lejano, como en sueños. Al mirar con el rabillo del ojo, pude darme cuenta de que el alarido de la multitud obedecía al peligro en que me encontraba: "El Diablo" estaba, materialmente, encima mío. De pronto cesó el rugido y pude ver que dos de mis compañeros de tendido, Germán Barona y Carlos Bedón, me hacían un quite milagroso, salvándome del demonio, quiero decir de "El Diablo". Solo a ellos puedo escribir ahora esta anécdota."

HERNAN VELA SEVILLA

Pundonor torero

Era el año 1997, en la feria en la plaza Santa Ana de Cuenca... La llamaban feria, aunque solo habían dos corridas.
En una de ellas actuaron el ecuatoriano José Luis Cobo y "Dinastía", torero colombiano; el público, bonachón y aficionados todavía no "de hueso colorado".
"Dinastía" toreó muy bien, pero con el estoque estuvo fatal; sin embargo, el público quiso obligarle a que salga en hombros, pero este muchacho, con mucha "gallardía torera" se opuso rotundamente.
Plaza nueva, pundonor torero... Bien por "Dinastía".

EDGAR CORNEJO MENACHO

Toro respetuoso

Allá por la década de los sesentas se trajo de México un encierro de toros; al llegar al aeropuerto de Quito, fueron de inmediato trasladados a la Plaza Monumental para proceder a su pesaje, pues era un sábado a medio día, y al día siguiente era la corrida.
Durante el pesaje surgió algo inesperado: uno de los toros encajonados, luego de romper la tapa superior del cajón, logró salirse del mismo, dentro del patio de caballos.
Como es costumbre, e incontrolable por cierto, no muy pocos aficionados y curiosos se encontraban dentro del patio; al salir el toro del cajón, la gente buscó desesperadamente dónde protegerse del gravísismo peligro que corrían. Yo, por mi parte, logré subirme a la parte superior de la balanza y pude ver desde allí la desesperación de la gente tratando de ponerse a buen recaudo como mejor podía...
Entre los desesperados aficionados había una señora, muy guapa en todos los sentidos, que no pudo escalar los altos muros y corrió a refugiarse en un automóvil Mercedes Benz que se encontraba estacionado dentro del patio, pero sus puertas estaban cerradas con llave y no le quedó otra alternativa que tratar de meterse debajo del auto; y así lo hizo, pero solamente logró pasar hasta su cintura, ya que sus hermosas nalgas no pasaban por el espacio que quedaba entre el piso y el vehículo. El toro, en su desenfrenada carrera, pasó varias veces muy cerca de ella, que permanecía aterrada, con sus piernas inmóviles. Gracias a Dios se superó el problema; se logró entrar al toro en la plaza, y por felicidad no pasó nada.

FERNANDO SEVILLA HERRERO

Un municipal en apuros

A la feria hay que ir bien puesto y más cuando uno va a transmitir las corrida desde el callejón. Me acuerdo que ese 5 de diciembre decidí ponerme terno azul y corbata roja, en honor a mi ciudad. El momento en que salía atrasadísimo de mi casa, vi la gorra de Policía Municipal que cuelga del sombrero a la entrada, y de paso la cogí. En la radio del carro escuchaba que la corrida estaba por comenzar y Hugo Navarro, mi compañero en la transmisión, comentaba que era muy extraño que yo no haya llegado aún. Todavía en el auto escuché el himno nacional y el paseíllo y justo cuando iba a salir el primer toro ingresé al callejón con la gorra puesta y con una prosa impresionante. Me cuadro y los dos guardias de las puertas, aunque un poco extrañados, se cuadran también. Iba pasando los burladeros y todos los policías me hacían honores. Llego al mío y me pongo al lado de mi compañero quien insistía en mi extraña ausencia. El presidente de la plaza preguntaba por la radio qué hacía un policía municipal en el burladero de prensa y cuando mi hijo, José Patricio, quien actuaba de asesor, lo descubrió, tuvo que decirlo: "es mi papá".
El rumor crecía en el callejón hasta cuando me acerqué al Alcalde de Quito, Rodrigo Paz, y le pedí un aumento de sueldo y un ascenso. Cuando se dio cuenta de quién era, el alcalde no paraba de reirse y de hacer bromas sobre lo "bien" que me veía. Solo en ese momento, Hugo vio que el jendarme a su lado era yo.
Sobre mi sombrero se crearon mil y un historias, ninguna verddera. Lo cierto es que me lo compré en Riobamba, a tres mil sucres, en un taller donde lo tenían como muestra.

PATRICIO ESPINOSA

Un festival irrepetible

En noviembre de 1984 el Ecuador fue sede del Congreso Mundial de Cirugía Taurina. Para rematar el encuentro y como aperitivo para la Feria de Quito se organizó el "Festival del Recuerdo" al que asistieron siete leyendas del toreo mundial. La verdad es que poquísima gente creyó en el festival y ni siquiera asistieron muchas personas esa tarde a la Plaza Quito.
Contra todo pronóstico, se cortaron trece orejas y tres rabos.
"Un festival de estos es irrepetible", me decía una y otra vez el español Andrés Vásquez, quien después de pocos minutos salía en hombros junto al ecuatoriana Edgar Puente, el colombiano Pepe Cáceres, el mexicano Joselito Huerta y sus compatriotas Gregorio Sánchez, Jaime Ostos y Pedro Martínez "Pedrés".
El festival le dio el "clarinazo" a la feria que después se fue para arriba.

PEDRO HERRERA
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