Parar,
templar y mandar
El toreo es un rito simbólico,
entre el hombre y el toro. Es la imagen de la vida: cada uno de los dos adversarios buscan
la muerte del otro.
Es un espectáculo de elegancia y bravura
Ernest Hemingway
MATADOR. Armando Conde es el torero
ecuatoriano que mejor campaña ha realizado en los ruedos españoles.
En la gráfica, aparece acompañado de Luis Miguel Dominguín
Los principios fundamentales del toreo
clásico impuestos a principios de siglo por Juan Belmonte, han sido los parámetros en
los que se ha desarrollado la actividad taurina desde ese entonces.
La revolución del "toreo de brazos" -más que de piernas- dio paso a la
formación de grandes y legendarias figuras del toreo.
Las también legendarias plazas de toros quiteñas fueron, cada una en su tiempo,
escenarios de triunfos y glorias de nacionales y extranjeros. Y entre sus tendidos se
tejieron mil y un historias que solo se encuentran en la memoria de la afición.
En los últimos cien años han surgido alrededor de treinta figuras ecuatorianas del toreo
que se han consagrado en estos ruedos, en otras de América e incluso hasta de España.
Han transcurrido 102 años desde la primera corrida a la usanza española en este
territorio, se han celebrado cuarenta ferias en honor a Quito y se conoce de cuatro siglos
de historia taurina en la ciudad.
En estas páginas se recoge un poco de esa memoria colectiva que nos permite descubrir los
lugares, los protagonistas y algunos de los personajes que han hecho y siguen haciendo de
la fiesta brava en Quito una tradición de ricas vivencias.
Las plazas de Quito
Gloriosas tardes las de la
Belmonte y la Arenas, así es como la recuerdan los aficionados de solera que cuentan que
en el Quito de los años cuarentas y cincuentas, tal era la pasión taurina, que habían
hasta dos corridas en diferentes plazas, el mismo día. Corridas que se anunciaban con
grandes cartelones pintados en las murallas de los conventos y en los camiones de las
empresas...
En estas páginas se recoge la historia y de los escenarios taurinos quiteños de los
últimos cien años.
LA PLAZA
GRANDE
Los conquistadores trasladaron al nuevo mundo la aifción a los toros. Las corridas
constituyeron, durante la época colonial, la diversión más popular de esta comarca.
Toda fiesta religiosa, onomástico de alguna autoridad importante, cumpleaños de los
reyes o nacimiento de algún príncipe español eran celebrados alborosadamente con
corridas de toros como número principal.
Isaac J. Barrera, al referirse al siglo XVIII, en su libro "Quito Colonial",
relata que toda la vida de la ciudad se concentraba en la plaza de toros, que era nada
más y nada menos que la Plaza Grande. El área se cerraba y se construían tablados o
palcos, lujosos, costosos y cómodos, en los que las familias vivían, materialmente,
durante algunos días.
Desde los palcos, las damas nobles ostentaban hermosura y riqueza y recibían las
innumerables pruebas de gallardía y de valor por parte de sus pretendientes, que se
entraban a desafiar al toro, porque sabían que al hacerlo, despertaban en los corazones
amados, inquietud y admiración.
Los caballeros lucían valentía, al tiempo que paseaban en magníficos y ágiles
caballos, con los que debían burlar las iras del toro.
El pueblo siempre alegre y amigo de diversiones y peligros bebía el aguardiente que los
ricos y los nobles regalaban, pero más que nadaiba a mostrar valentía, aunque con muy
poca técnica, sacando lances al toro más revuelto y bravo.
PLAZA LARREA
De lo que cuenta la tradición, existió a finales del siglo pasado, una plaza denominada
Larrea, ubicada en el sector de las calles que llevan el nombre de los próceres de la
Independencia Manuel y Juan Larrea, donde se ubican ahora el Consejo Provincial de
Pichincha y la Escuela Espejo,
De este ruedo se conoce poco, pero se sabe que, aproximadamente en julio 1898, vio
iniciarse a Manuel Pomares "El Troni", español, con toros de Don Santiago
Velasco, en la primera corrida a la usanza española que se dio en Quito.
GUANGACALLE
La historia taurina de Quito nos cuenta que el 11 de julio de 1905 se inauguró una
placita de toros en las afueras de la ciudad de Quito, en el sector del parque Alameda,
junto al teatro Capitol, en la calle Chili (seguramente en honor al escultor Manuel Chili,
Caspicara), hoy llamada avenida Colombia. Se trataba de una réplica de la plaza española
de Aranjuez.
La tradición nos cuenta que pertenecía a un señor Gortaire, colombiano, quien inauguró
la plaza y tomó la alternativa tres veces
Se sabe además que por este ruedo pasó la andaluza "La Sorianita", la
inventora y única ejecutora del rejoneo en bicicleta, según apuntes del cartel de la
época.
Otras damas pisaron estas arenas y sus nombres han quedado grabadas en la historia
taurina, como Lolita Fernández "Joseita" y "La Mexicanita".
LA PLAZA BELMONTE
Esta plaza está ubicada en la calle Antepara, sector de San Blas. Fue construida por Don
Abel Guarderas y se inauguró dos veces: en 1918 y en 1920. Tenía una capacidad para
2.500 personas.
En la corrida inaugural en 1920 estuvo Manuel Mejías Rapella "El Papa Negro",
de la famosa dinastía de los Bienvenida, cuyo apodo lo debe a un periodista llamado José
de la Loma, "Don Modesto"; lo acompañó José Rodríguez Báez "El
Litri".
Era una plaza en la que el límite del ruedo era de piedra, frente al cual se levantaban
los burladeros; no existía callejón.
Por aquí pasó, en 1929, Rafael Gómez "El Gallo", a quien le llamaban el
"divino calvo", hermano de José Gómez Ortega, "Joselito". En esta
plaza se presentó el primer rejoneador que se recuerda haya visitado el país: Antonio
Couchet.
En este ruedo recibió una cornada mortal Rafael Hernández "Blemonte de
Málaga",quien murió en el hospital "San Juan de Dios".
Actualmente, reconstruida en el mismo lugar, le pertenece al Municipio de Quito y en ella
se realizan festivales taurinos y espectáculos artísticos.

SAN BLAS. En la segunda década de este
siglo se inauguró la plaza Belmonte, llamada así en homenaje a Juan Belmonte, conocido
como el "padre del toreo clásico".
En la gráfica, una foto antigua de una tarde de lleno en el ruedo de San Blas.
LAS ARENAS DE
QUITO
El 12 de octubre de 1930 se inaugura la tradicional plaza "Las Arenas de Quito"
por la que pasaron y se consagraron grandes figuras del toreo y donde se fueron formando
los viejos aficionados.
Un año después de la inauguración, se presenta en la famosa corrida por los
damnificados del Chanchán, Juan Silvetti "El Tigre de Guanajauto", un mexicano
con un brillante mechón de canas, que solía recorrer las calles de Quito vestido de
charro, con sombrero y pistola al cinto.
La Plaza Arenas, como se la conoce comúnmente, fue obra de don Reinaldo Flores Galindo y
tenía una capacidad de cuatro mil espectadores. Pasó por esta plaza la singular Conchita
Cintrón, una torera nacida en Antofagasta, aunque en Perú la reclaman como compatriota,
que se ganó la admiración y cariño del público de Quito, por su gracia y belleza,
pero, sobre todo, por su valentía.
Han pasado por este ruedo mexicanos como Jesús "Chucho" Solórzano, Lorenzo
Garza, Luis Castro "El Soldado", Antonio Velásquez, Luis Procuna y Silverio
Pérez y los españoles Antonio Bienvenida, Luis Miguel Dominguín, Antonio Montes, Manuel
Díaz "El Torerito de Málaga", Ricardo Torres "El Espartaco",
Cayetano Ordóñez, Nino Landete y Antonio Ordóñez. Los quiteños José Díaz "El
Quiteño", Max Espinosa "El Marinero", Edgar Puente "el Chulla
Quiteño", Manolo Cadena Torres y Fernando Traversari "El Pando".
En esta plaza no solo había toros. De cuando en cuando se celebraban encuentros de box,
baloncesto y hasta bailes populares. Alguna vez incluso, se pasaron buenos sustos cuando
en medio de estos festejos un toro se escapó de los corrales.

ARENAS. La
rejoneadora Conchita Cintrón llegó a ser muy querida por la afición de Quito. En la
foto, saluda a un tendido de la plaza Arenas, donde se consagró
| EN LOS TENDIDOS Las corridas dominicales tenían también
protagonistas fuera del ruedo, según nos trae la memoria de algunos aficionados que ya
desde entonces ocupaban los tendidos quiteños.
Todos recuerdan a Francisco Chiriboga y Bustamante, "Don Pachito", el ganadero
dueño de la hacienda "El Pedregal", quien cedía sus toros para los festejos.
Lo recuerdan elegantísimo llegar al tendido de sombra, cinco minutos antes de que empiece
la corrida, con sombrero de copa y clavel en la solapa. La gente, de pie, lo aplaudía y
una vez que este ritual se cumplía, la corrida podía empezar.
Un día, "Don Pachito" llegó antes y al tendido de sol. ¡Qué detalle!, ¡qué
gesto! Saludaba a todos y hacía la venia. De pronto, "otro" Don Pachito salió
por donde era lo habitual y, al encontrar tal alboroto, enfurecido, juró que Quito nunca
más vería un toro suyo. Y así fue. La broma del "terrible Martínez" le
privó a esta plaza de la presencia de tal personaje.
Salía a las 12 en punto por la Guayaquil, una mujer alta, blanca, guapísima y muy
llamativa, así la recuerdan llegar a los tendidos. La conocían como "La
Landines" y era otro personaje de esta tradicional plaza. Viajó a México con el
famosísimo torero gitano Joaquín Rodríguez "Cagancho", inscrito en la memoria
como uno de los diestros más guapos que ha pisado Quito: ojos verdes, sombrero cordobés,
broches en los puños y un brillante en la mitad del pecho.
Otro de los toreros por los que las quiteñas perdían la cabeza actuó muchas tardes en
la Arenas y la Belmonte: el español Félix Rodríguez, quien "vino por una corrida y
se quedó por toda la vida". |
LA MONUMENTAL QUITO
El año de inauguración de la
Monumental Quito se realizaron tres
temporadas taurinas, una en marzo, otra en junio y la tercera, en diciembre.
Esta fue la primera vez que se realizaba una feria en honor a la fundación española de
la ciudad
A inicios de la década de los cincuentas,
la Cámara de Agricultura de la Primera Zona, adquirió al Municipio de Quito unos
terrenos ubicados en "La Y", en los cuales, años más tarde, se propuso la
construcción de una plaza de toros.
La intervención de los medios de comunicación y de aficionados como don Galo Plaza y
Luis de Ascázubi fue decisiva en la aprobación unánime de este proyecto, en mayo de
1959; Zuleta y Guachalá se confabularon a favor de esta idea.
El Banco del Pichincha financió la construcción y se encargó de la elaboración de los
planos, la compañía Mena Atlas, que en su primer proyecto, asesorado por un arquitecto
francés, incluyó iglesia, enfermería y hotel. El proyecto costaba nueve y medio
millones de sucres, según los datos que constan en el libro "Feria Taurina de
Quito", editado por Citotusa. Con los reajustes presupuestarios y arquitectónicos
necesarios, se comienza la construcción en agosto de 1959 y seis meses más tarde estaba
lista la Monumental en su primera fase, con capacidad para 15 mil personas.
La primera corrida la protagonizaron, el 5 de marzo de 1960, Luis Miguel Dominguín, Pepe
Cáceres y Manolo Segura. Dentro de esta feria inaugural se presentaron otros dos
carteles: Antonio Ordóñez, Juan Silvetti y Manolo Segura actuaron el 6 de marzo y para
el 13 se anunció el "mano a mano del siglo", según se dijo, entre Luis Miguel
Dominguín y Antonio Ordóñez, el que nunca se dio. En junio del mismo año, se realizó
otra temporada con Manuel Capetillo, Juan Silvetti, Humberto Moro, César Girón y Edgar
Puente.
Primera feria de Quito
En diciembre de 1960 se da la primera feria taurina en homenaje a la fundación española
de Quito, a la que asistieron las máximas figuras del toreo del momento: Curro Romero,
Diego Puertas y Paco Camino.
Hubo rejoneo con Bernardino Landete y fue invitado el ecuatoriano Manolo Cadena Torres.
Por desgracia para la afición, todos lo recuerdan, la primera corrida en que actuaron
Gómez, Camino y De Paula, resultó un fiasco: los toros no envistieron, los diestros no
se lucieron y hasta falló el puntillero; y para colmo, Paco Camino rechazó la única
oreja de la tarde.
La administración de la plaza estuvo en manos de la casa Dominguín en la década de los
setentas e inicios de los ochentas; más adelante la administró Pablo Martín Berrocal y
actualmente pertenece a la empresa Citotusa.
La fachada y cerramiento que luce actualmente la plaza fueron construidos en los últimos
años de la década de los ochentas.
Las guardianas de la plaza
Dos viudas son quienes cuidan la
Monumental Quito. El destino les jugó una mala pasada a las dos: les arrebató sus
maridos con pocos meses de diferencia. Hoy, ayudadas por sus hijos, realizan el oficio que
les fue heredado
Las historias de Angela y Rosa han sido
curiosamente similares durante toda sus vidas. Ambas, con toda su familia, fueron a vivir
a la plaza con cinco años de diferencia. Son cuñadas. Son viudas. Y son las guardianas
de la Monumental Quito.
Doña Angelita de Meza lleva 35 años viviendo al lado de la entrada del patio de
cuadrillas. Por las mañanas limpia "su mitad" de la plaza, y por las tardes
hace guardia en la puerta, que es lo que su marido hacía cuando estaba vivo.
De la "otra parte" de la plaza se encarga doña Rosita de Silva, su cuñada,
quien el próximo año cumple 28 años de servicio. Las dos están muy ocupadas, barren,
arrastran carretillas, supervisan los arreglos; las vísperas de feria son siempre así.
Simétricas, como ambas mitades de la plaza, se volvieron cuando, hace cuatro años, sus
esposos murieron con pocos meses de diferencia. A don Alberto (marido de Angelita) lo
mataron de un golpe en la cabeza, por asaltarlo en "La Y", pues pensaron que
llevaba el dinero de la taquilla bajo el brazo; don Manuel (esposo de Rosita) murió de
cáncer. Desde entonces, ambas se hicieron cargo de sus oficios.
Cada vez que Angela da de comer a los toros, recuerda cómo su marido barría los corrales
con los huéspedes adentro y cómo, de tan nobles que eran, nunca le hicieron nada.
Paradójicamente, el peligro no estaba entre esas tablas sino fuera de ellas, en el
territorio humano. Ella tuvo lo suyo cuando hace algunos años se salió un toro del
chiquero y con un cabezaso la empujó hacia arriba y la golpeó muy fuerte. "Era un
torito que el ganadero no quería, yo mismo me iba a comprarle la comida porque para él
no me dejaba". Por eso, ante la agresión, no atinó más que darse la vuelta y
"¡toro malagradecido!, ¿así es como me pagas lo que hago por vos?". El toro
se acercó, le lamió las manos y se metió de nuevo al corral.
Rosa ha visto los toros desde más lejos, su casa se encuentra entre las puertas 1 y 11,
"justo al lado del palco de la autoridad". Pero sí se acuerda que una vez a su
esposo, quien se encargaba de la puerta de los toriles, le venció el peso del toro cenizo
que más tarde fuera indultado por Edgar Peñaherrera. Le golpeó en tantas partes como
pudo pero "se salvó de milagro; si la gente ya se acercaba a darme el pésame".
A él también la muerte lo encontró fuera del ruedo.
Durante la feria, Angela prepara comida para los trabajadores de los patios y el
callejón; Rosa hace empanadas para los tendidos de sombra. Por tantos años, ambas han
visto ir y venir a grandes figuras y personajes; un poco les da lo mismo las victorias que
las derrotas, pues lo más importante son las historias que cuentan los muros cuando se va
el ruido, la alegría o la tragedia. Permanecerán ahí, año a año, mientras les
permitan seguir trabajando en sus mitades de la plaza, cargando con las mellizas herencias
que el destino les entregó.
PERSONAJE
Todo listo para el encierro
"Siempre hay que ponerles guapos a los corrales para que lleguen los toros, total, es
el último recuerdo que se van a llevar" dice Oswaldo Becerra sin parar de pasar la
brocha por una de las puertas de los chiqueros.
Trabaja ya 15 años en la Monumental Quito, y los últimos dos, en los corrales. Antes se
dedicaba a hacer mandados y limpiar el resto de la edificación. Ahora, se encarga de que
cada cosa esté en su lugar para cuando lleguen los encierros que se lidiarán en la
plaza, e incluso, a ver que todo esté bien cuando los toros ya están ahí. "Los
ganaderos son muy celosos de sus animales; a los toros hay que tratarlos como bebés:
protegerlos, no dejar que nadie los vea, hasta mimarlos".
Oswaldo se conoce el laberinto de puertas y tapiales de los corrales como su propia mano,
porque tiene que mantenerlo nítido, ayudar a "enchiquerar" las reses,
alimentarlas y asegurarse de que no falte agua.
Abre y cierra puertas y muy hábilmente las mueve desde la parte de arriba de los cuartos
con unos estribos de metal. Será el anfitrión y celoso guardián de los toros por siete
días y el silencioso responsable de los decisivos minutos anteriores a su aparición, por
las puertas de toriles, hacia el ruedo de Iñaquito. |
El aficionado de aficionados
Quienes han visto a José María
Plaza con un capote o una muleta aseguran que pudo triunfar como torero. Su apasionada
afición a la fiesta brava le llevó a explorar otras facetas como la poesía
Tiene historias como a tardes de toros ha
asistido en su vida. Es que si de alguien se acuerda la memoria de Quito como un personaje
de la fiesta brava, es de Don José María Plaza, "el aficionado de
aficionados".
Sin ser torero doctorado o regentar escuela taurina formal, mucho de su vida la dedicó a
enseñar el oficio a otros aficionados y hasta a matadores. "Se debe estar con el
toro", explicaba a sus pupilos, "estar con él", refiriéndose quizás a la
concentración o a la entrega, pero sin duda, a la mísitica del buen arte.
Un hombre de memoria privilegiada, ahora un poco limitada por el paso de los años,
quienes lo han escuchado aseguran que no han visto nada parecido a su pasión cuando
recita. Ni de político, ni de militar, ni de torero, llegó a ser tan admirado como de
recitador. Era algo en su personalidad, en su voz, en su presencia, que era imposible de
ser ignorado.
Así lo recuerda su hija, Mignon, quien cuenta que solía pasarse tardes enteras
escuchando declamar sus versos: "Campana sobre campana", decía uno que hablaba
de la propia esencia del toreo. Don José María nunca ha sabido quien es el autor de esos
versos que con tanta convicción reza; fue su hija la que los encontró, en su versión
original -su padre la había modificado un poco-, en un pequeño libro de un autor
desconocido. Obras enteras de Shakespeare, García Lorca, Machado y Benítez Carrasco
están entre sus preferidos.
Su apasionada afición por los toros lo ha llevado a cultivar todo cuanto se puede
alrededor de la fiesta brava. Además de la poesía, es un admirador de la música
española, así como de México y su toreo: Carlos Arruza, Armillita y Lorenzo Garza
están entre sus favoritos. Incluso llegó a torear en este país, durante los años que
vivió ahí.
Como crítico, don José María es uno de los que se conocen como aficionados toristas y
que siempre ha peleado por la integridad del toro, en el campo y en la plaza. Es por esto
quizás que entendía más al bravo como ganadero que como torero. Su ganado ha sido
lidiado en las tres plazas quiteñas más importantes.
Su afición le ha llevado a la cultivar amistades con grandes estrellas del toreo como
Luis Miguel Dominguín, El Viti, El Cordobés y Roberto Domínguez, quienes aseguran que
pudo convertirse en gran figura del toreo. En sus más intensos años de aficionado
práctico adquirió una experiencia que pocos matadores han podido alcanzar en su vida.
Militar de profesión, torero de oficio, en su camino también hubo algo de política:
asérrimo antivelasquista, fue candidato a vicepresidente en 1956 con Raúl Clemente
Huerta, alcanzó un puesto en el Congreso y sufrió prisión política.
Todos recuerdan las tardes de tienta en la hacienda La Avelina o en San Agustín, en donde
reunía a todos los amantes de la tradición taurina y a los valientes con ganas de
aprender y en donde dejó claro, tarde a tarde, que él "siempre estuvo con el
toro".
Un ángel guardián
en los ruedos
Guillermo Acosta Velasco lleva
años en los ruedos ecuatorianos.
Su experiencia como cirujano taurino se inició muy temprano, como
ayudante del médico de plaza en la Belmonte
Como "pedrada en ojo tuerto" fue cuando le nombraron alumno externo de
cirugía en el San Juan de Dios, mientras cursaba el segundo año de medicina, en 1942. Y
nada hubiera tenido de extraño en su vida de estudiante ese primer día de febrero, si no
hubiera sido porque su trabajo era el de asistir al doctor Elías Gallegos Anda, el famoso
"barril gallegos", quien era el jefe de servicio de cirugía y médico de la
plaza Belmonte.
Es que Guillermo Acosta Velasco o el doctor Guillermito, como lo llaman de cariño, lleva
la afición en la sangre "desde antes de entrar a la escuela del doctor Borja".
Y poco tardó en iniciarse: en junio de ese año, paradójicamente en la plaza de su mismo
nombre, una cornada hirió letalmente a Rafael Hernández "Belmonte de Málaga"
quien murió pocos minutos después, en su camino al hospital. Eran épocas en las que el
servicio médico era un palco bajo en las plazas quiteñas.
La nochebuena de ese año cayó herido en la Arenas el banderillo colombiano Guillermo
Segura "Bombita" a quien el joven estudiante atendió hasta el amanecer. Antes
de graduarse de cirujano, en sus épocas de "ratón de hospital", como él mismo
se define, Guillermo Acosta Velasco había operado ya a cuatro: un banderillero y un
matador mexicanos y dos españoles.
Después vino la inauguración de la Monumental Quito en la que pasó a ocupar el puesto
de jefe médico. En la segunda temporada que se dio en junio de 1960, Juan Bienvenida,
hijo del famoso "Papa Negro", recibió una cornada espectacular de un toro del
balón Barreiro. Recuerda que en ese tiempo no había absolutamente nada en los servicios
médicos de la plaza, entonces, abrió un capote sobre el suelo, hizo lo mismo con su
maletín y le asistió. Luego, lo trasladó hacia la clínica Santa Cecilia, donde
permaneció hospitalizado en el mismo lugar donde ahora se ubica su consultorio. En sus
memorias, Juan Bienvenida recoge este momento y recuerda como en el camino le comentaba
"si así son los servicios médicos, hombre, no quiero ver el hospital".
Después de este episodio, el galeno recibió agradecimientos y felicitaciones del
"Papa Negro" en persona y de Luis Jiménez Guinea, médico de Las Ventas.
En1974 se forma la Sociedad Internacional de Cirugía Taurina y comienzan a realizarse
congresos sobre la materia. Diez años más tarde, el país es el anfitrión, con mucho
éxito, de la sexta reunión internacional en la que además se consolida el capítulo
Ecuador, con el equipo de especialistas que trabajan en la Quito y en las plazas de
Riobamba, Ambato, Ibarra y Cuenca, además de algunos aficionados.
Toda esta experiencia le valió un premio en1992, junto con Pedro Herrera, al mejor video
de cirugía taurina, en el Congreso Internacional realizado en Arles, Francia. En él se
exhibió la operación posterior a una grave cornada que recibiera Carlos Collado García
"el Niño de la Taurina".
Como gran aficionado asume las contradicciones de la fiesta brava, de la cual le ha tocado
vivir más cerca de la tragedia que de la gloria. "Muy en el fondo del alma, hay que
confesar que no hay tranquilidad cuando alguien se juega la vida en el ruedo." No
obstante, el observar y entender cada minuto de lo que pasa en la arena desde su burladero
al costado de la puerta de cuadrillas, le ayuda a discernir en el momento de tomar una
decisión ante una emergencia.
"Es hora de dar paso a los jóvenes", responde enfáticamente a la posibilidad
de dejar el burladero y ver la corrida tranquilamente desde un tendido, pero sabe que de
un salto cruzaría la barrera el momento que algo sucediera. Es por eso que prefiere que
se cumplan las palabras de monseñor Luna, otro aficionado de cepa, en su plegaria a la
Providencia: "que la sangre de valientes no manche la arena ecuatoriana".
Cuarenta ferias en
homenaje a Quito
Quito termina el milenio con la
única plaza en el mundo con un ruedo de ceniza volcánica.
La Feria Jesús del Gran Poder 1999 arrancó con una nueva versión de las Carretas del
Rocío y serenata de la Banda Municipal.
El Cabildo rindió homenaje póstumo a Rodrigo Darquea
"Asoleado", conocido periodista taurino y condecoró a Guillermo Acosta, médico
de la plaza, y al matador Manolo Cadena Torres.
El pregón de la temporada fue dado por la presentación del pasodoble "Feria de
Quito",
de Humberto Jácome
EN EL RUEDO. Una de las carretas
del rocío que abrieron la Feria de Quito Jesús del Gran Poder 1999. La banda minicipal
dio una serenata en pleno ruedo
En diciembre de 1960, con la tercera
temporada que se celebra en la Monumental Quito, inicia la Feria de Quito Jesús del Gran
Poder.
La Peña Taurina El Siete organiza el desfile de las Carretas del Rocío que salen del
atrio de San Francisco. El día del inicio de la feria, los padres de esta congregación
reunen a los toreros vestidos de luces en este lugar para desearles "ventura y
bendiciones".
Grandes carteles pintados en las murallas de los conventos del Carmen Bajo y San Agustín
anuncian la temporada taurina, prueba del fervor taurino que se vive en Quito. Era época,
lo recuerdan los aficionados de cepa, de toros españoles "afeitaditos y
jóvenes".
Luego de la Cámara de Agricultura, la administración de la plaza pasó a manos de
Cayetano Ordóñez y luego de Luis Miguel Dominguín. Y fue su hermano, Domingo, quien se
radicó en el país y a quien le fue encargada la administración de la plaza, quien
decidió cambiar el nombre de "Feria de Quito Jesús del Gran Poder", por el de
"Feria de Quito".
A principio de esta década recupera el nombre y el trofeo del Jesús del Gran Poder,
regentado por los padres franciscanos
Una de las cosas que el público de Quito no perdona es no haber visto pisar ruedos
locales ni a Manuel Rodríguez "Manolete"ni al famoso Armillita, sin embargo, la
afición reconoce que en los últimos cuarenta años, Quito ha recibido a las mejores
figuras del toreo mundial: Pedro Martínez "Pedrés", Antonio Chenel
"Antoniete", César Girón, Sebastián Palomo Linares, Miguel Mateo
"Miguelín", Santiago Martín "El Viti", Manuel Benítez "El
Cordobés", Angel Ternel, Gabriel de la Casa, Dámaso González. En la última
década, los primeros del escalafón han alternado en el ruedo de Iñaquito: Curro
Vásquez, José Mari Manzanares, Roberto Domínguez, José Ortega Cano, Pedro Gutiérrez
"El Niño de la Capea", César Rincón, Víctor Mendes, José Miguel Arroyo
"Joselito", Carlos Collado "Nino de la Taurina", Enrique Ponce y
Julián López "El Juli".
Los primeros toreros
ecuatorianos
La mayoría de los toreros
nacionales que surgieron en la primera mitad del siglo fueron quiteños. Su aparición
coincide con la lidia de ganado criollo y la época de oro de las plazas tradicionales
quiteñas
Cuando Max Espinosa "Marinero" regresó en 1925 de tomar la alternativa
en España, de manos de Sánchez Mejías, todo el pueblo de Quito lo estaba esperando en
la estación del tren. Todo el pueblo, incluido el presidente Isidro Ayora, habían
seguido con mucho interés su campaña y su viaje por barco hasta Guayaquil y en tren,
hasta Quito.
"Marinero" es uno de los grandes de esta generación de toreros quiteños, de
principios de siglo, cuando las plazas se llenaban de aficionados hasta dos veces por
semana para ver lidiar ganado criollo de las haciendas serranas.
Del primer torero ecuatoriano que se tiene noticias es de José Díaz "El
Quiteño", en 1900, del cual se conoce gloriosas tardes en la plaza de Guangacalle.
En el primer cuarto de siglo surgieron otras figuras como Aníbal Vallejo "El Maera
de Quito". Lo recuerdan como un torero de baja estatura pero muy valiente que
conquistó algunos éxitos en la plaza limeña del Acho.
Ya entrado el siglo otros quiteños saltan a los tradicionales ruedos de la Plaza Arenas y
Belmonte. Edgar Puente "El Chulla Quiteño" es uno de los protagonistas de esta
época de oro. Toma la alternativa en México, donde gana dos veces la
"Guadalupana"
En esta época surge en Quito la figura del mejor aficionado de todos: don José María
Plaza, quien con otros como Catón Cruz, el Zorro Campana y Alfonso Cruz Orejuela
comienzan la tradición de las peñas y la afición. Cuentan quienes lo recuerden que
había veces que en Quito se hacían corridas en dos plazas diferentes el mismo día.
Figuras como Manolo Cadena y Fernando Traversari "El Pando" viajan a doctorarse
a España, al igual que Armando Conde, quien en una novillada de Atanasio Fernández en
Las Ventas de Madrid, tuvo que matar cinco toros él solo, cuando Frascuelo y Chacarte
fueron a parar a la enfermería. Era la época en que aparecían los figurones españoles
como El Cordobés y El Viti.
En la década de los sesentas, inaugurada la Monumental Quito, muchos toreros ecuatorianos
toman la alternativa en este ruedo de manos de toreros españoles.
La época de oro del toreo
nacional
Edgar Puente Giocometti
Quiteño, nacido el 22 de mayo de 1924. Llegó a ser ídolo en Quito. Toreó en Perú,
Colombia, Venezuela, México y España. En México mereció la medalla Guadalupana. Tomó
la alternativa en la plaza México de manos del Andrés Blando. Se presentó en las Ventas
de Madrid, donde confirmó la alternativa. Actuó en la segunda corrida que se realizó en
la Plaza Monumental Quito, en junio de 1960, en la que alternó con Humberto Moro y César
Girón y se convirtió en el primer ecuatoriano en pisar la flamante plaza quiteña.
César García Urresta
Nació en Quito el 4 de agosto de 1926. Después de actuar en más de 100 novilladas,
tomó la alternativa en la ciudad de Riobamba, de manos de José Roger "Valencia
III". El día de la alternativa, su padrino sufrió una cornada, lo que obligó a
García Urresta a despachar los seis toros. Actuó en 1965 en la feria quiteña, como
sobresaliente del mano a mano de Fermín Murillo y "El Cordobés".
Manolo Cadena Torres
Quiteño, nacido el 18 de agosto de 1936. Sus padres se opusieron, en principio, a que
siga la carrera de matador de toros. Como novillero viaja a España en 1955. En 1960 toma
la alternativa en San Feliu de Guixols. Y ese año, en diciembre, actúa en el cartel de
la primera feria taurina quiteña, organizada para celebrar el aniversario de la
fundación española de la capital, alternó con Diego Puerta, Curro Romero y el
rejoneador Bernardino Landete.
Ricardo Cevallos
Nació en Quito el 23 de agosto de 1943. Viajó a España y tomó la alternativa en
Villarobredo, Albacete. Tuvo como padrino a Joaquín Bernadó y como testigo a Joselito
del Puerto. Actuó como matador en la feria quiteña de 1971 y continuó como subalterno
hasta 1984.
Fabián Mena Tobar
Nació en Quito el 19 de marzo de 1950. Viajó a España donde obtuvo buenos resultados
bajo la protección de "Miguelín" y permaneció allí por varios años. Tomó
la alternativa en el Puerto de Santa María Cádiz de manos de Angel Terruel y de testigo
Ruiz Miguel el 12 de octubre de 1971. Después de Armando Conde, es el matador ecuatoriano
de mejor trayectoria en las plazas españolas.
Armando Conde Proaño
Nació en Quito, el 19 de diciembre de 1940. Vivió ocho años en Bogotá, en donde, en
1959 gana la "Oreja de Oro", trofeo taurino a la mejor faena que donaba el
Diario "El Tiempo". Viaja a España, en donde alcanza el tercer lugar en el
escalafón inferior y debuta en Las Ventas el 29 de julio de 1961. Toma la alternativa en
Valladolid, en septiembre del mismo año, de manos de Gregorio Sánchez con un sonado
triunfo: cortó dos orejas y dio dos vueltas al ruedo. De regreso a Quito fue llevado en
hombros desde la Plaza Belmonte hasta La Tola. Se hizo acreedor del trofeo "Jesús
del Gran Poder" en 1972. Es el torero ecuatoriano que mejor campaña ha realizado en
los ruedos españoles; con once ferias quiteñas es el segundo torero que más veces ha
alternado en el coso de Iñaquito, después del también ecuatoriano Edgar Peñaherrera.
Su última actuación en Quito fue en 1977.
Mariano Cruz
Nació en Riobamba el 18 de agosto de 1943. Se trasladó a España, donde debutó en
Elche, Alicante. El 1° de diciembre de 1967 toma la alternativa de manos de Julio
Aparicio y El Cordobés; volvió a recibir la alternativa el 15 de agosto de 1968.
Pepe Gallegos 'El Pireo'
Tomó la alternativa en la Plaza Monumental Quito de manos de Palomo Linares y de testigo
José Mari Manzanares el 30 de noviembre de 1978. Actuó en algunas ferias quiteñas, sin
mayor fortuna.
Rafael Palacios
Quiteño. Se trasladó a México donde se presentó en varias novilladas sin mucha suerte.
Tomó la alternativa en la Plaza Monumental Quito el 4 de diciembre de 1965 de manos de
"El Viti" y como testigo Manuel Benítez "El Cordobés". Su última
actuación en la feria fue en 1968.
Edgar Peñaherrera Olalla
Nació en Quito el 29 de enero de 1950. Tomó la alternativa en la Plaza Monumental el 3
de diciembre de 1973, de manos de Luis Miguel Dominguín y fue testigo Palomo Linares.
Confirmó la alternativa en México con Curro Rivera y Manolo Arruza. Alternó en siete
ferias quiteñas seguidas en Quito, entre 1973 y 1979, con los mejores toreros españoles
de la época. Al completar doce, es el torero que más ferias quiteñas ha toreado. Se
convirtió en el triunfador de la feria de 1980 cuando indultó al toro español de Pérez
Tabernero.
Manolo Cadena Torres
Nació en Quito el 19 de marzo de 1950. Viajó a España donde obtuvo buenos resultados
bajo la protección de "Miguelín" y permaneció allí por varios años. Tomó
la alternativa en el Puerto de Santa María Cádiz de manos de Angel Terruel y de testigo
Ruiz Miguel el 12 de octubre de 1971. Después de Armando Conde, es el matador ecuatoriano
de mejor trayectoria en las plazas españolas.
Rodrigo Viteri
Este torero riobambeño viajó a España donde actuó en varias novilladas. En febrero de
1970 se presenta en la Monumental Quito con el rejoneador Alvaro Domecq y los matadores
Manolo Martínez y Palomo Linares. En 1972 forma parte de la corrida de la nacionalidad
con Ricardo Cevallos y Mariano Cruz.
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